CAPÍTULO 13
JULIO
Llevo todo el día flotando en una nube y, al mismo tiempo, tengo sensaciones encontradas porque me temo que esto del admirador secreto está llegando demasiado lejos. No me malinterpretes, no me quejo por eso. ¿Quién se quejaría?
Pero una cosa es encontrar un bolígrafo o una bufanda y otra muy distinta que aparezca de la nada el dulce exacto que llevas días deseando. Eso ya no parece una casualidad, es algo que parece planificado y la planificación no es algo que se improvisa de buenas a primeras.
La puerta del Halsted se abre, dejando entrar una corriente de aire frío que hace oscilar ligeramente las llamas de las velas colocadas sobre algunas mesas.
Levanto la vista de la bandeja que estoy secando y, en cuanto reconozco a la persona que acaba de entrar, una especie de alivio me recorre el cuerpo.
Es Anna Franklin, gracias al cielo. Al fin entra alguien con quien puedo hablar y que no va a reírse de mí, ni va a decirme que exagero o va a mirarme como si me hubiera vuelto loco. Porque eso mismo es lo que llevan haciendo los hombres de este local desde hace días.
Anna se desabrocha el abrigo con tranquilidad y deja el sombrero sobre una mesa cercana. Hoy lleva un conjunto color burdeos que combina con unos zapatos de tacón del mismo tono. Incluso los guantes parecen elegidos para hacer juego. De verdad, cuando tenga su edad quiero ser exactamente como ella.
—¡Hola, Anna! Me alegro muchísimo de verte.
Aprovecho un momento de calma para sentarme frente a ella. El salón todavía no está lleno y la mayoría de los clientes parecen más interesados en sus cafés que en reclamar mi atención durante unos minutos.
Anna sonríe en cuanto me acerco y después toma una de mis manos entre las suyas. Esta mujer es increíble, y siempre hace cosas así como si llevara toda la vida cuidando de la gente.
—Hola, Julio. Yo también me alegro mucho de verte —afirma a la vez que inclina ligeramente la cabeza—. ¿Qué te sucede hoy? Te noto distinto. Cuéntamelo todo.
¿Lo ves? Ya sabía yo que esta mujer estaba hecha de una pasta diferente a estos hombres sin sentimientos que trabajan conmigo.
Ella sí entiende las cosas importantes de la vida.
—Verás, hoy ha aparecido algo que me hace sospechar que tenías razón con lo del admirador secreto.
Los ojos de Anna brillan de inmediato.
—¡No me digas!
—Sí. Llevo días muriéndome por algo dulce y esta mañana ha aparecido un bizcocho enorme y apetitoso en la vitrina.
Anna se reclina ligeramente en la silla.
—¿Y qué opinas de eso?
—No lo sé. Por eso te lo estoy preguntando.
—Está clarísimo —dice sonriendo.
Parpadeo al escucharla.
—¿Qué?
—Que alguien te escucha cuando hablas.
La afirmación me deja desconcertado.
—No, no puede ser.
—¿Por qué no?
—Porque sería mucha casualidad.
Anna niega despacio con la cabeza al oírme.
—No parece casualidad, Julio.
—Pues yo creo que sí.
Nos quedamos mirando unos segundos. Ella con esa paciencia infinita que tiene y yo intentando encontrar algún fallo en su razonamiento, pero lo peor es que no lo encuentro.
—Además —continúa— parece que esa persona está bastante cerca de ti.
—No, no lo creo.
Hago un gesto con la mano como quien intenta espantar una mosca especialmente pesada, porque admitir algo así sería demasiado.
—Pues yo sí lo creo, jovencito.
Su sonrisa se vuelve todavía más divertida.
—Anda, tráeme uno de esos cafés que tanto me gustan.
Me levanto todavía pensando en sus palabras. Esas con las que me ha insinuado que alguien me escucha cuando hablo y que ese alguien está cerca de mi.
No, no puede ser tan sencillo.
—Voy a hacer algo mejor —le digo convencido.
Anna arquea una ceja.
—¿Ah, sí?
—Te voy a traer un pedazo de ese bizcocho para que lo pruebes y se te nuble el pensamiento igual que me ocurrió a mí.
La carcajada que suelta resuena por toda la mesa.
—Me encantaría.
Mientras me alejo hacia la barra no puedo evitar mirar alrededor preguntándome si Anna podría tener razón. Y si la tiene, pienso intrigado, quizá mi admirador secreto ha estado mucho más cerca de mí de lo que imaginaba.
Voy hacia la barra con todas esas cosas revoloteando dentro de mi cabeza además del comentario de Anna que sigue resonando en mis oídos.
«Alguien te escucha cuando hablas».
«Está cerca de ti».
No, no creo que todo sea tan fácil. Tiene que haber una explicación más lógica porque si empiezo a pensar que hay alguien observándome constantemente voy a terminar desarrollando una paranoia preocupante.
Mike está detrás de la barra revisando un pedido mientras se toma un café. Tiene varias facturas extendidas delante y esas gafas apoyadas sobre la punta de la nariz que siempre se pone cuando tiene que concentrarse. Me acerco a él y me apoyo sobre la madera pulida de la barra.
—Oye.
—¿Qué?
—¿No habrá sido Callaham, no?
Mi jefe casi escupe el café al oírme y hasta tiene que apartar la taza y toser un par de veces mientras me mira como si acabara de perder el juicio.
—¡¿Perdón?!
—Lo del admirador secreto.
Mike parpadea y ahora parece incapaz de decidir si reírse o preocuparse por lo que acabo de decir.
—Julio...
—¿Qué?
—Callaham es mi novio.
—Ya lo sé.
—Llevamos juntos bastante tiempo.
—También lo sé.
—Y está enamorado de mí.
—Eso también lo sé.
—Entonces explícame cómo has llegado a esa conclusión —afirma Mike mientras deja la taza sobre la barra.
Abro la boca para contestarle, pero la verdad es que ni yo mismo estoy seguro.
—No sé. Anna dice que alguien me escucha cuando hablo.
Mike se lleva una mano a la cara.
—¡Madre mía!
Desde la cocina llega un ruido metálico como si se hubiera caído algo y después oímos la voz de Ron.
—¡Chalado!
Miro hacia la puerta de la cocina incapaz de procesar porqué ese hombre se comporta así conmigo.
—¿Qué has dicho?
—¡Que te has vuelto chalado!
—¡¿Ves?! —protesto señalando hacia la cocina—. Siempre igual.
Ron aparece unos segundos después secándose las manos con un paño.
—¿Pero no te das cuenta de que acabas de acusar al novio de tu jefe de ser tu admirador secreto?
—No lo he acusado. Solo estaba investigando.
—Pues investigas fatal, Julio.
Mike ya no intenta disimular la risa y Callaham, que acaba de entrar desde el almacén con una caja de bebidas, mira a unos y a otros completamente confundido.
—¿Qué ocurre ahora?
—Julio cree que eres su admirador secreto —explica Mike.
Callaham se queda inmóvil.
La caja casi se le resbala de las manos.
—¡¿Qué?! ¡Joder!
—Lo siento —digo levantando ambas manos—. Ya he descartado esa posibilidad.
—¡Qué detalle!
—No te ofendas.
—Estoy intentando no hacerlo, pero me resulta un poquito difícil.
La carcajada que suelta Mike termina contagiando incluso a Callaham. Solo Ron permanece inmune cruzado de brazos junto a la puerta de la cocina y observándome como si fuera un caso clínico al que hay que estudiar.
—Pues yo sigo pensando que alguien de aquí sabe algo.
—¿De aquí? —pregunta Mike.
—Sí, de aquí —afirmo mirando a mi alrededor.
Mike vuelve a intercambiar una mirada con Ron. Una de esas miradas silenciosas que la gente utiliza cuando cree que tú no te enteras de nada.
Percibo su gesto al instante y cuanto más los observo, más convencido estoy de una cosa: todos saben algo.
¡Todos!
Lo único que todavía no sé es qué demonios me estoy perdiendo, pero un día de estos voy a averiguarlo. ¡Lo prometo!