Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—No puedo hacer eso, Luna.

—Por favor. Puedo ayudar. Lo sé.

—Puede que tengas razón —aseguró Logan—, pero si te pasara algo ahí fuera, Ryder me mataría. Y, la verdad, prefiero seguir vivo.

Sentí una pequeña chispa de esperanza en mi corazón.

—¿Crees que aún queda algo del antiguo Ryder en algún rincón de su interior?

Asintió.

—Estoy seguro. El Ryder que conocíamos sigue ahí, solo que enterrado muy en el fondo, bajo el demonio. ¿Cillian no te contó lo de sus víctimas?

Fruncí el ceño.

—No. ¿Qué pasa con ellas?

—Estuve investigando un poco y descubrí que todas las almas que ha consumido eran de tipos bastante poco recomendables —explicó—: seres feéricos problemáticos, vampiros asesinos, cambiaformas asquerosos...

No había ni uno solo que pudiera considerarse «bueno».

Y no ha matado a ningún humano. En otra época, habrían sido su presa favorita.

Esas palabras me hicieron ver un poco la luz.

—¿Entonces crees que sigue ahí dentro y que podemos recuperarlo de alguna forma?

—Estoy seguro —Logan me apretó la mano y tiró de mí para avanzar más rápido entre la multitud—. Venga, concéntrate. Estamos en una misión.

Dejé a un lado la euforia momentánea y me obligué a centrarme en lo que teníamos entre manos.

Porque, si me mataba un demonio, ¿de qué serviría preocuparme por la oscuridad de Ryder?

Escudriñé la multitud mientras nos abríamos paso entre los manifestantes, que gritaban y coreaban «¡Supes, a casa!

», además de otros lemas igual de agradables.

Buscaba destellos amarillos o carmesíes en sus ojos, o cualquier otra señal que los delatara.

Un grito se alzó por encima del bullicio, y Drake, Logan y yo nos giramos. La multitud de manifestantes se quedó en silencio cuando otro chillido desató el pánico.

Logan señaló por encima del gentío.

—¡Viene de las mesas de votación! ¡Avisa a los demás!

Salió corriendo mientras se abría paso a empujones entre la gente aterrada.

Concentré mis pensamientos en los siete lazos enrollados alrededor de mi corazón y di la alarma.

Sentí cómo cada uno respondía al instante en cuanto recibió mi aviso.

Un hombre que estaba delante de nosotros apuntó al cielo cuando una criatura de alas negras cruzó el cielo azul.

¡Malditos demonios voladores!

Logan soltó palabras malsonantes mientras se abría paso a empujones entre la multitud.

—¡Apartaos! ¡Dejad paso! —gritó.

El pánico empezó a cundir. La gente salía corriendo despavorida, pisoteando los carteles de cartón que iban cayendo al suelo.

En medio de las filas de supes que esperaban para votar estalló el caos.

Los demonios se separaron de la multitud de manifestantes y atacaron a los suyos.

Los cambiaformas se transformaron en lobos, panteras y dragones; las brujas y los brujos desplegaron su magia; los vampiros enseñaron los colmillos, y el caos se adueñó del jardín presidencial mientras los humanos gritaban aterrorizados.

—Esto pinta fatal —murmuré entre dientes mientras los policías intentaban reducir a los supes que se estaban peleando.

De repente, una nube de humo negro estalló a nuestro lado y, un instante después, llegó el gas lacrimógeno.

—¡Protectum admorae! —grité mientras la densa nube caía sobre nosotros y chocaba contra mi hechizo de protección.

Un poco más adelante, Raf, Aeria, Scarlett y las gárgolas que iban con ellos ya estaban metidos de lleno en la pelea.

Se enfrentaban a seis demonios que se habían quitado la piel humana.

Me revolvió el estómago ver sus verdaderas formas.

Raf blandió su espada de ángel contra un monstruo de lodo púrpura y le cortó un brazo de un tajo.

El miembro cayó al suelo y se deshizo, y al instante le salió otro en su lugar.

Aeria y Scarlett luchaban codo con codo contra un demonio con la cara cubierta de cuernos afilados.

Sacudía la cabeza de un lado a otro, intentando embestirlas con colmillos de quince centímetros.

Drake salió de mi burbuja protectora en cuanto se disipó el gas lacrimógeno, corrió y le clavó la espada a la criatura.

Yo llegué a la pelea unos segundos después, con la adrenalina a tope.

Lancé una daga y luego otra, tumbando a dos demonios asquerosos con apenas un toque de magia.

Unos pasos pesados resonaron detrás de mí, y Calliope, Zephyr, Raine y Triston se sumaron al combate.

Los lazos alrededor de mi corazón se tensaron, como si celebraran que volviéramos a estar juntos.

Solo faltaba uno: aquel del que no sentía nada desde hacía meses.

Era como si lo hubieran cortado del todo.

Me llevé la mano al pecho, como tapando ese dolor invisible.

Dos demonios aparecieron gruñendo junto a mí.

Sus rasgos de gorila me provocaron un escalofrío.

Demonios gorabora. Los mismos que acompañaban a Luxora cuando intentó secuestrarme en la academia.

Su mordedura inyectaba un veneno paralizante, y Ryder había estado a punto de morir por su culpa.

Invoqué una bola de fuego en cada mano —otro truco que había practicado con mi padre biológico— y se las lancé a los dos demonios.

Por el rabillo del ojo vi una sombra oscura con dientes afilados, muy cerca de mí.

Cerré los ojos, esperando notar cómo me desgarraban el cuello.

Pero ese momento nunca llegó. En su lugar, una sombra negra pasó como un rayo y se lanzó contra el tercer demonio gorabora, al que no había visto venir.

Se me erizó la piel. El aroma a sándalo y almizcle flotaba en el aire.

¿Ryder?

Clavé la mirada en la silueta oscura mientras se perdía entre la multitud. Salí corriendo tras ella. Mis botas resbalaban sobre el césped ensangrentado, lo que me hacía perder velocidad.

—¡Ryder! —grité.

Pero la figura se desvaneció entre las sombras.

—¿Estás bien?

Drake apareció a mi lado, con la frente perlada de sudor y sangre. Negué con la cabeza.

—Creo que acabo de ver a Ryder —dije, señalando hacia los supes que seguían peleando.

Drake se puso de puntillas, escrutando la dirección que señalaba, con los ojos entrecerrados.

—¿Estás segura?

—Sí —dije. Lo había sentido. Cada fibra de mi ser lo sabía—. Me ha salvado.

Al decir aquello, sabía lo absurdo que sonaba, pero era verdad. Aquel demonio gorabora había estado a punto de arrancarme medio cuello.

Drake frunció el ceño mientras tiraba de mí para llevarme de vuelta con los demás.

—Vamos, ya hablaremos de eso luego. Ahora tenemos que acabar con esto.

Intenté soltarme.

—Pero tengo que ir tras él. Está aquí. Lo sé.

El príncipe de hielo no hizo más que apretarme aún más el brazo.

—Ni de broma. Este sitio está lleno de demonios —aseveró—. Tenemos que terminar con esto y salir de aquí antes de que alguno de los secuaces de Luxora te vea.

Clavé los talones en el suelo y escudriñé la multitud en busca de la sombra oscura que había visto, de aquella figura familiar que conocía mejor que a mí misma. Ya no estaba.

—Vale —murmuré.

Y dejé que Drake me arrastrara de vuelta con los demás.

Logan tenía las alas desplegadas y unos afilados colmillos le sobresalían de los incisivos.

Se enfrentaba a un demonio de piel rojiza, curtida y con muy mala leche.

Calliope también luchaba cara a cara contra una desagradable criatura escamosa.

Ver a nuestros nuevos instructores peleando a nuestro lado me llenó de orgullo…

a pesar de todo. Entonces, Drake llamó al equipo a gritos, y todos nos detuvimos en seco.

Los ocho nos cogimos de las manos mientras Logan, Calliope y las gárgolas mantenían a raya a los demonios.

—¡Todos al suelo! —les gritó Logan al resto de supes.

—¡Vamos a acabar con estos cabrones! —rugí, y a mi alrededor estallaron gritos de guerra.

El poder empezó a fluir entre nuestras manos entrelazadas. Noté el calor recorriéndome la piel y extendiéndose por mi cuerpo. Nuestras miradas se cruzaron y empezamos a entonar:

—¡Demonium evacuae, demonium mortem, disparetem!

Raine y yo, colocadas en los extremos de la fila, extendimos las manos, y un fogonazo abrasador brotó de las yemas de nuestros dedos.

La ola crepitante arrolló a los demonios que quedaban y los envolvió en un resplandor de fuego.

Las llamas reptaban por sus cuerpos mientras unos chillidos espantosos llenaban el aire.

El olor nauseabundo a carne carbonizada se extendió sobre lo que, hasta hacía unos instantes, había sido un parque en perfecto estado.

Cuando el humo se disipó, no quedaban más que cenizas.