CAPÍTULO 14
RON
Ojalá no se me hubiera ocurrido hacer ese maldito bizcocho.
Desde entonces, Julio lleva una semana hablando de Alfred.
Si a eso le sumamos las miraditas que le lanza cuando le dedica un rato para darles lecciones de guitarra y la importancia que se da Julio, aunque toque tan mal como una chicharra, el resultado es insoportable.
No creo que pueda soportar esta verborrea suya mucho más tiempo.
Que si Alfred por aquí, que si mira qué acorde me ha enseñado Alfred por allá. Que si no sabía que la guitarra era tan difícil, que si Alfred tiene una paciencia infinita.
Bla, bla, bla.
¡Joder!
Soy un tonto por pensar que Julio se daría cuenta de que lo que está sucediendo en el Halsted no es nada nuevo.
Llevo años preparándole cafés, meriendas y platos porque sé exactamente lo que le gusta. El muy cabeza hueca no es capaz de mirar a su alrededor si no es para buscar a ese Alfred que, aunque no tiene la culpa de nada, empieza a caerme bastante mal.
La cocina huele a pan recién horneado y a salsa de tomate reduciéndose lentamente. A través de la ventana que comunica con el salón, veo las mesas casi llenas. Las luces cálidas del Halsted se reflejan en los vasos y, sobre el pequeño escenario, Alfred termina una canción y el público lo aplaude.
Allí es donde está Julio, apoyado en una mesa cercana al escenario. Mirándolo, por supuesto. ¿A quién iba a mirar si no? Resoplo más indignado de lo que me gustaría reconocer y sigo cortando verduras.
—Estás machacando esos pimientos como si te hubieran insultado —dice Chris al pasar junto a mí.
—¡Métete en tus asuntos!
—Solo era un comentario.
—Pues ya has hecho el comentario, ¿te has quedado a gusto?
Chris sonríe y desaparece antes de que le lance algo.
¡Maldita sea!
Encima se nota que me pasa algo, y sin poder evitarlo, la curiosidad me puede y vuelvo a asomarme por la ventana. Julio está sentado ahora con una guitarra entre las manos como si no hubiera suficientes cosas de las que hablar durante el día.
Alfred está muy cerca de él y le corrige la posición de los dedos.
Julio intenta reproducir el acorde y fracasa estrepitosamente.
Aunque, al instante, lo intenta de nuevo.
Y cada vez que se equivoca ambos se ríen.
Alfred lo hace porque es un tío educado, pero Julio me consta que tan solo lo hace porque se ríe hasta de sí mismo.
No sé qué me molesta más, que Julio esté usando las clases de guitarra como excusa o que parezca tan feliz por el solo hecho de estar junto a Alfred. Ante ese pensamiento fugaz me obligo a regresar al trabajo, que es lo mejor que puedo hacer.
Durante el resto de la noche los clientes entran y salen del local. Las comandas se acumulan. Los platos vuelan de la cocina al salón y el ruido habitual del Halsted termina ocupándolo todo.
Normalmente eso me ayuda. La cocina siempre ha sido mi refugio, ya que cuando trabajo no pienso y cuando cocino no siento, pero esta vez no funciona porque cada vez que Julio cruza la puerta para recoger una comanda vuelve a hablar de Alfred.
¿Sabías que ha tocado en Nashville?
¿Sabías que compone canciones?
¿Sabías que dice que tengo buen oído?
No, no lo sabía y tampoco me importa. Al menos eso intento repetirme.
Cuando por fin cerramos, el silencio cae sobre el local poco a poco. Chris se despide, John sale el primero porque tiene que recoger unas cosas para Aiden. Mike y Callaham terminan las cuentas junto a la barra y yo me quedo en la cocina recogiendo. Como siempre.
Las luces del salón permanecen encendidas a media intensidad.
La cafetera ya está apagada y solo se escucha el leve zumbido de los frigoríficos.
Esta es una de mis horas favoritas del día el momento en el que el Halsted deja de ser un negocio y vuelve a convertirse en una casa vacía.
Termino de limpiar una encimera y llevo unas cajas al almacén porque necesito encontrar unas conservas para el pedido de mañana.
La bombilla amarillenta del techo parpadea cuando entro y observo las estanterías abarrotadas de cajas, de vajilla antigua y todo tipo de objetos que nadie ha querido tirar.
Mientras aparto unos paquetes tropiezo con una caja de cartón medio abierta y de ella sobresale un libro. No sé por qué lo recojo.
Al mirarlo con más atención reconozco la portada y siento como algo en mi memoria tira de mí antes incluso de leer el título.
Le paso la mano por encima para quitarle el polvo y entonces lo recuerdo.
Fue una tarde cualquiera hace años. El Halsted estaba casi vacío y Julio limpiaba mesas mientras hablaba sin parar como siempre.
Recuerdo que llevaba más de diez minutos explicándole a Mike el argumento de un libro que acababa de terminar y decía que era una de las historias más bonitas que había leído y que lo había mantenido despierto hasta las tres de la mañana.
Recuerdo que hasta dijo que ojalá pudiera olvidar el final para volver a leerlo por primera vez.
Miro la portada y leo el título: Ojalá fuera cierto.
Permanezco inmóvil unos segundos, porque es que hasta me parece absurdo que me acuerde de algo así. Han pasado años y ni siquiera sé por qué lo recuerdo. A lo mejor es que Julio habla tanto que de vez en cuando alguna de sus palabras consigue quedarse atrapada en la cabeza de los demás.
Eso tiene que ser. No hay otra explicación. Aun así, no vuelvo a guardar el libro en la caja. Lo limpio con el borde del delantal y después repaso la cubierta con la palma de la mano apreciando que el lomo está gastado, pero todavía conserva buen aspecto.
Cuando salgo del almacén me llevo el libro conmigo con el pensamiento de que debería dejarlo donde estaba, olvidarme de él y dejar de alimentar esta tontería.
Sin embargo, cuando apago las luces de la cocina y me preparo para marcharme, el libro sigue bajo mi brazo, hasta que lo suelte en el lugar adecuado mañana por la mañana.