Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

JULIO

El almacén se queda en silencio después de la revelación.

Durante unos segundos ninguno de los dos habla.

La luz de los fluorescentes cae sobre las estanterías repletas de cajas y proyecta sombras alargadas sobre el suelo de cemento.

En algún lugar del edificio, una tubería emite un leve golpeteo y, por encima de ellos, el Halsted termina de apagarse poco a poco para pasar la noche.

Y yo estoy dándome cuenta de que estamos completamente solos.

Ron se deja caer sobre una de las viejas sillas de madera que Mike lleva años prometiendo restaurar.

La silla protesta con un crujido y él apoya los antebrazos sobre las rodillas mientras evita mirarme.

Yo permanezco de pie unos segundos sin saber muy bien qué hacer conmigo mismo.

Hasta que termino sentándome en el viejo sofá de la esquina y no sé por qué, pero de repente el almacén parece mucho más pequeño que antes.

—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunto antes de que pueda arrepentirme.

Ron tarda unos segundos en responder.

—¿El qué?

—No te hagas el tonto porque no te pega nada.

Al oírme, una sonrisa fugaz aparece en sus labios.

—Hace una semana.

—¿Una semana?

—Sí, desde lo del libro.

Ron baja la vista hacia sus manos y de pronto ya no parece tan seguro de sí mismo como siempre.

—Bueno, tan solo lo suponía.

—¿Lo suponías?

—Joder, Julio, es que eres incapaz de guardar un secreto más de cinco minutos.

—¡Oye!

—Es verdad.

—Bueno... sí. Pero eso no es lo importante.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros y esta vez no resulta incómodo.

A mí lo que me resulta es extraño y hasta me parece como si ambos estuviéramos aprendiendo a hablar un idioma completamente nuevo.

Llevamos años hablando, algunas veces discutiendo y otras bromeando mientras trabajamos juntos, pero nunca hemos hablado de esto.

Miro las cajas apiladas junto a la pared, intentando ordenar todas las ideas que me dan vueltas en la cabeza. Por más que lo intento, no lo consigo y al final vuelvo a mirarlo.

—¿El de la bufanda también eras tú?

Ron se pasa una mano por la nuca antes de asentir.

—Sí.

No sé por qué esa respuesta me descoloca tanto.

Tal vez sea porque recuerdo cada segundo de la tarde en la que perdí la bufanda que me había regalado mi abuela.

Lo enfadado que estaba, lo mucho que me reproché haber sido tan despistado y también recuerdo la sorpresa de encontrar aquella otra bufanda azul debajo de mi abrigo.

Lo que nunca imaginé fue que alguien hubiera prestado atención a algo tan insignificante.

—¡Madre del amor hermoso!

Ron levanta una ceja.

—¿Qué?

—Nada. Continúa.

—No estaba hablando.

—Pues habla, por favor.

Por primera vez desde que entramos en el almacén una sonrisa auténtica aparece en su rostro y me doy cuenta de que llevaba semanas sin verlo sonreír de verdad.

—¿Y la chocolatina?

—Sí.

—¿Y el bizcocho?

La sonrisa desaparece y vuelve a convertirse en ese hombre reservado que conozco tan bien.

—También lo hice para ti.

Me dejo caer contra el respaldo del sofá y me paso ambas manos por la cara. El olor a cartón y madera parece haberse vuelto más intenso aquí dentro o a lo mejor lo que ocurre es que ya no puedo pensar en otra cosa.

—¡No me lo puedo creer!

—Pues a estas alturas ya deberías creértelo.

—¿Y cómo iba yo a saberlo?

Ron no responde y eso me obliga a seguir hablando sin filtro como siempre.

—Durante todo el tiempo, yo pensaba que era Alfred.

—Sí, lo sé.

—¡Qué vergüenza!

—También me di cuenta de lo avergonzado que estabas cada vez que te acercabas a él —dice dedicándome una de esas miradas socarronas a las que me tiene tan acostumbrado.

—Gracias por tu apoyo moral.

Esta vez al oírme incluso se ríe y el sonido me provoca una sensación muy conocida en el pecho porque de pronto recuerdo todas las veces que lo he escuchado reír.

—¿Por qué no dijiste nada? —pregunto en un tono de voz más bajo de lo que pretendía.

Ron tarda varios segundos en responder, pero cuando por fin levanta la vista y nuestros ojos se encuentran, descubro algo que durante años me negué a ver: vulnerabilidad.

—Porque tú nunca parecías necesitar que dijera nada.

La respuesta hace que algo dentro de mí se remueva más que cualquier otra cosa que haya dicho esta noche. En su voz no distingo ningún rastro de reproche o de enfado tan solo detecto una sinceridad desnuda que me deja sin palabras.

—¡Eso no es verdad!

—Sí lo es.

—¡No!

—Siempre estabas contento, Julio. Siempre tenías una historia que contar o alguna tontería con la que hacer reír a todo el mundo. Pensé que si podía ayudarte un poco de vez en cuando era suficiente.

Trago saliva porque de repente recuerdo demasiadas cosas. La de veces que encontraba justo lo que necesitaba sin preguntarme nunca por qué estaba allí y lo peor de todo es que ahora entiendo el motivo.

—He sido un imbécil.

Ron niega despacio con la cabeza.

—Sí, Ron. He sido un verdadero imbécil al no darme cuenta de nada.

Esta vez no discute y el silencio que sigue me confirma que tengo razón. Durante unos segundos ninguno de los dos habla. El silencio se instala entre las cajas, el sofá viejo y las estanterías repletas de productos como si también estuviera esperando una respuesta.

Yo sigo observando a Ron y cuanto más lo miro, peor me siento, por el simple motivo de que no dejo de recordar cosas que hasta hace unas semanas me parecían normales.

—¿Por qué dejaste de hacerlo?

Ron frunce ligeramente el ceño.

—¿De hacer qué?

—Los regalos.

Lo miro y él también me mira a mí, pero esta vez la respuesta tarda en llegar.

—Porque ya no tenía sentido.

No sé por qué escuchar esas palabras de su boca me molesta mucho.

—Claro que tenía sentido.

—Julio, escucha…

—No, escúchame tú.

Me inclino hacia delante apoyando los codos sobre las rodillas y por primera vez en toda la noche es él quien parece querer escapar de la conversación.

—Cuando aparecieron la bufanda y la chocolatina me hizo mucho ilusión.

—Lo sé.

—Y lo del bizcocho me encantó.

—Créeme, eso también lo sé.

Ambos nos miramos en silencio y creo que es la primera vez en muchos años que no hay ninguna broma entre nosotros.

—Entonces ¿por qué paraste?

Ron deja escapar un largo suspiro, uno de esos que parecen salirle de muy adentro.

—Porque te vi sufrir.

—¿Qué?

—Te vi dejar de comer e incluso parecías más distraído que de costumbre y le dabas mil vueltas a todo. También te vi mirar a Alfred esperando respuestas y fue entonces cuando comprendí que había convertido algo sencillo en un enorme problema.

Ron baja la vista mientras habla como si todavía le costara reconocerlo.

—Lo último que quería era hacerte daño, Julio. ¿No lo comprendes aún?

Algo se retuerce dentro de mi pecho haciendo que casi no pueda respirar, ya que de todas las respuestas posibles, esa era la única que no esperaba.

—¡Idiota!

Ron levanta la cabeza.

—¿Perdón?

—¡Que eres un tremendo idiota!

—¡Gracias!

—No, hablo en serio.

Me pongo de pie y no lo hago porque quiera marcharme tan solo lo hago porque necesito moverme. Ya llevo demasiado tiempo sentado escuchando cosas que me están cambiando por dentro.

—¿Sabes cuál es el problema?

—Seguro que vas a explicármelo.

—Eso tenlo por seguro —contesto mientras comienzo a caminar por el pequeño espacio que queda libre entre las estanterías—. El problema es que yo pensaba que alguien me estaba viendo por primera vez.

Ron guarda silencio.

—Y resulta que no.

Me detengo para mirarlo y esta vez no aparto la vista.

—Que lo que sucedía era que alguien llevaba años viéndome.

La expresión de Ron cambia un instante y lo hace durante el tiempo suficiente para que yo lo vea.

—Julio...

—¡No, Ron! Ahora me toca hablar a mí. Por si no te has dado cuenta, llevo más de una semana pensando, recordando cosas y sin dormir bien. ¿Y sabes qué es lo peor?

Ron permanece inmóvil esperando lo que tenga que decirle.

—Que ahora no puedo dejar de recordar cada una de las veces que aparecía exactamente lo que necesitaba en esos momentos en los que sabías que estaba cansado. Sí, y no te creas que no lo sé, pero también he recordado las veces que me defendiste cuando yo ni siquiera me daba cuenta.

En ese momento estoy al borde la las lágrimas, por eso tomo aire y me llevo una mano al pecho. De repente entiendo algo que no había entendido nunca y ahora me avergüenza decirlo en voz alta, pero a estas alturas necesito decirlo.

—Cuanto más recuerdo todas esas cosas, más enfadado estoy conmigo mismo.

—No deberías estarlo.

—Pues lo estoy —digo con una voz que me sale rota—. ¡Joder, Ron!, siempre estabas ahí y yo ni siquiera fui capaz de verlo.

El silencio que sigue a mis palabras parece llenar todo el almacén y, esta vez para variar, es Ron quien se queda sin respuesta y yo tengo la sensación de que el hombre que tengo delante está tan perdido como yo.