Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

JULIO

La señora Franklin ha sido la primera clienta que ha entrado esta mañana en el Halsted.

La campanilla de la puerta apenas había sonado cuando la he visto aparecer envuelta en uno de esos abrigos coloridos que tanto le gustan.

Fuera hace un frío considerable. La humedad del invierno se pega a las aceras y los escaparates del barrio aún conservan una fina capa de vaho, pero Anna parece inmune al paso del tiempo y a las inclemencias del clima.

Hoy lleva un abrigo color esmeralda que combina perfectamente con unos zapatos del mismo tono. Esta mujer siempre va impecable. Nunca se lo he dicho a nadie, pero tengo un pequeño fetiche con los zapatos. Me encantan, sobre todo los elegantes y llamativos.

Esos que hacen que alguien entre en una habitación y todas las miradas bajen automáticamente hacia sus pies.

Es por esa razón que a veces observo escaparates y me pregunto cómo sería caminar con unos tacones de aguja de esos imposibles que parecen diseñados para reinas, artistas o personas con mucho más equilibrio que yo.

Quién sabe, lo mismo algún día me atrevo.

—Buenos días, Julio —saluda ella sacándome de mis pensamientos.

—Buenos días, Anna —le devuelvo el saludo y después la acompaño hasta su taburete habitual junto a la barra.

A esas horas, el Halsted se encuentra silencioso. La cafetera resopla de vez en cuando, la música suena en un tono bajo y la luz gris de la mañana entra por las ventanas, iluminando las mesas vacías.

—Qué raro que el Halsted esté hoy casi vacío, ¿no? Me esperaba más gente.

—Anoche Alfred nos deleitó con su música hasta muy tarde y me temo que hoy a algunos se les han pegado las sábanas.

Anna sonríe mientras se quita los guantes.

—La gente de este barrio es tranquila, créeme, lo sé. Llevo muchos años viviendo aquí y dentro de un rato tendrás esto lleno como siempre.

Le sirvo un café recién hecho y el aroma se eleva inmediatamente entre nosotros.

—Ojalá tengas razón.

—La tengo.

—Qué segura estás.

Ella suelta una carcajada al oírme.

—Vivo en este barrio desde antes que tú nacieras, Julio.

No puedo discutirle eso y además, si lo hago sería un maleducado. Anna da un pequeño sorbo al café y cierra los ojos satisfecha.

—Perfecto, como siempre.

—Eso es mérito de la cafetera.

—Y del camarero —dice tocándome el antebrazo.

Ante ese gesto tan cercano, le dedico una sonrisa. Es imposible no cogerle cariño a esta mujer que durante años ha entrado y salido del Halsted como si formara parte de él.

—¿Crees que Ron tendrá alguna de sus delicias para mí?

—Voy a ver —le digo con un tono atento, aunque ahora mismo lo último que me apetece es verle el careto a Ron. Sobre todo después de todo lo que se rio ayer a costa de mi supuesto admirador secreto.

La dejo removiendo el café y me dirijo hacia la cocina. A medida que me acerco, el olor a mantequilla recién horneada va sustituyendo al aroma del café que impregna la barra. También hay canela, vainilla y algo tostado que me hace pensar inmediatamente en frutos secos.

Nada más cruzar la puerta me encuentro a Ron revolviendo los cajones.

La imagen me desconcierta tanto que me quedo inmóvil unos segundos porque Ron está literalmente poniendo la cocina patas arriba.

Abre un cajón, lo cierra, después abre otro y luego revisa una carpeta.

A continuación, mira debajo de unas bandejas y vuelve a abrir el primer cajón.

Me extraña este comportamiento porque es el tipo más ordenado que he visto en mi vida.

La cocina del Halsted suele parecer una extensión de su cerebro. Cada cuchillo está en su sitio. Cada frasco de especias ocupa siempre el mismo estante. Cada receta tiene su carpeta correspondiente y por eso verlo así me resulta tan extraño.

—¿Te ocurre algo, Ron?

Al principio noto que vacila. Durante un segundo levanta la vista y me mira y esa expresión me descoloca, ya que no parece enfadado.

Más bien me da la sensación de que está asustado como si hubiera perdido algo muy importante.

Sin embargo, la sensación desaparece tan rápido que casi pienso que la he imaginado y al instante vuelve a ser Ron.

—¡Nada! He perdido algo.

Continúa buscando mientras habla y noto que la tensión de sus hombros no desaparece.

—¿Puedo ayudarte?

Suelto la pregunta antes de que pueda pensarlo y lo más probable es que esté arriesgándome a que me lance una sartén a la cabeza.

—No. Tan solo estoy buscando una receta antigua de cuando tenía mi restaurante.

—Ahhh...

Es lo único que consigo decir, porque ni siquiera sabía que antes de venir al Halsted tuvo un restaurante.

De repente miro la cocina con otros ojos y es que Ron lleva años trabajando aquí, tantos que me cuesta imaginarlo en cualquier lugar que no sea delante de estos fogones.

Pero claro, todos hemos tenido una vida antes del Halsted. Incluso Ron.

Él vuelve a ignorarme y continúa rebuscando entre carpetas y cajones por lo que aprovecho para echar un vistazo a la encimera y allí encuentro una bandeja de pastas recién hechas.

La superficie dorada todavía brilla ligeramente y el aroma resulta espectacular.

Algunas están rellenas de crema y otras llevan una mezcla de nueces y almendras picadas por encima.

Tienen tan buena pinta que me entra hambre al instante.

—¿Puedo llevarle un par a la señora Franklin?

Ron ni siquiera gira la cabeza.

—Sí. Llévate las que quieras.

La respuesta llega tan rápido que eso termina de convencerme de que algo no va bien. Normalmente me habría dicho que cogiera dos o tres tan solo y es que conozco tan bien a Ron que sé que nunca deja nada al azar.

¡Joder! Sí que parece descolocado porque no encuentra esa receta.

Cojo un pequeño plato y coloco varias pastas antes de abandonar la cocina y justo cuando llego a la puerta miro hacia atrás. Ron sigue buscando.

La luz blanca de los fluorescentes cae sobre las carpetas abiertas y los cajones desordenados mientras él permanece inclinado sobre una de las encimeras revisando papeles.

Desde que lo conozco es la primera vez que me parece que se encuentra perdido y verlo así hace que me recorra una sensación extraña por el estómago.

El día que lo encuentre de buen humor le preguntaré por ese restaurante, ya que tengo la impresión de que detrás de esa receta hay una historia que nunca le ha contado a nadie.