Capítulo 14
Apreté los puños y avancé. En cuanto entré en el recinto de cristal, la puerta se cerró.
—¿Ryder?
Mi voz áspera volvió a sorprenderme. Él ni siquiera se inmutó.
No esperaba que me reconociera en aquel cuerpo, pero que ni siquiera reaccionara al oír a alguien entrar en su celda me inquietó.
Me acerqué mientras murmuraba las palabras para invocar mi burbuja de ocultamiento, y una especie de calor nos envolvió.
Por primera vez, reaccionó. Los músculos de su espalda se tensaron bajo el uniforme naranja cuando el orbe cayó sobre él.
Se volvió con el ceño fruncido, mientras sus ojos, totalmente negros, me recorrían de arriba abajo.
—No —gruñó.
Sentí la rabia en su voz como un puñetazo en el estómago.
—¿Qué? —murmuré.
—No puedes estar aquí —dijo, negando con la cabeza. Llevaba las muñecas esposadas delante del cuerpo por algún hechizo que anulaba la magia.
—¿Cómo supiste que era yo?
Se me notaba el temblor en la voz, y eso solo hacía que me pusiera aún más nerviosa. Él mantuvo la mirada fija en el suelo, diciendo palabras más afiladas que una navaja.
—Tu magia. La noté cuando levantaste la burbuja sobre nosotros —contestó, sacudiendo la cabeza despacio, como en desacuerdo—. No deberías haber venido, Luna.
Tenía la garganta hecha un nudo, y el peso en el estómago aumentó. Cogí aire y hablé.
—No he venido a sacarte de aquí ni a hacer ninguna locura.
Solo quería decirte que no pierdas la esperanza.
Estamos haciendo todo lo posible por sacarte.
Drake y yo vamos a hablar con el rey Elrian, y Cillian lleva días intentando convencer al director de la SIA.
Todo va a salir bien. Te vamos a llevar de vuelta a la academia, te lo prometo.
Él soltó un quejido de protesta.
—Con el rey estás perdiendo el tiempo.
Lo ignoré y seguí adelante.
—Y también quería darte las gracias por salvarme de Luxora… otra vez.
Se apartó de mí y volvió a mirar a la pared.
—Merezco estar aquí. Ahora mismo, este es el sitio más seguro para mí —dijo, pronunciando las palabras tan bajo que no estuve segura de haberlas oído.
—Eso no es verdad, Ryder.
Se giró hacia mí de golpe. El demonio que llevaba dentro le ensombrecía los rasgos y, al mismo tiempo, le teñía los ojos de un amarillo intenso y brillante.
—¡Claro que lo es! —gritó, desesperado. Se pasó las manos esposadas por el pelo revuelto—. Incluso con esto puesto, noto a mi demonio arañando por salir. Quiere salir, y lo hará. Perdí el control por completo, y no sé si algún día podré recuperarlo.
Di un paso hacia él, y retrocedió a trompicones.
—No te acerques, Luna.
—Por favor, Ryder. Es culpa mía que perdieras el control.
De verdad, me lo advertiste una y otra vez, y nunca te hice caso.
Insistí e insistí y luego, cuando nos acostamos…
—murmuré. Se me empezaba a quebrar la voz y ahogué un sollozo.
Tragué saliva y me obligué a seguir—. Fui yo.
Mi oscuridad hizo que volviera tu demonio. Lo siento muchísimo.
Ryder frunció las cejas y el amarillo palpitante de sus ojos empezó a apagarse.
—¿En serio crees que tu diminuto porcentaje de demonio me hizo esto? ¿Por acostarnos?
Asentí, sintiéndome cada vez más nerviosa.
—No puedes estar más equivocada.
Una tormenta de emociones se agitaba en sus ojos, pero no fui capaz de descifrar aquel caos de sentimientos. Busqué su mirada, intentando encontrar algo que reconociera.
—Entonces, ¿qué fue? —pregunté. Él negó despacio con la cabeza y volvió a bajar la mirada— He sido yo, lo sé. Ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos y mentirme.
—Luna, vete a casa —La voz de Ryder ya no sonaba como antes—. Tienes que olvidarte de mí, de todo. Voy a pasar el resto de mi vida entre estas paredes de cristal, que es donde tengo que estar. No pierdas el tiempo intentando salvarme. Ya es tarde. Estoy perdido.
Se me cortó la respiración y noté cómo unas lágrimas ardientes amenazaban con escaparse de mis ojos. Parpadeé rápido para contenerlas.
—No lo voy a hacer, Ryder. No después de todo lo que has hecho por mí. Ni de broma. Me da igual si ya no me quieres o si alguna vez me quisiste. Pero yo sí te quiero, y te debo esto.
—Luna, por favor —balbuceó Ryder. Cuando me miró, la voz se le quebró.
Alzó la mano como si quisiera acariciarme, pero sus ataduras místicas lo evitaron—.
Olvídate de mí. Céntrate en Luxora. No parará hasta atraparte y comprobar que lo que vio su oráculo es cierto.
Dile a Cillian que vea a mi padre. Es la única esperanza que tenéis para derrotarla.
Le miré, con los ojos empañados por las lágrimas.
—¿Y aún dices que no merece la pena salvarte? Entonces, ¿por qué me ayudas?
—Porque también te debo una. Y, como mi padre, con los pactos siempre cumplo mi palabra.
Di un paso más hacia él, y Ryder ya no tenía espacio para seguir echándose atrás.
Su espalda chocó contra la pared de cristal y suspiró con fuerza.
Sentí una leve vibración en el lazo negro atado alrededor de mi corazón, el que le pertenecía a él.
Era la primera vez en meses que notaba algo así de intenso.
Bajó la cabeza y volvió a clavar la mirada en el suelo.
—No, Luna. No me consueles. No hay nada que hacer. No hay un tú y yo, y nunca lo habrá.
Una bofetada me habría dolido menos. Retrocedí tambaleándome mientras el aire se me escapaba de los pulmones, dejándome sin aliento.
—¡Vete! —susurró— Antes de que llame a los guardias.
Me di la vuelta antes de que las lágrimas me impidieran ver por dónde iba.
—¡Vete!
Salí corriendo del recinto de cristal, presa de la desesperación.
Sentía que el corazón se me rompía con cada paso que daba por aquel laberinto de pasillos.
Las lágrimas me corrían por las mejillas, y los guardias con los que me iba cruzando me lanzaban miradas curiosas.
Mi burbuja protectora debía de haberse desvanecido en algún momento durante la huida, pero daba igual.
Tenía el corazón hecho trizas y ya no quedaba nadie para recoger los pedazos.
Lo único que quería era que se acabara el día.
Al día siguiente, Drake y yo nos iríamos al Palacio de Wintersbee, y esperaba que eso me ayudara a quitarme de la cabeza el dolor que sentía.
Por mucho daño que me hubiera hecho Ryder, no iba a dejar que se pudriera en la cárcel.
Haría todo lo posible por sacarlo de allí, tal y como le había prometido.
Scarlett me lanzó una mirada al otro lado de la fila.
Yo me había negado a hablar desde que salimos del centro de detención; tenía el corazón demasiado herido.
Habíamos llegado justo a tiempo a la clase de Mitos y Mitología del profesor Arcana, así que había podido posponer lo inevitable.
Contarle lo que había pasado lo haría real, y todavía no estaba preparada para eso.
Además, solo Cinder sabía hasta dónde había llegado de verdad mi relación prohibida con nuestro instructor.
Scarlett siempre me picaba con Ryder, pero yo nunca lo había confirmado ni desmentido.
Después de lo de hoy, probablemente ya ni hiciera falta.
—¿Estás bien? —susurró.
Mantuve la vista fija en el libro abierto sobre el pupitre.
—No —dije, suspirando. Pasé unas cuantas páginas mientras las palabras del profesor se me iban quedando en nada—. Pero supongo que tendré que tirar para adelante.
—Me alegro, porque necesito saber qué ha pasado. Sé que Ryder y tú tenéis algo especial, pero él forma parte del equipo, y yo sé lo que es cagarla. Todos merecemos una oportunidad.
El anillo carmesí de sus iris palpitó. Siempre olvidaba que mi compañera de habitación era una vampira porque se controlaba mucho, pero supuse que no siempre había sido así.
—¿A ti alguna vez te encerraron por algo que hizo tu demonio?
Ella negó con la cabeza.
—Aunque deberían haberlo hecho. Mi creadora, Carmen Rosa, tiene mucha influencia, y es la única razón por la que estoy aquí y no en un centro de detención de la SIA, como Ryder.
Me mordí el labio, con ganas de preguntarle más, pero ¿era apropiado?
«¿A cuántas personas mataste?» no parecía el tema más adecuado en mitad de una clase.
Sonó el timbre, anunciando el final de la hora y de mi última clase del día.
Recogí mis cosas a toda prisa, con ganas de volver a mi habitación para preparar el equipaje del viaje del día siguiente.
—Nos vemos luego en la habitación —dijo Scarlett mientras avanzaba por la fila.
Me quedé con la idea de preguntarle más sobre lo que pasó cuando la convirtieron la próxima vez que estuviéramos a solas.
Mientras guardaba el libro en la mochila, pensé en mi lado oscuro de demonio.
Me había preocupado de esa pizca de sangre demoníaca de mi herencia de brujos, pero no eran nada comparados con lo que Ryder y Scarlett tenían que afrontar cada día.
El profesor Arcana me saludó con la mano cuando pasé al lado de su escritorio, y aparté aquellos pensamientos oscuros, intentando devolverle la sonrisa.
—Que tengas un buen fin de semana, señorita Hallows.
—Gracias, profesor. Igualmente.
Me siguió con la mirada mientras me dirigía hacia la puerta.
—¿Puedo darte un consejo… para tu escapada de fin de semana al palacio real?
Fruncí el ceño.
—Claro…
¿Cómo lo sabía? Se subió las gafas por la larga nariz y se inclinó para susurrarme al oído.
—No dejes que esa realeza feérica te vea dudar. Valoran la fuerza y la astucia por encima de todo. Te conviene demostrarles de lo que eres capaz, mestiza o no.
—Gracias. Lo intentaré.
El profesor Arcana sonrió, y los labios arrugados se le estiraron sobre los dientes amarillentos. Acto seguido, me acompañó hasta la puerta.
—¡Hasta luego!
El jaleo de los estudiantes que llenaban el pasillo contrastaba de golpe con el silencio del aula.
Era viernes por la tarde y todos parecían estar deseando como yo que empezara el fin de semana.
El sonido de unos pasos ligeros acercándose me hizo girarme.
Cinder asomaba la cabeza por encima de unos duendecillos mientras se abría paso para llegar hasta mí.
—¿Qué tal te fue? —preguntó, jadeando, cuando llegó a mi lado.
—Un desastre total —refunfuñé.
—¿No pudiste entrar a verlo?
—Ah, no, sí entré. Esa parte salió sin problema. Fue Ryder…
Mi mejor amiga me pasó un brazo por los hombros y me dio un apretón.
—Venga, volvamos a tu habitación y me lo cuentas todo. Y te ayudo a hacer la maleta para la Corte de Invierno. Tendremos que pasar un momento por mi cuarto para coger más ropa.
Por muy mal que me sintiera, no pude evitar sonreír.
—Sabes que sin ti estaría completamente perdida, ¿verdad?
Cinder se encogió de hombros.
—Seguro que te las apañarías de alguna manera, pero no hay ningún sitio donde prefiera estar que a tu lado —dijo—. Eres mi mejor amiga, Luna.
—Y algo así como tu cuñada —repliqué, riéndome. La rodeé con un brazo mientras avanzábamos por el pasillo lleno de gente —. Te quiero, Cin. Eres lo mejor que me ha pasado desde que llegué a Darkhen.
—¡Y yo a ti! Mi vida era bastante sosa antes de que aparecieras.
¿Sosa? Más bien tranquila. Yo había metido a la pobre chica en un montón de líos, pero ella había seguido a mi lado pese a todo.
Puede que Ryder tuviera razón y ya fuera hora de pasar página.
Tras convencer al rey Elrian de que lo sacara de la cárcel y de asegurar el puesto de Cillian como director, tendría que centrarme en lo bueno de mi vida. Como mi mejor amiga.