CAPÍTULO 25
JULIO
Ron baja la mirada y es la primera vez desde que lo conozco que parece quedarse sin palabras. El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero ya no se parece al de antes. Ya no está lleno de cosas sin decir, sino de todas las verdades que por fin hemos sido capaces de reconocer.
Lo observo sentado en aquella silla vieja, con las manos apoyadas sobre las rodillas, la camisa remangada y esa expresión cansada que tantas veces le he visto al terminar la jornada. Y entonces me doy cuenta de algo que debería haber entendido hace muchísimo tiempo.
Ron nunca me pidió nada.
Ni una sola vez me exigió respuestas, ni reclamó mi atención, ni intentó cambiarme. Simplemente estuvo ahí durante años, esperándome, cuidándome y queriéndome en silencio. En estos momentos, puedo notar cómo se me acelera el corazón en el pecho y hasta me pregunto si él puede oír mis latidos.
—Ron.
Levanta la vista.
—¿Qué?
Ni siquiera tengo una respuesta ingeniosa, ni una broma, ni una tontería preparada para este momento. Ahora solo puedo decirle la verdad.
—Creo que llevo una semana enfadado contigo.
La sorpresa aparece en su rostro.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Por qué?
Sonrío, aunque la sonrisa me sale más nerviosa que otra cosa.
—Porque has puesto mi mundo patas arriba.
Ron resopla.
—No era mi intención.
—Ya lo sé.
Doy un paso hacia él y después otro, hasta detenerme frente a su silla. Estoy tan cerca que puedo distinguir las pequeñas arrugas que aparecen junto a sus ojos cuando está preocupado y vuelvo a percibir el olor de su loción de afeitado.
¡Madre mía!
Estar tan cerca de él me está gustando demasiado.
—Julio...
Su voz suena más grave; yo diría que incluso algo vulnerable.
—Cállate un momento.
—Pero...
—Por una vez en tu vida, deja que sea yo quien hable.
Eso consigue hacerle sonreír porque ambos sabemos que hablo hasta por los codos y verlo así me da el valor que necesito. De repente ya no tengo miedo. Ni del almacén, ni de Mike, ni de Callaham, ni siquiera de lo que pueda pasar mañana. Lo único que me importa está delante de mí.
—He sido un imbécil.
—Ya hemos hablado de eso.
—Y seguramente seguiré siéndolo durante el resto de mi vida.
—Oye mira, en eso también tienes razón.
La carcajada que compartimos rompe la última barrera que quedaba entre nosotros.
Sin pensarlo siquiera, me inclino hacia él antes de que pueda echarme atrás.
Lo suficiente para darle la oportunidad de apartarse, pero para mi sorpresa, no lo hace.
Al contrario. Ron se pone de pie tan deprisa que casi tira la silla y, cuando nuestras frentes se rozan durante un instante, comprendo que lleva deseando este momento mucho más tiempo que yo.
Ron acerca su boca a la mía despacio para degustarme por primera vez, acariciándome de forma íntima con la lengua, enredándola con la mía y haciendo que nuestros sabores se mezclen como si todavía no terminara de creerse que algo así pueda estar ocurriendo, pero esa prudencia no dura ni un instante.
En cuanto sus manos se apoyan en mi cintura y las mías encuentran sus hombros, todos los años de silencios parecen desaparecer de golpe.
Sus manos que no pueden quedarse quietas se deslizan por mi cuerpo bajando hacia mis caderas y apretándome fuerte para que sienta su erección, a lo que respondo con un gemido ahogado a la vez que noto cómo la piel se me eriza de forma deliciosa.
Cuando nos separamos, ambos respiramos con dificultad.
Ron sonríe y esta vez lo hace con una sonrisa de verdad. La más bonita que le he visto nunca.
—Madre del amor hermoso... —susurro.
—¿Qué pasa ahora?
Lo miro y no puedo evitar reírme.
—Que voy a matar a Mike y a Callaham cuando nos saquen de aquí.
La carcajada de Ron llena todo el almacén y lo que dice a continuación consigue ponerme más nervioso de lo que lo he estado en toda mi vida.
—Pero antes voy a encargarme de ti como es debido.