Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Bajó por mi cuello, por la clavícula, deteniéndose en los sitios que sabía que me hacían reaccionar, mientras sus manos recorrían mi cuerpo con una seguridad que me hizo soltar el aire.

—Nico…

—Estoy aquí.

Cuando llegó a mi pecho, se entretuvo más de la cuenta, provocando, apretando lo justo para hacerme arquear contra él. Después bajó más, sin prisa, sin perderse nada, hasta que sus manos me abrieron sin disimulo.

—No te muevas —murmuró.

—No pensaba…

Mentira.

En cuanto me tocó, se me olvidó todo.

Sus dedos empezaron despacio, probando, pero en cuanto notó cómo reaccionaba, dejó de contenerse. Y cuando su boca se unió, cuando su lengua encontró el ritmo, dejé de intentar llevar el control.

—Jode… Nico…

Me agarré a las sábanas, a su pelo, a lo que pillé, moviéndome contra él sin pensar en la pierna, sin pensar en nada.

—Tranquila —murmuró—. Déjame a mí.

Y le dejé.

Jugó conmigo sin prisa, pero tampoco con suavidad, subiendo y bajando el ritmo con la lengua mientras sus dedos no dejaban de moverse dentro de mí, firmes, encontrando el punto exacto una y otra vez hasta hacerme perder la referencia de todo lo demás.

Notaba cómo el clítoris se me tensaba contra su boca, cómo reaccionaba a cada pasada, a cada cambio de presión, y cómo mi cuerpo empezaba a responder solo, empujando contra él sin disimulo, pidiéndole más sin decirlo.

—Nico… voy a…

Se me quedó la frase a medias porque no me dio tiempo a terminarla. No paró, ni un segundo; al contrario, apretó más, insistió justo donde sabía que iba a romperme y el orgasmo me llegó de golpe, fuerte, dejándome sin aire mientras me arqueaba contra él, temblando, diciendo su nombre sin control.

No se apartó. Siguió ahí, sosteniéndome, dejando que las sacudidas pasaran poco a poco mientras su boca todavía me arrancaba algún estremecimiento más, como si no quisiera soltarme del todo.

Cuando empezó a subir de nuevo, yo tenía todavía la respiración entrecortada y la cabeza en otro sitio, y lo miré sin poder esconder nada.

—Te odio.

Sonrió contra mi boca, con esa calma suya que ahora ya no engañaba a nadie.

—No te creo.

—Hazlo otra vez y vemos.

—Primero esto.

Se colocó sobre mí con cuidado, sujetándome la pierna para no forzarla, acomodándola bien antes de entrar, y cuando su pene me buscó y empezó a entrar despacio, noté cómo me llenaba poco a poco, cómo mi cuerpo se abría para él sin resistencia, todavía sensible, todavía temblando.

—Nico…

—Shh… estoy aquí.

No se movió al principio, se quedó dentro, dejándome sentirlo, dejándose sentir, como si necesitara ese segundo tanto como yo. Después empezó a moverse despacio, saliendo y entrando con calma, marcando un ritmo que me obligaba a seguirle, a adaptarme, a notarlo entero en cada embestida.

Sus manos no se quedaron quietas. Volvieron a mi pecho, apretando los pezones, provocando esa descarga que bajaba directa hasta donde lo tenía dentro, y después una de ellas volvió a bajar, buscándome otra vez, encontrando el clítoris sin perder el ritmo.

—Así… —murmuré, ya sin intentar disimular nada.

—Así —repitió él, sin dejar de mirarme.

Se movía cada vez un poco más profundo, un poco más firme, sin perder ese control, pero sin suavizar tampoco, y yo no tardé en engancharme del todo, moviéndome como podía contra él, buscándolo, dejándome llevar por el ritmo que estaba marcando.

La mezcla de su pene entrando y saliendo despacio, de su mano insistiendo en el clítoris, de sus dedos apretando mi pecho, terminó de descolocarme. Volví a acercarme al borde sin poder evitarlo, esta vez más lento, más profundo, imposible de frenarlo.

—Nico… otra vez…

—Lo sé.

No cambió el ritmo, ni falta que hacía. Siguió así, clavado en el punto, hasta que el orgasmo me volvió a arrasar, más largo, más profundo, haciéndome apretarme contra él mientras me tensaba entera.

Y eso fue lo que le hizo perder el control.

Se movió un par de veces más, ya sin ritmo, dejándose llevar del todo, apretándose contra mí mientras se corría, diciendo mi nombre, con la cara hundida en mi cuello, todavía dentro, todavía moviéndose despacio como si no quisiera salir de ahí.

Nos quedamos pegados un buen rato, respirando como podíamos, con el cuerpo todavía reaccionando poco a poco, sin prisa por separarnos.

Después me acomodé de lado, con la pierna bien colocada sobre la almohada, y apoyé la cabeza en su hombro. Nicolás me acariciaba la espalda despacio, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Y yo tampoco pensaba irme.

—Mañana Aday va a preguntar si has dormido aquí —dijo.

—Aday pregunta todo.

—¿Y qué le decimos?

Levanté la cabeza para mirarlo.

—Que estaba cansada y me quedé.

—Eso suena bastante inocente.

—Para lo poco inocente que ha sido, sí.

Nicolás soltó una risa baja y me apartó el pelo de la cara.

—Podemos omitir detalles.

—Más te vale.

Me quedé mirándolo. Seguía habiendo miedo, claro. También conversaciones pendientes, heridas que no desaparecían por acostarnos juntos y años que no iban a borrarse por una noche en Milán.

Pero había venido.

Estaba allí.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no me apetecía salir corriendo.

—No te prometo que vaya a ser fácil —dije.

—No he venido buscando fácil.

—Bien, porque conmigo ibas apañado.

Sonrió.

—Lo sé.

—Y no sonrías así. Me pone nerviosa.

—¿Así cómo?

—Como si hubieras ganado algo.

Nicolás se puso serio, aunque sus ojos no.

—No he ganado nada.

—Más te vale.

—Pero estás aquí.

Me acomodé otra vez contra él, demasiado cansada para discutir algo que también era verdad.

—Sí —murmuré—. Estoy aquí.

Y esta vez, cuando me abrazó, no me aparté.