CAPÍTULO 9
JULIO
Me da igual que nadie me apoye, pero ni Mike ni los chicos van a quitarme de la cabeza que la bufanda me la dejó alguien a quien le importo.
Llevo días dándole vueltas al asunto sin dar con la persona que se preocupó de dejarme una bufanda para que no me congelara al salir del trabajo después de perder la mía y, cuanto más lo pienso, más sentido tiene.
Es que una cosa es encontrar un bolígrafo y otra muy distinta una bufanda, o al menos eso me digo cada vez que alguien intenta convencerme de lo contrario.
¡Esto es de locos!
Mientras limpio las mesas tras los cafés de la tarde, mi cabeza continúa ocupada con el mismo asunto. El salón del Halsted atraviesa uno de esos momentos tranquilos que duran poco y desaparecen todavía más deprisa.
La luz invernal se cuela por los ventanales delanteros, dibujando reflejos pálidos sobre la madera oscura de las mesas.
Fuera, el cielo amenaza nieve desde hace horas, aunque todavía no ha caído ni un copo.
Dentro, en cambio, el calor de la calefacción y el aroma constante a café convierten el local en un refugio acogedor frente al frío de Chicago.
Voy recogiendo tazas vacías y servilletas arrugadas mientras preparo el salón para la actuación de Alfred. Las sillas vuelven a colocarse en su sitio y las mesas recuperan el orden, aunque sospecho que todo este esfuerzo servirá de poco.
Desde que Alfred comenzó a actuar en el Halsted, las noches vuelven a llenarse de clientes. Algunas personas vienen por la música. Otras por curiosidad. Y unas cuantas, estoy seguro, porque el condenado tiene una sonrisa capaz de convencer a alguien para que haga cualquier cosa.
No voy a negar que yo también entiendo el motivo de tanto entusiasmo, ya que tiene una voz cálida y preciosa, de esas que parecen hechas para contar historias.
Termino de apilar varias tazas sobre una bandeja y atravieso el salón en dirección a la cocina. Nada más abrir la puerta me recibe una ráfaga de aire caliente y el contraste con la sala me sorprende.
Dentro reina una actividad constante. Las campanas extractoras zumban sobre los fogones, varias ollas hierven a fuego lento y el sonido metálico de los utensilios golpeando las encimeras se mezcla con el aroma de la comida, pero hoy huele especialmente bien.
Hay olor a pan recién horneado, mantequilla, canela y también a algo especiado que no logro identificar. Embriagado por el aroma me acerco y dejo la bandeja junto al fregadero.
—¡Cuánto daría por tomarme un latte de especias de calabaza!
La frase sale de mi boca antes de que pueda evitarlo y Ron, al oírme, levanta la vista desde la encimera donde está trabajando.
Tiene las mangas remangadas hasta los codos y una pequeña mancha de harina cerca del hombro.
Frente a él hay varios cuencos, una libreta abierta y una montaña de ingredientes cuidadosamente ordenados.
Desde lo de la receta parece pasar más tiempo de lo habitual revisando papeles.
Ahora me observa durante un segundo con una de esas miradas suyas tan imposibles de interpretar.
—¿Qué? ¡Estoy cansado! ¿No puede un hombre fantasear con un capricho?
Durante un instante parece que va a responder, pero no lo hace.
Tan solo levanta ligeramente una comisura de los labios que no llega a ser una sonrisa y ni siquiera estoy seguro de que cuente como gesto amistoso.
A continuación mueve una mano indicándome que deje de molestar y continúe con mi trabajo.
—¡Vale, ya me marcho!
Recojo la bandeja vacía y abandono la cocina.
Al salir descubro que Mike ha presenciado toda la escena, porque se encuentra detrás de la barra anotando algo en una libreta.
Al notar que lo miro, levanta la cabeza.
Después observa la cocina, luego me observa a mí y, al final, sonríe mientras mueve la cabeza en silencio como si acabara de presenciar algo muy divertido.
Este hombre me desespera. Por más años que llevemos trabajando juntos, jamás voy a entenderlo. Aunque, si soy sincero, tampoco entiendo a Ron, ni a la mitad de la gente que trabaja en este local y lo que menos entiendo es que una persona decidiera dejarme una bufanda debajo del abrigo.
La puerta del local se abre de golpe y una ráfaga de aire helado atraviesa el Halsted, lo que hace que varios clientes levanten la cabeza al mismo tiempo.
El frío entra arrastrando el olor húmedo de la calle y durante un instante me acuerdo de aquel latte de especias de calabaza que jamás voy a tomarme porque en esta ciudad parece existir una conspiración para impedirme ser feliz.
Por suerte, acaba de entrar Alfred que con su sola presencia compensa el descenso de temperatura. Observo cómo se sacude algunos copos de nieve derretida de los hombros y cierra la puerta tras de sí.
Hoy lleva un abrigo de paño gris oscuro que se ajusta perfectamente a su figura. La prenda realza la amplitud de sus hombros y contrasta con la bufanda clara que lleva alrededor del cuello. Bajo la iluminación cálida del Halsted, sus mejillas aparecen ligeramente enrojecidas por el frío.
¡Madre mía!
Hay personas a las que el invierno les sienta tan bien.
—Hola, ¿quieres tomar algo? Fuera debe de hacer un frío que pela.
Alfred me dedica una sonrisa radiante.
—Te lo agradecería.
Mientras habla se desabrocha el abrigo y lo deja sobre el respaldo de una silla. Su voz suena igual de agradable cuando conversa que cuando canta y eso debería ser ilegal.
—Ahora mismo te traigo algo caliente.
—Eres un salvavidas.
Este sí que es un hombre que sabe lo que quiere y además lo pide con educación. No como otros que conozco.
Alfred es amable, atractivo, educado y capaz de mantener una conversación sin gruñir cada dos frases. Sí, definitivamente la comparación no favorece a cierta persona que pasa demasiadas horas encerrada en una cocina.
Intentando aparentar normalidad mientras me dirijo hacia la barra, por supuesto fracaso.
Porque antes de llegar me vuelvo para comprobar que Alfred sigue ahí.
Y sí, sigue ahí sentado en una de las mesas del fondo, cerca del pequeño escenario donde actúa cada noche.
Desde allí observa el local con una expresión calmada mientras se pasa una mano por el cabello.
¡Joder!
Ahora entiendo por qué las clientas suspiran cuando aparece.
Al llegar a la barra me encuentro con Mike secando unas tazas. No dice nada, pero me mira y después mira hacia Alfred. Cuando vuelve a mirarme tiene otra vez esa mirada. La misma que ponen todos últimamente.
—Ni se te ocurra empezar, Mike.
—¿Empezar qué? —pregunta con absoluta inocencia.
—Lo que sea que estás pensando.
Mike sonríe.
—Yo no estoy pensando nada.
—¡Mentira!
—Yo nunca miento.
La carcajada que suelto provoca que un cliente cercano levante la vista de su periódico.
Al otro lado del local, Alfred también sonríe al escucharme y durante un segundo vuelvo a sentir ese nudo en el estómago.
Cuanto más tiempo pasa, más difícil me resulta convencerme de que mi admirador secreto no puede ser él.
Después de acercarle el café a Alfred me dirijo otra vez hacia la cocina.
El aroma del café recién hecho todavía me acompaña mientras atravieso el salón.
Algunas mesas comienzan a llenarse poco a poco y el murmullo de las conversaciones va creciendo conforme avanza la tarde.
En el escenario, la guitarra de Alfred descansa apoyada contra una silla esperando la actuación de esta noche.
Yo, en cambio, estoy pensando en algo mucho más importante: comida.
Estoy desfallecido. Los pies me están matando y llevo demasiadas horas dando vueltas por el local. Si encontrara algo dulce estoy seguro de que mi humor mejoraría considerablemente.
Nada más entrar en la cocina empiezo a inspeccionar las encimeras y no encuentro ni rastro de tartaletas, ni galletas, ni bizcochos. Hoy no hay ninguna de esas maravillas que Ron suele dejar para que se enfríen sobre alguna bandeja.
¡Qué raro!
Con lo bien que me habría venido una de sus tartaletas de manzana. De pronto, me sobresalto al escuchar una exclamación al otro lado de la cocina.
—¡Al fin!
Levanto la cabeza y aprecio que Ron está inclinado sobre una carpeta abierta.
Entre sus manos sostiene varias hojas amarillentas sujetas con una pinza metálica. Algunas tienen manchas antiguas de grasa y anotaciones escritas a mano en los márgenes.
—¿Qué te sucede? —pregunto sorprendido al ver que está sonriendo.
Dios, está sonriendo de verdad. No con esa mueca burlona que utiliza cuando quiere llevarme la contraria. Su sonrisa es auténtica y tan relajada que casi parece un hombre feliz.
La expresión me descoloca tanto que me quedo observándolo. Mira que este hombre es raro, es la primera vez que lo veo sonreír así en años y todo por un papel viejo y arrugado.
Ahora que lo miro mejor, incluso me parece un hombre bastante atractivo.
Bueno, a ver, eso siempre lo he sabido, aunque jamás me he parado a pensarlo demasiado.
Ron tiene unos rasgos fuertes que llaman la atención cuando deja de fruncir el ceño cada cinco minutos.
Sus dientes blancos destacan sobre sus labios y el tono moreno de su piel contrasta con la camisa oscura que lleva remangada hasta los antebrazos.
Además, cuando no parece enfadado con la humanidad entera, resulta mucho más joven de lo que aparenta.
—¿Tengo algo en la cara?
Su voz me devuelve bruscamente a la realidad.
¡Mierda!
Debo de haberme quedado mirándolo fijamente y durante más tiempo de la cuenta.
—No, no tienes nada.
Ron arquea una ceja y yo carraspeo para disimular y digo lo primero que se me ocurre.
—Voy a hacerle un recado a Mike. Tan solo estaba buscando algo dulce.
Su expresión vuelve a cerrarse inmediatamente, como si la sonrisa de hace unos segundos nunca hubiera existido.
—No he tenido tiempo de preparar nada.
—Ya lo veo.
Sobre la encimera descubro varias hojas más extendidas alrededor de la receta. Algunas contienen anotaciones hechas con bolígrafo y otras parecen tan antiguas que el papel ha adquirido un tono amarillento. Definitivamente esa receta significa mucho más de lo que quiere reconocer.
—¿La has encontrado entonces?
Durante un instante Ron baja la vista hacia los papeles y aunque intenta ocultarlo, noto cierto orgullo en su expresión.
—Sí.
—¡Enhorabuena!
—Gracias.
La palabra sale tan natural que me quedo inmóvil y hasta parpadeo asombrado. Él también parece darse cuenta de lo que acaba de decir porque de inmediato vuelve a concentrarse en los papeles como si nada hubiera ocurrido.
¡Qué hombre tan raro!
A veces parece que hay que sacarle cada emoción con un sacacorchos. Está tan ensimismado mirando esos papeles que, al final, decido no molestarlo más.
Mientras abandono la cocina no puedo evitar volver la cabeza una última vez para ver que Ron sigue inclinado sobre aquella receta perdida y no sé porqué, pero me alegro de que la haya encontrado. Aunque, la verdad es que sigo teniendo más interés en descubrir quién demonios me dejó aquella bufanda.
Suerte que cuando voy a salir miro hacia donde está sentado Alfred. Él levanta la vista del periódico que tiene desplegado sobre la mesa y me sonríe al instante.
¡Madre del amor hermoso!
Este hombre me gusta muchísimo. Ahora se encuentra sentado junto a una de las ventanas del Halsted, con la luz gris de la tarde filtrándose a través de los cristales y reflejándose sobre su cabello.
Tiene el abrigo colgado en el respaldo de la silla y una taza de café humeante delante de él que apenas ha tocado y parece tan relajado, como si no tuviera que actuar delante de decenas de personas dentro de unas horas.
Y encima me sonríe así. No sé cómo no tiene a media ciudad haciendo cola delante de su puerta.
Justo cuando voy a salir recuerdo que no he cogido el dinero para hacer la compra que me encargó Mike.
—¡Mierda!
Cambio de dirección y me acerco a la barra.
Mike está revisando unas facturas mientras anota algo en una libreta. Lleva las gafas apoyadas sobre la nariz y tiene esa expresión concentrada que pone cada vez que intenta cuadrar cuentas.
—¿Y esto? —le pregunto mirando encima de la barra—. ¿De quién es?
Entre varias hojas de pedidos y un servilletero hay una chocolatina envuelta en papel brillante.
No es una de esas chocolatinas corrientes que encuentras en cualquier supermercado y parece bastante más cara que las que suelo comprar yo.
—No tengo ni idea —dice Mike levantando la vista.
—¿No es tuya?
—No.
—¿Y de Callaham?
—Tampoco.
—¡Qué raro!
—Puedes cogerla si quieres —responde sin darle mucha importancia al asunto.
No digo nada más y la tomo entre los dedos dándole la vuelta para leer la etiqueta: chocolate negro, café y frutos secos. Vaya, no es un latte de especias de calabaza, pero se acerca bastante a lo que estaba deseando tomar hace media hora.
Todo esto empieza a parecerme muy sospechoso y esa sensación se agranda cuando levanto la vista y encuentro a Alfred observándome desde su mesa y como respuesta, al verme mirar, vuelve a sonreírme.
¡Dios mío!
Esa sonrisa está causando auténticos estragos en mi interior y aunque intento comportarme como un adulto, fracaso.
Mientras me dirijo hacia la puerta desenvolviendo la chocolatina, mi imaginación ya está trabajando por su cuenta.
Alfred estaba aquí, la chocolatina aparece de la nada y resulta que contiene exactamente sabores que me encantan.
Así que cada vez más convencido de que las casualidades existen le doy un mordisco.
La cobertura de chocolate se rompe con suavidad y casi cierro los ojos al notar el relleno. El sabor intenso del café aparece primero seguido del dulzor del chocolate y al final me queda en la boca el toque tostado de los frutos secos.
¡Joder!
¡Está buenísima!
Durante unos segundos me olvido incluso de la compra de Mike.
Por pura inercia giro la cabeza hacia la cocina y entonces me doy cuenta de que he cometido un error porque Ron me pilla justo en ese momento con la chocolatina en una mano, los ojos medio cerrados y una expresión de absoluto éxtasis que probablemente no debería mostrar en público.
Nos quedamos mirándonos unos segundos, él permanece inmóvil junto a la encimera, con los brazos cruzados y completamente impasible como siempre. Mientras yo mastico y continúo sosteniendo la chocolatina como si acabara de descubrir una experiencia religiosa.
No sé qué resulta peor, si que no diga nada, o que finalmente mueva la cabeza en ese gesto tan suyo que parece decirme en silencio que no tengo remedio.