Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

JULIO

Después de hablar con Anna estoy peor que antes. Cada vez que hablamos, me hace ver las cosas de otra manera.

¿Qué se supone que tengo que ver ahora?

¡Madre mía!, estoy tan confundido que ahora mismo lo único que me ayudaría sería irme a casa, darme una buena ducha y después tumbarme en el sofá mirando las musarañas para procesar todo lo que me está dando vueltas en la cabeza.

El Halsted está bastante animado para ser una tarde tan fría.

La calefacción funciona a pleno rendimiento y los ventanales aparecen empañados por el contraste entre el calor del interior y el aire helado de la calle.

El aroma a café recién molido se mezcla con el de las tartas que Ron ha preparado para la merienda y las conversaciones de los clientes forman ese murmullo constante que llevo escuchando desde hace años.

Normalmente, esta sensación me gusta e incluso logra hacerme sentir como en casa, pero hoy me cuesta concentrarme. Voy hacia la barra para dejar la bandeja después de atender una mesa y, mientras la apoyo sobre la madera, vuelven a mi cabeza las palabras de Anna.

«A veces no sabemos cuánto necesitamos algo hasta que desaparece».

No sé por qué me están afectando tanto, o a lo mejor sí lo sé y precisamente por eso me incomodan.

Me paso una mano por la nuca y decido que lo mejor será salir un momento al callejón.

Necesito despejarme para que el aire frío de Chicago me golpee la cara y me ayude a ordenar todas estas ideas que no dejan de chocar unas con otras dentro de mi cabeza.

—Julio, ¿te sucede algo?

La voz de Mike me detiene cuando ya estoy rodeando la barra y él se encuentra hablando con Callaham en uno de los extremos del mostrador. Los dos tienen varias carpetas abiertas delante y parecen revisar facturas o pedidos, aunque ambos me están observando con demasiada atención para mi gusto.

—Nada —respondo meneando la cabeza.

Pero incluso a mí, ese nada me suena poco convincente.

Continúo mi camino antes de que decidan hacer más preguntas y no quiero pensarlo mucho, pero hay algo dentro de mí que me está volviendo melancólico y ese no es el Julio que trabaja en el Halsted.

El Julio del Halsted habla más de la cuenta, se ríe a todas horas y por cualquier tontería, coquetea con media clientela y desespera a Ron varias veces al día.

Este otro Julio que tiene ganas de esconderse unos minutos no me gusta demasiado. Por eso empujo la puerta trasera y salgo al callejón sin mirar atrás. Noto el frío en la cara y eso me obliga a cerrar los ojos durante un instante. A lo mejor era esto lo que necesitaba.

No llevo ni cinco minutos en el callejón cuando aparece Mike.

La puerta trasera se abre a mis espaldas dejando escapar durante un instante el calor y el murmullo del Halsted antes de volver a cerrarse.

Mi jefe me encuentra apoyado junto a la pared de ladrillo con los brazos cruzados sobre el pecho intentando soltar la angustia que me invade.

El aire es tan frío que me pica en las mejillas, pero aun así no tengo ninguna prisa por volver dentro. Necesito respirar y pensar. Y, sobre todo, necesito entender por qué siento este nudo tan extraño en el estómago.

—Julio, ¿qué te sucede? Llevas unos días preocupado. Te conozco demasiado bien.

—¡Bufff! No lo sé ni yo, Mike.

Intento disimular mirando hacia el edificio de enfrente.

Las ventanas reflejan la luz grisácea de la tarde y un coche pasa despacio por la calle.

Si sigo así dejándome llevar por esta melancolía que comienza a atraparme voy a echarme a llorar y eso sí que sería el colmo.

De pronto, me sobresalto al notar la mano de Mike sobre mi hombro en un gesto familiar que me resulta reconfortante.

Mike siempre me ha apoyado en los días buenos y mucho más en los malos. Llegué al Halsted siendo poco más que un crío que cometía errores y pensaba que no servía para nada, pero él me dejó espacio para aprender y por eso continúo aquí después de tantos años.

—Mike, lo que me ocurre es que al principio no entendía qué había sucedido con lo de los regalos. Que alguien me eligiera a mí era algo muy especial, ¿sabes?

Él asiente sin apartar la mano de mi hombro.

—Hasta ahí todo estaba bien porque me hacía sentir atractivo. Ya sabes eso de que alguien te elija te pone el ego por las nubes.

Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.

—Te entiendo. Así me sentí yo cuando apareció Callaham lanzándome esas miradas que hacían que las rodillas se me aflojaran como si fuera un adolescente.

No puedo evitar sonreír también porque he sido testigo de esas miradas desde el principio y he visto cómo Mike se transformaba cada vez que Callaham entraba en el Halsted. Sin embargo, la sonrisa me dura tan solo unos segundos porque el problema sigue ahí esperándome.

—Pero cuando ese libro apareció de la nada me di cuenta de que algo no iba bien.

Mike guarda silencio y precisamente ese silencio es el que me anima a continuar.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué cosa?

Trago saliva sin saber por qué me cuesta tanto decirlo en voz alta.

—Que me he dado cuenta de que tan solo he hablado con una persona sobre ese libro. Bueno, hablé con muchas, pero solo le dije a esa persona que me gustaría ser tan especial para alguien como Elizabeth lo era para David.

El viento vuelve a colarse por el callejón y a lo lejos alguien hace sonar una bocina, pero durante unos segundos tan solo escucho mi propia respiración.

—Y esa persona es la misma que ahora ni siquiera me mira.

La expresión de Mike cambia e incluso le desaparece la sonrisa. De pronto parece cansado, como si llevara mucho tiempo esperando que esto sucediera.

En este momento se hace la luz en mi cerebro y no necesito que me de una explicación ni que me confirme nada porque de repente todas las piezas encajan y me doy cuenta de todos esos pequeños detalles que siempre estuvieron ahí y que yo jamás me molesté en observar.

¡Madre del amor hermoso!

He sido un auténtico imbécil. Al darme cuenta aprieto los ojos durante un instante en un intento de aguantar las lágrimas que amenazan con salir.

Ahora sé quién es mi admirador secreto y no sé si estoy triste o avergonzado porque mientras yo fantaseaba con Alfred y perseguía pistas absurdas por todo el Halsted, Ron llevaba años haciendo lo mismo que siempre había hecho por mí: cuidarme.

La diferencia es que ahora por fin entiendo por qué y no sé qué demonios voy a hacer con eso.