Demasiado prohibido (Historias de Halsted nº 5)
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CAPÍTULO 1
JULIO
Denis y Abraham bajan las escaleras del Halsted cargando un par de maletas mientras yo termino de repartir los desayunos.
El local está más tranquilo que otros días, pero a pesar de ello, no dejo de moverme entre las mesas con una cafetera en una mano y una bandeja en la otra.
Desde donde estoy puedo vigilar la puerta, la barra y a los cuatro clientes rezagados que todavía apuran sus tostadas antes de marcharse a trabajar.
Mike se encuentra junto a la barra hablando con su hijo y, aunque intento no parecer un cotilla, llevo toda la mañana pendiente de ellos.
Después de tantos años trabajando aquí, ya no sé dónde termina el Halsted y dónde empiezo yo.
Este lugar me ha visto cometer todos los errores posibles.
Todavía recuerdo mi primer día, cuando los nervios me jugaron una mala pasada y acabé estampando una bandeja llena de cafés contra el suelo.
Pensé que Mike me despediría antes incluso de terminar el turno; en lugar de eso, me dio una fregona y me dijo que volviera a intentarlo.
Desde entonces han pasado muchas cosas.
—No te preocupes, Mike. Llamaremos en cuanto nos instalemos en el hotel —dice Denis abrazando a su padre.
—Más te vale —responde él intentando parecer más serio que preocupado.
Abraham sonríe apoyándose en el bastón.
—Bueno, Mike. Hasta la próxima. Te avisaré con tiempo para que me reserves unos días en el Halsted.
—Eso está hecho, hijo.
Hay algo en la forma en que Mike los mira que me enternece. Durante años, todo su mundo giró alrededor de Denis y ahora está aprendiendo a dejarlo marchar, igual que hacen todos los padres cuando los hijos encuentran su propio camino.
La puerta se abre y una ráfaga de aire frío se cuela en el local obligando a varios clientes a encogerse dentro de sus abrigos.
Levanto la vista justo a tiempo para ver entrar a Callaham, que, como casi siempre, lleva una cazadora de cuero oscura y el pelo algo despeinado por el viento.
Nada más cruzar la puerta busca a Mike con la mirada y, cuando lo encuentra, la transformación es instantánea.
La expresión cansada que Mike lleva puesta desde que ha despedido a Denis desaparece. Sus hombros se relajan y una sonrisa aparece en su cara como si alguien acabara de encender una luz.
Callaham tampoco se queda atrás. Estos dos no se dicen nada. Simplemente se miran y resulta tan evidente a los ojos de cualquiera que se han echado de menos durante las últimas dos horas que hasta me hace gracia.
A veces el amor es una cosa muy ridícula.
Mientras limpio una mesa cercana me percato de que estoy observándolos más de la cuenta. Mike le dice algo al oído y Callaham responde.
Los dos sonríen y de repente siento una punzada extraña en el pecho.
A ver, entiéndeme, no es envidia exactamente.
Me alegro por ellos, después de todo lo que han pasado se merecen ser felices, pero no puedo evitar preguntarme cómo debe sentirse uno cuando tiene a alguien que te espera, que conoce tus manías y que cuando aparece por la puerta consigue alegrarte el día sin necesidad de hacer nada.
Sacudo la cabeza para apartar esos pensamientos justo cuando una clienta me reclama otra taza de café.
—Ya voy, preciosa —le digo dedicándole una sonrisa.
La mujer se ríe.
—¿Les dices eso a todas?
—Solo a las que me dejan propina.
—¡Mentiroso!
—¡Difamaciones! Todo lo que digan sobre mi son difamaciones.
Mientras la clienta sigue riéndose me alejo con la cafetera en la mano.
Al fondo del local, detrás de la barra, veo a Mike negar con la cabeza y a Callaham soltando una carcajada como si ambos supieran que yo jamás voy a cambiar.
—¡Julio! ¿No me has oído?
La voz gruñona de Ron atraviesa el ruido de las conversaciones y el tintinear de las tazas como un cuchillo caliente cortando mantequilla.
Cierro los ojos un segundo y después me asomo a la cocina y lo encuentro donde esperaba: frente a la mesa de trabajo, cortando verduras con la precisión de un cirujano. El olor a cebolla, especias y masa recién horneada llena el ambiente.
—¡Dime! Estaba atendiendo la mesa seis. ¿Qué tripa se te ha roto ahora?
Ron ni siquiera se molesta en mirarme.
—¡Maldita sea, Julio! Cuando abrimos te dije que tuvieras preparadas las bases de las tartaletas. Solo te pedí eso. La señora Franklin está a punto de venir a recogerlas y aún no he podido hornear la masa porque no encuentro los puñeteros moldes.
¡Joder!
Las dichosas tartaletas, es verdad que Ron me lo había dicho al entrar, pero como he estado tan ocupado, ni me había acordado. Durante unos segundos considero seriamente fingir un desmayo.
—Voy a mirar, Ron. Estoy seguro de que te los he dejado en la cocina.
Mis palabras consiguen que por fin levante la cabeza.
—¿En la cocina? Tú estás flipado. ¡Aquí no hay nada!
Ser el quinto hijo de una familia numerosa te enseña muchas cosas. Entre ellas, que cuando no tienes razón debes defender tu postura por encima de todo.
—¡A que voy yo y los encuentro!
La carcajada que suelta Ron al escucharme está tan cargada de ironía que casi me cuesta mirarlo a la cara para que no me descubra.
—¿Tú? ¡Tú no encuentras ni un pingüino en una nevera!
—Señor, ¡qué exagerado!
—La semana pasada tardaste veinte minutos en encontrar unas llaves que llevabas en el bolsillo.
—Solo me ha pasado una vez y porque estaba un poco estresado.
No pienso darle la satisfacción de admitir que tiene razón. Y, por desgracia, la tiene y los dos lo sabemos.
Mientras Ron vuelve a concentrarse en las verduras, yo entro en la despensa dispuesto a demostrarle que está equivocado.
Cinco minutos después sigo removiendo cajas sin ningún resultado, ya que no hay ni rastro de los moldes.
Por lo que empiezo a abrir armarios, revisar estanterías y apartar paquetes de harina con la sensación creciente de que esta batalla está perdida.
Entonces me llega un fogonazo y de repente me acuerdo. Durante las Navidades llegó un pedido equivocado al Halsted. Entre un montón de utensilios que nadie había solicitado venían unos moldes con forma de estrella que terminamos guardando porque Mike dijo que algún día podrían servir para algo.
Una sonrisa victoriosa se instala en mis labios porque justo ahí está mi oportunidad de callarle la boca y se amplía cuando después de rebuscar un poco más encuentro la caja cubierta de polvo en una estantería del fondo.
—¡Los encontré! —grito levantando el brazo como si acabara de descubrir un tesoro perdido y regreso triunfalmente a la cocina.
Ron observa los moldes y luego me observa a mí.
—Esos no son los moldes que te pedí.
—Pero sirven.
—No eran esos.
—Lo importante es que he encontrado una solución.
—Lo importante es que no has encontrado lo que te pedí.
—¡Qué pesado eres, de verdad!
—¡Y gracias a Dios a que alguien lo es en este local!
Pongo los ojos en blanco.
Ron coge uno de los moldes con resignación profesional, lo examina y termina asintiendo.
—Servirán.
—¡Ya lo sabía! —exclamo entornando los ojos igual que él ha hecho antes.
—No te emociones esto solo ha sido una casualidad.
—La envidia te corroe.
—¡Vuelve a las mesas antes de que haga una barbaridad!
Sonrío mientras abandono la cocina porque acabo de escuchar justo detrás de mí un gruñido que conozco desde hace años y que es tan familiar que, a veces, hasta me excita.
Nunca admitiré delante de Ron que el Halsted sería un desastre sin él, y por cosas como esta que, nos suceden a diario, sospecho que él tampoco admitiría jamás que, a veces, le gusta tener a alguien como yo a quien regañar.