CAPÍTULO 20
Una semana después
JULIO
Esta mañana he llegado al Halsted bastante temprano. El cielo todavía estaba gris y las calles húmedas por la lluvia de la noche anterior. A esas horas el barrio parece otro lugar distinto, más tranquilo, como si todavía no hubiera terminado de despertarse.
He entrado por la puerta trasera mirando el móvil y pensando que no había nadie. Ha sido un error porque me he topado de bruces con Ron.
Él salía en ese momento de la cocina para enseñarle una receta nueva a Mike y nos hemos chocado tan fuerte que por poco termino sentado en el suelo.
—¡Joder!
La palabra se me escapa antes de poder evitarlo.
Ron me sujeta instintivamente por los brazos para que no pierda el equilibrio y durante un segundo nos quedamos uno frente al otro. La mezcla de ese olor tan familiar de su loción de afeitado junto con el olor de su gel de baño, que llevo años oliendo sin prestarle atención, me abruma.
Nunca me había afectado, pero ahora es distinto. Ahora sé cosas y resulta que saber cosas es una auténtica desgracia, ya que de forma involuntaria aspiro para olerlo mejor y te juro que hasta me mareo.
¡Madre del amor hermoso!
¿Siempre ha olido así? Porque si la respuesta es sí, llevo años perdiéndome algo muy apetitoso. Lo peor de toda esta situación es que él se me queda mirando con esa expresión neutra que utiliza cuando no quiere decir nada.
Esa cara imposible de descifrar que tantas veces me ha sacado de quicio y que ahora me descoloca completamente.
¡Joder!
¿A este hombre no le afecta nada?
A veces puedo parecer una loca, pero no me negarás que descubrir que tu compañero de trabajo, alguien más terco que una mula y más seco que un trozo de pan duro, lleva años enviándote mensajes y cuidándote sin que te des cuenta es algo que destrozaría el equilibrio de cualquiera.
Una cosa es que alguien te guste y otra muy distinta descubrir que alguien te ha querido durante años mientras tú estabas ocupado haciendo el idiota.
Ron me suelta despacio, aunque su mirada permanece fija en la mía durante un instante más. Después baja los ojos y eso me afecta todavía más.
—Buenos días, Julio —dice al fin mientras se aparta y continúa su camino.
Ahora soy yo quien se ha quedado mudo al escuchar su voz grave y la forma en la que ha pronunciado mi nombre. Incluso noto la normalidad con la que intenta comportarse y todo eso me desestabiliza una barbaridad porque me esperaba otra cosa.
Algo más parecido a: aparta imbécil, o ¿es que vives en las nubes?
Una de esas frases desagradables que suele dedicarme cuando tiene el día torcido.
Te lo juro, si me pinchan no sangro. A este hombre no lo conozco y lo único que puedo hacer es quedarme observándolo mientras se aleja por el pasillo que conduce a la barra.
La luz de la mañana entra por una de las ventanas laterales e ilumina durante un instante su perfil y de repente me doy cuenta de algo que jamás había pensado. Ron siempre ha estado ahí. En cada uno de los años que llevo trabajando en el Halsted.
La diferencia es que ahora ya no soy capaz de mirarlo como antes y eso me asusta mucho más de lo que estoy dispuesto a reconocer.
¿Dónde está mi compañero?
Durante el resto del día lo evito porque, si te digo la verdad, hasta me da miedo hablarle. ¿Qué se supone que debería decirle ahora que todo ha cambiado entre nosotros? Porque antes era fácil.
Antes podía discutir con él, burlarme de sus gruñidos y entrar y salir de la cocina veinte veces al día para sacarlo de quicio.
Pero ahora... Ahora cada conversación parece esconder algo que no sé manejar.
El Halsted está bastante lleno y eso me ayuda a mantener la cabeza ocupada. Los clientes entran buscando refugio del frío, las mesas no dejan de ocuparse y el aroma del café recién hecho flota constantemente en el ambiente.
Normalmente me gusta cuando hay trabajo. Hoy me parece una bendición porque cuanto más trabajo tengo, menos tiempo me queda para pensar y de verdad te digo, que últimamente pensar se ha convertido en un deporte de riesgo para mí.
—Mike, ponme un latte para la mesa cuatro.
Mi jefe asiente desde la barra. Por pura costumbre cometo el error de mirar hacia la cocina y allí encuentro a Ron que me está mirando.
No sé durante cuánto tiempo lleva observándome.
A lo mejor tan solo lleva ahí unos segundos, pero en cuanto nuestras miradas se encuentran aparta los ojos y vuelve inmediatamente a lo que estuviera haciendo como si yo no estuviera allí y no acabara de verme.
Por Dios, este hombre actúa como si yo no le importara. Al comprender esto me siento tan agobiado que busco a Mike casi por instinto y me encuentro con que él me observa en silencio mientras se dirige hacia la cafetera.
Él no dice nada, pero la expresión de su cara me dice que ha visto exactamente lo mismo que yo.
¡Joder!
¡Qué presión!
Apoyo una mano sobre la barra intentando recuperar la compostura porque esto es ridículo, ya que he pasado años en el Halsted sin enterarme de nada y ahora resulta que no puedo estar cinco minutos cerca de este hombre sin sentir que me han cambiado todas las reglas del juego.
¿Cómo he sido tan tonto de no verlo durante tanto tiempo?
Pienso en la bufanda, en el bizcocho, en el libro y en todos esos pequeños detalles que fui recogiendo como si fueran piezas de un rompecabezas cuya respuesta siempre estuvo delante de mí, aunque yo estaba demasiado ocupado mirando hacia otra parte.
Lo peor es que ahora entiendo muchas cosas y es que esto explica por qué siempre sabía cuándo estaba cansado, o aparecía trayéndome comida cuando tenía un mal día e incluso en más de una ocasión recordaba cosas que yo mismo había olvidado.
Cuanto más lo pienso, peor me siento, porque ahora mismo no tengo ni idea de qué hacer con todo eso.
Una clienta me llama desde una de las mesas y aprovecho la interrupción para alejarme de la barra. Necesito moverme y hacer cualquier cosa menos estar aquí parado pensando en cosas que ni siquiera puedo controlar.
Mientras tomo la comanda noto que mi atención sigue regresando una y otra vez hacia la cocina. Esto es absurdo porque ni siquiera necesito ver a Ron para saber dónde está. Llevo años trabajando con él y conozco hasta el sonido de sus pasos y su manera de cerrar una puerta.
Joder, conozco incluso el ruido que hace cuando deja una olla sobre los fogones. Nunca me había dado cuenta de cuánto espacio ocupa en mi vida y quizá ese sea el problema.
Cuando vuelvo a pasar junto a la barra no me atrevo a mirar hacia la cocina porque ya sé lo que va a ocurrir, nuestras miradas volverán a encontrarse y él desviará la vista hacia otra parte.
Te prometo que no sé cuánto tiempo voy a resistir que me ignore alguien que, de repente, se ha vuelto más importante para mí de lo que jamás me habría atrevido a imaginar.