EPÍLOGO
JULIO
Cuando por fin decidimos salir una hora después, Ron me coge de la mano y ese gesto me sorprende tanto que incluso me ruborizo.
Jamás habría imaginado que este hombre, que durante años parecía alérgico a cualquier demostración pública de afecto, fuera a pasearse por el Halsted sujetándome de la mano como si fuera la cosa más natural del mundo.
La puerta del almacén se abre y el murmullo del bar llega hasta nosotros. Durante un segundo me planteo soltarlo, pero solo durante un segundo porque enseguida Ron entrelaza mejor sus dedos con los míos y me deja claro que no piensa soltarme.
Cuando entramos en el salón me doy cuenta de que todos nos están mirando.
Mike está detrás de la barra secando una taza que lleva demasiado tiempo seca, Callaham apoya un codo sobre el mostrador con una sonrisa tan satisfecha que dan ganas de estrangularlo y Chris intenta aparentar normalidad aunque fracasa estrepitosamente.
John ni siquiera lo intenta y para rematar la humillación, varios clientes habituales que han venido a desayunar observan la escena con una sonrisa divertida.
—¡Por fin! —dice Callaham.
—¡Cállate!—gruñe Ron.
—¡De eso nada! Déjame disfrutar de este momento histórico.
Mike se lleva una mano a la cara intentando ocultar una sonrisa.
—Callaham...
—¿Qué? Llevo semanas escuchándoos sufrir. Tengo derecho a celebrarlo.
—Semanas no, han sido meses —corrige Chris.
—Yo diría que fueron años —añade John.
Las carcajadas llenan el local e incluso algunos clientes se unen sin saber exactamente qué está ocurriendo.
Yo miro a Ron mientras él me mira a mí y por primera vez no aparta la vista.
—¡Traidores! —digo señalando a todos los presentes.
—¡De nada! —responde Callaham dejando claro que ha sido el verdadero culpable de todo este asunto.
—¡Nos encerrasteis! Debería daros vergüenza.
—Bah, eso son tan solo pequeños detalles. El fin justifica los medios —afirma Callaham orgulloso de su hazaña.
Mike termina soltando la taza sobre la barra.
—¿Vais a pasar el resto de la mañana discutiendo o pensáis ayudar a abrir el bar?
—¡Yo voto por discutir! —digo inmediatamente.
—Eso ya lo sé, Julio, pero tu voto no cuenta —responde Mike.
Las risas vuelven a extenderse por el Halsted.
Y mientras observo este salón que conozco mejor que mi propia casa, las mesas, la barra, el pequeño escenario donde tantas noches hemos escuchado música y a todas las personas que forman parte de este lugar, comprendo algo que debería haber sabido hace mucho tiempo.
La familia no siempre es aquella con la que naces, a veces es la que eliges y otras veces es la que te encierra durante una noche en un almacén porque está cansada de verte cometer estupideces.
Aprieto la mano de Ron, él responde al instante y mientras el Halsted vuelve poco a poco a su rutina habitual, una sonrisa aparece en mi rostro.
Nunca creí que diría esto, pero ayer fue el mejor día de mi vida.