Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

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Gracias al cielo que he encontrado la receta de mi abuela. La hoja estaba donde menos esperaba encontrarla. Después de varios días revolviendo cajones, carpetas y cajas antiguas, ha aparecido doblada entre dos páginas del recetario, como si hubiera decidido esconderse para ponerme a prueba.

Apoyo una mano sobre el papel amarillento y respiro aliviado.

El recetario tiene tantos años que algunas hojas amenazan con soltarse cada vez que paso una página. Las esquinas están desgastadas, hay manchas de harina, anotaciones escritas con distintas tintas y pequeños comentarios que mi abuela añadía cuando una receta merecía la pena.

Algunas páginas incluso conservan el olor tenue a vainilla y canela, o tal vez eso sea tan solo una percepción mía.

La cocina está tranquila por primera vez en toda la mañana. El servicio del almuerzo ha terminado y todavía falta un rato para que el Halsted vuelva a llenarse. Aprovecho la calma para sentarme unos minutos en una de las mesas de trabajo de acero inoxidable.

Frente a mí, el viejo cuaderno parece más valioso que cualquier cosa que haya poseído jamás.

Bueno, en cierto modo lo es porque la mayor parte del éxito inicial de mi restaurante nació aquí, en estas páginas que provenían de las manos de una mujer que nunca tuvo estudios de cocina, ni apareció en revistas gastronómicas, ni fue merecedora de ningún premio. Tampoco los necesitaba.

Mi abuela era capaz de alimentar a veinte personas con una sola olla y conseguir que todas quisieran repetir. Todavía recuerdo el olor de sus guisos inundando la casa, la manera en que probaba las salsas y su costumbre de corregir cualquier receta sin mirar cantidades.

A menudo me decía que la comida había que cocinarla escuchándola. En el fondo, nunca entendí qué quería decir hasta muchos años después, cuando abrí el restaurante e intenté reproducir exactamente lo que ella hacía y funcionó. Durante un tiempo funcionó muy bien.

Los clientes llenaban las mesas y las reservas llegaban con semanas de antelación. Recuerdo que hasta la prensa local escribió un artículo sobre nosotros, pero después ella murió y todo dejó de tener sentido.

Los clientes seguían llegando, las facturas seguían acumulándose, pero ella no estaba. Fue entonces cuando descubrí que nunca había querido triunfar gracias a sus recetas, lo único que quería era seguir sintiéndola cerca.

Cierro el cuaderno antes de que esos pensamientos sigan avanzando. No sirve de nada darle vueltas al mismo tema, hace años que aprendí eso.

Lo curioso es que la receta haya aparecido precisamente ahora, justo cuando Julio lleva días quejándose de que está cansado. La primera vez fue durante la tormenta y yo me encontraba preparando la cena y él ni siquiera sabía que lo escuchaba.

—Joder, me comería ahora mismo algo dulce —dijo casi en un susurro.

Después añadió otras veinte palabras por minuto, como suele hacer, pero esa frase se me quedó grabada y hoy ha vuelto a decir prácticamente lo mismo.

Que estaba cansado, que mataría por un latte de especias de calabaza y que necesitaba un capricho. El muy inconsciente no se puede enterar nunca de que precisamente estaba buscando esta receta por él.

Sonrío y, al instante, miro a mi alrededor, por suerte no hay nadie cerca para apreciarlo.

Bueno, casi nadie porque la voz de Mike que está apoyado en el marco de la puerta con una taza de café en la mano me sorprende.

—Sabía que la habías encontrado.

Levanto la vista.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Lo suficiente.

—¡Lárgate!

Mike sonríe.

—¿Es la famosa receta de tu abuela?

Miro el cuaderno.

—Sí.

—Me alegro.

Asiento y sé que no necesito decir nada más, ya que Mike es una de las pocas personas capaces de entender ciertas cosas sin necesidad de explicarlas.

Después de nuestra pequeña charla, da un sorbo a su café y se dispone a marcharse, pero justo antes de desaparecer por la puerta vuelve a hablar.

—Julio estará contento.

Levanto la cabeza.

—¿Qué tiene que ver Julio con esto?

Mike me dedica una de esas miradas que llevan años sacándome de quicio.

—Nada en absoluto —dice entornando los ojos y marchándose antes de que pueda lanzarle algo a la cabeza.

¡Fantástico!

Ahora resulta que todo el mundo en el Halsted se cree muy gracioso.

Bajo la vista hacia la receta y miro los ingredientes que ya he preparado sobre la encimera: nueces, canela, mantequilla, azúcar moreno y ahora siento algo parecido a tranquilidad, porque mañana, si todo sale bien, habrá algo dulce esperándolo.

Recuerdo las palabras de Mike y jamás lo admitiré delante de Julio, pero es el trabajador más incansable que he visto en cualquiera de los sitios donde he estado y he trabajado en muchos.

En cocinas pequeñas donde apenas cabían dos personas, en restaurantes elegantes llenos de camareros estirados, en locales familiares donde todo el mundo hacía cualquier cosa sin poner pegas e incluso en mi propio restaurante.

Sin embargo, pocos empleados me han impresionado tanto como él.

Lo peor de todo esto es que ni siquiera se da cuenta.

Julio vive convencido de que Mike lo soporta a pesar de que habla demasiado, llega tarde a algunas reuniones, o convierte cualquier conversación en una historia interminable.

Pero la realidad es otra, Mike lo aprecia mucho y lo hace sobre todo por su lealtad.

Julio jamás ha abandonado el Halsted cuando las cosas se han complicado.

Cuando el local ha atravesado momentos difíciles siempre ha estado ahí, ya que es capaz de trabajar durante doce horas seguidas y todavía encontrar energía para sonreírle a un cliente.

Y porque aunque sea un auténtico grano en el culo, el Halsted lo necesita.

Todos lo necesitamos.

Miro a través de la pequeña ventana que comunica la cocina con el salón y aprecio que Julio está al otro lado.

Va de una mesa a otra cargando una bandeja llena de cafés mientras habla con una pareja de clientes habituales.

No consigo escuchar lo que les está diciendo, pero sí veo el efecto que provoca en ellos.

Los dos se ríen y él también. Siempre sucede lo mismo. No importa si es lunes, si está cansado, le duelen los pies o si tan solo ha dormido tres horas.

De alguna manera encuentra la forma de sacarle una sonrisa a la gente. Nunca he entendido cómo lo hace. Yo llevo toda la vida escondiéndome detrás de una cocina y estoy muy cómodo aquí entre los fogones las ollas y mis recetas.

Las personas son mucho más complicadas que la comida. La comida tiene sentido y si sigues los pasos adecuados, normalmente funciona. Las personas no.

Las personas cambian, se marchan. Te decepcionan o simplemente desaparecen. Por eso siempre he sabido que mi sitio está aquí: en la cocina. Donde no tengo que lidiar con demasiada gente, puedo concentrarme en mi trabajo y olvidarme del resto del mundo.

Sin embargo, hace tiempo que admiro una cosa de Julio, porque hay algo extraordinario en alguien capaz de entrar en una habitación y conseguir que todo el mundo se sienta un poco mejor.

Lo veo detenerse junto a la mesa de unos clientes mayores. La mujer le dice algo y Julio se lleva una mano al pecho fingiendo una ofensa terrible. El resultado es que un segundo después los tres están riendo.

Sacudo la cabeza y vuelvo a concentrarme en la masa que estoy preparando, ya que no sirve de nada pensar demasiado en estas cosas.

Pero mientras mezclo los ingredientes de la receta de mi abuela sonrío, porque mañana, cuando pruebe el bizcocho, pondrá exactamente la misma cara que puso esta tarde con la chocolatina.

Jamás se lo diré, pero recordar esa expresión de puro placer me vuelve loco.