Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

La sala del trono del rey Elrian era tan recargada como el resto del palacio de hielo.

El salón tenía techos altísimos, cubiertos de frescos que brillaban con luz propia.

Nunca había estado en la Capilla Sixtina, pero me recordó a las fotos que había visto por internet.

Drake y yo avanzamos bajo una enorme lámpara de araña dorada mientras nos acercábamos a la tarima donde Elrian y su madre, la reina Liandra, estaban sentados en sus tronos de alto respaldo.

Ellos, como todo lo demás, se rodeaban de oro y terciopelo de un púrpura intenso.

Los dos guardias reales que nos acompañaban por el pasillo central se apartaron para colocarse a ambos lados del rey cuando llegamos a los escalones de mármol.

Drake hizo una reverencia, y yo le imité como pude, improvisando una genuflexión bastante decente.

No se me había pasado por la cabeza que aquella conversación fuera a tener lugar en un sitio tan público.

Además de las decenas de guardias apostados junto a las paredes, había un puñado de señores feéricos paseando por el gran salón.

En ese momento agradecí haber elegido uno de los vestidos de Cinder en vez de mis camisetas viejas y mis vaqueros desgastados.

Un centinela real, con el uniforme azul de oficial, dio un paso al frente y nos hizo un gesto.

—Pueden dirigirse al rey y a la reina madre.

—Gracias por recibirnos hoy —dijo Drake.

—Sí, muchas gracias, majestades —añadí enseguida mientras me incorporaba.

—Estamos aquí para interceder por nuestro director, el ángel guardián Cillian, y también por el entrenador de nuestro equipo, Ryder Strong —dijo Drake.

Me alegraba que llevara la voz cantante, porque yo no tenía ni idea de qué decir—.

Cillian ha sido un líder entregado durante estos dos años al frente de la academia.

El ataque al campus y la pérdida de vidas que vino luego fue una tragedia terrible, pero no algo de lo que se le deba responsabilizar.

—¿Y por qué no? —preguntó Elrian— Es el director y el responsable de todos y cada uno de los estudiantes y profesores que están en el campus. Supervisa los escudos que garantizan la seguridad de la academia. Tendría que haber sabido que eran vulnerables a un ataque.

—¿Y cómo iba a saberlo? —solté— Luxora y sus fuerzas no son demonios cualquiera. Es increíblemente poderosa y, por si fuera poco, es la hija de Lucifer.

—Pero no era la primera vez que un demonio atravesaba los escudos —añadió la reina—. Ya hubo varios que entraron en la academia cuando llevabas la marca del diablo.

Se me secó la boca. Madre mía... Lo sabían todo. ¿Sabrían también lo de mi padre?

—Eso no pasó por culpa de unos escudos defectuosos —intervino Drake—. Una profesora estaba colaborando con Luxora. Era ella quien metía a los demonios en la academia.

Elrian resopló.

—Y todo eso ocurría delante de las narices del director.

Apreté los puños a los lados del cuerpo. Aquello no pintaba nada bien.

—Nada de esto fue culpa suya. Fue culpa mía.

Los dos miembros de la realeza me clavaron sus miradas heladas. Estuve a punto de venirme abajo, pero me enderecé y seguí hablando:

—Fui yo quien ideó el plan para hacer salir a Luxora.

Dejé a Cillian al margen porque sabía que no lo aprobaría.

Casi todas las decisiones las tomé a sus espaldas, y otros pagaron las consecuencias de mi falta de sinceridad.

Nunca quise que hubiera estudiantes heridos; solo quería acabar con todo esto de una vez.

Nadie en la academia ha estado a salvo conmigo.

El rey asintió, y la frialdad de su mirada pareció suavizarse por un instante.

—Tendré en cuenta lo dicho y trasladaré mis recomendaciones a la junta de la Academia Darkhen —dijo—. Cuando se tome una decisión, seréis de los primeros en saberlo.

Abrí la boca para insistir, pero Drake me dio un codazo suave en las costillas. ¿Y ya está?

—En cuanto al segundo asunto: el demonio Ryder Strong —siguió Elrian, haciendo una mueca de desagrado que le torció el semblante—. Si bien reconozco que ha logrado grandes cosas con el equipo, también ha asesinado a cuarenta y siete de mis súbditos.

—Se trataban de feéricos oscuros que, en cualquier caso, deberían haber acabado entre rejas —añadió Drake—. Si lo miras bien, Ryder nos hizo un favor.

La reina madre negó con la cabeza.

—Él no decide el destino de nuestro pueblo. Ese juicio le corresponde únicamente al rey.

Elrian se inclinó hacia delante, mirándome fijamente.

—Voy a serte sincero, Luna. Mi pueblo pide la ejecución de Ryder —dijo con mucha seriedad—. La cadena perpetua es lo máximo que puedo ofrecer.

Aquello me dejó sin aire. Unas manchas negras empezaron a nublarme la vista, y tuve que reunir todas mis fuerzas para no dejarme arrastrar por la oscuridad en mi interior.

—No...

—Lo siento, Luna, pero en ese asunto no puedo hacer nada —insistió Elrian—. Si lo libero, los Darkhen pedirán mi cabeza y, sin mí en el trono, Ryder sería el siguiente.

Se me secó la boca mientras el pánico se apoderaba de mí. Me quedé paralizada.

—Entonces no lo liberes —propuso Drake—. Mándalo al centro de rehabilitación de la SIA el tiempo necesario. Cuando vuelva a controlar su demonio, se podrá revisar su caso.

Al decir aquello, tuve que contenerme para no lanzarme sobre Drake y abrazarlo. El rey tamborileó con los dedos sobre el apoyabrazos de su trono dorado, pensando.

—No sé hasta qué punto ese castigo es lo bastante duro, Drake.

—Por favor, al menos inténtalo —le pedí.

Él asintió.

—Lo tendré en cuenta.

Una sensación de desánimo me invadió al escuchar aquellas palabras. Había pasado suficiente tiempo con el príncipe de hielo como para reconocer esa mirada. Solo lo decía para salir del paso. Entonces, el centinela real volvió a dar un paso al frente.

—Si eso es todo, el rey y la reina madre tienen muchos otros asuntos que atender hoy.

Tenía la cabeza llena de pensamientos, pero no me daba tiempo a ponerlos en orden. De repente, Drake me agarró del brazo y me hizo girar hacia la puerta mientras notaba cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Antes de sacarme de allí, me volví hacia el rey y la reina.

—Por favor, Elrian. Recuerda que Cillian y Ryder fueron amigos tuyos y que jamás habrían permitido que te pasara algo así.

Los guardias que estaban apostados junto a la puerta me miraban con semblante grave hasta que crucé el umbral. En cuanto lo hice, las puertas se cerraron tras nosotros de golpe, con un eco que sonó definitivo. Las rodillas me temblaban y me dejé caer contra la pared.

—Bueno... esto ha sido un desastre total.

Drake negó con la cabeza y me apretó el hombro.

—Ya te dije que venir aquí era jugársela.

Elrian pone sus deberes como rey por encima de todo...

salvo... —Drake titubeó. Una chispa iluminó sus ojos color lila—.

Creo que se me acaba de ocurrir algo —dijo, y me guio por el pasillo, alejándonos de las miradas atentas de los soldados—.

¿Crees que podrías hacer que Kimmie-Jayne viniera hasta aquí?

Eché la cabeza hacia atrás.

—¿Mi media hermana?

Drake asintió con entusiasmo. No recordaba haberlo visto nunca tan animado.

—Si alguien puede convencer a mi hermano de hacer algo fuera de sus obligaciones, es ella.

No paraba de ir de un lado a otro por la habitación de Drake, nerviosa.

Seguro que luego se me quedaría la marca de los dientes de tanto morderme los labios, igual que las pequeñas medias lunas que ya tenía en los dedos.

Kimmie-Jayne había contestado enseguida a mi mensaje y, cuando le expliqué lo que pasaba, dijo que haría todo lo posible por hacer cambiar de opinión a Elrian.

De eso hacía ya un par de horas. Pero, a pesar de los mensajes y las llamadas, no había vuelto a saber nada de ella. Ese silencio se me hacía eterno.

Ni siquiera la visita del hermanito de Drake me distraía.

Los dos estaban sentados al otro lado de la habitación, jugando a algo muy parecido al ajedrez.

Me habían invitado a unirme, pero era incapaz de quedarme quieta.

Bueno… vale, las risitas del niño ayudaban un poco.

Pero no servían para dejar de dar vueltas, vaya.

Me acerqué a la chimenea, donde estaban sentados frente a frente, con una mesita entre los dos.

Sobre el tablero había doce figuritas a cada lado.

Bastien sostenía una entre sus deditos regordetes, con el ceño fruncido por la concentración.

Si el juego se parecía al ajedrez, era difícil para un niño de cuatro años.

—¿Quién va ganando? —pregunté mientras me dejaba caer en el sofá junto a ellos.

—Drake —murmuró el pequeño—. No es justo.

Un brillo travieso apareció en los ojos del príncipe.

—¿Y por qué no es justo, Bas?

—Porque tú juegas distinto.

—Yo juego como se debe —se rio Drake por lo bajo—. Tu niñera te está malcriando, dejándote jugar como te da la gana. Si quieres ganar, juega siguiendo las reglas.

—¡Pero si solo tiene cuatro años! —protesté.

—Bueno, qué más da —dijo Drake, encogiéndose de hombros—. Elrian me enseñó cuando tenía más o menos su edad y, créeme, no me lo puso nada fácil.

—¿Y dónde están todos tus demás hermanos? —pregunté con curiosidad—. No estaban en el baile. ¿O es que te daba cosa presentármelos?

Bastien levantó su manita regordeta y empezó a contar con los dedos.

—Elliott es un bebé. Estaba durmiendo. Jacinda, Elinor y Reya viven con sus maridos.

Drake sonrió a su hermanito, y yo hice lo mismo. El pequeño era una monada.

—Bastien tiene razón. Mis hermanas mayores están casadas y viven en sus Cortes. Jacinda está con el príncipe de Primavera; Elinor, con el de Otoño, y Reya, con el de Verano.

—Todos matrimonios concertados, ¿no?

—Claro. Ninguno fue decisión suya —respondió Drake con sequedad. Inspiró hondo y la tensión de su mandíbula se aflojó un poco—. Así son las cosas. Renuncias a poder elegir a quién amar a cambio de todo esto.