CAPÍTULO 2
JULIO
Un olor delicioso proveniente de la cocina me indica que por fin Ron ha conseguido terminar las tartaletas de la señora Franklin. Menos mal. Después de la discusión de los moldes no me apetecía escuchar otro de sus sermones culinarios.
A media mañana, el Halsted ha recuperado su ritmo habitual.
Un par de clientes ocupan la barra, varias mesas están llenas y la cafetera no ha dejado de funcionar desde que abrimos.
El murmullo constante de conversaciones y el sonido de los platos forman parte de la banda sonora de mi vida desde hace años.
La puerta se abre y aparece la señora Franklin envuelta en un elegante abrigo color crema.
—Anna, ¿cómo estás? —la saluda Mike desde la barra.
—¡Hola, Mike! Estupendamente. Vengo a buscar mi pedido.
—¿Tu pedido? —pregunta él buscándome inmediatamente con la mirada.
—Sí, Mike. Voy a ver si ya está listo.
—¿Y Denis? ¿Cómo se encuentra?
La conversación continúa mientras yo aprovecho para escapar hacia la cocina.
Al entrar, me recibe una mezcla de aromas que hace rugir mi estómago.
Ron está frente a los fogones removiendo una salsa espesa que desprende un olor espectacular.
A veces pienso que ese hombre tiene un don para la cocina.
Luego abre la boca y se me pasa toda la admiración de golpe.
—La señora Franklin está fuera. ¿Ya tienes su pedido?
Ron levanta la vista durante un segundo y señala con la cuchara una caja abierta sobre la encimera de mármol en cuyo interior aparecen varias tartaletas de manzana y frutos secos perfectamente alineadas.
—¡Joder, qué buena pinta tienen! ¿Puedo coger una?
—¡Ni se te ocurra!
—Solo una.
—¡No!
—¿Ni la más pequeñita?
—¡¡¡Julio!!!
—¡Qué egoísta eres, Ron!
—¡¡¡Fuera de mi cocina!!!
La forma en que agita la cuchara deja bastante claro que mi vida podría correr peligro si sigo insistiendo, pero a pesar de ello, no puedo dejar de compartir lo que pienso de su comportamiento mezquino.
—¡Algún día aprenderás a compartir!
—Y tú algún día aprenderás a trabajar sin comer cada cinco minutos.
Decido retirarme mientras aún conservo la dignidad porque Ron no tiene problemas en airear los trapos sucios delante de todos.
Cuando regreso a la barra, Anna ya está sentada en uno de los taburetes con una taza de café entre las manos. Mike conversa con ella apoyado sobre la madera pulida que tantas historias ha escuchado a lo largo de estos últimos años.
—No te preocupes, Mike. Alfred vendrá dentro de unos días y creo que será el candidato ideal para el puesto.
—¿Alfred? —pregunta Mike—. ¿Quién es Alfred?
La curiosidad me puede y hablo más rápido de lo que debería.
—Eso mismo quiero saber yo.
Los dos se vuelven hacia mí.
—Julio, ¿alguna vez te han explicado que escuchar conversaciones ajenas está muy feo? —dice Mike.
—Muchas veces, pero nunca me convencieron.
La señora Franklin suelta una carcajada.
—¡Alfred es mi sobrino! Es músico y va a pasar una temporada en Chicago.
—¿Músico? —pregunto apoyando los codos en la barra.
—Sí. Toca la guitarra, canta y lleva años actuando en pequeños locales.
—Entonces ya me cae bien.
—Ni siquiera lo conoces —dice Mike mientras seca unos vasos.
—No hace falta. Los músicos siempre tienen buenas historias.
—Y muchos problemas —añade Mike.
—Eso también.
Anna sonríe antes de dar otro sorbo a su café.
—Llegará esta semana. Le he hablado mucho del Halsted y está deseando conocer el lugar.
No sé por qué, pero la forma en que lo dice despierta mi interés, tal vez sea porque Abraham ha dejado el listón muy alto. O porque cualquier novedad termina convirtiéndose en un acontecimiento cuando llevas tantos años trabajando en el mismo sitio.
Mientras observo a Anna sonreír sobre su taza de café, tengo la sensación de que dentro de muy poco las cosas van a ponerse interesantes en el Halsted. Y eso me alegra porque esto ya estaba volviéndose un poco aburrido.