Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

—Vamos otra vez —gritó Calliope.

Le eché una mirada de mal humor desde el otro lado de la sala de entrenamiento, al mismo tiempo que una bola de fuego azul giraba sobre mi palma.

Unas gotas de sudor me perlaban la frente y me dolían músculos que ni sabía que tenía.

Mi control de la magia había mejorado muchísimo, pero, con tantas horas de entrenamiento aquella mañana, estaba hecha polvo.

—Venga, Luna, solo una más —insistió Logan.

Dos contra uno, para más inri. Durante las últimas semanas, el entrenamiento se había vuelto mucho más intenso.

Salíamos al menos una o dos veces por semana de misión al mundo humano, y los ataques eran cada vez más frecuentes.

Pero Luxora no aparecía por ningún lado; ni siquiera su lacayo hechicero, Nicodemus, daba señales de vida.

Me centré en mis dos instructores, colocados en extremos opuestos al fondo de la sala de entrenamiento.

Ambos llevaban protecciones especiales hechizadas para protegerse de todo tipo de armas mágicas, incluida la pequeña bola de energía que giraba sobre mi mano.

—¡Ya! —gritó Logan.

Él y Calliope se lanzaron hacia mí mientras disparaba las esferas una tras otra.

Algunas las esquivaron o las bloquearon con sus escudos, pero acerté más de las que fallé.

Lancé otro orbe de energía y le di de lleno a Calliope en el pecho.

El impacto la hizo retroceder varios metros y estuvo a punto de empotrarse contra la pared del fondo.

Apenas me detuve un segundo antes de cargar de nuevo y apuntar a Logan.

Cuando empezamos con este tipo de ejercicios, me daba pánico hacerles daño, pero, entre su equipo protector mágico y el poder sanador de Calliope, acabé aprendiendo a tomármelo con filosofía.

Aun así, me contenía. Cada vez que abusaba de mi magia, sentía como si la oscuridad se colara dentro de mí.

Era como si mi poder tuviera capas: las primeras eran la magia elemental de las brujas; las siguientes, la hechicería que había aprendido; pero las que estaban debajo tenían un origen más oscuro y poderoso.

Solo recurría a ellas cuando no me quedaba otra.

Con lo que había pasado con Ryder, lo último que necesitaba era desatar a la bruja demoníaca que llevaba dentro.

De repente, Logan se me echó encima, con la espada silbando en el aire, mientras mi cabeza iba por libre, hecha un lío.

Abrí la mano en el último segundo. La ráfaga de energía lo levantó del suelo y lo mandó de un lado a otro de la sala.

Logan cayó con un golpe seco. La fuerza del impacto, sumada a su enorme cuerpo, que estaba duro como una roca, hizo temblar el suelo bajo mis pies. Al cabo de un momento, la enorme gárgola se incorporó y sacudió la cabeza. Un hilillo de sangre le caía por la nariz.

—Uy, perdón.

—No pasa nada —dijo. Se acercó cojeando mientras se pasaba una mano por el pelo plateado—. Ha estado genial. Por un momento pensé que te tenía.

—Por poco —sonreí, guiñándole un ojo.

Calliope hizo una seña desde el otro lado mientras se terminaba una botella de agua.

—Por hoy ya está, Luna. Mañana seguimos.

—Genial.

Me aparté los mechones que se habían salido de la coleta y me encaminé, arrastrando los pies, hacia los vestuarios.

Logan me siguió a paso lento y, por lo visto, tan dolorido como yo.

Sobrevivir a mis propias sesiones ya era bastante duro; no podía imaginar repetir aquellos ejercicios con los ocho.

Aceleró un poco hasta ponerse a mi altura, así que aflojé el paso.

—Lo estás haciendo muy bien, Luna. Ryder estaría orgulloso.

Oír su nombre fue como si me dieran un puñetazo en el estómago.

Inspiré hondo, tratando de relajarme. La VDR iba bastante bien...

hasta que alguien lo mencionaba. Cillian me daba noticias de vez en cuando.

Una parte de mí quería pedirle que dejara de hacerlo, porque me dolía demasiado.

Sin embargo, era incapaz de renunciar a cualquier migaja de información.

—¿Has ido ya a verlo? —le pregunté a Logan.

Según Cillian, no se permitían visitas en el centro de rehabilitación a lo largo del primer mes. Aun así, tenía la sensación de que el ángel guardián veía a su sobrino a escondidas.

Logan negó con la cabeza y pareció ponerse tenso.

—Nada de visitas hasta dentro de una semana —dijo.

Me tranquilizó oírle confirmar lo que Cillian me había contado.

Al principio pensé que solo intentaba impedirme ver a Ryder.

Ahora ya no sabía qué haría cuando pasara esa semana.

Quería verlo más que nada en el mundo, pero, con lo que me dijo al colarme en el centro de detención...

no estaba segura de estar preparada para que me rompiera el corazón otra vez.

—Pero he oído que no va nada bien...

Giré la cabeza hacia Logan.

—¿A qué te refieres?

—Todo depende del control y, si Ryder no pone de su parte, no va a mejorar.

Su demonio seguirá haciéndose más fuerte y podría acabar dominándolo por completo si no lucha contra él —dijo Logan.

Luego soltó un suspiro largo—. Ahora mismo no tiene nada por lo que luchar —me miró con sus ojos de plata, con un atisbo de esperanza—. ¿Irás a verlo?

Me quedé callada, sin saber qué decir.

—Aún no lo sé —murmuré.

—Creo que le vendría bien ver una cara amiga.

Solté un bufido. Ojalá hubiera podido contarle lo bien que había ido la última vez. Mentí.

—Sí, a ver si Cillian me da permiso.

Mi director estaba especialmente sombrío últimamente, y yo tenía bastante claro que la respuesta sería un no rotundo. Pero no tenía sentido quitarle la ilusión a Logan.

Decidí que era mejor cambiar de tema.

—¿Has notado algo raro en Cillian últimamente?

Logan se asombró.

—¿Te refieres a que estos días se comporta más como un guerrero que como un ángel?

—Exacto. Hasta se ha estado pasando por nuestras sesiones de entrenamiento —dije, extrañada— peleando con nosotros y todo.

—Creo que le da vueltas a lo de Luxora —opinó Logan—. Que el rey feérico y la junta de la academia lo hayan absuelto no significa que él se haya perdonado. No digas nada, pero el otro día lo encontré encerrado en su despacho, investigando el sexto reino del Inframundo.

—El territorio de Luxora —murmuré.

—Sí. Creo que nuestro ángel guardián está a punto de convertirse en un guerrero a tiempo completo —sonrió Logan, con semblante tímido.

—Pero no puede ir solo. Para eso estamos el equipo.

—Estoy de acuerdo —dijo Logan—. He intentado hablar con él, pero si saco el tema me corta de raíz. Insiste en que no es seguro y que no piensa poneros en peligro.

Me acerqué a la puerta del vestuario de chicas y cogí el pomo.

—Igual simplemente necesita un pequeño empujón en la dirección correcta —dije, a punto de entrar—. Y creo que sé quién puede dárselo.

—¿Que hiciste qué? —rugió Cillian.

Sus alas se desplegaron mientras se cernía sobre mí. Sabía que admitir que había poseído un cuerpo para entrar en el centro de detención de la SIA era arriesgado, pero no había otra.

—Todo salió bien, Cillian —dije con tono tranquilizador—. Entré, salí y listo.

—Luna, no puedes ir poseyendo cuerpos como si nada. No está bien.

Puse los ojos en blanco.

—Créeme, a Rufus no le importó lo más mínimo —contesté. Me planté con las manos en las caderas y le sostuve la mirada al director—. Ryder me dijo que tenías que hablar con Lucifer y que era la única forma de quitarnos a Luxora de encima de una vez por todas.

—Ah, ¿eso dijo? —resopló Cillian. No paraba de pasearse delante del escritorio—. Me alegra saber que mi querido sobrino fue tan colaborador contigo...

El director se calló en seco, con la mandíbula tensa. A mí se me escapó un grito ahogado.

—¡Así que sí lo has visto!

Se pasó una mano por el pelo rubio y, al final, se paró.

—Creía que no se permitían visitas hasta dentro de una semana —dije.

—No se permiten, pero tú no eres la única que sabe saltarse las normas.

No pude evitar que se me escapara una risita.

—¿El ángel Cillian saltándose las normas? Estoy escandalizada.

Se apoyó contra el escritorio, con el ceño muy fruncido.

—Fui parte del equipo de escolta que lo trasladó del centro de detención al de rehabilitación —explicó—.

Ni me miró. Parecía tan perdido que yo...

—sacudió la cabeza, como si quisiera olvidarse de aquello— No podía dejarlo así.

He ido a verlo varias veces. Siempre es igual.

Ni parece darse cuenta de que estoy allí, y mucho menos me habla.

Tragué saliva. Hice lo posible por reprimir lo que sentía por Ryder.

—¿Qué crees que le pasa?

—Se ha rendido. Ya no quiere luchar —dijo Cillian.

Sus ojos parecieron suavizarse al mirarme—.

La culpa te come por dentro hasta que no queda nada, Luna.

Lo que hizo... matar a toda esa gente, aunque no fueran precisamente inocentes, le ha dejado una marca en el alma.

Como ya sabes, la madre de Ryder era humana cuando él fue concebido.

Tiene un alma igual que la tuya o la mía.

Y, una vez que se mancha, es casi imposible limpiarla.

Al oír aquello me abracé, como si pudiera protegerme del frío que me calaba los huesos.

—Tenemos que echarle una mano.

—Parece que eres la única persona ante la que todavía reacciona —asintió Cillian.

Noté que me ardían las mejillas y bajé la vista al suelo. Nunca lo había dicho abiertamente, pero estaba bastante segura de que el ángel sabía lo que había pasado entre Ryder y yo. Por suerte, nunca había sacado el tema. No creía que pudiera soportar una conversación así.

Me mordisqueé el labio inferior mientras jugueteaba con las uñas descascarilladas.

—Cillian, Ryder y yo no estamos en nuestro mejor momento. No sé si podría ayudar.

El director se levantó, me puso una mano en el hombro y me dio un apretón.

—Nunca te pediría que hicieras algo con lo que no te sintieras a gusto —dijo, comprensivo—. Sé lo mucho que has sufrido por la ausencia de Ryder, y por fin empiezo a verte recuperar la chispa que tenías. No me gustaría que la volvieras a perder.

Me sonrió con afecto, y yo también. Quizá me acababa de contagiar un poco de ese poder sanador de ángel, porque, de repente, la idea de ver a Ryder no parecía tan aterradora.

—¿Y si hacemos un trato?

Cillian miró expectante. Sus brillantes ojos azules resplandecían como un cielo de verano.

—¿Qué se te pasa por la cabeza?

—La semana que viene voy a ver a Ryder si a cambio tú hablas con tu hermano, Lucifer.

Cillian soltó un bufido y se apoyó en el escritorio. Le lancé una mirada de advertencia.

—Sé que estás tramando algo, Cillian —le dije, con los ojos entrecerrados—. No puedes bajar tú solo al Inframundo. Para eso nos entrenaste, ¿te acuerdas? Y, si Ryder dijo que Lucifer era la solución a nuestros problemas con Luxora, creo que deberíamos hacerle caso.

—Vale —resopló el director—. Hablaré con mi hermano, pero no te prometo nada. Si veo que la cosa sigue estando demasiado delicada, bajaré yo solo.

Le tendí la mano.

—Hecho.

Sellamos el trato con un apretón de manos, y su reconfortante poder de ángel volvió a recorrer mi piel. Todo iba a salir bien. Tenía que salir bien.