CAPÍTULO 21
RON
Acabo de darme cuenta de que soy un necio.
Hasta ahora no había pensado que Julio no necesita que nadie le demuestre nada.
Él siempre ha vivido feliz en su mundo, interpretando las cosas a su manera y encontrando motivos para sonreír donde otros solo verían problemas.
Quizá sea precisamente esa positividad ante todo lo que siempre he admirado de él, aunque jamás se lo voy a decir.
El Halsted está lleno esta noche. Las mesas cercanas al escenario están ocupadas y el murmullo de las conversaciones se mezcla con la música suave que Alfred toca mientras afina la guitarra.
Desde la cocina puedo ver parte del salón a través de la ventana de servicio.
Llevo años observando la vida del local desde aquí, como si existiera una frontera invisible entre el mundo de los demás y el mío; por eso me doy cuenta enseguida de lo que sucede fuera.
Alfred lo llama con un gesto de la mano para que se acerque al escenario y continúen con sus clases improvisadas de guitarra.
Hace unas semanas, Julio habría acudido corriendo y estoy seguro de que habría dejado lo que estuviera haciendo para sentarse junto a él y presumir durante el resto del día de cualquier acorde nuevo que hubiera aprendido.
Sin embargo, esta vez niega con la cabeza y le dice algo que no alcanzo a escuchar desde la cocina.
Después señala las mesas ocupadas como si tuviera mucho trabajo. La excusa es tan mala que incluso Alfred parece sorprendido y yo comprendo de inmediato lo que significa.
¡Joder!
Esta vez he metido la pata hasta el fondo.
Aparto la vista y continúo removiendo una olla que no necesita que la remuevan. El aroma de las especias y del caldo caliente llena la cocina, pero hoy ni cocinar consigue distraerme.
¡Maldita sea la hora en que comencé con esos obsequios tontos!
Debí haber dejado las cosas como estaban y, además de eso, también tenía que haber dejado que pensara que todo provenía de Alfred. Al menos así habría disfrutado de ese enamoramiento absurdo que le entra cada vez que un hombre atractivo cruza las puertas del Halsted.
Aunque, si lo pienso bien, eso tampoco es del todo cierto. Durante todos estos años lo he escuchado hablar de actores, músicos, clientes y cualquier hombre que le pareciera atractivo, pero nunca lo he visto ilusionarse de verdad con nadie.
Siempre estaba aquí. Llegaba al Halsted, hacía su trabajo, se ocupaba de los clientes y volvía a casa. Conozco su vida mucho mejor que la de cualquiera de mi familia.
Sé qué postres le gustan, cómo toma el café, cuándo está cansado aunque intente ocultarlo detrás de una sonrisa y también sé que, por mucho que hable, hay partes de sí mismo que rara vez comparte con nadie.
Pensar en ello me provoca un pellizco en el estómago porque durante años me convencí de que me bastaba con observarlo desde la distancia. Con verlo feliz y asegurarme de que estuviera bien. Ahora ni siquiera soy capaz de hacer eso.
Vuelvo a mirar hacia el salón.
Julio está recogiendo unas tazas vacías de una mesa cercana a la ventana.
Sonríe a unos clientes, pero la sonrisa no termina de llegarle a los ojos y verlo así me parte el corazón porque conozco esa expresión ya la he visto otras veces en momentos cruciales de su vida como cuando murió su abuela o pensó que tendría que abandonar el Halsted porque no llegaba a fin de mes y ahora que lo pienso también la veo cada vez que intentó fingir que estaba bien cuando no lo estaba.
¡Soy un gilipollas con todas las letras!
Creía que aquellos regalos podían hacerlo feliz y que solo con eso bastaría con que se sintiera querido y lo único que he conseguido es convertir algo sencillo en un problema que ninguno de los dos sabe resolver.
Al principio tan solo lo hacía para picar a Julio, ya que me hacía gracia verlo aparecer en la cocina protestando por cualquier tontería.
Siempre encontraba algo de lo que quejarse.
Que si alguien había cambiado algo de sitio o me venía con que la cafetera hacía un ruido extraño o quejándose de que la música estaba demasiado alta.
En el fondo a mí todo eso me hacía mucha gracia porque cuando se enfadaba adoptaba una expresión tan exagerada que resultaba imposible no divertirse.
Por eso comenzó todo porque quería escucharlo protestar y con esa actitud infantil era la única persona capaz de hacerme reír de verdad.
La primera vez le dejé un trozo de pastel que había sobrado de una receta que estaba probando y al hacerlo, ni siquiera pensé demasiado en ello.
Sabía que estaba cansado porque llevaba toda la semana cubriendo turnos y también sabía que jamás rechazaría algo dulce porque es la persona más golosa que conozco.
Cuando regresé a la cocina un rato después, el plato estaba vacío y Julio tenía la sonrisa más maravillosa que le había visto hasta entonces. Ni siquiera relacioné una cosa con la otra en aquel momento, tonto de mí, en lo único que pensé fue en que me gustó verlo tan contento.
Después llegaron más ocasiones en las que podía hacerlo feliz durante un rato con algo tan simple como un poco de mi comida, y con el tiempo esto se convirtió en una costumbre.
Así que si preparaba una receta nueva, siempre apartaba una porción para él, lo mismo hacía si encontraba algún ingrediente que sabía que le gustaba pues terminaba utilizándolo.
Los días que sabía que había tenido una jornada especialmente dura, aparecía algún dulce sobre la encimera.
Nunca me detuve a pensar cuándo empezó a importarme tanto y ahora que lo pienso fríamente, supongo que fue porque ocurrió poco a poco. De la misma manera que las estaciones cambian sin que uno se dé cuenta hasta que llega el frío invierno.
Lo curioso es que nadie parecía sorprendido, Chris lo sabía, John también.
Incluso Callaham se dio cuenta enseguida cuando comenzó a frecuentar el Halsted.
Todos entendieron mucho antes que yo lo que estaba ocurriendo y todos respetaron aquel pequeño ritual silencioso porque sabían que lo que aparecía en ese plato era para Julio.
De la misma manera en la que sabían que, si alguien lo tocaba antes que él, probablemente terminaría escuchándome gruñir durante el resto del día.
El único que nunca pareció darse cuenta fue Julio.
Él tan solo entraba en la cocina y descubría el dulce y en cuanto lo probaba ponía esa expresión de felicidad absoluta que siempre pone cuando algo le gusta.
Después se lo comía sin plantearse nada más como si las cosas buenas simplemente aparecieran porque sí y sin percatarse de que alguien había tenido que pensar en él antes de prepararlas.
A lo mejor por eso terminé acostumbrándome a observarlo en silencio, a cuidarlo de esa manera y a recordar pequeños detalles que ni siquiera él recordaba de sí mismo.
Lo peor de todo es que Mike no nos quita ojo de encima.
Desde el otro extremo de la barra levanta la vista de vez en cuando y observa el salón con esa paciencia infinita que siempre ha tenido.
Él sí que ha estado al tanto de todo desde el principio.
De los dulces, los cafés y de las excusas ridículas que utilizaba para justificar cualquier atención especial.
A pesar de ello, nunca dijo nada. Jamás me presionó ni me hizo preguntas incómodas tan solo me dejó hacer.
Y ahora, mientras veo a Julio moverse entre las mesas con una tristeza que no consigue ocultar del todo, sospecho que Mike también sabía cómo iba a terminar esta historia mucho antes que nosotros.
Tal vez por eso, cada vez que nuestras miradas se cruzan, encuentro en sus ojos algo muy parecido a la resignación y creo que él se comporta como si estuviera observando a dos hombres empeñados en complicar algo que siempre fue muy sencillo.