Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

JULIO

Abro los ojos desorientado y durante unos segundos no sé dónde estoy.

La luz que se cuela entre las estanterías del almacén es tenue y dorada, muy distinta a la de los fluorescentes que nos acompañaron anoche.

Debe de ser bastante tarde porque los primeros rayos de sol consiguen entrar por la pequeña ventana situada cerca del techo y dibujan manchas de luz sobre las cajas apiladas.

Parpadeo varias veces intentando despejarme y entonces lo recuerdo todo: el almacén, la conversación, nuestro primer beso y lo que vino después.

Una sonrisa de satisfacción aparece en mi rostro al darme cuenta de que el hombre que tengo pegado a mi espalda es Ron y no voy a mentir, tenerlo así es una sensación muy agradable.

Su brazo descansa sobre mi cintura y noto el calor de su cuerpo incluso a través de la ropa.

Durante años he trabajado con él, he discutido con él y he conseguido sacarlo de quicio más veces de las que puedo contar. Pero nunca imaginé que acabaríamos así.

No, si al final voy a tener que agradecerles a Mike y a Callaham que nos encerraran aquí. Pensar en ello me hace contener una carcajada porque eso no pienso decírselo a ninguno de ellos en la vida.

Permanezco inmóvil para no despertarlo. No sé cuántas veces he observado a Ron mientras cocinaba, pero verlo dormir resulta completamente distinto.

Su expresión parece más relajada, y hasta lo veo más joven, como si durante unas horas hubiera dejado de cargar con todas esas preocupaciones que suele esconder detrás de sus gruñidos.

Justo entonces escucho un ruido al otro lado de la puerta. Me quedo quieto porque parece que alguien está intentando abrir.

¡Vaya par de sinvergüenzas están hechos estos dos! Primero nos encierran y ahora vienen a espiarnos.

Agudizo el oído mientras intento no moverme y me percato de que la puerta se abre unos centímetros.

—Sss, están dormidos aún.

Reconozco la voz de Mike al instante.

—Y abrazados —susurra Callaham conteniendo la risa.

Tengo que morderme el interior de la mejilla para no echarme a reír.

—Cállate y vámonos. Ya saldrán cuando se despierten.

La puerta vuelve a cerrarse, los pasos se alejan y el silencio regresa al almacén. Mientras escucho cómo desaparecen por el pasillo, me doy cuenta de que el Halsted siempre ha sido una familia para mí.

A veces algo insoportable, otras bastante entrometida e incapaz de respetar la privacidad ajena, pero también es una familia que siempre aparece cuando uno la necesita.

Vengo de una familia enorme donde las discusiones, los gritos y los enfados forman parte de la rutina.

Sin embargo, también forman parte de ella las sobremesas interminables, las llamadas inesperadas y la certeza de que siempre habrá alguien dispuesto a ayudarte cuando las cosas se complican y aquí ocurre exactamente lo mismo.

Ron se mueve ligeramente detrás de mí y su mano se acomoda sobre mi cadera como si me estuviera buscando incluso dormido.

La sensación provoca que algo cálido me recorra el pecho y hasta cierro los ojos porque ahora ya no necesito pensar ni en admiradores secretos ni en nada, porque la persona que llevaba años buscando ha estado a mi lado todo este tiempo.

¡Dios mío!

Voy a dormirme otra vez porque esto es mejor que el cielo.

¡Ay Dios, ahora no logro conciliar el sueño!

La emoción de todo lo que ha sucedido durante las últimas horas sigue revoloteando dentro de mí como una bandada de pájaros incapaces de quedarse quietos. Así que me limito a permanecer tumbado escuchando el silencio del almacén y sintiendo el calor de Ron contra mi espalda.

Poco a poco la luz que entra por la pequeña ventana situada cerca del techo se vuelve más intensa. Debe de haber amanecido del todo porque incluso alcanzo a escuchar el ruido lejano de algún coche pasando por la calle.

Un rato después noto un pequeño cambio en la respiración de Ron y comprendo que está despertándose.

Me vuelvo despacio para observarlo, ya que todavía me cuesta creer que esto sea real.

Que el hombre que tengo delante sea el mismo que durante años me ha gruñido desde la cocina mientras preparaba cafés y tartaletas.

Levanto una mano y le acaricio suavemente la mejilla, al sentir mi contacto, Ron abre los ojos y la sonrisa que aparece en su rostro hace que un suspiro se escape de mis labios.

—Buenos días —dice con esa voz grave a la que tanto me he acostumbrado y que ahora me parece el mejor de los sonidos que un hombre puede oír por la mañana.

—Buenos días, Ron —respondo acercándome para besarlo con suavidad.

Ron gruñe de inmediato, pero hay una diferencia enorme entre estos gruñidos y los otros a los que me tenía acostumbrado.

¡Estos me gustan!

Estos me dicen que a él también le gusta estar conmigo, que lo de anoche no fue un sueño y que podría repetirse todas las veces que quisiéramos.

—Mike y Callaham han abierto la puerta hace un rato. Los he oído cuchichear.

Ron pone los ojos en blanco.

—Deja que les diga cuatro cosas.

Comienza a incorporarse, pero enseguida apoyo una mano sobre su pecho para impedirlo y la firmeza de sus músculos bajo mi palma provoca que me distraiga durante un segundo.

Solo un segundo, ¿eh? Lo prometo.

Ron arquea una ceja.

—¿Qué haces?

—¿No querían que estuviéramos juntos?

Él me observa unos instantes, pero después asiente lentamente mientras comprende por dónde voy.

—Sí.

—Pues que esperen.

La sonrisa que empieza a formarse en sus labios ya me advierte de que ha entendido mis intenciones por completo.

—Julio...

—Tenemos cosas mejores que hacer que trabajar en un bar, ¿verdad, cariño?

La sonrisa lobuna que me dedica no tiene precio. Es una sonrisa que jamás le había visto y que parece reservada únicamente para mí.

¡Tengo que reconocer que me encanta!

Ahora es él quien se acerca. Sus manos encuentran mi cintura y sus labios buscan los míos con una seguridad que hace apenas unas horas me habría parecido imposible.

El mundo entero parece reducirse al pequeño almacén del Halsted y al hombre que me besa como si llevara años esperando hacerlo y por fin ha cumplido su sueño.

Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya y no puedo evitar sonreír porque, ¿sabes una cosa? Hasta me daría igual que Mike y Callaham tiraran la llave del almacén por ahí porque aquí dentro tengo todo lo que necesito.