Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

—Ni de broma.

Drake me lanzó una mirada fulminante desde el otro lado de su enorme cama.

Pensé que lo complicado sería convencer a Cillian para que me dejara salir de la enfermería, pero parecía demasiado cansado como para discutir conmigo.

Seguramente sabía que, si se negaba, me escaparía igualmente.

Convencer a Drake, en cambio, iba a ser bastante más difícil.

—¿Pero por qué no? —protesté.

—Me sorprende que me hagas esa pregunta, con lo enganchada que estás a Hitched . Está claro que no aprendiste nada de la visita de tu media hermana al castillo real.

—Aquello fue distinto. Entonces el rey era tu padre, no Elrian.

Drake resopló.

—Elrian y mi padre no son tan distintos como te crees, Luna.

Se me encogió el corazón y toda la esperanza se vino abajo.

—¿No crees que te haría caso a ti? ¿O a mí?

Drake se levantó y empezó a dar vueltas de un lado a otro junto a la cama.

—Puede que en lo de Cillian. Y digo puede. Pero ¿con Ryder? Ni de broma. Es el rey y tiene que proteger a su gente. Ryder ha matado a decenas de seres feéricos en los últimos meses.

—Pero eran seres feéricos malos.

—Eso da igual. No le tocaba a él decidirlo. Era cosa de mi hermano, el rey, juzgar su destino.

—Drake, por favor —supliqué. Me levanté y le agarré las manos. Miré sus ojos helados—. Si no lo intentamos, destituirán a Cillian y Ryder se pasará el resto de su vida en la cárcel.

—Puede que sea lo que se merecen —murmuró Drake, bajando la vista.

Le solté las manos y lo miré con dureza.

—No puedes decir eso en serio.

Drake apretó la mandíbula, tenso.

—Ryder ha matado a muchísima gente, Luna. Tiene que pagar por lo que hizo.

—¿Y Cillian? No ha hecho nada. No merece que lo castiguen por algo que hicimos nosotros.

La expresión de Drake se suavizó un poco y soltó un suspiro de frustración.

—Tienes razón. No lo merece. Pero eso no quiere decir que esté de acuerdo con que vayas a la Corte de Invierno —dijo.

Me puso las manos en los hombros y me sostuvo la mirada—.

Estás tan empeñada en ayudar a todo el mundo que te olvidas de ti misma.

Yo crecí en el castillo de Wintersbee y te aseguro que los seres feéricos pueden volverse contra ti cuando sea.

Si Luxora logró llegar hasta ti aquí, en la academia, imagínate lo que podría pasar allí.

La preocupación que se le veía en los ojos me dejó sin aliento. No era propio del príncipe.

—Gracias por preocuparte por mí, Drake, pero no puedo quedarme de brazos cruzados —dije. Me solté de sus manos y me encaminé hacia la puerta—. Iré contigo o sin ti, y los dos sabemos cuál de las dos opciones es más segura.

Seguí andando, pero Drake no dijo nada. El corazón me iba a mil. Agarré el picaporte y tiré.

—Espera...

Me giré tan rápido que casi me doy un tirón en el cuello.

—¿Sí?

—Vale. Hablaré con Elrian y organizaré el viaje —dijo Drake—. Pero te lo advierto, Luna: cuando estemos allí, harás exactamente lo que yo te diga.

—De acuerdo —sonreí—. Gracias, Drake.

—Lo que tú digas, humana. Si acabas muerta, luego no digas que no te avisé.

—Ni de broma dejarías que me pasara nada estando tú de guardia, príncipe de hielo.

Le guiñé un ojo y salí por la puerta. Por primera vez en mucho tiempo, volví a ver la luz.

Unos días después, la reunión con Elrian ya estaba cerrada y Cillian nos había dado permiso para pasar dos días fuera del campus.

No le hacía gracia, pero había cedido, y eso me preocupaba.

Las cosas debían de estar muy mal. Con la ayuda de mi padre, habían levantado unos escudos nuevos y mejorados alrededor del campus, y se había rendido homenaje a los estudiantes caídos.

El ambiente en la academia era sombrío, por decirlo suavemente.

A la mañana siguiente, Drake y yo saldríamos a defender nuestra causa ante el rey de la Corte de Invierno.

Una parte de mí quería ver el palacio de hielo en persona.

En Hitched parecía un cuento de hadas. La otra parte estaba muerta de miedo.

No es que dudara de lo que Drake había dicho sobre los señores y damas feéricos.

Tenía claro que me venderían a Luxora sin pensárselo dos veces.

Solo esperaba que no se corriera la voz de nuestra llegada y que pudiéramos entrar y salir antes de que nadie del Inframundo se enterara.

Solo me quedaba una cosa por hacer antes de irnos al castillo de Wintersbee.

Era lo único que había querido hacer desde que desperté tras la batalla.

Y allí estaba, frente al centro de detención de la SIA.

El sudor me perlaba la frente. Me limpié las manos en los vaqueros y avancé hacia la entrada principal a paso decidido.

Una cámara seguía mis movimientos; la lucecita roja parpadeante dejaba claro que mi visita quedaría registrada. De momento.

Había dos guardias fornidos de servicio: uno dentro de la pequeña garita blanca y el otro de pie junto a la imponente verja.

Ambos me recorrieron con la mirada y se detuvieron en mi falda del uniforme, bastante corta.

Qué asco. El calvo que vigilaba el exterior ladeó la cabeza y arqueó una ceja.

Sus ojos amarillentos lo delataban como algún tipo de cambiaformas.

—¿En qué puedo ayudarla, señorita?

—He venido a ver a mi padre —dije con toda la dulzura posible—. Me llamo Calina Tempest.

El de pelo oscuro, sentado dentro de la garita, asomó un poco más la cabeza por la ventanilla y echó un vistazo a una tableta.

—¿Y cómo se llama tu papá, pequeña mestiza? —dijo, con una sonrisa que dejaba ver los colmillos bajo el labio superior.

—Reginald Tempest.

Había investigado antes de venir con la ayuda de mi nueva compañera de habitación. A Scarlett le había llevado unos minutos hackear la base de datos de la SIA para sacar nombres de presos del centro, con sus números de celda y los nombres y turnos de los guardias.

—Mmm… No me sale ninguna visita para hoy.

El guardia se rascó la barbilla; sus uñas rasparon la piel sin afeitar. Me dio un escalofrío.

—Déjame mirar.

El calvo se acercó a la garita para revisar la lista. Miré de reojo la cámara: la lucecita parpadeante se había apagado. ¡Bien! Con el sistema de seguridad desactivado y los dos guardias pendientes de la tableta, saqué el pequeño vial del bolsillo de la chaqueta.

—A lo mejor esto ayuda.

En cuanto se dieron la vuelta, descorché la ampolla de cristal y una neblina brillante envolvió a los dos guardias corpulentos. Antes de que el vampiro pudiera darle a la alarma, se le cerraron los párpados y los dos mastodontes se vinieron abajo como sacos.

—Dormidos como troncos —dijo Scarlett, saliendo de debajo de la capa de invisibilidad que había conjurado para ella. Miró a los guardias y alzó una ceja—. Entonces, ¿en cuál te metes?

—Seguimos el plan, Scarlett. Yo me quedo con el cambiaformas y tú manejas al vampiro cuando despierte. Debe comportarse como si no hubiera pasado nada hasta que vuelva.

—Recibido, jefa —dijo, haciéndome un saludo militar con una sonrisa—. Venga, date prisa. No sé cuánto tardará esa cámara en volver a funcionar.

Nos metimos en la garita y arrastramos el cuerpo del cambiaformas hasta un cuartito.

—Gracias por echarme una mano, Scarlett.

—De nada —dijo, con los ojos brillantes—. Estoy deseando verte en el cuerpo de ese tiarrón.

Me reí y cerré la puerta mientras volvía a meterme en el cuartito.

Sentada junto al corpulento cuerpo del cambiaformas, sentí un cosquilleo intenso en la piel.

Un segundo después, noté cómo el vínculo que me mantenía unida a mi cuerpo se deshacía.

Floté un instante sobre nuestras dos formas inmóviles antes de meterme en la del guardia.

Cuando me asomé cabeza por la puerta del cuartito, los ojos de Scarlett se abrieron como platos.

—¿Todo despejado? —pregunté. El tono grave de mi nueva voz me sobresaltó.

—Sí. Estoy a punto de hipnotizar a este tipo y luego volveré a encender las cámaras.

—Bien.

Llené cada rincón del enorme guardia con mi alma y, entonces, oficialmente había terminado de ocupar mi nuevo cuerpo.

—¿Sabes adónde vas? —preguntó Scarlett mientras me dirigía hacia la puerta.

—Bloque A, celda número ciento cuarenta y dos.

Echó un vistazo a la placa con el nombre que llevaba sobre la camisa negra del uniforme.

—Buena suerte, Rufus.

—Gracias —dije por encima de su enorme hombro, todavía intentando acostumbrarme al tono áspero de mi nueva voz.

Crucé la verja a buen paso y seguí por el largo camino vallado que llevaba al edificio principal.

Por suerte, Ryder estaba en el bloque de celdas A, así que no tendría que meterme en las zonas más profundas del centro de detención.

Mientras avanzaba por los pasillos en silencio, los guardias, con gesto serio, asentían al verme pasar.

Las paredes blancas, con luces de neón y envueltas en un silencio inquietante conformaban al edificio principal de la prisión.

Pasé el primer control sin problemas, y el corazón, que hasta entonces me latía a mil, empezó a tranquilizarse.

Se me escapó una sonrisa al acordarme del plano de la prisión que Scarlett había conseguido.

Un par de giros más y llegaría al bloque A.

Apreté el paso, incapaz de contenerme según me acercaba. Por fin giré la última esquina y unas letras enormes en mayúsculas destacaban sobre una pesada puerta metálica. Bloque de celdas A. Había un guardia fornido a cada lado. Uno esbozó media sonrisa al acercarme.

—¿Qué haces por aquí, Rufus?

—Traigo un mensaje para uno de los presos.

Le tendí el pergamino color crema con el emblema oficial del rey feérico. Los dos guardias abrieron los ojos de par en par.

—¿Esto lo ha autorizado el alcaide? —preguntó el que no había sonreído.

—Sí, señor. Puede llamarlo por radio para confirmarlo, pero yo hoy no lo molestaría. Está de muy mala leche. A mí casi me arranca la cabeza solo por cuestionar la carta.

El grandullón soltó un gruñido.

—Esos feéricos son todos iguales.

Asentí.

—Por lo visto, una carta del rey dirigida al alcaide no se pone en duda.

El guardia sonriente pulsó un botón y la puerta metálica detrás se deslizó hacia un lado.

—¿Sabes qué celda buscas?

Eché un vistazo a la carta que llevaba en la mano, como si lo comprobara.

—Sí, la ciento cuarenta y dos.

—Pues suerte. El de la ciento cuarenta y dos lleva dando guerra desde que llegó. Malditos demonios.

—Gracias —murmuré al pasar.

La puerta se cerró a mi espalda con un silbido seco.

Avancé deprisa junto a las celdas de cristal, evitando mirar hacia dentro.

El otro día había visto salir del portal del Inframundo a demonios bastante desagradables, y no tenía ninguna gana de ver a los espeluznantes que acababan encerrados allí.

El corazón se me aceleraba a cada paso. El pulso marcaba el ritmo de mis zapatos contra el suelo de cemento. Ciento cuarenta… ciento cuarenta y uno…

Me paré antes de llegar a la siguiente celda.

Cogí aire y me pasé la mano por la cabeza, buscando un pelo que aquel cuerpo no tenía.

Puedes hacerlo, Luna. Di otro paso y distinguí una figura oscura en el rincón más alejado de la celda.

Ryder estaba de espaldas a mí, con los hombros anchos caídos y la mirada clavada en la pared, completamente quieto.

Reuní valor, levanté la mano y apoyé los dedos en el escáner de la puerta.

—Rufus Blankenhauser —soltó la voz automatizada.

Casi me salgo de mi propia piel… o de la del cambiaformas, mejor dicho.

—Identidad confirmada.

La puerta de cristal se abrió hacia un lado y el pulso se me aceleró.