CAPÍTULO 23
JULIO
Justo cuando voy a ponerme el abrigo para marcharme del Halsted, escucho a Mike que me llama desde la barra.
—Julio, ¿puedes traerme un bote de café de los que hay en el almacén? No me he dado cuenta y ahora no puedo soltar el cajón de la cafetera sin mancharlo todo.
¡Qué oportuno!
El Halsted está prácticamente vacío. Hace apenas unos minutos los últimos clientes se han marchado y ahora solo quedan las luces cálidas sobre la barra, algunas sillas todavía sin subir a las mesas y el aroma persistente del café mezclado con el de la comida que Ron ha estado preparando durante toda la tarde.
Parece que todos se han ido menos yo. Aunque desde la cocina escucho ruido de puertas cerrándose y algún golpe metálico procedente de los fogones. Puede que Ron todavía esté allí, pero no voy a molestarme en averiguarlo después de que lleva días evitando hablar conmigo e incluso mirarme.
—¡Voy, Mike! ¿Qué quieres, uno descafeinado o de mezcla?
—¡Tráete los dos, ya que vas!
Cruzo el pasillo que conduce al almacén y empujo la puerta. No me molesto en encender la luz. La claridad que entra desde el corredor suele ser suficiente para encontrar cualquier cosa y, total, solo voy a tardar un momento.
Bueno, eso es lo que creía cuando entré, porque los botes de café no están en la repisa donde suelen guardarse.
Algo contrariado, empiezo a revisar las cajas del último pedido que llegó esa misma mañana, notando que el almacén huele a cartón y a humedad.
Las estanterías proyectan sombras alargadas sobre el suelo y, por un instante, me arrepiento de no haber encendido la luz.
Por suerte, localizo la marca que solemos utilizar impresa en una de las cajas todavía cerradas.
—¡Perfecto!
De inmediato, me agacho para abrirla y busco algo con lo que cortar el precinto y entonces recuerdo que me he dejado el cúter en el delantal.
—¡Genial, Julio! Muy inteligente por tu parte.
Apoyo una rodilla en el suelo y comienzo a rasgar el cartón con los dedos cuando encuentro un cúter abandonado en una de las repisas del fondo. Justo en ese momento escucho la puerta abrirse detrás de mí y ni siquiera me da tiempo a girarme porque alguien tropieza conmigo.
—¡Ayyy!
El chillido se me escapa antes de que pueda evitarlo.
—¿Qué haces aquí? —dice Ron mientras enciende la luz con ese tono que utiliza cuando está enfadado.
La iluminación de los fluorescentes invade de golpe el almacén y, por supuesto, sobra decir que a la última persona que quería encontrarme esta noche es precisamente a la que tengo delante.
Esa voz es la última que quería oír hoy antes de irme a casa, ya que ahora soy capaz hasta de tener pesadillas.
—Me ha mandado Mike a por café. ¿Y tú qué haces aquí?
Ron me observa durante un segundo con el semblante serio e inexpresivo.
—A mí también me ha mandado —dice muy serio.
No le da tiempo a decir nada más porque un ruido nos interrumpe. Es el de la puerta que acaba de cerrarse. El sonido metálico resuena por todo el almacén y durante unos segundos ambos nos quedamos inmóviles, pero no puedo evitar que otro chillido escape de mi garganta.
—¡¿Qué ha sido eso?!
Ron gira la cabeza hacia la puerta y la observa durante unos instantes. Después vuelve a mirarme y se encoge de hombros sin perder la compostura.
En cambio, la loca que vive en mí comienza a perder los nervios.
—¡Madre del amor hermoso! ¿Por qué se ha cerrado la puerta? ¿Nos vamos a quedar aquí encerrados toda la noche? ¿Quién va a venir a abrirla si todos se habrán ido ya?
Mi voz rebota contra las paredes de ladrillo del almacén mientras comienzo a mirar a mi alrededor buscando una solución. Las estanterías parecen más altas que antes, las sombras se han vuelto más oscuras y el sofá viejo de la esquina de pronto me parece una visión de muy mal augurio.
Mientras yo entro en pánico, Ron permanece frente a mí con esa cara de estatua que pone cuando algo le altera de verdad. Lo conozco demasiado bien para no reconocerlo. Cuanto más serio está, peor se encuentra.
—¿Puedes dejar de hablar? Me estás poniendo nervioso.
—No, no puedo. ¡Tengo miedo!
Ron cierra los ojos durante un instante. Lo justo para reunir paciencia y cuando vuelve a abrirlos parece estar contando hasta diez mentalmente.
—Julio...
—¿Y si Mike ya se ha ido? ¿Y si Callaham también? ¿Y si tenemos que dormir aquí? ¿Y si...?
—Julio.
—¿Y si mañana encuentran nuestros esqueletos entre las cajas de conservas?
Por primera vez desde que comenzó todo este desastre veo que una sonrisa amenaza con aparecer en la comisura de sus labios.
—¡Eres imposible!
—Estoy asustado.
—Estás exagerando.
—¡De eso nada! ¡Estamos encerrados, Ron!
Ron resopla.
—¿Qué hacías aquí?
—Te estaba evitando —digo con ironía y antes de pensarlo siquiera.
Durante un segundo me arrepiento de haberla dicho, pero entonces ocurre algo inesperado. Por primera vez desde que estamos aquí dentro aparece en el rostro de Ron una especie de sonrisa, cansada, pero auténtica y ese gesto logra tranquilizarme más que cualquier explicación.
—¿Y se te olvidó el plan B?
—¡Eres un gilipollas! —le digo mientras me dirijo hacia la puerta convencido de que Mike debe seguir en el bar.
A continuación comienzo a aporrearla.
—¡Mike!
—Y tú un chalado. Para de golpear la puerta, por favor.
—¡Mike!
—Julio.
—¡Mike!
—¡Cállate, por favor! Van a pensar que te están asesinando.
Me vuelvo hacia él indignado.
—Si paro no nos van a oír.
—Créeme. Nos han oído.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque los conozco.
Le hago caso, pero solo para que no me mire con esos ojos oscuros que estos días me afectan más que nunca.
Cruzo los brazos sobre el pecho y sin poder evitarlo hago un puchero.
—Si paro no nos van a oír.
Ron niega con la cabeza. Después se acerca y sucede algo que me deja completamente desarmado. Por primera vez desde que lo conozco me coge suavemente de la barbilla para obligarme a mirarlo. El gesto es tan inesperado que hasta dejo de respirar.
Tenerlo tan cerca me desarma al darme cuenta de que no hay dureza en sus ojos ni tampoco aprecio ningún tipo de sarcasmo. Ahora no hay ninguna de las barreras que lleva años levantando entre nosotros, tan solo una inmensa ternura que me remueve por dentro con más fuerza que cualquier otra cosa.
—Nos la han jugado, Julio.
Parpadeo varias veces mientras intento procesar sus palabras y también la forma en que acaba de mirarme.
—¿Qué?
Ron suspira.
—Nos la han jugado.
—¡No me lo puedo creer! —digo con los ojos desorbitados y el corazón tan acelerado que creo que se me va a salir del pecho, pero sin dejar de mirarlo.