CAPÍTULO 8
JULIO
Cuando vuelvo a buscar a la señora Franklin, la encuentro exactamente donde la había dejado. Bueno, casi, porque ahora Mike también está allí.
La cafetera acaba de terminar de llenar una nueva taza y el aroma del café recién hecho se mezcla con el de las pastas que llevo sobre la bandeja.
Mientras me acerco, el Halsted empieza poco a poco a despertar.
La puerta se abre para dejar entrar a un par de clientes habituales.
Una mesa junto a la ventana acaba de ocuparse y desde el fondo del local llega el sonido de unas sillas arrastrándose sobre el suelo de madera.
Tal y como había dicho Anna, el barrio parece haberse desperezado por fin.
—Siento el retraso. Aquí tiene unas deliciosas pastas.
Deposito el plato delante de ella y me fijo en que la crema asoma por algunos bordes de las pastas.
—¡Qué maravilla! —exclama Anna.
Mike sonríe.
—Si sigues halagando a Ron, terminará creyéndose que es una persona simpática —digo sin pensar.
—¡Te he oído! —gruñe una voz desde la cocina.
La respuesta provoca una sonrisa en Anna.
Yo apoyo los antebrazos sobre la barra y, como soy incapaz de guardar un pensamiento más de diez segundos dentro de mi cabeza, relaciono inmediatamente una cosa con otra.
Ron ha perdido una receta, yo he perdido una bufanda y de pronto mi cerebro decide que ambos asuntos tienen conexión.
—Ayer yo también perdí una bufanda y alguien me dejó una junto a mi abrigo.
Anna casi se atraganta con el café. Incluso tiene que dejar la taza sobre el platillo para recuperarse.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Sí, gracias.
Cuando vuelve a mirarme tiene una expresión extraña. Es como si estuviera intentando no reírse o como si acabara de comprender algo.
—¿No me digas?
Asiento.
—Sí.
—¿Y apareció así sin más?
—Debajo de mi abrigo —dice Anna a la vez que entrecierra los ojos.
—¿No tendrás un admirador secreto?
La pregunta me atraviesa como un rayo de felicidad.
—¡Eso mismo llevo diciendo varios días!
Me acomodo en el taburete libre junto a ella y comienzo a contarle toda la historia.
La desaparición del bolígrafo y la de la bufanda pensando que todo esto está lleno de casualidades.
Aunque hay un detalle que me guardo cuidadosamente porque no pienso decirle que uno de los posibles sospechosos es su sobrino.
Hay secretos que un hombre debe conservar para sí mismo.
Mientras hablo, Anna escucha con una atención admirable y en varios momentos parece divertirse mucho con lo que le estoy contando.
—Ay, Julio. ¡Qué ilusión!
Ante su comentario, tomo aire y levanto el pecho como si acabaran de concederme una medalla. Entonces ocurre algo raro, Anna me mira y después mira a Mike.
Mike pone una de esas caras que muestra cuando está intentando no meterse en una conversación y acto seguido ella dirige la vista hacia la cocina.
Sigo la dirección de su mirada y compruebo que Ron acaba de asomarse por la ventanilla. Durante un segundo parece quedarse inmóvil allí, aunque después desaparece otra vez.
¡Qué gente más rara!
—¿Sucede algo? —pregunto.
—Nada en absoluto —responde Anna muy deprisa mientras esboza una sonrisa misteriosa de esas que asoman a los labios de las personas cuando saben algo que tú ignoras.
Pero antes de que pueda preguntarle nada, ella prueba una de las pastas, cierra los ojos, inclina ligeramente la cabeza hacia atrás y durante unos segundos parece una mujer que ha alcanzado la paz espiritual.
—¡Madre mía!
—¿Están buenas?
—¡Julio, si algún día Ron abandona este barrio, yo me marcho con él!
La carcajada de Mike resuena por todo el Halsted y mientras Anna disfruta de las pastas, yo vuelvo a pensar en la bufanda, porque cada vez estoy más convencido de una cosa: alguien se ha fijado en mí.
Lo único que me falta es descubrir quién.