Capítulo 19
Por entretenida que hubiera sido la Corte de Invierno, volver a la academia me hacía sentir más segura.
Ahora que el puesto de Cillian no corría peligro y que Ryder iba a ser trasladado al centro de rehabilitación, volví a meterme de lleno en mi rutina.
Había retomado el rumbo con la VDR —la vida después de Ryder— y estaba decidida a mantenerme firme.
Un tirón de pelo me hizo girarme en el pupitre y encontrarme con un par de ojos lila enigmáticos .
En los días que habían pasado desde nuestro regreso, el príncipe de hielo había vuelto a su actitud de siempre.
No hablamos del casi beso en el palacio ni del torrente ocasional de emociones que se colaba por el vínculo al estar juntos.
Y yo lo prefería. Sí, lo sé: una actitud cobarde.
—¿Te apetece montar esta tarde en vez de hacer el entrenamiento de siempre? —susurró.
Calliope estaba dando la clase sobre el oráculo del Reino del Océano y sus profecías más certeras. La verdad es que el tema me interesaba bastante, tal y como estaban las cosas.
—Vale —dije, y volví a girarme hacia delante.
Otro tirón.
—¿Qué? —susurré, con más brusquedad de la que quería.
Levantó las manos y abrió mucho los ojos.
—Perdona. Iba a preguntarte si estás lista para la carrera de unipegs de este semestre. Por cierto, esta vez no pienso ayudarte. Al fin y al cabo, el objetivo es medir a la competencia.
—No te preocupes, Drake. Te prometo que Zeus y yo no vamos a dejarte en mal lugar.
—Drake, Luna —la voz de Calliope me hizo volver la cabeza hacia el frente del aula—. Por favor, dejad vuestras conversaciones personales para después de mi clase.
—Perdón —murmuré.
Después de clase, Cinder vino corriendo directamente hacia mí por el pasillo. Se enganchó a mi brazo y empezó a dar saltitos.
—¿Y a ti qué te tiene tan contenta? —pregunté.
—La vida —dijo. En su rostro tenía una sonrisa enorme—. Cillian se queda, a Ryder le están ayudando, Raf es maravilloso como siempre y hace ya semanas que nadie intenta matarte.
Me reí.
—Al final son las pequeñas cosas, ¿no?
—Raf y yo vamos a ver esta noche la peli del patio —añadió Cinder—. Echan Clueless , que es mi peli humana favorita de todos los tiempos. ¿Te vienes?
Dudé. La idea de hacer de sujetavelas en su cita un jueves por la noche no me apetecía nada.
—Gracias, Cin, pero esta noche voy a salir a montar con Drake.
Arqueó una ceja, curiosa.
—Últimamente pasáis mucho tiempo juntos.
—Como siempre —dije, como si nada—. No es nuevo; solo forma parte del entrenamiento.
—No sé... —titubeó Cinder. Su voz adoptó un tonillo cantarín— Se os ve distintos desde que volvisteis de la Corte de Invierno. ¿Seguro que no me estás ocultando nada?
Noté cómo me ponía roja y bajé la mirada al suelo. Ojalá mi mejor amiga no se diera cuenta.
—Para nada —dije, intentando sonar lo más natural posible—.
No ha pasado nada entre nosotros. Drake y yo solamente somos buenos amigos y, además, ya sabes que paso de los chicos hasta que acabe el semestre.
Después de las vacaciones ya será un año nuevo y una Luna nueva.
Para entonces quizá pueda centrarme en conocer a alguien en serio.
Cinder me rodeó los hombros con el brazo y me dio un apretón.
—Estoy orgullosa de ti por intentar superar lo de Ryder. Sé lo duro que es para ti.
Pero no lo sabía. No de verdad. ¿Cómo iba a saberlo? La persona a la que más quería nunca la había traicionado una y otra vez. Me di unos golpecitos en la sien, intentando espantar los pensamientos oscuros sobre mi instructor. VDR, VDR . Repetí el mantra para mis adentros.
Cinder me miró con cara de extrañeza.
—¿Por qué te has dado?
—Un bicho —mentí.
—Bueno, me voy a mi última clase —dijo Cinder—. No te quedes hasta muy tarde con el príncipe de hielo. Raf me dijo que mañana salís de misión, ¿no?
—Sí. Según Logan, será facililla. Lo más probable es que no tenga nada que ver con Luxora.
—Qué alivio. Me preocupo mucho por vosotros cuando vais por ahí salvando el mundo.
Abracé a mi amiga de lado.
—No te preocupes. Somos bastante letales.
Ella soltó una risita y me devolvió el abrazo.
—Ah, eso ya lo sé.
Se despidió con la mano y se perdió por el pasillo. Yo volví a mi habitación a cambiarme. Pasar la tarde montando a Zeus con el frío requería unas cuantas capas más de ropa.
Nunca me había sentido tan libre con el viento azotándome el pelo y el poderoso unipeg debajo. Puede que el imponente príncipe feérico que volaba a mi lado también tuviera algo que ver. Zeus salió disparado hacia delante, y Apolo le siguió el ritmo zancada a zancada.
Drake me lanzó una sonrisa soberbia.
—Alguien ha estado practicando.
—Oye, me halaga bastante que te estés esforzando tanto por ganarme esta vez.
Drake resopló.
—Venga ya, la última vez fue pura suerte. Apolo debió de tenerte lástima o algo así.
—Claaaro —sonreí. Clavé los talones en los flancos de Zeus y el animal salió disparado hacia delante, como una flecha—. ¡Ascendum!
Al gritar aquello, Zeus se puso a batir sus enormes alas mientras subíamos hacia la capa de nubes algodonosas. Giré la cabeza por encima del hombro y chillé:
—¡A ver si me alcanzas ahora!
Los ojos de Drake brillaron con un intenso tono lavanda mientras espoleaba a Apolo.
Me acomodé en la silla, miré al frente y me incliné sobre el arzón para cortar el viento.
Cuanto más alto volábamos, más gélidas eran las ráfagas.
Me escocían las mejillas; aun así, seguí apretando a Zeus.
Drake venía justo detrás, y lo único que tenía en mente era ganarle.
—¡Luna!
El grito de Drake me hizo tensar las riendas. Estuve a punto de girarme, pero mi vena competitiva pudo más. Seguro que solo intentaba distraerme para adelantarse.
—¡Ascendum! —grité otra vez.
Zeus subió aún más, hasta perderse entre las nubes.
—¡Luna, cuidado!
Noté el miedo en la voz de Drake y me lo contagió.
Sin mirar atrás, tiré de las riendas de Zeus hacia un lado justo cuando una bola de fuego de dragón pasó rozándonos.
Jadeé y tiré de la embocadura para que el unipeg hiciera un giro cerrado.
Por el rabillo del ojo vi a Drake y a Apolo correr hacia nosotros.
Por encima oí un chillido agudo resonando en el cielo.
De repente, un dragón demonio atravesó las nubes a la velocidad de la luz, directo hacia nosotros.
Sobre la bestia de alas negras cabalgaba un hechicero demasiado conocido.
¡Joder! El dragón batió sus alas escamosas de ónix mientras Nicodemus, la mano derecha de Luxora, iba directo hacia mí.
La bestia soltó otro rugido feroz y una ráfaga de fuego blanco incandescente salió disparada de sus fauces.
Tiré de las riendas de Zeus hacia la derecha y esquivamos otra embestida envuelta en llamas.
Estábamos a nada de acabar hechos brochetas de unipeg.
Reuní las pocas fuerzas que me quedaban e invoqué mi burbuja protectora.
Entones, la magia se deslizó sobre mi piel y nos envolvió en su cálido resguardo.
Hice girar a Zeus, lista para contraatacar.
Ojalá el escudo no me dejara sin energía.
Al poco, un destello de luz púrpura me hizo bajar la mirada.
Drake y Apolo pasaron como un rayo justo por debajo de nosotros.
La espada del príncipe iluminó el cielo como si fueran fuegos artificiales.
Nicodemus se vio obligado a ponerse a la defensiva y se perdió entre un cúmulo de nubes oscuras.
Fue justo la distracción que necesitaba para acercarme a Drake.
—¿Estás bien? —gritó por encima del viento.
—Sí. ¿Y tú?
Al fijarme en el príncipe, se me encogió el estómago. La manga de su chaqueta estaba completamente chamuscada, dejando al descubierto la piel roja e inflamada.
—Madre mía, ¿qué ha pasado?
—Nada, un poco de fuego de dragón —soltó—. Tranquila, en cuanto llegue Raf se me pasa.
—¿Los has avisado?
Drake asintió.
—En cuanto vi esa cosa.
Adiós a la tranquila sesión de cine de Raf con Cinder. Miré al cielo, pero Nicodemus y su dragón parecían haberse esfumado entre las nubes.
—¿Cómo han atravesado los escudos?
—Supongo que no llegan hasta aquí arriba.
Al decirme aquello, bajé la vista al suelo nevado, muy abajo. Estábamos a miles de metros de altura; seguramente Drake tenía razón.
—Entonces, si bajamos, ¿no podrá seguirnos?
—Eso era lo que intentaba decirte antes, pero no me hiciste caso.
—Uf, perdona, Drake —suspiré—. Pensaba que intentabas distraerme.
El príncipe señaló el suelo con la cabeza.
—Vamos. Ahora no es momento de discutirlo.
Apenas terminó de hablar, otro chillido rasgó el cielo. Apolo se encabritó y Zeus sacudió la cabeza de un lado a otro mientras el dragón se lanzaba en picado hacia nosotros.
—¡Vete! —gritó Drake.
Clavé los talones en los costados de Zeus y lo lancé hacia abajo. Por el rabillo del ojo vi a Drake arremetiendo con su espada contra el dragón que se nos echaba encima. Las ráfagas de energía púrpura impactaban en el vientre de la bestia, pero esta ni se inmutaba.
—¡Drake, quítate de ahí! —grité por encima del hombro.
El cabezota del príncipe seguía plantado, lanzando más energía feérica contra el demonio que se nos echaba encima. Sentí pánico y me quedé sin aire; apenas podía respirar.
—¡Drake! —grité.
Lanzó una última ráfaga de energía que impactó en las alas del dragón, y la bestia perdió el equilibrio.
Nicodemus salió despedido por los aires, con la túnica púrpura ondeando contra el cielo azul.
Descendí unos metros más, negándome a seguir hasta que Drake me alcanzara.
La magia de los escudos latía justo debajo de mí mientras esperaba, mirando las nubes.
Una bruma púrpura envolvió al viejo hechicero y, cuando parpadeé, desapareció.
El dragón, en cambio, seguía dando vueltas cientos de metros más arriba, con el ala izquierda tocada.
—Vamos —dijo Drake, acercándose con Apolo.
—¿Y él? —pregunté, señalando al dragón de ónix.
—Volverá al portal por el que se ha colado —contestó Drake. Se miró el brazo e hizo una mueca de dolor—. No merece la pena que perdamos el tiempo con él.
El batir de unas alas me hizo mirar abajo. Zephyr y Raf subían con sus poderosas alas.
—¿Estáis bien? —gritó el nefilín.
—Lo estaremos —murmuró Drake mientras giraba a Apolo hacia el campo de nieve.
Yo lo seguí. El corazón me golpeaba con fuerza contra las costillas. Estaba claro que Luxora no iba a rendirse. Hasta ahora simplemente habíamos tenido suerte, pero tarde o temprano se acabaría, y yo iría al Inframundo. Era hora de convencer a Cillian de plantarle cara.