CAPÍTULO 27
JULIO
Ni en mis fantasías más locas hubiera imaginado que iba a besar como un desesperado al tío más gruñón de todo Chicago, mi compañero Ron, y que después se iba a ofrecer voluntario para hacerme la mejor mamada de toda mi vida.
La verdad es que, en su favor, tengo que decir que como folle igual de bien, no voy a poder despegarme de él durante los próximos mil años.
—Julio —me susurra al oído mientras yo continúo con los ojos cerrados procesando si esos labios tan carnosos que acaban de darme tanto placer son de verdad.
El hecho de que tenga una mano alrededor de mi cintura y la otra en mi nuca tampoco ayuda. Estoy seguro de que puede oír a la perfección los latidos de mi corazón desbocado por el placer que estoy sintiendo desde que comenzamos a tocarnos de forma íntima.
—¿Qué?
—Ayúdame, creo recordar que este sofá se abre.
Levanto una ceja y en respuesta él me mira pasándose la lengua por los labios.
¿Cómo he sido tan idiota de no pensar nunca en esta versión erótica de Ron?
Durante semanas he estado pensando que ese Alfred estaba bueno, pero, joder, Ron está tremendo.
Y ahora que me he enterado de que él ha sido mi ángel protector durante todos estos años, quiero devolverle todo lo bueno que me ha dado, y no, no creas que solo lo hago porque estoy agradecido.
De esta versión de Ron es muy fácil enamorarse, jamás pensé que era un hombre tan complaciente.
Agarramos el sofá cada uno por un extremo y lo despegamos un poco de la pared. Ron acciona un resorte que hay en la parte trasera y yo lo imito. Joder, ahora tenemos una cama enorme para retozar cuanto nos dé la gana.
—Ya está —digo mirando a Ron con cara de circunstancias y más nervioso de lo que pretendo porque a partir de ahora todo esto es nuevo para mí.
Ron aparta un par de cajas para acercarse a mí y hace algo que no me esperaba. Me sujeta la barbilla y me mira a los ojos como si estuviera viendo algo especial.
—¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? —los nervios me están consumiendo. Y cuando me pongo nervioso no me puedo quedar callado.
Ron que lo sabe, toma medidas de inmediato, besándome con una intensidad que me deja sin aliento y con una pasión que nunca hubiera esperado en él. Busca mis labios una y otra vez y explora mi boca deleitándome con su cálida lengua y presionando mi cuerpo como si no quisiera separarse de mí.
Pierdo la noción del tiempo porque esa boca deliciosa me embriaga y cuando noto que empuja con suavidad mi cuerpo hacia el sofá dejo que mis rodillas se aflojen y ambos nos dejamos caer en él en una madeja de abrazos y besos que es una maravillosa locura.
Ron se aparta un momento mirándome con los ojos llenos de pasión y los labios rojos e hinchados por nuestros besos.
Le muerdo el labio inferior que siempre me ha parecido un pecado y entierro mi cara en su cuello aspirando ese olor tan familiar que me habla de tantas cosas que hemos vivido juntos y al que antes no le había puesto nombre, pero ahora sé que huele a hogar.
Ron no se contiene y hace que ruede para ponerse sobre mí, después mete las manos por debajo de mi camisa abierta. Las yemas de sus dedos acarician mi espalda, produciéndome tal sensación de placer que hace que mi piel se erice a su contacto. Frota su pelvis con la mía y noto su erección.
Está tan duro como yo.
Sus dedos se deslizan por mis pantalones que ya tienen el cierre abierto y vuelve a bajármelos despacio junto con mis bóxers. Mi polla queda libre apuntando hacia el techo con una erección imponente y de inmediato, él ruge de gusto al tocar la punta de mi glande que ya está húmedo.
—Oye, Ron. Esto no es justo.
—¿El qué? —pregunta sin dejar de tocarme.
—Tú me has visto desnudo un par de veces, ahora quiero verte a ti. ¿Puedo?
La sonrisa que me dedica no tiene precio y en cuanto veo que se levanta y comienza a desabotonar su camisa dejando a la vista su torso sin depilar me muero de ganas de lamer ese camino de vello que se pierde donde comienza la cinturilla de sus pantalones.
Cuando comienza a desabrochárselos y mete sus dedos en las trabillas para bajarlos junto a sus bóxer no me puedo creer que yo sea un tipo con tanta suerte.
Te juro que otra vez me he quedado sin palabras, porque contemplar a Ron desnudo es una fantasía que no esperaba que se cumpliera en toda mi vida y ahora que lo tengo delante lo único que se me ocurre es sentarme y acercarme a él para tocarlo.
—¡Joder, Ron! ¡Esto no se hace! No puedes guardar eso en los pantalones para ti solo, cariño.
—No sabes las ganas que tenía de compartirlo contigo —afirma con una sonrisa tan desinhibida que cada vez me está gustando más.
—Quiero probarte, Ron. ¡Esta noche quiero hacer de todo contigo!
—¿Y mañana? —dice él mientras recibe mis caricias.
Ya no le respondo porque no me he podido aguantar y tengo la lengua ocupada lamiendo su glande que ya está húmedo.
A continuación lo tomo por el fuste para metérmelo todo en la boca.
Con la otra mano le sujeto los huevos y los aprieto lo justo para hacerlo estremecer.
En ese instante, Ron me mira agarrándose a mi pelo y puedo ver la lujuria en sus ojos mientras engullo su miembro una y otra vez con verdadera ansia, haciéndolo gemir de placer.
Me estoy volviendo tan loco que acelero los movimientos para que se corra como antes lo he hecho yo.
—No, Julio. Para… —dice con el aliento entrecortado.
Su orden es seca y por un momento creo que ha vuelto el Ron gruñón, pero esta versión de ahora que tanto me está gustando, me acaricia el pelo y hace que me levante hasta la altura de su cara para besarme de forma apasionada.
Este hombre me está volviendo loco, te juro que esta noche pierdo el poco juicio que me queda.
—No quiero correrme todavía, pero además de eso, no tenemos condones…
Lo miro y veo que está apurado de verdad, así que cuando comienzo a reírme levanta una ceja.
—Ron, no sé tú, pero yo hace mil años que no follo con nadie. Cuando acabamos de trabajar estoy tan cansado que me voy a casa a dormir, y como mucho me masturbo de vez en cuando viendo una peli —y algunas veces incluso lo he hecho pensando en él, pero eso no se lo voy a decir ahora.
Él me mira y su expresión se relaja al instante.
—Pues ya somos dos. Yo tampoco he tenido a nadie en mi cama en años.
—Joder, al parecer somos dos gilipollas que se la han tenido que machacar solos más de una vez.
No me puedo creer que acabo de decir eso en voz alta, pero la ceja de Ron se vuelve a levantar.
—Julio… eres insufrible.
—Eso ya no cuela, Ron —le digo con un gesto de suficiencia—. Ahora sé que te pongo a mil.
Se separa un momento de mí y va hacia una repisa.
—¡Ron, por favor, no me dejes así! —suplico gimoteando.
—¡Calla que voy a por suministros!
Cuando vuelve veo que ahora el que tiene el gesto de suficiencia es él y además lleva en la mano un par de esos recipientes pequeños que ponemos junto a las tostadas y que contienen aceite.
No me hace falta que me diga nada para saber dónde los va a aplicar.
—¡Joder, Ron! ¡Que mi culo no es una ensalada…! —no puedo seguir protestando porque él ni me escucha.
Adopta esa pose de mandón a la que me tiene tan acostumbrado y me pone en cuatro y cuando quiero darme cuenta noto uno de sus pulgares deslizándose por mi abertura.
La sensación es tan placentera que me vuelvo a quedar sin palabras, lo que el muy canalla aprovecha para deslizar el dedo más adentro. En cuanto escucha que se me escapa un gemido inserta otro y noto cómo me va llenando a la vez que los bombea.
—¡Rooon! —gimoteo.
—¿Estás bien, cariño?
Con solo oírlo llamarme así me derrito y la loca necesitada que hay en mí se ofrece a él.
—Ron, estoy preparado, por favor entra en mí, ¿a qué estás esperando? —gimo sin poder evitar unos grititos de placer vergonzosos.
Él me ignora y continúa dilatándome además de acercarse a mí y acariciarme el escroto con esos dedos tan habilidosos y delicados que están acostumbrados a tocar toda clase de cosas comestibles.
Cuando noto que se para unos segundos me vuelvo y veo cómo vacía uno de esos pequeños recipientes en su mano y se lubrica el miembro que está hinchado y brillante por las gotas de precum que perlan su punta.
—¿Estás preparado, cielo? —pregunta con la voz ronca por el deseo.
—Soy todo tuyo.
Ron se acerca a mis caderas y comienza a restregar su erección por mi entrada y te juro que cuando noto la suavidad de su glande empujando lo único que deseo es que lo meta hasta el fondo y me empale ahora mismo, pero no. Este hombre va despacio y controla.
Menos mal que uno de los dos aún mantiene la cordura.
—¿Estás bien?
Un gemido que es una mezcla de dolor y placer se me escapa de la garganta y la respuesta de Ron es meterla un poco más. Cuando ya ha metido la mitad, siento que mi esfínter se dilata y le deja paso. Solo entonces la introduce entera y mi respuesta es apretarme contra él para sentirlo bien dentro.
—¡Ron, dame más! Te necesito.
Después de esta noche no sé si voy a poder trabajar con él sin perseguirlo por todo el Halsted. El placer que sus arremetidas están imprimiendo en mi cuerpo es tan intenso que no puedo dejar de jadear repitiendo su nombre.
—¡Vas a acabar conmigo, Julio! —exclama mientras se mueve una y otra vez aferrado a mis caderas como si no hubiera un mañana.
Y sé que no miente, porque ante sus palabras vuelvo el rostro para mirarlo y lo veo con los ojos vueltos hacia el techo y la boca entreabierta mostrándome sin palabras que su cuerpo está tan incendiado como el mío.
El ambiente está cargado del olor a sexo que desprenden nuestros cuerpos y eso hace que todavía me derrita más al pensar en la locura que es tener a mi compañero dentro de mí.
De pronto noto que se detiene y al apreciar que cambia la posición de sus manos en mis caderas me percato de que todo lo que desea es que me dé la vuelta.
—Quiero verte, Julio. Necesito verte.
—Verte a ti sí que es una fantasía —le digo cuando me abre de piernas para volver a penetrarme.
—Tócate para mí —susurra con la voz ronca por el deseo.
Está de rodillas y mira mi polla moverse sobre mi vientre.
Cada una de sus arremetidas me vuelve loco, tanto que tengo que coger mi miembro para sentir su dureza entre mis manos y darme alivio.
Así que hago lo que me dice y la cara de satisfacción que me dedica me dice que le gusta esta versión mía sumisa y entregada que enreda las piernas en su cintura.
Él jadea ante mi gesto, y comienzo a masturbarme a la vez que me folla.
Sentirme observado hace que sienta tal descarga de placer recorrer mi columna y mi escroto que, en unos pocos movimientos, grito y noto entre mis dedos un chorro de leche caliente y espesa.
Ron llevado por mi placer que hace que mi esfínter se contraiga y apriete su miembro, se deja llevar dando un par de arremetidas más y no tarda en correrse dentro de mí dejándome un rastro de calor en el cuerpo que termina de volverme loco.
Ambos nos miramos en silencio intentando regular la respiración. Después, Ron se tumba junto a mí. Estamos tan exhaustos que nos fundimos en un abrazo y comenzamos a besarnos, acariciándonos por todas partes.
Lo que me dice que la pasión que hemos descubierto esta noche aún no se ha apagado.