Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

JULIO

Después de todo lo que estoy viendo últimamente, nadie va a convencerme de que no tengo un admirador secreto.

Si hasta Anna Franklin se ha dado cuenta.

Por cierto, esta noche tengo que hablar con ella cuando termine la actuación.

Sin falta. Quizá pueda ayudarme a aclarar algunas cosas porque cada día entiendo menos lo que está pasando.

El Halsted empieza a llenarse poco a poco.

Todavía quedan algunas mesas libres, pero los clientes ya entran buscando un buen sitio desde el que escuchar a Alfred.

El murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintineo de los vasos y el aroma a café recién hecho que flota constantemente por el local.

Alfred está sentado en el escenario afinando su guitarra.

La luz cálida de las lámparas cae sobre él mientras ajusta las clavijas con una concentración que me resulta casi hipnótica. A veces me pregunto cómo alguien puede parecer tan tranquilo sabiendo que dentro de unos minutos tendrá a medio bar observándolo.

Yo estaría muerto de los nervios. Él, en cambio, parece sentirse muy cómodo.

Me acerco antes de que empiece a llegar más gente y los pedidos me impidan respirar durante el resto de la noche. Además, si soy sincero, cualquier excusa me parece buena para acercarme a él.

—¿Necesitas algo?

Alfred levanta la vista de las cuerdas y me dedica tal sonrisa que empiezo a sospechar que me estoy volviendo adicto a verlo sonreír.

No sé si es por la forma en que se le iluminan los ojos o porque siempre parece muy contento cuando me acerco a él, pero cada vez que me sonríe siento algo parecido a una descarga recorriéndome el cuerpo.

Estoy seguro de que le gusto porque una persona no sonríe tanto sin motivo. ¿Verdad?

De acuerdo, quizá esté exagerando, pero tampoco me parece una teoría descabellada.

Si estuviéramos solos en el Halsted, probablemente me atrevería a ser un poco más directo.

Sin embargo, Mike anda organizando unas reservas junto a la barra, Chris está preparando varias mesas para un grupo numeroso y desde la cocina llegan los sonidos habituales de Ron trabajando entre fogones.

Definitivamente, ahora no es el momento.

—No, gracias, Julio. Eres muy amable.

—De nada. Si necesitas algo, lo que sea, ya sabes dónde estoy.

Alfred asiente y vuelve a concentrarse en la guitarra.

Yo regreso hacia la barra con una sonrisa que seguro que me ocupa media cara, aunque no llego muy lejos.

Desde la cocina se escucha uno de los gruñidos característicos de Ron.

Al girarme descubro que está apoyado en el marco de la puerta secándose las manos en el delantal mientras observa el salón, o mejor dicho, mientras me observa a mí.

—¿Qué pasa ahora? —pregunto.

Ron mueve la cabeza hacia los lados y desaparece otra vez en la cocina sin molestarse en responder. De verdad, este hombre necesita unas vacaciones o una de esas terapias milagrosas que lo ponen a uno nuevo y le quitan todo el estrés. A lo mejor lo que necesita son ambas cosas.

Mientras limpio la barra no puedo evitar preguntarme cómo reaccionaría si fuera él quien tuviera un admirador secreto.

Esta idea me resulta tan absurda que casi me echo a reír tan solo de pensarlo y es que estoy seguro de que Ron, primero entraría en pánico, después se enfadaría mucho e incluso comenzaría a sospechar que alguien intenta gastarle una broma.

Desde luego no estaría disfrutando de la situación como yo. Además, estarás de acuerdo conmigo en una cosa, aunque todavía no sepa quién me está dejando esos detalles, hay algo emocionante en pensar que alguien se fija en mí cuando ni siquiera soy consciente de que esa persona me está mirando.

Sonrío satisfecho y vuelvo a mirar hacia el escenario donde Alfred sigue ajustando algunas cuerdas mientras prueba varias notas sueltas.

El sonido limpio de la guitarra se extiende por el local y se mezcla con las conversaciones de los primeros clientes que comienzan a ocupar las mesas cercanas al escenario.

Lo observo durante unos segundos. Después de todo, voy a escucharlo cantar varias noches a la semana y además él me parece una persona muy tranquila. Tanto que una idea completamente descabellada empieza a abrirse paso en mi cabeza. Una de esas ideas que suelen meterme en problemas.

—Oye, Alfred.

—¿Sí? —contesta mientras levanta la vista de la guitarra.

—¿Me enseñarías a tocar?

Alfred parpadea al escucharme y durante un segundo parece sorprendido. Después suelta una carcajada tan sonora que hace que varios clientes cercanos sonrían sin saber siquiera qué está pasando.

—¿La guitarra?

—Claro. ¿Qué otra cosa?

—No lo sé. Contigo nunca se sabe.

—Eso es injusto —digo agachando la cabeza en un intento de aparentar dignidad. Pero fracaso de forma estrepitosa porque Alfred continúa sonriendo.

—Sí, estaría encantado.

La respuesta llega sin la menor duda. Como si la hubiera decidido antes incluso de que yo terminara la pregunta.

—¿De verdad?

—Claro, hombre.

—¿Aunque no tenga ni idea?

—Todos empezamos sin tener ni idea y además me pareces alguien muy apasionado.

—Lo soy —respondo mirándolo a los ojos.

—Entonces ya tienes medio trabajo hecho.

La sonrisa que acaba de instalarse en mi cara probablemente podría iluminar media ciudad y es que es verdad lo que yo digo, Alfred es un caballero. Es un hombre educado, paciente, amable y encima es muy atractivo. Sinceramente, no le veo ninguna desventaja.

Ni siquiera me digno a mirar hacia la cocina, ya que sé lo que encontraría si lo hiciera.

A Ron observando, gruñendo y moviendo la cabeza como si acabara de presenciar la mayor estupidez del siglo.

Y me niego a permitir que me arruine este momento porque resulta que ahora voy a aprender a tocar la guitarra o al menos voy a intentarlo. Ya que son dos cosas muy distintas.

—¿Y cuándo empezamos? —pregunto.

Alfred se queda pensativo unos segundos.

—Podríamos aprovechar alguna tarde tranquila antes de la actuación.

—Perfecto.

—Pero te advierto una cosa.

—¿Cuál?

—Voy a ser exigente.

—No me asustas.

La sonrisa divertida que acompaña sus palabras hace que vuelva a sentir ese cosquilleo absurdo en el estómago. Definitivamente, lo de pedirle que me enseñe a tocar ha resultado una gran idea.

Una idea magnífica que posiblemente sea la mejor que he tenido en semanas y espero que no, pero estoy convencido de que en cualquier momento alguien va a intentar estropearla.