CAPÍTULO 6
JULIO
—Me encantaría ir a un lugar costero y pasar las tardes contigo desnudo al sol —le dice Callaham a Mike mientras pega su pecho a la espalda y le da pequeños mordisquitos en el cuello.
Aprecio cómo hace todo esto desde el otro lado de la barra como si yo no estuviera presente.
La luz anaranjada de última hora de la tarde entra por los ventanales del Halsted y se derrama sobre la madera oscura de las mesas.
A esas horas, el local atraviesa uno de esos raros momentos de calma entre el servicio de comidas y el comienzo de la actuación nocturna.
Tan solo hay unos pocos clientes repartidos por el salón.
Una pareja comparte una tarta de queso junto a la ventana y dos hombres trajeados apuran unas cervezas mientras discuten sobre un partido de béisbol.
Mike aprovecha la tranquilidad para revisar unas facturas y Callaham aprovecha para no dejarlo respirar.
—¿Otra vez con las vacaciones? —pregunta Mike intentando concentrarse en los papeles que tiene delante.
—Mike, tan solo estaremos tú y yo en una casa frente al mar, sin teléfonos, sin clientes y sin nadie que nos moleste.
—Ya veo por dónde vas.
—Y sin ropa —susurra, pero su voz no es tan baja como para que no lo oiga.
Mike resopla divertido.
¡Joder!
Estos dos ponen ardiendo a cualquiera.
—¡Venga que corra el aire, que hay mucho trabajo! —digo notando que se me han erizado todos los vellos del cuerpo al ver a estos dos haciéndose carantoñas.
Callaham me responde con un gruñido y Mike suelta una carcajada. Sin embargo, Ron se asoma desde la ventana de la cocina, moviendo la cabeza con evidente desaprobación. La imagen de este hombre regañando por cualquier cosa me resulta tan habitual que ni siquiera me importa lo que diga.
Detrás de Ron se ve el brillo metálico de las campanas extractoras y una nube de vapor escapa desde una olla enorme colocada sobre los fogones.
El aroma llega hasta la barra mezclándose con el olor a café recién hecho.
El olor es algo dulce, puede que sea manzana y canela, así que me imagino que está preparando alguna de sus famosas tartaletas mientras deja lista una salsa para el servicio de la noche.
Ron lleva el delantal negro atado a la cintura y las mangas remangadas hasta los codos. Tiene una pequeña mancha de harina en el antebrazo y otra cerca del hombro que probablemente ni siquiera ha notado.
—Luego decís que yo hago escándalo cuando trabajo —le digo a estos dos tortolitos ignorando por completo a Ron.
—¡Estás celoso! —responde Callaham.
—¡De ti no!
A estas horas no hay apenas nadie en el Halsted y les da igual lo que yo diga. La verdad es que tienen todo el derecho del mundo a disfrutar de un rato a solas, ya que llevan meses intentando organizar un simple fin de semana fuera de Chicago.
Primero se lo impidieron las actuaciones de Abraham, después los viajes de Denis y cuando parecía que por fin podrían marcharse apareció Alfred para ocupar el escenario y volvieron a retrasar los planes.
Ahora mismo estoy empezando a sospechar que conseguirán jubilarse antes de tomar esas vacaciones.
Lo curioso es que cuando los miro me doy cuenta de que quizá tampoco les importe tanto porque Callaham parece feliz en cualquier sitio donde esté Mike y Mike hace años que dejó de mirar la puerta esperando que ocurriera algo malo.
Ahora sonríe más y no hay que ser adivino para ver que esa sonrisa tiene bastante que ver con el hombre que sigue pegado a su espalda como una segunda sombra.
Para suavizar el momento me llevo la conversación a un terreno que me tiene mucho más preocupado que si al final mi jefe y su novio consiguen tomarse unas vacaciones de fin de semana.
Apoyo los codos sobre la barra mientras Mike guarda las facturas dentro de una carpeta.
A nuestro alrededor el Halsted continúa sumido en esa calma de media tarde.
Desde el escenario llegan algunas notas aisladas de guitarra porque Alfred sigue probando sonido.
El tintineo de unos vasos acompaña la música mientras la luz que entra por las ventanas comienza a teñirse de tonos anaranjados.
—¿Quién creéis vosotros que me está dejando regalos?
Chris aparece en ese momento cargando una caja de botellas vacías procedente del almacén. La deja en el suelo con un golpe sordo y se limpia las manos en los pantalones vaqueros antes de acercarse.
—¿Regalos?
—Sí, ¿o acaso no te has enterado de que tengo un admirador secreto? —le digo aparentando estar ofendido.
Chris parpadea.
—Pues no, no me había enterado.
No sé por qué, pero todos, incluso Ron que cotillea desde la cocina, sueltan una carcajada.
Al otro lado de la ventanilla lo veo inclinarse sobre una enorme olla de acero inoxidable mientras remueve algo con una cuchara de madera. El vapor asciende alrededor de su cabeza y desaparece bajo la campana extractora. ¡Qué necesidad tiene este hombre de enterarse siempre de todo!
—¿Acaso no os parezco un hombre atractivo? —pregunto mirándolos.
Callaham se apoya en la barra cruzando los brazos sobre el pecho y es el primero en mojarse.
—Sí, eres muy atractivo, pero creo que si no vas diciendo por ahí que tienes un admirador sería mejor.
—Estoy de acuerdo —asiente Mike.
—Yo también —afirma Chris.
—¡Y yo! —grita Ron desde la cocina.
De verdad es que en este bar no hay ni un poco de privacidad.
—Si lo dices demasiado y llega a oídos de esa persona corres el riesgo de que deje de hacerte regalos —continúa Chris.
—¿Tú crees? —pregunto confundido.
—Sí, lo creo —afirma tan deprisa que me deja pensativo.
Miro a Mike, luego a Callaham y finalmente a Chris. Los tres parecen muy convencidos.
—Podría ser alguien tímido —añade Mike.
—O alguien que no quiere llamar la atención —continúa Chris.
—A lo mejor tan solo es una persona que está siendo amable —dice Callaham.
—¡No, no! Eso no encaja —digo cada vez más contrariado.
—¿Y por qué no? —pregunta Mike divertido.
—Porque la bufanda era nueva.
—Julio...
—Y el bolígrafo era bueno y apareció justo después de que dijera que me había quedado sin tinta.
Mike se lleva una mano a la frente. Callaham aprieta los labios para no reírse y Chris ya no hace ningún esfuerzo por disimular. Incluso desde la cocina escucho un resoplido, aunque en realidad lo que parece es una carcajada.
—¡Lo veis, pero no queréis admitirlo!
—¿Admitir qué? —pregunta Mike.
—¡Que alguien se ha fijado en mí!
Al oír las carcajadas que sueltan todos a la vez, me vuelvo para no ver sus caras.
Me da igual lo que piensen. A través de las ventanas veo cómo las primeras luces de la calle comienzan a encenderse al otro lado del cristal.
El Halsted se prepara para una nueva noche de música, clientes y conversaciones interminables.
Aprieto los labios en un intento de ignorarlos porque en este momento solo me interesa una cosa: descubrir quién demonios me dejó aquella bufanda. Cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que aquello no fue una casualidad.