Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

RON

Anoche me acosté tarde intentando improvisar con los ingredientes que tengo de la receta de mi abuela, pero creo que he conseguido algo muy parecido al dulce que ella horneaba.

La cocina de mi apartamento olía a canela, nuez moscada y azúcar tostado cuando por fin decidí darme por vencido.

Hacía años que no preparaba aquella receta completa.

Algunas cantidades aparecían anotadas en el cuaderno y otras no.

Mi abuela cocinaba casi siempre dejándose llevar por su intuición, por lo que nunca dejó las instrucciones precisas.

Muchas veces escribía una receta y después añadía una nota al margen que decía algo tan inútil como «lo que admita» o «hasta que tenga buena pinta».

Ayer, mientras removía la masa, me sorprendí recordando su voz con una claridad que no sentía desde hacía mucho tiempo.

«Ron, usa las especias para todo. En su justa medida son un elixir de dioses».

Todavía puedo verla apoyada contra la encimera de aquella vieja cocina, corrigiéndome cada vez que intentaba seguir una receta al pie de la letra.

Ella nunca cocinó así. Esa mujer parecía que escuchaba la comida, la observaba mientras bullía en el fuego, luego la olía y solo después de todo ese proceso decidía qué necesitaba.

Quizá por eso me costó tanto encontrar el equilibrio sin tenerla delante, pero al final lo conseguí. Al menos eso espero.

Normalmente, no soy el primero en llegar al Halsted.

Mike es un jefe tan entregado que casi siempre abre él.

Después suele aparecer Chris cargado con cajas o pedidos, y John llega en cuanto deja a Aiden en el colegio.

Julio, por supuesto, suele ser el último en aparecer.

No porque sea irresponsable, creo que tan solo lo hace porque Julio vive en una dimensión temporal diferente al resto de los mortales.

Por eso esta mañana me las he ingeniado para llegar unos minutos antes que él.

La ciudad todavía estaba despertando cuando aparqué frente al local. El aire frío mordía las manos y una fina capa de escarcha cubría algunos coches estacionados en la calle. Cuando entré, Mike ya estaba detrás de la barra encendiendo las luces.

No hizo ninguna pregunta, tan solo levantó una ceja. Yo tampoco di ninguna explicación. A estas alturas nos entendemos demasiado bien para necesitar muchas palabras.

Me puse a trabajar en cuanto entré en la cocina y preparé el dulce en silencio, lo coloqué en una bandeja y después lo llevé hasta la vitrina.

Al mirarlo, incluso yo tuve que admitir que tenía buen aspecto.

La superficie dorada brillaba bajo la iluminación del expositor y el interior, visible en uno de los extremos, mostraba una miga esponjosa salpicada de nueces y pequeños trozos de fruta.

Destacaba tanto entre las tartas y las pastas habituales que eso me hizo pensar que mi abuela habría estado orgullosa, o habría encontrado veinte defectos que corregir. Con ella nunca se sabía.

—Tiene buena pinta.

La voz de Mike me saca de mis pensamientos.

Está apoyado en la barra con dos tazas de café humeante delante.

—Ya veremos.

—Siempre dices lo mismo —dice mientras me acerca una de las tazas.

Acepto el café y doy un sorbo. Está caliente y fuerte.

Exactamente como me gusta. Durante unos segundos permanecemos en silencio observando el local vacío.

La luz de la mañana atraviesa los ventanales delanteros y dibuja rectángulos dorados sobre el suelo de madera.

Todavía faltan clientes, conversaciones y el caos habitual que acompaña cada jornada en el Halsted.

Por ahora solo estamos nosotros y ese maldito dulce.

—¿Así que era esto? —pregunta Mike.

—¿El qué?

—La receta.

No hace falta que especifique más porque está mirando hacia la vitrina.

—Sí.

—Me alegro de que la encontraras.

Asiento en silencio y Mike también dirige la mirada hacia el expositor, aunque después me mira a mí y por último vuelve a mirar el dulce con una sonrisa socarrona que me resulta muy familiar.

—¡Ni se te ocurra!

La expresión divertida que aparece en su cara confirma que he acertado.

—No he dicho nada.

—No hace falta.

—Solo pensaba que alguien va a ponerse muy contento cuando lo vea.

Resoplo mientras Mike se lleva la taza a los labios para ocultar la sonrisa.

Y yo hago lo mismo mientras espero que llegue el primer cliente de la mañana, o, para que vamos a engañarnos, más concretamente, cierto camarero incapaz de pasar cinco minutos sin hablar.

—¡Buenos días!

La voz cantarina de Julio llega incluso antes de que aparezca él.

Un segundo después la puerta se abre de golpe y una ráfaga de aire frío se cuela en el Halsted junto con su paraguas empapado. Lo cierra en la entrada mientras se sacude algunas gotas de agua de la chaqueta y saluda de forma efusiva a todo el mundo como si llevara semanas sin vernos.

El local ya empieza a despertar. Dos clientes desayunan junto a la ventana, la cafetera trabaja sin descanso y el olor a café recién molido se mezcla con el de los cruasanes calientes que Mike acaba de sacar de la cocina.

Julio apenas presta atención a nada de eso y como si tuviera un radar invisible, lo primero que hace al llegar a la barra es mirar hacia la vitrina.

Aunque yo ya sabía que esto iba a ocurrir y Mike también. Por eso, cuando lo vemos cambiar de dirección a mitad de camino y dirigirse directamente al expositor, ninguno de los dos dice una palabra.

Julio da una vuelta alrededor de la vitrina y luego otra hasta que al final se agacha un poco para observar mejor el interior en el que ha visto el bizcocho. Incluso desde donde estoy puedo apreciar el momento exacto en que lo descubre.

—¿Y esto?

La sorpresa en su voz es tan genuina que Mike tiene que apartar la mirada para ocultar una sonrisa. Julio abre la vitrina con cuidado y se inclina un poco hacia delante para observarlo como si estuviera contemplando una obra de arte.

—¿A qué te refieres? —pregunto utilizando mi tono habitual.

El mismo que utilizo siempre con él. Sí, no te rías. Ese mismo que nunca consigue espantarlo.

—Pues a qué va a ser. A esta ricura que han dejado aquí —dice señalando el bizcocho—, Esto no es de la pastelería de la calle de atrás. Esto es casero.

Mira a Mike, después me mira a mí y luego mira otra vez al bizcocho.

—¿Quién lo ha traído?

Su entusiasmo aumenta con cada palabra.

—Habrá sido el repartidor de siempre —respondo antes de pensarlo demasiado.

Aunque me arrepiento de inmediato porque Julio es capaz de cruzar media ciudad para comprobar si esa información es cierta. De hecho, cuanto más lo conozco, más convencido estoy de que lo haría encantado.

—No —afirma mientras niega con la cabeza con una seguridad absoluta—. Esto lo ha dejado alguien para mí.

Mike carraspea detrás de su taza de café.

—Llevo días pidiendo algo dulce. De hecho, me muero por algo dulce.

Vuelve a mirar hacia el bizcocho y después mira hacia nosotros.

—Y con tu permiso, Mike, voy a probar esta delicia.

La sonrisa que aparece en la cara de Mike al escucharlo ya resulta imposible de disimular. Por suerte, la campanilla de la puerta vuelve a sonar en ese instante y Callaham entra en el local quitándose los guantes de cuero.

Al ver la expresión de Mike, se acerca a nosotros entrecerrando los ojos. No necesito ver esa expresión en su rostro, porque ya lo conozco lo suficiente para saber que sospecha que está ocurriendo algo.

—¿Qué me he perdido?

—Pregúntaselo a él —dice Mike señalando a Julio.

Julio ni siquiera levanta la vista ya que continúa observando el bizcocho como si estuviera enamorado.

—Callaham, ¿esto es tuyo? Porque si me dices que es tuyo voy a probarlo igualmente.

Callaham estudia la situación durante unos segundos. Después me mira y aunque yo no he cambiado mi expresión, la sonrisa que aparece en su rostro casi al instante me dice que ha sumado dos y dos.

¡Maldita sea!

Empiezo a sospechar que aquí todo el mundo sabe demasiado.

—No —responde finalmente—. ¡Puedes probarlo!

Eso es todo lo que Julio necesitaba escuchar y su expresión se ilumina como la de un niño. Enseguida va a la cocina y busca un cuchillo y un plato y cuando vuelve, empieza a cortar una porción enorme con una concentración que normalmente solo reserva para los asuntos importantes.

Yo cruzo los brazos esperando a ver en qué termina todo esto. Mike vuelve a esconder una sonrisa detrás de su café y Callaham parece estar disfrutando del espectáculo mucho más de lo necesario.

Lo peor es que ninguno de ellos comprende que todavía falta la parte más difícil porque una cosa es encontrar una receta y otra muy distinta conseguir que se parezca a la que recuerdas.

Mientras Julio coloca el primer trozo sobre el plato, descubro que estoy más nervioso de lo que debería, y a mi pesar, eso me resulta bastante ridículo tratándose de un simple bizcocho.

Una parte de mí quiere marcharse a la cocina para no presenciar este espectáculo tan bochornoso.

La otra, la que lleva toda la vida cocinando y todavía disfruta cuando alguien aprecia su trabajo, se queda clavada en el sitio observando y es que después de tantos años entre fogones sigo siendo incapaz de fingir que no me importa lo que digan de mis platos.

—¡Eso no es una porción, es un crimen! —murmura Callaham divertido.

Julio ni siquiera lo escucha. Toda su atención está puesta en el bizcocho. Lo levanta un poco para acercárselo a la cara y aspira su aroma profundamente. Durante unos segundos permanece inmóvil como si estuviera intentando descifrar todos los ingredientes únicamente por el olor.

Después sonríe y al ver ese gesto, algo dentro de mí empieza a relajarse. Ahora estoy seguro de que ha reconoce el olor de la canela, las nueces y las especias. Lo sé porque mi abuela ponía exactamente la misma expresión cuando un plato le gustaba antes incluso de probarlo.

—¡Venga ya, Callaham! —dice Julio—. Esto huele increíble.

Mike se apoya sobre la barra cruzándose de brazos y Callaham ocupa el taburete más cercano. Los dos observan el espectáculo con la misma atención que si estuvieran viendo una final deportiva. Yo también lo hago, aunque jamás lo admitiré.

Por fin, Julio se lleva un trozo a la boca, mastica y durante un instante el mundo parece detenerse para él. Y yo no puedo hacer otra cosa que mirar cómo entorna los ojos e inclina ligeramente la cabeza hacia atrás cuando una expresión de puro placer atraviesa su rostro.

¡Maldita sea!

Es exactamente la reacción que esperaba y ahora mismo me siento muy satisfecho.

—¡Por Dios! —exclama tragando a toda velocidad—. ¡Que me presenten a quien ha cocinado esto que me caso con él ahora mismo!

Mike y Callaham se miran y la carcajada que sueltan es tan sonora que varios clientes que acaban de entrar por la puerta se vuelven hacia nosotros sin entender qué está ocurriendo. Incluso una pareja que estaba desayunando junto a la ventana abandona su conversación para observarnos.

Julio, por supuesto, sigue demasiado ocupado comiendo para darse cuenta de nada de lo que sucede a su alrededor.

—Está buenísimo —dice mientras corta otro trozo—. ¡¿Cómo puede estar tan bueno?!

—Julio, por Dios, que llevas tres minutos hablando con la boca llena —dice Callaham.

—Eso no responde a mi pregunta.

Mike ya no intenta contener la risa y sus ojos brillan igual que cada vez que presencia una situación absurda en la que Julio está involucrado. Y lo peor de todo esto es que mi compañero todavía sigue convencido de que el bizcocho ha aparecido allí por arte de magia.

—Mejor me voy a la cocina. Ya estoy harto de escuchar gilipolleces —afirmo resoplando.

Me doy media vuelta antes de que alguien pueda fijarse en mi cara, porque la sonrisa que llevo ahora mismo no pienso regalársela a nadie.

—¡Sí, eso! ¡Vete y déjanos aquí preparando la boda de Julio! —dice Mike.

Las carcajadas vuelven a estallar detrás de mí. Incluso Callaham se une. Yo levanto una mano sin girarme para dedicarles un gesto poco elegante con el dedo y esa reacción provoca todavía más risas.

Cuando entro en la cocina el ruido del comedor queda amortiguado por las paredes y el sonido familiar de los fogones.

Apoyo las manos sobre la encimera de acero inoxidable y por primera vez en toda la mañana me permito sonreír abiertamente.

El tiempo justo para reconocer una verdad que jamás diré en voz alta.

El bizcocho ha quedado tal y como lo recordaba y ver disfrutar a Julio de esa manera hace que todo el esfuerzo haya merecido la pena.