Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

JULIO

—Buenas tardes, Julio.

La voz de Mike me sorprende porque está atendiendo una mesa —que es mi trabajo— en lugar de estar detrás de la barra preparando cafés o revisando facturas.

Durante unos segundos me quedo observándolo.

Mike sostiene una bandeja cargada de bebidas con la misma naturalidad con la que otros sostienen un periódico.

Los clientes lo escuchan atentos mientras les explica algo y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me dedica una mirada llena de significado antes de regresar a la conversación.

Es como si estuviera esperando que me diera cuenta de algo. Lo cual es absurdo, porque no sé qué es lo que quiere que haga. Y si quisiera decirme algo, lo diría, que para eso es el jefe, ¿no? Además, Mike nunca ha sido un hombre que se ande con secretos, así que decido no darle más vueltas.

Últimamente le estoy dando demasiadas vueltas a todo y eso, según aquel artículo que leí hace poco en un dominical, provoca desgaste neuronal y pérdida de vitaminas.

No sé si será verdad, pero por si acaso intento conservar las pocas neuronas que me quedan sanas.

Siempre se ha dicho que es mejor prevenir.

Voy hacia la cocina para coger mi delantal y comenzar la jornada; el calor me envuelve en cuanto cruzo la puerta.

Huele a pan recién horneado, a especias y a una salsa que lleva horas cocinándose a fuego lento.

El ruido del cuchillo golpeando las tablas de cortar y el tintineo de las ollas forman una especie de música familiar que llevo escuchando tantos años que casi me resulta reconfortante.

Ron ni siquiera se entera de que acabo de entrar; está inclinado sobre una encimera de acero inoxidable, concentrado en aplanar una masa con el rodillo. Sus movimientos son precisos. Al verlo tan concentrado, parece que para él todo lo demás hubiera dejado de existir.

Me apoyo en el marco de la puerta esperando algún gesto, pero no hace nada. Ni un gruñido, ni una queja. No me dirige ningún comentario desagradable, ni tan siquiera una mirada.

¡Qué raro está este tío!

—Buenas tardes para ti también —digo al final.

—Buenas.

Ron levanta la vista durante un segundo y vuelve inmediatamente a la masa.

Me quedo totalmente descolocado preguntándome qué demonios le sucede hoy.

Aunque, si te soy sincero, llevo varios días haciéndome la misma pregunta.

Es que está raro, muy raro, y no sé qué es peor, que me hable como un auténtico gruñón, o que permanezca en silencio porque al menos cuando protesta sé qué esperar.

Este Ron silencioso me desconcierta. De verdad, que no hay quien entienda a este hombre, ¡joder!

Me coloco el delantal y continúo observándolo unos segundos.

Tiene varias bandejas preparadas sobre la encimera y una libreta abierta junto a un bolígrafo.

El ceño ligeramente fruncido le da un aspecto más serio de lo habitual.

Aunque no parece enfadado, tampoco parece cansado, lo que parece es que está distante, como si estuviera pensando en otra cosa.

—¿Te ocurre algo? —pregunto sin pensarlo siquiera.

Ron sigue trabajando.

—No.

—Pues lo parece.

—Estoy trabajando.

—Ya, pero eso lo haces todos los días.

Por un momento creo que va a responder algo, lo que sea. Un gruñido, una crítica, en este momento hasta una de sus frases desagradables me valdría. Sin embargo, vuelve a sorprenderme.

—Tengo mucho trabajo, Julio.

Salgo de la cocina con una sensación extraña en el estómago y no sé muy bien cómo explicarla, ya que estoy seguro de que esto no es preocupación, pero mientras atravieso el salón y comienzo a preparar las mesas para la tarde, sigo pensando en él y eso también me parece raro, ya que normalmente soy yo quien habla demasiado y Ron quien me manda callar.

Últimamente parece que ninguno de los dos está cumpliendo con su papel.

El día pasa volando. Con la llegada de los clientes habituales y algún turista despistado que entra buscando refugio del frío, apenas tengo tiempo para pensar.

Y casi lo agradezco porque últimamente, cada vez que me quedo quieto más de cinco minutos, mi cerebro empieza a dar vueltas sobre el mismo asunto.

Por eso me alegro cuando llega la tarde y veo a Anna entrar por la puerta con uno de sus elegantes abrigos oscuros y una bufanda color crema colocada sobre los hombros.

Afuera el cielo amenaza nieve y el viento arrastra pequeñas hojas secas por la acera, pero ella entra en el Halsted con la misma elegancia con la que otras personas entran en una fiesta.

Al menos con ella puedo hablar sin sentir que me están juzgando.

—¿Cómo lo llevas, Julio? —pregunta cuando dejo su café sobre la mesa.

El aroma del café recién hecho se mezcla con el de la canela de una tarta de zanahoria que Ron acaba de hornear. A nuestro alrededor el murmullo de las conversaciones llena el local de esa tranquilidad que siempre tiene el Halsted a media tarde.

—Pues no estoy seguro.

—¿Ha sucedido algo nuevo? ¿No irás a decirme que tu admirador te ha regalado algo durante estos días que no nos hemos visto?

Niego con la cabeza algo decepcionado, tengo que reconocerlo.

Sin embargo, justo al hacerlo me doy cuenta de una cosa y de que es algo que no me gusta reconocer: echo de menos esa emoción de encontrar algo inesperado sobre la barra o descubrir un detalle nuevo mientras trabajo y esa alegría que, tras encontrarlo, me acompañaba durante el resto del día.

—No. Es todo lo contrario.

Anna deja la taza sobre el plato sin apartar la mirada de mí.

—¿Cómo que lo contrario?

—Ahora parece que mi admirador se ha olvidado de mí.

La frase suena mucho más triste de lo que pretendía y durante unos segundos jugueteo con una cucharilla que alguien ha dejado sobre la mesa de al lado.

—¿Tendrían razón los chicos? ¿Y si todo eran imaginaciones mías?

Anna tarda un poco en responder y eso me obliga a continuar.

—Dirás que soy un tonto, pero ahora que ese admirador, sea quien sea, no se acuerda de mí... lo echo de menos.

Ella asiente despacio, como si entendiera lo que quiero decir.

—A veces no sabemos cuánto necesitamos algo hasta que desaparece de nuestras vidas.

Sus palabras se me quedan rondando dentro de la cabeza.

Entiendo que Anna no habla solo de regalos, sino de muchas otras cosas y estoy tan confundido que sin poder evitarlo, se me escapa un largo suspiro y mi mala suerte habitual hace que ocurra justo en el momento en que Ron sale de la cocina para hablar con Mike.

Levanto la vista y durante unos segundos nuestras miradas se cruzan. En ese momento algo me desconcierta porque no encuentro en su cara ninguna de las expresiones que me tiene acostumbrado a soportar.

Ahora no hay sarcasmo, ni impaciencia, ni tampoco una de esas miradas que parecen decir que soy un inútil.

Ron solo parece cansado. Apreciar esto me sorprende tanto que incluso olvido apartar la vista.

Es Ron el que desvía la mirada primero y continúa hacia la barra, mientras Mike le dice algo que no alcanzo a escuchar.

Él responde con un movimiento de cabeza y cuando vuelvo a mirar a Anna descubro que ella también ha estado observándolo y ahora me da la sensación de que parece estar pensando algo que decide no compartir. Lo cual, viniendo de Anna Franklin, resulta bastante inquietante.

—¡Ay, Anna!

—¿Sí?

—Últimamente suceden unas cosas muy raras en el Halsted.

La sonrisa que aparece en sus labios está llena de ternura.

—No, Julio.

—¿No?

—Creo que las cosas llevan mucho tiempo sucediendo. La diferencia es que ahora has empezado a fijarte.

Por si no tuviera ya bastante con todo lo que tengo en la cabeza, esta mujer con esa respuesta acaba de dejarme más confundido que antes.