CAPÍTULO 5
JULIO
Esta tarde hace un frío que pela. El viento que sopla por las calles de Chicago parece empeñado en atravesar los abrigos y congelarle el alma a cualquiera que se aventure a salir de casa. Por eso, antes de venir al Halsted, he rescatado mi bufanda favorita del perchero de la entrada.
Es una bufanda de cuadros escoceses que me regaló mi abuela hace un montón de años y que probablemente ya debería estar jubilada porque tiene alguna hebra suelta y el color no es tan intenso como antes, pero me niego a desprenderme de ella. Hay cosas que no se tiran.
Cuando entro en el Halsted, agradezco inmediatamente el cambio de temperatura. El local está lleno y el calor de la calefacción, mezclado con el olor a comida y café, convierte el salón en un refugio frente al invierno.
A pesar de que quien actúa esta noche no es Abraham, el público ha recibido bastante bien a Alfred. A lo mejor es que todos saben que Abraham acabará regresando algún día, así que simplemente disfrutan de la música porque Alfred tiene algo especial y, además de cantar bien, el condenado es guapo.
Muy guapo y está libre como los taxis, o al menos yo no he visto a nadie venir a reclamarlo. Lo cual significa que puedo observarlo todo lo que me apetezca.
Pero, por desgracia, a pesar de que he intentado disimular, hay alguien que se ha dado cuenta de mi interés por el nuevo cantante, Ron.
Cada vez que entro en la cocina, siento que me observa como si fuera un niño pequeño a punto de provocar una catástrofe y precisamente hace unos minutos me ha soltado una de sus observaciones desagradables mientras le llevaba una comanda.
De la indignación me ha entrado tanto calor que me he quitado la bufanda y la he dejado sobre unas cajas de conservas junto a la despensa. Luego la recogeré.
—¡Ten cuidado! Lo vas a desgastar de tanto mirarlo.
La voz de Ron llega desde los fogones.
—¡Qué sabrás tú!
Él continúa removiendo una olla sin inmutarse.
—Más de lo que crees.
—Qué hombre más impertinente.
—Y tú eres muy disimulado.
Decido ignorarlo porque después de tantos años trabajando juntos, sé que es la única manera de conservar la paz. Así que me ato el delantal correctamente y regreso al salón donde la actuación continúa.
Las luces cálidas del escenario iluminan a Alfred mientras toca la guitarra. Algunas mesas acompañan el ritmo golpeando suavemente la madera y otras permanecen en silencio escuchando.
Cuando llevo unas copas a una mesa cercana Alfred levanta la vista, me mira y me guiña un ojo y eso es suficiente para que el corazón se me salte un latido.
Tras la euforia inicial, lo primero que hago es mirar a mi alrededor para asegurarme de que el gesto iba dirigido a mí.
Y cuando descubro que sigue sonriendo, me pongo tan nervioso que casi tropiezo con la pata de una silla.
Por suerte consigo mantener el equilibrio, solo faltaba caerme delante de medio local. Eso sí que sería una presentación memorable.
¡Maldita sea!
Lo peor es que justo en ese momento Ron sale de la cocina para hablar con Mike y me ve. La forma en que mueve la cabeza hacia los lados y pone los ojos en blanco resulta más ofensiva que cualquier insulto.
¿Quién se cree que es?
Me acerco a la barra para dejar una bandeja vacía.
—¿Te diviertes?
—¿Yo? —pregunta él con falsa inocencia.
—¡Deja de decirme cosas!
Lo digo más alto de lo que pretendía y al escucharme, varios clientes levantan la cabeza. Mike tarda tan solo medio segundo en echarse a reír y cuando Mike se ríe, media barra se contagia.
—¡Qué tío más fantoche! —refunfuño mientras vuelvo a cargar una bandeja de cervezas.
Ron permanece donde está, con los brazos cruzados y la atención puesta en el escenario o al menos eso aparenta, porque cuando paso junto a él juraría que la comisura de sus labios se mueve ligeramente y eso, viniendo de Ron, equivale prácticamente a una carcajada.
¡Joder!, debo tener el cuerpo destemplado porque de repente me ha entrado frío.
A lo mejor es por culpa de las veces que he salido a la calle a recoger pedidos o porque llevo media tarde entrando y saliendo de la cocina. El caso es que, mientras llevo unas bebidas a una mesa cercana al escenario, me acuerdo de mi bufanda. La de cuadros escoceses, esa que me regaló mi abuela.
En cuanto termino de atender a los clientes me dirijo hacia la cocina dispuesto a recuperarla.
Nada más cruzar la puerta me recibe una ola de calor procedente de los fogones.
Las ollas hierven, el extractor zumba sobre nuestras cabezas y el olor a carne asada, especias y pan recién horneado llena el ambiente.
Voy directamente a las cajas de conservas donde la había dejado y no está. Contrariado porque recuerdo que la había dejado justo aquí aparto una caja, luego otra, miro detrás de un saco de harina y nada. Sigue sin aparecer.
—No puede ser...
Empiezo a rebuscar por toda la zona con creciente preocupación.
No es que la bufanda sea especialmente cara y si alguien la encontrara, probablemente ni siquiera tenga mucho valor para esa persona, pero me la regaló mi abuela cuando me independicé y todavía recuerdo cómo insistió en que los inviernos de Chicago eran demasiado fríos para mí.
Desde entonces la he usado todos los años, por eso me fastidia tanto no encontrarla.
Después de varios minutos removiendo media despensa decido preguntar.
—¿Alguien ha visto una bufanda de cuadros?
Chris levanta la vista del fregadero.
—No.
John, que está organizando unos pedidos, también niega con la cabeza.
—Yo tampoco la he visto.
Los dos continúan trabajando y tras preguntarles miro de nuevo a mi alrededor sin encontrar ni rastro de la prenda.
Justo entonces me doy cuenta de que Ron me está observando.
Se encuentra junto al congelador industrial llenando varios cubos de hielo y no dice una palabra, simplemente me mira y esa mirada socarrona me resulta casi más irritante que si me dijera una de sus frases irónicas.
Conozco esa expresión después de tantos años trabajando juntos, ya que es la misma que pone cuando cree que estoy a punto de hacer alguna tontería. Durante unos segundos considero si preguntarle qué narices le pasa hoy.
Si alguien sabe dónde está cualquier cosa dentro del Halsted, probablemente sea él, pero después recuerdo la cantidad de comentarios que me ha dedicado durante toda la tarde y decido morderme la lengua.
No, ni hablar.
No voy a darle esa satisfacción porque estoy seguro de que no va a saber nada de mi bufanda. Así que me limito a apartar la mirada y continúo buscando por mi cuenta.
Ron sigue observándome unos segundos más, luego agacha la cabeza y vuelve a lo que estaba haciendo.
El día ha sido de lo más movidito y, cuando por fin llega la hora de recoger, siento los pies destrozados.
Las últimas mesas ya se han marchado, las luces del salón están algo más tenues y el Halsted comienza a adquirir esa calma que aparece después de una jornada intensa.
Desde la cocina todavía llegan algunos ruidos de platos y cubiertos mientras Ron, Chris y Mike terminan de dejarlo todo preparado para el día siguiente.
Aprovecho que John va a recoger a Aiden a casa de la señora Daisy para volver con él.
—Voy a por mi abrigo, enseguida estoy listo.
—No tardes. Aiden está esperándome —responde mientras busca las llaves en el bolsillo.
Asiento y me dirijo hacia el perchero que hay junto a la entrada.
La calefacción continúa funcionando y los cristales de las ventanas están ligeramente empañados por el contraste con el frío de la calle.
Desengancho mi abrigo y casi se me cae la mandíbula al suelo porque debajo aparece una bufanda que no es la mía.
Esta es de un azul eléctrico intenso que resulta imposible no mirar. La tela parece nueva y tiene un tacto suave cuando la tomo entre las manos, un poco contrariado porque no recuerdo haberla visto allí cuando comenzó el turno.
—¿De quién es esto?
Mi voz consigue llamar la atención de todos. Hasta Mike levanta la cabeza desde la barra.
—¿El qué?
—Esta bufanda.
—¿Es tuya o de Callaham?
Mike mira la prenda durante un segundo.
—No. Nosotros no usamos bufanda.
Chris también se vuelve.
—Mía tampoco.
—Pues alguien la ha tenido que dejar aquí.
De nuevo, observo la tela entre mis manos, apreciando que es muy bonita y desde luego no se parece en nada a la vieja bufanda escocesa que he perdido.
Durante unos segundos espero que alguien reclame su propiedad, pero nadie lo hace y el silencio empieza a parecerme sospechoso.
—Bueno, yo me voy —anuncio intentando aparentar normalidad.
—Hasta mañana —dice Mike.
Me despido del resto y salgo a la calle junto a John, que me espera.
El aire helado me golpea en cuanto abandonamos el local.
Subimos al coche y apenas hemos recorrido una manzana cuando vuelvo a mirar la bufanda que llevo doblada sobre las piernas y es que algo en toda esta situación me resulta extraño.
—¿Te puedes creer que alguien se ha dejado una bufanda debajo de mi abrigo?
John sonríe mientras arranca.
—Pues si estaba en tu abrigo es que la han dejado para ti, ¿no crees?
Lo miro extrañado y luego miro la bufanda.
—¡No digas tonterías!
—Yo no he dicho nada —contesta riéndose.
Aprieto los labios y me quedo observando las luces de la ciudad desfilar al otro lado de la ventanilla porque, por mucho que intente ser razonable, hay una idea que no deja de dar vueltas dentro de mi cabeza.
Primero el bolígrafo, ahora la bufanda y ambas cosas han aparecido justo después de la llegada de Alfred. Al llegar a esta conclusión mi corazón da un pequeño salto a pesar de que no sé si esta es una teoría completamente absurda.
Mientras observo las luces de la ciudad por la ventanilla continúo pensando en todo esto y no puedo quitármelo de mi cabeza, porque ahora tengo la sensación de que alguien se ha fijado en mí.