CAPÍTULO 3
JULIO
¡Madre del amor hermoso!
No me puedo creer que ese monumento que acaba de entrar por la puerta sea el sobrino de Anna Franklin.
Lástima que sea la hora del almuerzo y tenga el salón lleno hasta los topes, porque de lo contrario me habría quedado apoyado en la barra escuchando cada palabra de la conversación que mantiene con Mike.
Desde donde estoy solo puedo observarlo a ratos mientras reparto cafés, cervezas y platos combinados.
Alfred es más joven de lo que esperaba. Tendrá poco más de veinte años y es guapo hasta decir basta, aunque parece que él no se ni da ni cuenta de ello.
Lleva unos vaqueros oscuros, una chaqueta de cuero gastada y una guitarra colgada a la espalda.
El cabello castaño le cae ligeramente sobre la frente y cuando sonríe aparecen unos hoyuelos que probablemente deberían estar prohibidos por la ley.
Lo peor no es eso. Lo peor es que además parece simpático, aunque yo siempre he desconfiado de la gente demasiado guapa. Suelen ser insoportables.
Él no lo parece y hasta sonríe mientras habla con Mike como si llevara años entrando en el Halsted.
Tomo una comanda y, con la excusa de llevarla a la cocina, doy un rodeo absolutamente innecesario que me permite acercarme a la barra, lo bastante cerca para escucharlo reír y para descubrir que huele increíble.
¡Madre mía!
¿Qué colonia usa este hombre?
Tiene una fragancia cálida y ligeramente amaderada que hace que me derrita en cuanto paso junto a él.
Ese perfume debería venir acompañado de una advertencia sanitaria, porque, por Dios bendito, ese hombre por la noche, con tan solo dos gotas de colonia y una sonrisa de esas que está regalando tan alegremente, tiene que ser una experiencia difícil de olvidar.
—¿Por qué sonríes así?
La voz de Ron me devuelve a la realidad. De inmediato, levanto la cabeza y descubro que me observa desde la cocina con una ceja arqueada.
—Nada, cosas mías.
—¡Ya!
—¿Qué?
—¡Qué rarito te pones algunas veces!
Ron dirige una mirada hacia la barra y luego vuelve a concentrarse en lo que está haciendo.
—¡¿Qué sabrás tú?!
Regreso al trabajo intentando aparentar normalidad, pero fracaso estrepitosamente. Unos minutos después vuelvo a cruzar el salón con una bandeja tan cargada que cualquier persona sensata habría hecho dos viajes.
¡Yo no!
Yo necesito pasar otra vez por delante de la barra por motivos estrictamente profesionales.
Cuando paso junto a Alfred, él levanta la vista de la conversación que mantiene con Mike. Noto cómo sus ojos recorren la bandeja, después me recorren a mí y al final asiente.
Para otra persona quizás ese gesto haya sigo insignificante, pero para mí es suficiente para que algo se me encoja dentro del estómago.
¡Lo sabía! Alfred ha visto mis habilidades y es que servir ocho platos y cuatro bebidas sin matarme merece cierto reconocimiento. Sigo caminando intentando conservar la dignidad y no volverme para mirarlo otra vez y durante aproximadamente diez segundos me siento el rey del mundo.
Esa sensación de triunfo me dura hasta que dejo la bandeja sobre una mesa y miro por casualidad hacia la cocina y aprecio que Ron está observándome. Luego mira a Alfred y después vuelve a mirarme a mí con esa maldita sonrisa que es la que pone cuando cree que ha entendido algo antes que los demás.
—No —murmuro para mí mismo—. Ni se te ocurra, Ron.
Conozco esa cara y sé que tan solo significa problemas.
CAPÍTULO 4
JULIO
—¡Mierda, se me ha acabado la tinta!
Lo digo más alto de lo que pretendía y, por desgracia, el sobrino de Anna me escucha. Lo sé porque veo cómo reprime una sonrisa.
Esta vez no me había acercado a la barra para verlo. El bolígrafo realmente se ha quedado sin tinta y no pienso decir nada delante de los chicos. Llevan meses insistiendo para que utilice una de las tabletas que Mike compró para anotar las comandas.
¡Qué manía tiene la gente con modernizarlo todo!
¿Acaso nadie aprecia ya una nota escrita a mano, una letra bonita o el placer de garabatear algo en un papel? De verdad que el romanticismo se está perdiendo y eso me parece una verdadera tragedia.
Después de rebuscar durante varios minutos, encuentro un lápiz violeta decorado con dinosaurios y reconozco inmediatamente la obra de arte. Solo Aiden puede considerar que usar un tiranosaurio de color morado es una buena elección para escribir una lista de hamburguesas y refrescos.
Con resignación tomo nota de la siguiente comanda y la envío a la cocina. Ron tarda exactamente treinta segundos en reaccionar.
—¡¿Qué narices es esto?!
Alzo la cabeza y lo encuentro sosteniendo el papel entre dos dedos como si acabara de encontrar una prueba de actividad paranormal.
—¿Tú qué crees?
—Parece que un dinosaurio me ha pedido una ensalada César.
—Pues prepárasela.
No espero respuesta. Conozco demasiado bien esa mirada y, si me quedo un minuto más, va a comenzar uno de sus discursos sobre profesionalidad, organización y demás conceptos tan aburridos que dormirían a cualquiera; por ese motivo abandono la cocina antes de que tenga oportunidad de abrir la boca.
Un rato después, Alfred termina de hablar con Mike y se despide. Me fijo en que varias clientas lo siguen con la mirada cuando cruza la puerta.
Las entiendo perfectamente y, como el Halsted está algo más tranquilo, me dejo caer en uno de los taburetes de la barra.
—¿Al final va a sustituir a Abraham? —pregunto.
Mike termina de servir un café antes de responder.
—Sí. Además me ha dicho que es admirador suyo y que está deseando conocerlo.
—¡Mira qué bien!
Observo distraídamente la superficie de la barra mientras Mike atiende a otro cliente.
Entonces veo un bolígrafo y no uno cualquiera. Este es de los buenos. De esos que escriben con suavidad y cuestan más dinero del que una persona sensata debería gastar en material de oficina.
Lo tomo entre los dedos.
—Mike, ¿esto es tuyo?
Mike apenas le dedica una mirada.
—No. Alguien lo habrá dejado ahí.
La palabra «alguien» se instala en mi cabeza de inmediato e incluso miro la puerta por la que Alfred acaba de salir. Después vuelvo a mirar el bolígrafo y luego otra vez la puerta mientras noto que mi corazón da un pequeño salto.
No, no puede ser. ¿O a lo mejor sí?
Recuerdo a la perfección el momento en que me he quedado sin tinta. Él estaba allí y estoy seguro de que lo ha escuchado y, además, hace apenas unos minutos estaba sentado justo en este taburete.
Una sonrisa empieza a abrirse paso por mi cara.
—¡Madre mía!
—¿Qué pasa ahora? —pregunta Mike.
—Nada.
—Esa sonrisa suele significar problemas —dice Mike resoplando y al momento continúa con su trabajo.
Yo, en cambio, me quedo observando el bolígrafo entre mis dedos con el pensamiento de que quizá sea una coincidencia, o quizá alguien realmente lo ha olvidado.
¿Pero y si alguien se ha fijado en mí y ha pensado que necesitaba un bolígrafo y por eso ha decidido dejarme uno?
La posibilidad de que eso sea lo que haya sucedido es tan ridícula que debería descartarla inmediatamente. Sin embargo, la idea de estar en el punto de mira de alguien es tan atractiva, que hago justo lo contrario y empiezo a imaginarme cosas.