Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Kimmie-Jayne tenía razón; volver a la academia era lo que necesitaba para distraerme y dejar de pensar en Ryder a todas horas.

En pocas semanas ya había retomado mi rutina de clases.

Levanté la vista cuando Calliope, o la profesora Havens, como la llamaban todos, señaló una imagen en la pizarra digital.

Era uno de los oráculos de Azar. Había estado tan ensimismada en mis pensamientos que ni se me había ocurrido preguntarle a nuestra nueva profesora de Adivinación y Profecías qué sabía del oscuro oráculo del Inframundo.

—Hay ocho oráculos en Azar —explicó—: uno en cada reino, además del del Inframundo.

También hay varias docenas de supes que tienen el don de la videncia.

Las visiones y las profecías son engañosas.

No son blancas o negras y no siempre se puede confiar en ellas.

Este semestre estudiaremos las más importantes y veréis de primera mano por qué.

Cinder me dio un codazo desde el otro lado de la fila.

—Igual ella sabe algo del oráculo de Luxora.

Asentí.

—Eso mismo estaba pensando.

La voz de Calliope se cortó de repente, haciéndome volver la atención al frente del aula. Miraba fijamente la pantalla del móvil, y noté una expresión de sorpresa en su rostro.

—Lo siento, clase; ha surgido algo urgente —dijo. Sus dedos volaban mientras escribía un mensaje en el móvil—. Voy a avisar a la profesora Malindra para que termine la clase.

Un segundo después vibró mi móvil; luego el de Drake, el de Zephyr y el de Scarlett: el de todos los del equipo que estaban en clase. Eché un vistazo al mensaje, absorta.

—¿Qué? —susurró Cinder con urgencia.

—Tenemos que irnos. Han visto supes en una manifestación justo delante de la Casa Blanca. Logan nos espera allí.

Cogí los libros y los metí en la mochila mientras notaba la mirada preocupada de mi amiga.

—¡Ten cuidado!

—Lo tendré.

Salí pitando detrás de Drake y los demás, y Calliope salió justo detrás de nosotros.

—A la sala de entrenamiento, ya —Calliope recorrió el pasillo a la velocidad de la luz—. Cillian nos espera allí en cinco minutos.

Cuando llegamos al edificio de piedra, Cillian, Raine, Raf, Triston y Aeria ya estaban allí. Los ocho nos juntamos mientras el director le decía algo en voz baja a Calliope.

—¿Qué pasa? —le pregunté a Raf.

—Ni idea. Cillian quería esperar a que estuviéramos todos.

Justo entonces, el director se volvió hacia nosotros con nuestra nueva instructora a su lado.

—Siento interrumpir vuestra clase, pero Logan nos ha avisado de que necesitan nuestra ayuda —dijo—.

Como sabéis, durante las vacaciones se aprobó la resolución que concede a los sobrenaturales el derecho a votar en las elecciones humanas.

Hoy se celebran las primeras elecciones desde entonces y se ha reunido una gran multitud de manifestantes frente a la Casa Blanca.

Han enviado a varias gárgolas de Logan para vigilar la situación y han detectado varios demonios.

Dado el alto nivel de amenaza y la cercanía al presidente de los Estados Unidos, nos han pedido que vayamos a echar una mano.

Drake y Triston se frotaron las manos con un brillo oscuro en los ojos.

—Que empiece el espectáculo —dijo el cambiaformas—. Tengo unas ganas locas de darles una buena paliza a unos cuantos demonios.

Puse los ojos en blanco. Siempre sabíamos cuándo se acercaba la luna llena.

El lazo que nos unía con Triston se volvía salvaje y desquiciado, y nos ponía a todos en tensión.

De algún modo, su necesidad de transformarse siempre despertaba en mí las ganas de poseer cuerpos.

Había conseguido mantenerlas a raya durante todo el invierno, pero ahora la piel me picaba.

Era la señal de que mi energía estaba deseando salir, ansiosa por liberarse.

Me abracé el torso, como si así pudiera contener aquel impulso. Solo Drake sabía que podía poseer cuerpos, y no tenía claro si Cillian le había contado a Calliope ese pequeño detalle.

Cillian me hizo un gesto con el dedo para que me acercara. Se inclinó y me susurró al oído:

—¿Has estado practicando lo de abrir portales?

Asentí. Había pasado unos días en Maginaria con mi padre durante las vacaciones, practicando aquello, entre otras cosas.

Él quería que usara mi habilidad para poseer cuerpos, pero me negué.

Seguía sin poder quitarme de encima la sensación de estar haciendo algo malo cuando utilizaba el cuerpo de otra persona contra su voluntad.

—¿Crees que puedes llevarnos a todos hasta la Casa Blanca? —preguntó Cillian.

—Sí —contesté, y eché un vistazo al resto del equipo—. ¿Cómo vamos a explicarles esto?

—Creo que, de todas formas, ya iba siendo hora de que supieran la verdad.

Hice un gesto de incredulidad, incapaz de disimular la sorpresa.

Me costó asimilar lo que acababa de decir.

Llevaba meses pidiéndoles a Ryder y a Cillian que contaran al resto la verdad sobre mi padre y sobre mi condición de bruja.

Quizá no había sido Cillian quien se oponía a que saliera a la luz; a lo mejor había sido Ryder todo ese tiempo.

Calliope observó nuestro intercambio con el ceño fruncido.

—¿Ella puede abrir un portal?

Supuse que no lo sabía todo.

—Vamos, Luna. No tenemos más tiempo que perder.

Cerré los ojos con fuerza y murmuré las palabras del hechizo que Garrix me había enseñado.

—Portalis venitem, portals apertum.

Sentí cómo el calor en el pecho iba a más, un calor que me desgarraba por dentro.

Extendí las manos y la energía me recorrió las venas hasta estallar en las yemas de los dedos.

Un vórtice enorme se abrió en medio de la sala de entrenamiento, y la corriente de aire me despeinó.

Todo el equipo se quedó mirando la puerta mística con los ojos desorbitados.

—¿Eso lo acaba de hacer Luna? —preguntó Aeria.

Mi mirada se cruzó con la de Cillian, que asintió levemente.

—Cuando volvamos, tendremos que hablar todos. Pero ahora hay que darse prisa.

Drake se puso a mi lado y me miró fijamente con sus ojos color lila.

—Lo sabía —susurró.

—No sé de qué hablas —respondí, esquivando la mirada y cruzándome de brazos.

—Venga, equipo, en marcha.

Calliope fue la primera en cruzar el portal, con el resto del escuadrón justo detrás.

Por encima del hombro, pillé la mirada inquieta de Cillian mientras nos veía desaparecer en el vórtice, y una pequeña semilla de miedo empezó a crecer dentro de mí.

Mientras atravesábamos aquella sustancia viscosa y gelatinosa, mi cabeza iba a mil.

Llevaba más de un mes sin salir de misión.

Las pocas a las que nos habían mandado durante el verano habían sido simples escaramuzas.

Estaba bastante segura de que Cillian solo nos las asignaba para tenernos entretenidos. Pero aquello… aquello era distinto.

El portal nos escupió en una calle lateral, cerca de la avenida Pensilvania, junto a un Starbucks.

El olor a café me llegó de golpe y, por un momento, me tranquilizó.

Desde luego, no era el mejor momento para tomarse un café con leche.

Los ocho echamos un vistazo a las calles de alrededor para ubicarnos.

Calliope dio una palmada y me giré hacia ella.

—Logan y su equipo están apostados en el Jardín Sur. Los manifestantes se han concentrado ante las verjas de la Casa Blanca. Nos reuniremos y veremos dónde nos necesitan. ¿Listos?

Asentimos y la ansiedad volvió a instalarse en mis entrañas.

Calliope encabezó la marcha hacia el Jardín Sur, cruzando la calle, mientras el rugido de los manifestantes se mezclaba con el ruido del tráfico.

Habían instalado mesas de votación en el Parque del Presidente, y una fila interminable de votantes sobrenaturales esperaba su turno para hacer historia.

—¿Cómo vamos a saber quiénes son los malos?

El parque estaba lleno de supes de todo tipo.

—No lo sabremos —respondió Calliope—. No hasta que hagan algún movimiento.

Genial . Se me puso la piel de gallina cuando pasamos junto a un grupo de vampiros.

—Scarlett, más te vale estar preparada —advirtió Drake.

—No seas racista, príncipe —soltó ella—. Yo también he visto a unos cuantos seres feéricos con pinta bastante sospechosa por ahí atrás.

—Hay que estar atentos a cualquier cosa —intervino Zephyr, poniendo un poco de cordura.

A lo lejos vi el pelo plateado de Logan sobresaliendo entre la multitud. Nos hizo un gesto para que lo siguiéramos y nos abrimos paso entre la gente hasta llegar a un rincón más tranquilo. Dos gárgolas montaban guardia a su lado, ambas con la misma expresión pétrea.

—Gracias por venir tan rápido —susurró—. Mis chicos han detectado mínimo doce demonios entre la gente. De momento no han hecho nada y no sé a qué esperan.

—¿Y si solo han venido a votar?

Logan negó con la cabeza.

—Son los que llevan los carteles de «¡Supes, a casa!», así que diría que no —señaló a la multitud, cada vez más abarrotada—. Tenemos que separarnos. Los demonios están repartidos, y nosotros también tendremos que estarlo si queremos pararlos.

Solté un bufido. Separarnos era mala idea, pero tenía razón. No había otra forma de abarcar a tanta gente. Calliope nos dividió en grupos de tres. Me tocaron Drake y Logan, cosa que me tranquilizó. Supuse que Cillian la había puesto al corriente de mis problemas con Raine.

—Bien, manteneos cerca —anunció nuestra nueva instructora—. Y, si veis algo sospechoso, avisad enseguida al resto a través del vínculo.

Todos asintieron y se dispersaron en diferentes direcciones.

Drake iba delante guiándonos, y Logan caminaba a mi lado mientras nos abríamos paso entre la multitud.

Llevaba queriendo hablar con Logan sobre Ryder desde que había vuelto a Darkhen, pero no encontraba ningún momento a solas con él.

Con el jaleo de la gente alrededor y Drake unos pasos por delante, aquella era mi oportunidad.

Le agarré del brazo y tiré de él hacia mí.

—Logan, necesito ir con vosotros la próxima vez que tengáis noticias de Ryder.

Apretó la mandíbula y negó con la cabeza.