Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

RON

Esta vez nuestro beso no es suave y estoy tan excitado que apenas puedo respirar. Al separarnos, él me dirige una mirada de satisfacción, pero en sus ojos veo una pregunta.

—Ron, ¿desde cuándo estabas esperando que me diera cuenta?

Sé que ahora es el momento de explicarle lo que me ocurre antes de que suceda nada más entre nosotros y me lanzo en una carrera de palabras atropelladas.

—Desde el primer día que te vi no puedo dejar de pensar en ti. Incluso he tenido fantasías contigo durante todos estos años —expreso sin ningún tipo de apuro.

—¡Maldita sea, Ron! ¿Y por qué no me lo habías dicho? ¿Acaso no te dabas cuenta de que yo también estaba muy necesitado?

Suelto una carcajada porque este hombre no tiene remedio.

—¿Y si me hubieras dicho que yo no te gustaba? —pregunto acercándome a su cuello y aspirando ese olor tan familiar que llevo años adorando en silencio.

—¿Estás chalado? ¿A quién no le va a gustar un hombre como tú? Mírate, eres un tío macizo y estás buenísimo. La loca que hay en mí se ha imaginado más de una vez agarrándose a tus hombros y trepándote como si fueras un árbol.

—¿Y por qué no lo has intentado nunca? —susurro en su oído con voz ronca.

—Porque eras mi compañero y si me hubieras rechazado, uno de los dos se tendría que haber marchado del Halsted cagando leches. ¿Te imaginas la tensión que hubiéramos tenido?

Asiento al escucharlo porque, por una vez, veo la versión cuerda de Julio y me encanta que, a pesar de la situación en la que nos encontramos, razone de esta manera.

—Además, tenía un poco de miedo porque normalmente eres un gruñón —afirma cerca de mis labios mientras aprieta su erección contra mí—, pero que sepas que cuando gruñes también me resultas muy atractivo.

—Julio, estoy ansioso por probarte.

Ya que he vencido todas mis dudas, no voy a marcharme de aquí sin ver este cuerpo que me ha provocado tantas fantasías durante estos últimos años.

Si no recuerdo mal, ese viejo sofá que hay en el almacén era el que estaba en el apartamento de Mike y lo usaba cuando Denis era pequeño y traía a sus amigos a dormir a casa.

Le ofrezco mi mano a Julio con la intención de que nos acomodemos en el sofá.

—Tú sí que sabes cómo atraer a un hombre —dice comprendiendo lo que pretendo hacer con él.

Me siento y hago que se siente a horcajadas sobre mí. En cuanto pongo mis manos sobre la camisa de Julio comienzo a desabrocharle los botones. Él está aferrado a mis caderas dejándome hacer y me sorprende que esté en silencio porque es la persona más habladora que he conocido en mi vida.

Cuando la tela deja ver su torso depilado no puedo resistirme a probar sus pezones que se muestran erectos al recibir mis caricias húmedas y apreciar cómo Julio gime y echa la cabeza hacia atrás abandonándose al placer es la visión más hermosa que he tenido nunca.

—Eres adorable cuando estás tan excitado y calladito, Julio —susurro con voz ronca mientras le muerdo el vello que baja desde el centro de su pecho hasta su ombligo.

—Sss, no te distraigas… y sigue por donde ibas que voy a morir por combustión espontánea de un momento a otro.

¡Este hombre no tiene remedio!

Continúo explorando su cuerpo hasta que llego al cierre de sus pantalones y me agarro a su erección frotándola un poco sobre la tela antes de abrirle el cierre.

—Ron, por favor —gime suplicante.

—¿Qué quieres? —pregunto sin dejar de sobarlo.

Esto es demasiado bueno para hacerlo rápido y no sé si se ha dado cuenta de que yo estoy tan excitado como él. Julio se levanta y es él mismo quien comienza a abrirse la cremallera del pantalón bajándoselo hasta las rodillas para mostrarme lo que tenía oculto tras la prenda.

La sola visión de su miembro me enloquece y me acerco a él para probarlo lleno de tal sensación de lujuria que deslizo su polla en mi boca hasta que llega a mi garganta, haciéndolo gemir de placer.

Esos gemidos me vuelven loco y por lo que aprecio, la cadencia de mis movimientos, también lo vuelven loco de placer a él.

Ignoro cómo se contorsiona entre mis manos y me recreo en su sabor. Un gemido hace que lo mire y verlo con los ojos cerrados y la boca entreabierta jadeando va a lograr que pierda la poca cordura que me queda.

—¡Ron, voy a correrme!

Si él cree que voy a pararme por eso, está equivocado, porque ahora mismo lo único que quiero es darle tanto placer que cuando terminemos no sepa si esto ha sido realidad o una de sus mejores fantasías.

El sonido que hace mi boca cuando se desliza por su miembro me excita más que nada y noto que sentir ese ritmo que he imprimido a mis movimientos lo descontrola hasta tal punto que comienza a temblar dejándose llevar de una forma tan tremenda que al explotar de placer noto cómo vacía toda su esencia en mi garganta.

Levanto la vista de nuevo y lo miro a los ojos notando que está como ido y entregado al momento, arrasado por el placer que le estoy proporcionando.

—¡Joder, Ron! Tú sí que sabes cómo dar placer a un hombre.

Un gruñido de satisfacción es toda mi respuesta.

Cuando deja de resoplar de gusto y se recompone, me besa lleno de pasión.

—No hemos hecho nada más que comenzar, Julio. Esos dos nos han encerrado sabiendo lo que podía suceder aquí dentro, así que vamos a dejar el listón muy alto.

—Cariño, dame todo lo que tengas para mí, lo estoy deseando.