Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 31
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Capítulo 31

Yaiza

Bruno consiguió un vuelo para primera hora de la tarde.

Arai me lo dijo tan tranquila, como si no acabara de meterme en un vuelo a Milán con una pierna a medio recuperar y los nervios hechos un desastre.

—Sales en tres horas —dijo al teléfono.

Miré la bolsa pequeña abierta sobre la cama.

—Perfecto. Así tengo poco margen para arrepentirme.

—Ese era el plan.

—No me gusta que me conozcas tanto.

—A mí me parece comodísimo.

Metí dos mudas, el neceser, la medicación, la goma de ejercicios y una chaqueta. La piedra fea que Aday había dejado para mí seguía sobre la mesilla. Dudé un segundo antes de cogerla, lo suficiente para sentirme ridícula, y la guardé en un bolsillo interior de la mochila.

—¿Has avisado a Nicolás? —preguntó Arai.

—No.

—Bien.

—¿Bien?

—Si lo avisas, te pones nerviosa, él se pone cuidadoso y acabáis los dos siendo insoportables antes de verte la cara.

No pude discutirle eso.

A Enzo sí le escribí, porque alguien tenía que darme la dirección exacta y porque, puestos a meter a alguien en la conspiración, me parecía más seguro elegir al abuelo que al padre de mi hijo.

Su respuesta llegó enseguida con la dirección y me confirmó que Nicolás y Aday no sabían nada. Luego añadió que procuraría estar pendiente del móvil, por si necesitaba algo al llegar.

Sonreí.

Arai apareció en mi casa media hora después, aunque le había dicho que no hacía falta. Traía cara de mandona, una botella de agua y más interés por controlar mi mochila del que yo consideraba necesario.

—No soy una niña —dije cuando me quitó la bolsa de las manos para pesarla.

—No. Eres peor, porque discutes más.

—Te odio.

—Me quieres. Ahora siéntate y deja de moverte como si tuvieras dos piernas operativas.

La habría mandado a la mierda con más energía si no me hubiera dolido la pierna justo al sentarme. Arai fingió no darse cuenta, cosa que agradecí.

El taxi llegó puntual. Bajamos despacio, con ella cargando mi mochila a pesar de mis protestas y yo intentando no parecer una mujer a punto de hacer una locura. No lo conseguí del todo.

En la acera, Arai me abrazó con cuidado.

—No tienes que resolver tu vida hoy —dijo.

—Qué manía con quitarle épica a mi drama.

—Solo tienes que llegar, verlo y hablar.

—Eso suena peor.

—Porque lo es.

Me reí, aunque estaba nerviosa.

—Si me arrepiento, te culpo.

—Lo harás igualmente.

—Sí.

Arai abrió la puerta del taxi y esperó a que me acomodara.

—Llámame cuando aterrices.

—Sí, mamá.

—No me tientes, que te riño mejor que la mía.

Cerró la puerta antes de que pudiera contestar.

El aeropuerto fue exactamente tan incómodo como esperaba.

La pierna no estaba para paseos largos, la muleta se enganchó dos veces donde no debía y una empleada me ofreció ayuda con tanta educación que acabé aceptando por cansancio.

Para cuando me senté en la puerta de embarque, ya había sudado, maldecido y dudado de mi inteligencia varias veces.

Aun así, no me fui.

Eso contaba como avance.

Durante el vuelo no ordené nada. Había imaginado que, al estar sola, tendría tiempo para pensar en lo que quería decirle a Nicolás. Mentira. Lo único que conseguí fue repetir mentalmente tres frases distintas y descartarlas todas por cursis, cobardes o demasiado largas.

Cuando aterrizamos en Milán, tenía la pierna tiesa, la boca seca y una mezcla absurda de ganas de ver a Aday y miedo de ver a Nicolás. Encendí el móvil al salir del avión y tenía un mensaje de Enzo con un punto de encuentro. Lo encontré junto a un coche y una sonrisa que intentó contener sin éxito.

—Yaiza.

—Hola.

No nos conocíamos en persona, pero me dio dos besos como si llevara años esperando poder hacerlo. No me incomodó. Eso fue lo raro.

—Gracias por venir —dijo.

—No empiece, que me vuelvo.

Le brillaron los ojos.

—Eres como Nico decía.

—Pobre de mí.

—No. Pobre de él.

Me reí sin querer. Enzo quiso cogerme la mochila, protesté por costumbre y acabó ganando él, porque tenía mucha más autoridad de la que aparentaba.

Durante el trayecto me contó que Nicolás había salido con Aday a comprar unas cosas para la cena y que volverían pronto. También me aseguró tres veces que no había dicho nada.

—Soy muy bueno guardando secretos —dijo.

—Ya lo veo.

Su casa olía a café, madera y algo dulce. Era una casa vivida, ordenada sin exagerar, con fotos antiguas, libros y una mesa donde Aday había dejado varios folios escritos con su letra imposible. En uno ponía: «Aday Santana Morelli». En otro: «Abuelo Enzo». En otro: «Milán mola».

Me quedé mirándolos demasiado rato.

—Siéntate —dijo Enzo, señalando el sofá.

—Estoy bien.

—Claro.

—Ese «claro» ha sonado muy poco italiano y muy Arai.

—Entonces siéntate antes de que llame a Arai.

Me senté.

A los pocos minutos se oyeron llaves en la puerta y la voz de Aday llenó la entrada antes de que nadie apareciera.

— Nonno Enzo, hemos comprado pan y papá no quería coger helado, pero yo le he dicho que en vacaciones…

Entró en el salón y se quedó clavado.

Abrió mucho los ojos.

—¿Mamá?

—Hola, mi amor.

Soltó la bolsa que llevaba en la mano y vino hacia mí, aunque frenó a dos pasos con las manos levantadas.

—¿Abrazo fuerte o abrazo de pierna?

Se me escapó una risa con los ojos llenos.

—Fuerte, pero usando la cabeza.

Se me lanzó encima con cuidado. Lo abracé todo lo que pude, con la cara hundida en su pelo y el cuerpo aflojándose de golpe, como si hasta ese momento no hubiera terminado de llegar.

—Has venido —murmuró.

—He venido.

—¿Por qué me echabas de menos?

—Muchísimo.

—¿Y a papá también?

Levanté la vista.

Nicolás estaba en la puerta, quieto, con una bolsa de la compra en una mano y la otra aún cerca del pomo. Me miraba como si no supiera si moverse o pedir permiso.

—También —dije.

Aday sonrió como si acabara de ganar algo.

—Lo sabía.

—No te vengas arriba.

—Pero lo sabía.

Enzo carraspeó con una discreción bastante falsa.

—Aday, necesito ayuda con una misión italiana.

Mi hijo lo miró con sospecha.

—¿Cuál?

—Inventarla antes de llegar a la cocina.

—Eso no es una misión.

—Por eso necesito ayuda.

Aday dudó poco. Cogió la bolsa del suelo y siguió a Enzo, aunque antes de salir se giró hacia nosotros.

—No discutáis mucho.

—Aday.

—Vale. Pero si discutís, luego os arregláis.

Y se fue tan tranquilo.

El silencio que quedó no fue cómodo, pero tampoco malo. Nicolás cerró la puerta despacio, dejó la bolsa sobre la mesa y siguió mirándome como si necesitara confirmar que no me había imaginado.

—No me mires así —dije.

—No sé cómo mirarte.

—Normal.

—No creo que pueda.

Me apoyé en la muleta para levantarme. Él dio medio paso hacia mí y se frenó antes de tocarme.

—Puedes ayudarme —solté—. Tampoco hace falta que parezca que estoy rodeada de minas.

Se acercó enseguida y me ofreció el brazo. Lo acepté. Su mano estaba caliente y yo estaba demasiado cansada para fingir que no me sostuvo más de lo necesario.

—¿Por qué no me has avisado? —preguntó.

—Porque si te avisaba, igual me entraba la cordura.

—¿Y eso habría sido malo?

—Hoy sí.

Me ayudó a sentarme otra vez. Él se quedó de pie delante de mí, nervioso, con esa prudencia suya que me habría parecido tierna si no me sacara tanto de quicio.

—Yaiza…

—No he venido solo por Aday.

Cerró la boca.

Bien.

—Déjame hablar —seguí—. Bastante me ha costado llegar hasta aquí sin dar media vuelta.

Asintió.

Respiré hondo. Tenía la garganta seca, la pierna molesta y el corazón haciendo más ruido del necesario.

—Te he echado de menos —dije—. Me fastidia muchísimo, pero te he echado de menos.

Nicolás no se movió.

—Y no sé qué significará eso mañana ni cuando volvamos a Barcelona. No tengo un plan, ni una respuesta perfecta, ni ganas de fingir que todo lo que pasó no pesa. Pesa. Pero estoy cansada de actuar como si no quisiera estar donde estáis vosotros.

Le vi tragar saliva.

—No sabes cuánto he querido oír eso.

—Pues no lo estropees poniéndote intenso.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Intenta mejor.

Sonrió apenas.

Se sentó a mi lado, dejando espacio. Demasiado. Lo miré mal.

—Nicolás.

—¿Qué?

—Por una vez, deja de ser tan prudente.

Su expresión cambió.

—¿Estás segura?

—Si me preguntas otra vez si estoy segura, te muerdo.

—Estoy intentando hacerlo bien.

—Pues empieza por besarme.

No necesitó más.

Me besó con cuidado al principio, como si todavía esperara que cambiara de opinión. Yo no había cruzado medio aeropuerto con una muleta para eso, así que tiré de su camiseta y lo acerqué más. Nicolás soltó el aire contra mi boca y dejó de contenerse un poco.

Solo un poco.

Porque seguía siendo él.

—La pierna —murmuró.

—La pierna no besa.

—Yaiza.

—Nicolás.

Me miró con deseo, sí, pero también con esa preocupación que habría terminado con mi paciencia si no me hiciera sentir tan cuidada.

—Dime si te duele.

—Me duele que estés tan lejos.

Eso lo terminó de romper.

Volvió a besarme y esta vez no lo hizo con cuidado. Su mano me rodeó la cintura, la mía subió a su cuello y durante un rato no hubo años perdidos, ni miedo, ni nada que no fuera él.

—Mi habitación está al fondo —dijo contra mis labios.

—Mira qué información tan útil.

—Puedo ayudarte.

—Más te vale. He venido lesionada, no mártir.

Me ayudó a levantarme sin tratarme como si fuera de cristal, sujetándome lo justo, dejando que me apoyara en él sin invadirme. Llegamos a su habitación como pudimos, entre besos torpes y una carcajada cuando casi me llevé el marco con la muleta.

—Shhh —susurró.

—Como me mandes callar…

—Era por Aday.

—Entonces vale.

Cerró la puerta.

No me dio tiempo a mirar nada. Me sentó en el borde de la cama y se agachó para quitarme las zapatillas.

—No conviertas esto en rehabilitación.

Levantó la vista.

—Estoy quitándote las zapatillas.

—Te conozco.

—Yo también a ti.

Y en ese «yo también a ti» había demasiado.

Lo agarré de la camiseta y tiré de él. Esta vez fui yo quien lo besó, sin paciencia, sin medias tintas. Nicolás respondió al instante, pero cuando me tumbó, lo hizo despacio, acomodando la pierna con cuidado, colocando una almohada sin dejar de mirarme.

—Así —murmuró.

—Así.

Pero cuando volvió a besarme, ya no había calma.