Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

RON

—Alfred, ¿podrías tocar esta noche esa canción tan bonita que cantaste la última vez? —dice Julio sin quitarle la vista de encima.

—¿Cuál? —pregunta Alfred mientras termina de afinar la guitarra.

Lo peor no es la pregunta, lo peor es la sonrisa que le dedica después. Esa sonrisa tan amable que parece reservar especialmente para Julio.

—La primera que cantaste en tu última actuación. Es que me encanta, para mí es la mejor de todo tu repertorio.

Si Julio se esforzara un poco más, solo le faltarían unos corazones flotando alrededor de la cabeza para completar el cuadro. He escuchado unas risas en el salón y me he asomado para ver qué ocurría.

Ojalá no lo hubiera hecho.

La cocina está caliente por el horno que llevo encendido desde primera hora. Sobre la encimera se enfrían varias bandejas de bollería y una olla de sopa burbujea lentamente en uno de los fogones y, normalmente, estos sonidos me tranquilizan.

Hoy no, porque cada pocos minutos vuelvo a escuchar la voz de Julio llegando desde el salón y, casi siempre, la de Alfred respondiéndole.

Nunca pensé que verlos hablar un día y otro me pasaría factura, pero parece que sí.

Parece que escuchar cómo alguien se entusiasma constantemente con otra persona termina resultando agotador.

Sobre todo cuando llevas años observando a ese alguien y eres tan idiota como para esperar algo diferente de él.

—¿Te ocurre algo?

La voz de Mike me hace volver a la realidad. Se encuentra apoyado en la puerta de la cocina con una caja de botellas vacías entre las manos.

—¡No!

—¿Seguro?

—¿Qué quieres?

Mike observa un instante el salón y vuelve a mirar hacia donde están sentados Julio y Alfred. No hace falta ser un genio para entender lo que está pensando.

—¡No empieces!

—No he dicho nada.

—Precisamente por eso. No hay nada que decir.

Mike resopla.

—Ron.

—Mike.

—Ron, ¿eres consciente de que estás pelando las patatas con demasiada violencia?

Miro hacia la tabla de cortar y me doy cuenta de que tiene razón. Las pobres patatas no tienen ninguna culpa de nada.

—Estoy cansado.

—Y yo también.

Me dedica una mirada que conozco demasiado bien y además tiene esa mirada que utilizan las personas cuando creen haber descubierto algo antes que tú.

Por suerte no insiste, se marcha de nuevo al salón y me deja solo. Aunque apenas unos segundos después escucho otra carcajada de Julio y a continuación incluso reconozco los acordes que comienzan a sonar en la guitarra.

Cierro los ojos un instante ya que todo esto es un sinsentido y hasta me parece que mi esfuerzo al dejarle cada día los cafés en la barra, las meriendas que sé que le gustan, esa dichosa bufanda y el maldito libro no han servido absolutamente para nada.

Julio sigue mirando justo en la dirección equivocada y tal vez la culpa sea mía. Me parece que he sido un imbécil al pensar que algún día se daría cuenta de lo que está pasando.

Ahora comienzo a pensar en que debí conformarme con lo que tenía, con verlo feliz, escucharlo hablar hasta por los codos y saber que estaba bien.

En realidad, eso era suficiente, o al menos siempre lo había sido. ¿No?

Pensar en todo esto me deja un regusto amargo. Mucho más amargo que el café que se enfría sobre la encimera y eso me lleva a pensar que tal vez debería dejar de intentarlo.

Creo que ya va siendo hora de dejar de esperar y dejar de buscar excusas para cuidar de alguien que probablemente jamás va a mirarme de la forma en que mira a Alfred.

Después de esta reflexión tan necesaria para mantener mi cordura continúo cocinando porque, al fin y al cabo, es lo que mejor sé hacer.

La salsa boloñesa burbujea suavemente dentro de la olla.

El aroma del tomate, el ajo y las hierbas aromáticas llena la cocina mientras remuevo con movimientos lentos y mecánicos.

Llevo tantos años haciendo esta receta que podría prepararla con los ojos cerrados.

A lo mejor por eso me gusta cocinar, porque las recetas tienen sentido. Las personas no.

Las personas dicen una cosa y sienten otra. Miran hacia un lado cuando deberían mirar hacia otro y a veces son tan despistadas que resultan desesperantes.

Aprieto los labios mientras doy otra vuelta a la salsa.

No sé qué mierda se me pasó por la cabeza cuando rescaté aquel libro.

En ese momento me parecía buena idea y ahora tan solo me parece algo ridículo, ya que llevo semanas comportándome como un adolescente y el resultado es el mismo que habría obtenido quedándome quieto.

Nada.

Desde el salón vuelve a llegar una carcajada de Julio, después escucho algunas notas de guitarra y luego la voz de Alfred probando una canción antes de la actuación. Cierro los ojos un instante para que este nubarrón que amenaza con nublar mi ánimo se marche.

¡Hoy no, por favor!

Hace unos días que parece que Julio vive pegado a ese escenario y yo empiezo a estar cansado de verlo actuar así. Incluso me estoy cansando de escucharlo y de esperar algo que nunca va a ocurrir.

La cuchara golpea el borde metálico de la olla cuando la dejo sobre la encimera. Esto no va a volver a suceder, acabo de llegar a esta conclusión y creo que será lo mejor para mi dignidad.

Los regalos se han terminado y las tonterías se han terminado. Si quiere pasar las tardes escuchando canciones con Alfred, es libre de hacerlo y yo soy libre de seguir con mi vida o al menos de intentarlo porque ya llevo mucho tiempo sufriendo por nada.

Desde el salón llegan más risas y escucho la voz de Julio pidiendo que repita una parte de la canción.

Resoplo pensando que ojalá tuviera unos tapones para los oídos porque hoy no estoy de humor para escuchar a esos dos con sus tonterías y porque una parte de mí, la más estúpida de todas, sigue girándose cada vez que oye reír a Julio como si todavía esperara que algún día esa risa estuviera dirigida hacia mí.