Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 32
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Capítulo 32

Nicolás

Aday llamó a la puerta a las ocho y doce de la mañana.

Lo sé porque miré el reloj con un ojo abierto, medio dormido todavía y sin ninguna gana de apartarme de Yaiza.

—Papá.

Yaiza abrió los ojos de golpe.

—Mierda —susurró.

—Papá —repitió Aday desde el pasillo—. ¿Mamá está ahí?

Yaiza me miró como si la culpa fuera mía.

—No te rías —me advirtió en voz muy baja.

—No me estoy riendo.

—Tienes cara.

—La mía.

—Pues cámbiala.

Me incorporé despacio, procurando no hacer ningún movimiento brusco. Yaiza se sentó a mi lado, buscó su camiseta con una mano y señaló la puerta con la otra.

—Contesta.

—¿Qué le digo?

—La verdad, pero sin detalles, Morelli. No te me vengas arriba.

Me levanté, me puse la camiseta y abrí la puerta lo justo. Aday estaba allí, en pijama, despeinado, con el dinosaurio bajo un brazo y más despierto de lo normal para esa hora.

—Buenos días.

Miró detrás de mí.

—Mamá está ahí.

No era una pregunta.

—Sí.

—¿Ha dormido aquí?

Yaiza carraspeó desde la cama.

—Llegué cansada.

Aday asomó un poco la cabeza.

—Buenos días, mamá.

—Buenos días, mi amor.

—¿Te duele la pierna?

—Un poco.

—¿Pero dormiste bien?

Yaiza me miró y yo miré al techo.

—Sí —contestó ella—. Bastante bien.

Aday asintió, convencido de que con eso bastaba.

—Vale. Nonno Enzo está haciendo tortitas raras.

—¿Raras por qué? —pregunté.

—Porque son italianas.

—Eso no las hace raras.

—Sí, porque no son como las de la tía Arai.

—Bien visto.

Aday dio media vuelta, pero antes de irse se detuvo y volvió a mirarnos.

—Me gusta que mamá esté aquí.

Lo soltó como si nada, como quien comenta que hace sol. Y a Yaiza se le borró de golpe cualquier intento de disimulo.

—A mí también me gusta estar aquí —dijo ella.

Aday sonrió.

—Pues bajad, que si no se enfrían.

Cuando se fue, cerré la puerta y me giré hacia Yaiza. Seguía sentada en la cama, con los ojos brillantes, aunque seguro que habría preferido discutir antes que admitirlo.

—No digas nada.

—Iba a decir que deberíamos bajar a desayunar.

Se vistió despacio. No por pudor, porque después de la noche anterior eso habría sido bastante absurdo, sino porque la pierna seguía dando guerra. La observé lo justo para no agobiarla, aunque lo suficiente para que no me pillara.

—Estoy bien.

—No he preguntado.

—Tu cara pregunta.

—Mi cara hoy tiene mucha actividad.

—Pues contrólala.

Me acerqué y le ofrecí el brazo.

Esta vez no protestó. Se apoyó en mí para levantarse y, durante un segundo, se quedó más cerca de lo necesario. No la besé. No porque no quisiera, sino porque había aprendido que algunas mañanas necesitaban empezar despacio.

Ella, por supuesto, lo notó.

—Ahora no te me pongas en plan monje.

—Intento hacerlo bien.

—Qué cruz.

Me dio un beso rápido, seco, casi de mala gana.

Pero me lo dio.

En la cocina mi padre había preparado café, tortitas que no eran tortitas y una cantidad de fruta pensada para una familia de ocho. Aday estaba sentado a la mesa con un vaso de leche y una mancha de algo en la barbilla.

— Nonno Enzo dice que esto no son tortitas, pero parecen tortitas.

—Son crespelle dulces —explicó mi padre.

Aday lo miró.

—Tortitas raras.

—Acepto.

Yaiza entró apoyada en la muleta y mi padre se puso de pie demasiado rápido.

—Buenos días, Yaiza.

—Buenos días.

Él la miró, luego me miró a mí, después volvió a mirarla a ella. No dijo nada. Mi padre podía ser muchas cosas, pero no era idiota.

—He preparado café —dijo al fin.

—Entonces ya me cae mejor.

—Eso es un avance.

Aday señaló una silla.

—Mamá, siéntate ahí, que está cerca de mí y de papá. Así no tienes que elegir.

Yaiza se quedó quieta un segundo. Mi padre tosió para disimular la sonrisa y yo aparté una silla.

—Buena organización —dije.

—Claro. Estoy de vacaciones, pero pienso.

—Una cosa no quita la otra.

Yaiza se sentó con cuidado y Aday le puso delante un plato.

—He guardado una tortita rara para ti.

—Qué detalle.

—No la he mordido.

—Mejor todavía.

Desayunamos sin grandes discursos. Aday habló por todos: le contó a Yaiza que quería enseñarle su habitación, la caja de maquetas, la calle de la piedra fea y una fuente que «no hacía gran cosa, pero estaba bien».

Mi padre le seguía el hilo con paciencia de abuelo recién estrenado, y Yaiza intentaba escucharlo tranquila, aunque no siempre le salía.

A media mañana, ella insistió en hacer sus ejercicios.

—He venido a Milán, no a dejar que la pierna se ponga vaga.

—Puedes hacerlos aquí —dije.

—Eso pensaba hacer.

Mi padre apareció con una esterilla que no sé de dónde sacó.

—Esta puede servir.

Yaiza la miró.

—¿Usted también tiene de todo?

—Tengo años de guardar cosas.

—Eso en España se llama síndrome de Diógenes elegante.

Mi padre soltó una carcajada.

—Me gusta.

Mientras Yaiza hacía los ejercicios, Aday se sentó a su lado con una libreta para apuntar los «puntos de rehabilitación»: una raya por cada pierna levantada y otra por cada taco que ella soltaba por lo bajo.

—Esa no cuenta —protestó ella.

—Marta dice que respirar también es importante.

—¿Y eso qué tiene que ver con apuntar mis palabrotas?

—No son palabrotas. Son respiraciones enfadadas.

Mi padre se rio desde la cocina. Yo lo hice también, pero se me pasó en cuanto Yaiza me lanzó una mirada.

—Tú no te vengas arriba.

—No he dicho nada.

—Pero disfrutas.

—Un poco.

Cuando terminó, estaba cansada y sudada, pero satisfecha. Se sentó en el sofá, aceptó el agua que le llevé sin llamarme pesado y dejó que Aday le enseñara sus dibujos de Milán. En uno salíamos los cuatro: Aday, Yaiza con una muleta enorme, Enzo con bastón y yo con unos brazos ridículamente largos.

—Otra vez los brazos —dije.

Aday miró el dibujo.

—Es que tú abrazas mucho.

Yaiza bajó la mirada al papel, y mi padre y yo nos quedamos callados.

—Pues habrá que asumirlo —dijo ella al final.

Lo dijo como una broma, pero no sonó solo a broma.

Por la tarde dimos una vuelta corta por el barrio, al ritmo de Yaiza y con Aday haciendo de guía como si llevara años viviendo allí: la tienda de la esquina, el árbol de la piedra, el portal «donde papá dijo que no corriera, pero yo caminé rápido» y la fuente que no hacía gran cosa.

Yaiza lo escuchaba todo. A veces le hacía preguntas. A veces miraba a su alrededor en silencio, como si estuviera intentando colocar aquella ciudad en algún sitio que no le doliera.

Mi padre caminaba unos pasos por delante con Aday, que le explicaba que en Barcelona también había fuentes, pero que algunas eran más interesantes. Yo aproveché una parada frente a un escaparate para quedarme junto a Yaiza.

—¿Estás muy cansada?

—Estoy cansada, pero no tanto como para que montéis un drama.

—Vale.

—No me vigiles tanto.

—Intento controlarme.

—Se nota poco.

Sonreí.

Ella miró hacia Aday y mi padre. Enzo le señalaba algo en una baldosa, y Aday lo escuchaba como si aquello fuera importantísimo.

—Está feliz —dijo Yaiza.

—Sí.

—Y tu padre también.

—Mucho.

Asintió despacio. Luego se cruzó de brazos, como si necesitara sujetarse de alguna manera que no dependiera de la muleta.

—Me da rabia haber tenido tanto miedo.

—Era normal.

—No me digas normal.

—Era comprensible.

—Mejor.

No dije nada más. Con Yaiza, a veces eso era lo más sensato.

—No quiero volver mañana —soltó de pronto.

La miré.

Ella siguió mirando a Aday.

—A Barcelona, digo. No quiero coger otro avión mañana, ni hacer maletas, ni cortar esto ahora que Aday está así. Está de vacaciones, yo puedo hacer los ejercicios aquí y tú tienes pinta de poder apañarte con la oficina un par de días.

—Puedo.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de hombre al que le acaban de regalar algo.

Tragué saliva.

—Es que quizá sí.

Yaiza me miró por fin.

—No estoy diciendo que nos vayamos a mudar a Milán.

—Lo sé.

—Ni que todo esté arreglado.

—También lo sé.

—Ni que lo que ocurrió anoche borre nada.

—No quiero que borre nada.

—Más te vale. Porque, si descubro que tienes complejo de goma de borrar emocional, cojo la muleta y…

—Mensaje recibido.

Se le escapó una sonrisa. Después volvió a mirar a Aday.

—Solo digo que podemos quedarnos unos días más.

—Podemos quedarnos lo que quieras.

—No me des carta blanca, que te arruino la agenda.

—Arruínala.

Eso sí la hizo mirarme.

—Nicolás.

—Yaiza, he pasado años organizando mi vida para no mirar donde tenía que mirar. La agenda puede esperar unos días.

No contestó enseguida.

—¿Y después?

La pregunta tenía más miga de la que parecía. No era solo volver a Barcelona; era Aday, mi trabajo, Milán y nosotros intentando no hacerlo mal otra vez.

Me apoyé en la pared, buscando una forma de contestar sin venirme arriba.

—Después vuelvo con vosotros a Barcelona.

—¿Y tu trabajo?

—Mi trabajo puede organizarse. La oficina de Milán funciona sin que yo esté encima todo el día; Luca lleva tiempo encargándose de casi todo y mi padre está jubilado, aunque no siempre lo recuerde. Si tengo que viajar, viajo.

—Eso suena fácil.

—No lo será. Habrá vuelos, reuniones, ajustes y días en los que me acordaré de medio santoral. Pero se puede hacer.

Yaiza apretó los labios.

—No quiero que Aday tenga un padre de visitas.

—Yo tampoco.

—Ni quiero que vengas a Barcelona como si fueras un invitado en nuestra vida.

—No quiero serlo.

—¿Y qué quieres?

Miré hacia Aday. Estaba riéndose con mi padre por algo que no oí.

—Quiero que mi casa esté donde estéis vosotros. Quiero trabajar, viajar cuando toque y volver. Y quiero que Aday no tenga que preguntarse si esta vez me quedo.

Yaiza se quedó muy quieta.

—¿Y yo?

La pregunta le salió bajita, con más miedo del que seguramente habría querido enseñar.

Me acerqué un poco, sin invadirla.

—Contigo quiero hacerlo bien. Sin correr, sin fingir que no hay heridas y sin pedirte que confíes de golpe. Pero no quiero ser solo el padre de Aday para ti.

Apartó la mirada.

—Qué manía te ha dado con hablar claro.

—Estoy probando cosas nuevas.

—Pues cansa.

—Un poco.

—Y da miedo.

—Sí.

Me miró otra vez.

—No te prometo que vaya a saber hacerlo.

—Yo tampoco.

—Genial. Dos inútiles emocionales criando a un niño demasiado listo.

—Suena a plan.

—Suena a desastre.

—También.

Yaiza soltó una risa corta y negó con la cabeza. Luego me tendió la mano, sin decir nada ni darle más vueltas. Me la dio allí mismo, en una calle de Milán, con la muleta en la otra y nuestro hijo unos metros por delante.

Yo se la cogí y no la solté.

Aday tardó poco en darse cuenta.

—¡ Nonno Enzo! —gritó—. Se están dando la mano.

Mi padre se giró con una calma sospechosa.

—Muy bien. Caminar de la mano es útil para no perderse.

—Mamá no se pierde.

—Entonces será para que no se pierda tu padre.

Aday lo pensó.

—Eso sí puede ser.

Yaiza resopló.

—Qué familia más graciosa me ha tocado.

—Somos encantadores —dije.

—Sois pesados.

—También.

Esa noche no hicimos maletas. Aday celebró que nos quedábamos unos días más dando saltos en el salón, hasta que Yaiza amenazó con añadirlos a la lista de cosas prohibidas.

Mi padre abrió vino para los adultos y un zumo para Aday, que brindó por «las vacaciones largas, las piedras raras y que mamá ya no está en Barcelona».

—Pero volveremos —aclaró Yaiza.

—Sí —dijo Aday—. Pero ahora estamos aquí.

No hubo forma de mejorar eso.

Más tarde, con Aday dormido y mi padre en su habitación después de llamarme idiota otra vez en italiano, Yaiza y yo nos sentamos en el balcón. Ella llevaba una manta sobre las piernas y el pelo recogido de cualquier manera. Yo tenía mensajes de trabajo sin contestar y ninguna prisa por mirarlos.

—Bruno va a estar encantado de tenerte más cerca —dijo—. Otra cosa es que luego no te suelte con los proyectos.

—Bruno se reirá de mí.

—Arai también.

—Arai se reirá más.

—Y dirá que ya lo sabía.

—Porque seguramente lo sabía.

Yaiza resopló, pero sonrió.

—Qué asco de gente lista.

Se quedó un momento mirando la calle.

—No quiero venderle a Aday una familia perfecta.

—No tenemos material para eso.

—Bien. Porque no quiero mentirle.

—Entonces no le mentimos. Le decimos que estamos aprendiendo.

—Eso suena muy de folleto.

—Le decimos que vamos a intentarlo sin liarla demasiado.

—Mejor.

Apoyó la cabeza en mi hombro con una naturalidad que me dejó quieto.

—Nicolás.

—Dime.

—Si vuelves a huir, esta vez te persigo.

—Lo sé.

—Y no será romántico.

—No lo dudo.

—Bien.

Le besé el pelo, y ella no protestó. Nos quedamos así un rato, sin hablar, con el ruido de la calle de fondo. No arreglamos todo aquella noche, ni tampoco en los días siguientes. Pero nos quedamos.