Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Logan estaba sentado frente a mí, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.

—Todo va a salir bien —le dije, en un intento torpe de convencerme también a mí misma.

Cillian estaba en Torrem Angelus, el cuartel general de los ángeles en Celestia, reunido con el arcángel Amanadiel.

Iba a pasarse todo el día fuera y hoy le tocaba a Logan entrenarnos, así que, con un poco de suerte, Calliope estaría disfrutando de su día libre, demasiado ocupada como para darse cuenta de que habíamos desaparecido. Logan apenas asintió.

—Estamos haciendo lo correcto, Logan. Ryder lo haría por cualquiera de nosotros.

—Lo sé —Logan levantó la vista. Sus ojos brillaban como plata fundida—. También sé que me arrancaría la cabeza si te pasara algo. Y eso era antes de que su demonio se desatara.

Bajé la vista y me metí las manos en los bolsillos. Ese era el antiguo Ryder; no este.

—¿Todos listos?

Drake estaba de pie en el centro de su habitación, donde nos habían convocado para la reunión previa a la misión. La señora Mikalson había confirmado que la noticia de mi viaje le había llegado a Luxora. La trampa estaba lista; ahora solo quedaba ponerla en marcha.

—Vamos a acabar con esto de una vez.

Raine se puso en pie y los demás la imitaron, todos armados hasta los dientes.

Los nueve avanzamos por el pasillo en silencio.

Nuestras armas tintineaban como campanillas mientras el resto de feéricos dormían.

Ese silencio tenso me pesaba en los hombros cuando llegamos a la escalera de caracol.

Cuando salimos fuera, el corazón ya me latía con fuerza en el pecho.

Tendríamos que adentrarnos bien en el bosque feérico para no activar los escudos al abrir el portal…

o, al menos, si lograba abrirlo. Por mucho que hubiera mejorado, mis emociones seguían imponiéndose a mi magia y, a veces, mi poder era de lo más impredecible.

Scarlett se puso a mi lado y me lanzó una mirada de reojo.

—¿Qué? —solté, más brusca de lo que pretendía.

Bajó el ritmo hasta quedarse un poco rezagada conmigo.

—¿De qué iba esa pijamada con el príncipe? —susurró.

A pesar del frío, noté cómo se me encendían las mejillas.

—Nada —susurré—. Nos quedamos hasta tarde practicando hechizos y luego nos dormimos, sin más —la agarré del brazo para que me mirara—. Por favor, no se lo cuentes a nadie. Las cosas están mejorando con Raine y no quiero que se haga ideas raras.

—¿Que vosotros dos sentís algo el uno por el otro?

—Exacto.

—Porque tú no sientes nada, ¿no?

Me miró con cara de no creérselo.

—¡Que no!

Scarlett resopló mientras seguíamos avanzando como podíamos por la nieve.

—¿Qué? —pregunté.

—¿Nunca te has planteado por qué nosotros no notamos nada a través del vínculo de Drake? Con los demás es fácil captar lo que sienten, ¿no?

—Sí —respondí. Es verdad que algunos eran más difíciles de interpretar que otros, pero el de Drake era tan indescifrable como su rostro—. Así es Drake. Es el príncipe de hielo.

—O igual nos bloquea a todos a propósito porque hay cosas que no quiere que sepamos.

Me encogí de hombros.

—Puede ser. Pero seguro que no es por mí.

Scarlett negó con la cabeza. Esbozó una sonrisa mordaz con sus labios carmesí.

—Tú sigue diciéndote eso, Luna.

Al levantar la vista, vi que Logan y Drake se habían parado unos metros más adelante y que el resto del equipo se agrupaba a su alrededor.

—Ya estamos lo bastante lejos —dijo Drake—. Luna, ¿lista?

Recorrí los últimos metros hasta reunirme con ellos.

Me coloqué junto a Drake, cerré los ojos y me concentré en mi poder.

Imaginé el vórtice brillante abriéndose en mitad del bosque nevado.

Una ráfaga de viento me echó el pelo a la cara y abrí los ojos.

El enorme vórtice removía el aire y teñía el paisaje blanco con sus tonos azules intensos.

—Vosotros primero.

Hice un gesto al equipo y, uno a uno, fueron saltando al portal giratorio.

—¿Lista? —dijo Drake, ladeando la cabeza. La preocupación se le notaba en los ojos.

—Nos vemos al otro lado, príncipe de hielo.

Tras lanzarme una última mirada por encima del hombro, mi amigo quedó envuelto en un torbellino de viento y desapareció.

—¡Luna!

Una voz femenina, aguda y conocida, me frenó justo cuando estaba a punto de cruzar. Me giré hacia la línea de árboles y vi a la señora Mikalson corriendo hacia mí. ¿Qué narices?

—¡Luna, espera! —gritó mientras corría, con mechones de pelo oscuro pegados a la cara.

Se me puso la piel de gallina. Cuanto más se acercaba, más notaba un gusanillo en el estómago. Tenía un mal presentimiento. Di un paso atrás hacia el portal mientras los vientos amainaban. Mi magia iba debilitándose y ya no podría mantenerlo abierto mucho más.

—Menos mal... —jadeó la señora Mikalson cuando por fin me alcanzó.

Una energía oscura se arremolinaba alrededor de la súcubo. Una que nunca antes le había notado. Di otro paso atrás, vigilando de reojo el vórtice, que se encogía por momentos.

—¿Qué está pasando?

Me agarró de la muñeca con fuerza. Mientras, a su lado, una figura sombría tomaba forma.

—¿Qué hacéis? —grité, forcejeando por soltarme, pero tenía una fuerza increíble.

La sombra acabó de tomar forma, adoptando la figura de un anciano.

Antes de que pudiera decir las palabras del hechizo de protección, abrió los dedos y una nube oscura me envolvió.

Unas paredes translúcidas e impenetrables se cerraron a mi alrededor.

Busqué mi magia por todas partes, pero no la encontraba.

No me quedaba nada dentro, solo un vacío inmenso.

—¡Dejadme salir de aquí! —grité, golpeando la prisión semitransparente.

—No puedo hacer eso —dijo el hombre, que debía de ser un hechicero o algo así.

Cogió la mano de la señora Mikalson, extendió la otra sobre mi celda translúcida y, de pronto, el bosque desapareció a nuestro alrededor.

Un segundo después aparecimos en pleno vestíbulo principal de la academia.

Algunos estudiantes caminaban por los pasillos rumbo a las primeras clases del día.

Al vernos, se quedaron con los ojos como platos.

—¡Ayuda! —grité— ¡Id a buscar ayuda!

Un vampiro al que reconocí de una de mis clases cruzó el vestíbulo como una sombra, en dirección al ala de administración.

Sin embargo, antes de que saliera del pasillo, el viejo hechicero murmuró unas palabras y el vampiro se quedó clavado a medio paso.

El hombre hizo un gesto con la mano y todos los supes se quedaron paralizados en el sitio.

—No podemos permitir que avisen de que hemos llegado hasta que no llegue el resto.

La señora Mikalson miró el reloj, nerviosa.

—¿Dónde están, Nicodemus?

—Paciencia, querida.

En ese momento, se abrió un portal al final del pasillo. El olor a azufre lo invadió todo y una horda de demonios irrumpió desde el polvoriento paisaje rojo.

—¿Cómo has podido? —dije, volviéndome hacia mi profesora traidora— Tú eres quien ha colaborado con Luxora, dejando entrar a los demonios en el campus todo este tiempo, ¿no?

—Nunca debiste venir aquí, Luna.

En la voz de la señora Mikalson se coló un leve atisbo de remordimiento.

Las criaturas se desplegaron por el pasillo, tirando puertas abajo para colarse en las aulas cerradas con llave.

Agradecí que fuera tan temprano y que la mayoría de los estudiantes siguiera en los dormitorios.

Pero aquellos monstruos no tardarían en dar con ellos.

El miedo me recorrió el cuerpo mientras me asaltaban imágenes de una masacre espantosa.

No. No podía permitir que pasara.

—¿Dónde está Luxora? —exigí— Ha venido a por mí, ¿no? Llevadme con ella y dejad en paz la academia.

El hechicero, Nicodemus o como se llamara, me señaló con gesto reprobatorio.

—Ya es demasiado tarde para eso, pequeña humana —dijo con sarna—. El señor oscuro quiere dar un escarmiento. Esta academia quedará reducida a cenizas para que ni tú ni tus entrometidos amigos podáis volver a meteros en sus planes.

Aquello pintaba muy, muy mal.

—¡Socorro! ¡Que alguien vaya a buscar ayuda! —grité mientras golpeaba la barrera invisible.

Los demonios arrasaban los pasillos, arrancaban las taquillas y las tiraban al suelo, y sacaban las puertas de sus goznes. Algunos gritos rasgaron el aire cuando los monstruos irrumpieron en las aulas. Me estremecí. ¿Qué les estarían haciendo a los estudiantes?

Cada vez salían más demonios del portal, hasta que el pasillo entero quedó lleno de ellos. Algunos subieron por la escalera de caracol hacia las demás plantas, y perdí de vista a los que encontraron las pasarelas cubiertas, las que llevaban a los dormitorios.

Cinder . Se me encogió el corazón. Por favor, que mi amiga esté bien .

El pánico se apoderó de mí mientras me quedaba allí, sin poder hacer nada, viendo a los demonios sembrar el caos en mi querida academia. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Dónde estaban la profesora Malindra o el profesor Arcana? Seguro que podrían parar aquello.

Todo era culpa mía. Nunca debí empeñarme en tenderle una trampa a Luxora. Nos llevaba ventaja desde el principio, gracias a la señorita Súcubo Sexi. La rabia me ardió por dentro y me concentré en lo más profundo de mi interior, en la fuente de mi magia.

Nada. Ni un solo destello. Fuera lo que fuese aquel cubo místico, me estaba quitando hasta el último ápice de mis poderes.

Al otro lado del pasillo, por encima de la horda de demonios, un resplandor dorado me llamó la atención.

Vi unas alas impresionantes desplegándose sobre la multitud mientras Calliope y media docena de nefilines sobrevolaban el caos.

—¡Calliope! —grité.