CAPÍTULO 16
JULIO
Uno no puede vivir así, preocupado y pensando tanto.
Hace tiempo leí en un artículo de un dominical que las neuronas se gastan por sobrepensar e incluso se pierden vitaminas.
Fíjate qué cosas llega a leer uno. Pues eso, que no quiero perder mis neuronas y acabar agotado sin saber quién narices ha dejado ese libro en el Halsted.
Porque una cosa es encontrar una bufanda, otra una chocolatina y otra muy distinta un libro que mencioné hace años y que ni siquiera recordaba haber leído hasta que lo tuve delante de las narices.
Esto no puede ser una casualidad. O sí. No lo sé. Últimamente no sé nada.
He ido a coger unas cajas de bebidas del almacén y, cuando vuelvo cargado hasta los topes, veo que Anna Franklin ha venido a merendar.
¡Gracias al cielo!
Ella es exactamente la persona que necesito ahora mismo. No porque vaya a resolver el misterio. Aunque tampoco descarto que lo haga, sino porque ella escucha de verdad y en estos últimos días siento que mi cabeza va tan deprisa que necesito contarle todo esto a alguien antes de explotar.
Anna está sentada junto a una de las ventanas. Lleva un abrigo color verde botella combinado con un pañuelo estampado y unos pendientes dorados que brillan cada vez que gira la cabeza.
No sé cómo lo hace. Incluso sentada tomando café parece una actriz de cine.
—Hola, Anna. ¿Te está atendiendo alguno de los chicos?
Ella levanta la vista del periódico y sonríe al instante.
—Hola, Julio. No, acabo de llegar, pero ya sabes que mi camarero favorito eres tú —afirma tomándome la mano entre las suyas.
Siempre hace eso y siempre consigue que me sienta importante.
—Julio, ¿ya has encontrado a tu admirador secreto? —pregunta bajando la voz para que los clientes cercanos no puedan escucharla.
Miro a mi alrededor por puro instinto y observo a una pareja que comparte una tarta cerca de la ventana, a dos estudiantes que ocupan una mesa del fondo con sus portátiles y a Mike, que está detrás de la barra fingiendo que trabaja mientras escucha todo lo que sucede a su alrededor.
—No —confieso—. Pero tengo varias teorías y necesito hablar contigo.
—No me digas, eso suena muy interesante —dice Anna sonriendo como si acabara de recibir una invitación a una función privada.
Esta mujer sí que sabe hablarle a uno. Nada más por eso voy a buscarle alguna delicia en la cocina.
—Voy a traerte un buen café de esos que te gustan tanto. Ahora vuelvo.
—Eres un encanto, Julio. Si fuera más joven te comería a besos.
—¡Ay, Anna! ¡Tú sí que sabes conquistar a un hombre! —exclamo mientras me llevo una mano al pecho.
La carcajada que suelta resuena por todo el local. Incluso algunos clientes sonríen al verla reír. Desde la barra, Mike levanta la cabeza y me ve acercándome a él.
—¿Ahora conspiras con la señora Franklin?
—Ella me entiende mejor que todos vosotros juntos, Mike.
—No creo que eso tenga mucho mérito, Julio.
—¿Ves? Por cosas como esa hablo con Anna.
Mike mueve la cabeza intentando contener la sonrisa mientras vuelve a sus cuentas.
Entro en la cocina y encuentro a Ron preparando varias bandejas para el servicio de la tarde. El aroma a canela y mantequilla todavía flota en el aire desde primera hora.
—Necesito un café para Anna.
—Ya lo sé.
—¿Cómo que ya lo sabes?
—Porque viene todos los jueves.
A veces olvido que este hombre lo observa todo.
—Bueno, pues dame también algo rico.
Ron señala una bandeja de pastas sin molestarse en mirarme. Como tienen una pinta la mar de apetitosa recojo un par y regreso al salón donde observo que Anna está pendiente de cada uno de mis movimientos.
Dejo el plato y el café delante de ella y la miro expectante por contarle todo.
—Bien —dice acomodándose en la silla—. Cuéntame esas teorías.
Suspiro y sin querer se me va la vista hacia el libro que he dejado sobre la barra.
A lo mejor te parece mentira, pero ahora que tengo la oportunidad de contarle a alguien todo sobre esta locura me cuesta encontrar las palabras.
Vuelvo a suspirar y me lanzo a contarle a Anna lo que me ronda por la cabeza.
—Creo que alguien me conoce demasiado bien.
La sonrisa de Anna desaparece poco a poco y ese gesto me alienta para continuar porque parece que ella entiende exactamente lo que quiero decir.
—Ah —murmura—. ¿Y eso te asusta?
La pregunta me deja descolocado, ya que eso es algo que hasta ese momento no me lo había planteado.
Por pura costumbre, miro hacia la cocina y me encuentro a Ron que aparece unos segundos en la ventanilla para dejar un plato y vuelve a desaparecer. Alfred está afinando su guitarra en el escenario, Mike sigue detrás de la barra. Todo parece igual que siempre.
—No lo sé —admito finalmente—. Creo que sí.
Anna asiente despacio como si llevara tiempo esperando que yo llegara por mi propia cuenta a esa conclusión.
No puedo sentarme con Anna porque hay algunos clientes merendando.
Afuera hace un frío de mil demonios y el Halsted está más lleno de lo habitual para una tarde entre semana.
Las ventanas aparecen ligeramente empañadas y el aroma a café, canela y tarta recién horneada envuelve todo el local.
Voy de una mesa a otra durante varios minutos asegurándome de que nadie necesita nada más y cuando por fin compruebo que todo está tranquilo, me acerco de nuevo a Anna.
Ella está degustando un generoso trozo de tarta de manzana que debe haberle acercado Mike. Ha cerrado los ojos durante un instante para saborearla y parece tan feliz que casi me da envidia.
—Cuéntame qué te preocupa, Julio. Te veo más serio que de costumbre.
Miro a mi alrededor por pura inercia y después los ojos se me van hacia la barra donde Mike está distraído hablando con Callaham mientras revisan unas facturas. Chris está colocando unas cajas cerca del almacén y Alfred todavía no ha llegado para la actuación de la noche.
Nadie parece pendiente de mí, así que, sin dudarlo, me siento frente a Anna.
—Verás, tengo la sensación de que la persona que me está dejando regalos me conoce y hasta me parece que esto no es una cosa de ahora, que hace mucho que lo está haciendo.
Anna deja el tenedor sobre el plato.
—¿No me digas? ¿Y quién crees que puede ser?
—¡Ojalá lo supiera! No tengo ni idea.
Ella asiente despacio.
—¿Y por qué estás tan preocupado?
—Porque esto empieza a ser raro.
—¿Raro? ¿O se está convirtiendo en algo importante para ti?
—Las dos cosas —respondo pensativo.
—Entiendo —afirma mientras da un pequeño sorbo a su café.
—¿No crees que es bonito que alguien se acuerde de ti?
Hombre, pensándolo así...
No sé ni qué responderle porque ahora mismo no sé si es bonito o una grandísima putada que alguien te conozca tan bien y tú no sepas ni siquiera quién es.
—Supongo que sí.
—No parece que estés muy convencido.
—Es que una bufanda es una cosa. Una chocolatina es otra. Pero ese libro...
—Ese libro qué, Julio.
—¡Que ese libro lo mencioné hace años!
Ahora la que parece un poco descolocada es Anna porque no me responde enseguida como acostumbra a hacer. Ahora simplemente me observa y esa actitud me obliga a seguir hablando.
—Ni siquiera me acordaba de él. ¿Entiendes? Yo había olvidado que existía.
—Pero parece que alguien no lo olvidó.
Ver cómo asiente y mueve la cabeza varias veces me provoca un escalofrío extraño. Anna me observa y se acomoda mejor en la silla.
—¿Y qué te dice eso?
—Que esa persona escucha todo lo que pasa a su alrededor.
Ella sonríe.
—O que te escucha de verdad —afirma en un susurro.
Al instante, comprendo que tiene razón, ya que aquí todos escuchamos cosas, cuando los clientes o los camareros hablamos, pero escuchar de verdad es otra cosa.
Escuchar de verdad es recordar y, qué quieres que te diga, que alguien recuerde durante años el título de un libro es algo que resulta difícil de explicar.
—¡Madre mía!
—¿Qué sucede ahora?
—Que me estás haciendo pensar otra vez.
Al verme tan contrariado, Anna suelta una carcajada.
—Para eso estoy aquí.
—Pues no sé si darte las gracias o salir corriendo.
Su sonrisa se suaviza y aprieta mi mano entre las suyas de nuevo.
—Julio, voy a preguntarte una cosa y quiero que me respondas con sinceridad.
—Lo intentaré.
—¿Te molesta que alguien te conozca tan bien?
Abro la boca dispuesto a responder que sí, pero la cierro de inmediato.
Ahora ya no estoy seguro de nada e incluso me da por pensar en todas esas cosas que alguien se ha molestado en dejar para mí durante estos últimos días y me doy cuenta de algo, ninguno de esos regalos me ha hecho sentir incómodo.
Todo lo contrario, lo que me han hecho sentir es importante.
Como si alguien prestara atención a las pequeñas cosas que normalmente pasan desapercibidas.
Anna parece leerme el pensamiento porque asiente con una sonrisa esperanzadora.
—Ya veo.
—¿Qué ves?
—Que no estás tan preocupado como crees.
—Pues claro que estoy preocupado —afirmo removiéndome en el asiento.
—No, Julio, lo que estás es asustado, porque en tu interior tú sabes quién es esa persona y te da miedo reconocer que tú sientes lo mismo —susurra mientras vuelve a coger el tenedor.