CAPÍTULO 22
MIKE
Estamos a punto de cerrar y no paro de darle vueltas al asunto de Ron y Julio desde hace un par de semanas.
—¡Mierda!
—¿Sucede algo, Mike? —pregunta Callaham, que acaba de llegar de hacer varios recados, al escucharme tan molesto.
—Ven conmigo al almacén. No quiero que nadie nos escuche.
Callaham levanta una ceja lleno de curiosidad.
—¡Anda, vamos! —me dice dándome un pequeño azote en el trasero.
—¡Joder, Callaham! Estoy preocupado.
Cuando entramos al almacén, Callaham cierra la puerta tras nosotros.
El almacén ocupa buena parte del sótano del Halsted y lleva tantos años formando parte del negocio que ya parece una habitación más de nuestra casa.
Las paredes de ladrillo visto conservan el frío incluso cuando arriba la calefacción funciona a pleno rendimiento y varios fluorescentes iluminan las estanterías metálicas repletas de conservas, bebidas, sacos de harina y cajas de productos que utilizamos a diario.
En una esquina descansan varias sillas antiguas que llevo años prometiendo restaurar sin llegar a hacerlo nunca.
Más allá hay un sofá desgastado que apareció un día y que nadie recuerda cómo llegó hasta aquí.
También se acumulan algunas mantas, herramientas para pequeñas reparaciones y varias cajas con adornos navideños que sacamos cada diciembre para decorar el local.
El olor a cartón y madera impregna el ambiente. Siempre ha sido un buen lugar para hablar de asuntos importantes lejos de las miradas de los clientes y del ruido constante del salón.
Callaham aprovecha la intimidad del lugar para acorralarme contra la pared.
—Ven aquí, que yo sé cómo quitarte la preocupación —susurra muy cerca de mis labios.
Cuando quiero darme cuenta, tengo una de sus manos en la nuca y la otra apretando mi culo hasta que estoy pegado a su cuerpo. Me mira a los ojos y después mira mis labios, pasándose la lengua por los dientes.
—Estás tremendo, Mike —susurra antes de besarme.
Este hombre sí que sabe cómo relajarlo a uno. Aunque el problema que nos ha traído hasta aquí no tiene nada que ver con nosotros y en cuanto nos separamos se lo digo.
—No tengo ni idea de cómo ayudar a estos dos —afirmo mirándolo a los ojos.
Callaham comprende enseguida a lo que me estoy refiriendo.
En realidad, creo que todos en el Halsted se han dado cuenta de la situación, pero nadie sabe qué hacer al respecto.
Somos una familia y normalmente todos dejamos que cada uno solucione sus propios asuntos, pero esto se nos está yendo de las manos.
Ron y Julio están sufriendo, y joder, no puedo soportar ver tan distantes a dos personas que aprecio.
—Mike, yo creo que lo mejor es enfrentarlos a los dos —dice Callaham muy convencido.
—¿Enfrentarlos?
—Sí, enfrentarlos.
—No creo que eso sea posible, ¿no te has dado cuenta de que llevan un par de semanas en las que apenas se han mirado o se han dirigido la palabra?
Callaham se apoya contra una de las estanterías del almacén y cruza los brazos sobre el pecho. La luz de los fluorescentes resalta las facciones severas de su rostro, aunque sus ojos conservan ese brillo decidido que aparece cada vez que cree haber encontrado una solución.
—Ya, por eso.
—¡Qué fácil lo ves!
—No digo que sea fácil. Soy realista. Esos dos tíos están que se mueren por los huesos del otro, ¿no lo ves?
Resoplo y apoyo una mano sobre una caja de conservas.
—Claro que lo veo. El único problema es que son ellos los únicos que no se han dado cuenta.
Entonces Callaham me hace una pregunta que no me sorprende.
—¿Cuánto llevan así?
La respuesta me sale sola.
—Un montón de años, casi desde que se conocieron.
Callaham silba por lo bajo.
—¡Joder! Entonces aquí hay que tomar medidas drásticas.
Ahora el que levanta una ceja mientras observa a Callaham soy yo. Lo conozco demasiado bien y sé cuándo está bromeando o cuándo está provocándome. Y al oírlo lo que comprendo es que acaba de tener una idea peligrosa, ya que esa expresión que tiene ahora mismo lo delata.
—¡Callaham, que te veo venir!
Él suelta una carcajada y se acerca a mí para darme un beso suave en los labios.
—Mike, ¿confías en mí?
La pregunta consigue exactamente el efecto contrario al que pretende porque cada vez que me pregunta eso suele ocurrir algo que termina dándome dolores de cabeza. Aun así, sonrío.
—¿Que si confío en ti? Ya sabes la respuesta.
Callaham asiente satisfecho como si acabara de conseguir de mi justo lo que necesitaba y eso me pone un poco nervioso.
Ahora soy yo quien lo besa antes de volver al trabajo. Arriba todavía quedan algunas mesas por recoger y dentro de unos minutos tendremos que cerrar el local. Sin embargo, cuando voy saliendo me doy cuenta de que Callaham no me sigue. Frunzo el ceño porque me parece raro. ¿Qué estará haciendo?
—¿Vienes?
—Ahora voy.
Su tono suena muy inocente, demasiado diría yo. Así que me vuelvo hacia él y lo encuentro observando la puerta del almacén con una atención que no me gusta nada. A continuación veo cómo saca algo del bolsillo de la chaqueta y comienza a manipular la cerradura.
—Callaham...
Él levanta la vista hacia mí y la sonrisa que aparece en su cara me confirma que acaba de tener una idea terrible y que probablemente ya es demasiado tarde para impedirla.