Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

—No entiendo por qué no podías abrirnos un portal que nos llevara directamente al palacio.

Me abracé mientras me castañeteaban los dientes.

El carruaje dorado volaba sobre los campos nevados sin caballos ni unipegs que tiraran de él: solo magia feérica.

Por muy bonito que fuera el paisaje, después de una hora en aquel compartimento helado, lo único que quería era un baño caliente y una buena chimenea.

—No seas tan floja, humana. Además, dejar que nos abrieras un portal sentaría un precedente peligroso —dijo Drake.

Se acercó a mi lado del carruaje y me rodeó los hombros con el brazo para atraerme hacia él.

Llevaba un abrigo largo de piel, digno de la realeza, y no pude evitar preguntarme cuántas criaturitas adorables del bosque habrían tenido que morir.

Aun así, me acurruqué contra él, porque la piel era como un oso cálido y mullido.

—¿Cómo que un precedente peligroso?

—A los extraños no se les permite entrar por un portal en la Corte de Invierno cuando les viene en gana.

Con nuestro poder multiplicado, no tengo ninguna duda de que podríamos saltarnos los escudos, pero eso daría una imagen de debilidad.

Y lo último que necesita mi hermano es darles a los señores y damas feéricos el más mínimo indicio de fragilidad —explicó Drake, encogiéndose de hombros—.

Además, todo es parte del boato de la corte.

Eché un vistazo al séquito de carruajes y guardias montados en unipegs que nos rodeaba.

—Todos quieren ver de cerca al príncipe que vuelve a casa.

Drake esbozó una sonrisita engreída mientras se ajustaba el broche dorado del cuello.

Sentí un vuelco en el estómago cuando tomamos una curva entre árboles altísimos de hoja perenne.

El palacio apareció ante nosotros. Me lancé hacia la ventanilla y aparté la lujosa cortina para asomar la cabeza.

Una avenida flanqueada por árboles gigantescos conducía a un castillo enorme que solo había imaginado en los cuentos de hadas.

Unas luces moradas y azules iluminaban el palacio de hielo, con el cielo rosado del atardecer como telón de fondo.

Unas torres altísimas se alzaban hacia el cielo, construidas por completo de nieve y hielo.

Esperaba que el castillo fuera precioso —lo había visto en la tele—, pero lo que no esperaba era la cantidad de feéricos agolpados a ambos lados de la entrada arbolada de la finca.

—¡Por todos los seres feéricos! ¿Qué hace toda esa gente aquí? ¿Es así cada vez que vienes?

Drake se puso un poco rojo.

—Pasa cuando hay un baile esa misma noche.

Se me quedó la mandíbula colgando y fulminé al príncipe con la mirada.

—¿Un baile? ¿Me tomas el pelo? Creía que nuestro viajecito tenía que pasar desapercibido.

—Créeme, yo no he pedido esto —dijo Drake. Se cruzó de brazos y frunció el ceño—. Se suponía que Elrian iba a convencer a mi madre, pero, por lo visto, no lo ha conseguido.

—¿O sea que tu madre ha organizado un baile por tu vuelta a casa?

Drake asintió.

—Organizar eventos es lo que más le gusta —dijo Drake. Puso los ojos en blanco y resopló—. Aprovecha toda ocasión para presumir de nuestro poder y riqueza.

El carruaje fue aminorando la marcha mientras íbamos avanzando hacia el castillo entre la multitud que estaba agolpaba a ambos lados del sendero.

Cientos de seres feéricos gritaban y vitoreaban a nuestro paso.

La mayoría coreaba el nombre de Drake, y algunas chicas de mirada soñadora hasta se desmayaban al ver al príncipe. Genial. Lo que me faltaba .

—¿Qué va a pensar toda esta gente cuando baje del carruaje contigo?

Recordaba perfectamente lo que le pasó a mi hermanastra cuando se presentó como la prometida del príncipe Elrian. No fue nada agradable. Él le quitó importancia.

—No pasará nada. Eres una amiga de la academia y lo explicaremos así a la prensa.

Se me abrieron los ojos como platos.

—¿La prensa?

—Los paparazzi son un coñazo. Nunca tienen suficiente con los cotilleos de la realeza.

Ay, madre, ¿cómo me he metido en esto? Menos mal que Cinder me hizo meter en la maleta algunos vestidos suyos. Yo no tenía ni de lejos nada apropiado para un baile real feérico.

—Tranquila —susurró Drake cuando el carruaje se detuvo—. Todo irá bien.

Un guardia abrió la puerta y el príncipe me hizo un gesto para que saliera primero.

¿En serio? Le miré enfadada, pero él me cogió de la mano y me empujó hacia delante.

Agarré la mano enguantada del guardia, bajé un escalón del carruaje y me cegó un mar de flashes.

El clic, clic, clic de las cámaras era casi más fuerte que los jadeos contenidos de la multitud al verme.

Por suerte, Drake no me dejó pasar el mal trago sola.

En cuanto bajó del carruaje, las miradas y las cámaras se centraron en él. Un coro de gritos atravesó la multitud:

—¡Bienvenido a casa, príncipe Drake!

—¡Te queremos, alteza!

—¡Larga vida al príncipe Drake!

Entre todo el jaleo, me llegaron algunas preguntas en voz baja del tipo «¿Quién es esa chica?». Genial, los rumores ya están en marcha . Me pregunté si alguno de aquellos seres feéricos me reconocería de la carrera de unipegs del semestre pasado. Ojalá que no.

Dos soldados con uniforme azul pálido nos escoltaron por una interminable escalera de cristal escarchado.

Toda una tropa se cerró detrás de nosotros.

Di un paso y agité los brazos para no perder el equilibrio cuando me resbalé en el escalón helado.

Drake me rodeó la cintura con el brazo unos centímetros antes de que me diera de bruces contra el suelo.

—Gracias —murmuré mientras me ayudaba a recuperar el equilibrio.

Me soltó la cintura y me tendió la mano.

—Por si acaso —susurró Drake con una sonrisa.

Le lancé una mirada de reojo, cogiéndole la mano mientras subíamos los traicioneros escalones.

Las trompetas resonaron por el bosque silencioso, y alcé la vista hacia lo alto de la escalinata de cristal.

Otros doce soldados aparecieron escoltando a un hombre joven y a una mujer mayor envuelta en gruesas pieles. El rey y la reina madre.

El simpático Elrian que había conocido el año anterior en la carrera de unipegs, sin embargo, ya no estaba; en su lugar había un rey frío que me observaba desde lo alto.

Sus ojos lila eran iguales a los de Drake, lo que no hacía más que aumentar la sensación de inquietud.

Llevaba un largo abrigo de piel, teñido de azul pálido, con medallas de oro.

Aguanté hasta el último momento antes de cruzar la mirada con la reina.

Algunos mechones sueltos de su pelo platino se movían con la brisa mientras me observaba.

Le cubría un lujoso abrigo de piel blanca desde la barbilla hasta los pies, y, al fijarse en el abrigo del uniforme de la Academia Darkhen, esbozó una sonrisa burlona, curvándole así los labios rosados.

Quizá debería haber dejado que Cinder me prestara uno de sus abrigos, mucho más elegante.

Cuando llegamos al último escalón, Drake hizo una reverencia y yo intenté hacer lo mismo lo mejor que pude. Al rey se le dibujó una leve sonrisa al admirar mis esfuerzos.

—Bienvenida a la Corte de Invierno, señorita Hallows —dijo—. Mi madre, la reina Liandra.

La reina Liandra trató de sonreír, aunque parecía un gesto entre forzado y altivo.

—Bienvenida, humana.

Su voz era fría como el hielo, y quedó claro que allí no pintaba nada. De pronto deseé que aquello hubiera sido una visita de un solo día, y no una con noche incluida.

—Ven —dijo Elrian, tendiéndome la mano enguantada de blanco—. Sigamos esta conversación dentro, lejos de las miradas indiscretas.

Asentí y solté la mano de Drake para seguidamente coger la de su hermano.

Me armé de valor y recordé el consejo del profesor Arcana: nunca dejes que te vean dudar.

Alcé la barbilla, enderecé los hombros y caminé junto al rey mientras nos guiaba hacia el interior del palacio.

En cuanto las puertas se deslizaron y se abrieron, una bocanada de aire cálido me acarició las mejillas.

Menos mal que aquel sistema de calefacción feérico mantenía el palacio de hielo cálido y acogedor.

Contuve las ganas de soltar un suspiro de alivio y dejé que el calor me recorriera el cuerpo, templando mis huesos helados y soltándome la lengua.

—Muchas gracias por recibirme, majestad.

Él soltó una risita.

—Cuando estamos en privado, no hace falta tanta formalidad. Prácticamente somos familia.

Arrugué la nariz. Sabía que él y K. J. habían tenido una relación bastante intensa, pero no tenía claro hasta qué punto seguían siendo cercanos.

Antes de salir, le había mandado un mensaje contándole los detalles de nuestro viaje, pero aún no me había contestado.

Ella no hablaba mucho del tema, aunque yo notaba que aquel embarazo le estaba pasando factura.

Quizá los mestizos no estaban hechos para gestar bebés dragón.

La reina se giró del todo, atrayendo mi atención hacia ella y hacia el entorno opulento que nos rodeaba. Todo estaba cubierto de oro y lleno de muebles recargados. No tenía nada que ver con Skye Lair, con su elegancia sobria. Aquel palacio presumía de riqueza y lujo.

—Disculpadme, voy a retirarme a mis aposentos —dijo la reina—. Os veré a todos esta noche en el baile. Espero que estéis allí puntuales a las ocho.

—Por supuesto, madre.

Drake inclinó la cabeza, y yo hice una rápida reverencia antes de que ella se diera la vuelta.

Me pregunté qué tipo de relación tendría Drake con su madre. Había mencionado a su padre varias veces, pero de ella no había dicho ni una palabra.

Cuando desapareció por un pasillo lleno de recovecos, volví a centrarme en su hermano.

—¿Y cuándo vamos a poder hablar de Ryder y de Cillian?

Elrian frunció el ceño.

—Mañana tendremos tiempo de sobra para eso. Esta noche toca celebrar.

—Pensaba que tú te ibas a encargar del baile, hermano.

Drake fulminó al rey con la mirada.