Capítulo 30
Yaiza
Cuando Nicolás y Aday se fueron, lo primero que sentí fue alivio.
Cerré la puerta, dejé la muleta junto al sofá y pensé que, al menos, podría descansar un rato. La casa estaba en silencio, algo a lo que no estaba acostumbrada. Al principio casi lo agradecí.
Me hice un café, puse la televisión y estiré la pierna sobre el cojín. Tenía la casa para mí, el mando para mí y unas cuantas horas por delante sin tener que estar pendiente de nadie.
La ilusión me duró media hora.
Después, el silencio empezó a pesar.
Intenté ver la televisión, pero no me enteré de nada.
Al final bajé el volumen y me puse con los ejercicios antes de que la cabeza empezara a inventarse problemas.
La fisioterapeuta decía que la rutina ayudaba.
Yo seguía pensando que era una sádica con título, pero me senté en la esterilla y cumplí.
Flexionar, estirar, respirar, aguantar.
La pierna tiraba más de lo que me apetecía reconocer y yo contaba en voz baja para no insultar demasiado.
Nicolás fue mandando fotos durante la mañana: Aday serio en el aeropuerto, pegado a la ventanilla antes de despegar y, ya en Milán, señalando cosas desde el coche mientras Enzo lo escuchaba embobado.
Las miré más veces de las necesarias y contesté lo justo.
Aday estaba bien. Eso era lo importante. Estaba contento, curioso y metido de lleno en aquella aventura nueva que yo le había permitido vivir porque era lo correcto. Y aun así, me escocía no estar allí para verle la cara cuando descubría cada cosa.
No quería que estuviera mal sin mí. Claro que no. Pero una parte de mí, una bastante fea, necesitaba que siguiera necesitándome igual.
Terminé los ejercicios de peor humor del que los había empezado, me duché y fui a la cocina a prepararme algo. Abrí la nevera sin muchas ganas y me quedé parada.
Había varios táperes en la balda del medio.
Comida normal. Arroz, pollo, verduras, crema de calabacín. Cosas fáciles de calentar, pensadas para que no tuviera que estar mucho rato de pie. En uno había una nota pegada.
«Come algo» .
Dos palabras.
Me molestó que las hubiera escrito. Me molestó más que me vinieran bien.
Cogí el arroz, lo calenté y me lo comí en el salón con la televisión puesta. Estaba bueno. Mucho. No pensaba decírselo.
Después me quedé dormida en el sofá sin querer. Cuando desperté, tenía la pierna rígida, la boca seca y otra foto en el móvil: Aday en la antigua habitación de Nicolás, inclinado sobre una libreta, con una piedra en una esquina de la hoja como si fuera material de trabajo.
Me alegraba verlo feliz, claro, pero se me apretó el pecho al pensar en todo lo que me estaba perdiendo.
La tarde pasó lenta. Hice poco y mal. Puse una serie, la quité, respondí a Arai con un «todo bien» que no engañaba a nadie y miré la hora demasiadas veces hasta que llegó la videollamada.
Fue bien.
Aday habló demasiado rápido y me enseñó unas maquetas antiguas de Nicolás.
Estaba cansado, pero feliz. Enzo tenía mejor cara.
Nicolás apareció lo justo, con esa calma suya que últimamente me irritaba porque funcionaba.
Me dijo que todo estaba bien, que Aday había comido, que no se había hecho daño y que se dormiría pronto aunque estuviera fingiendo lo contrario.
Yo pregunté lo demás: si estaba muy cansado, si Enzo seguía mejor de verdad y si Aday se había lavado las manos antes de comer.
No me puse pesada.
Bueno, no demasiado.
Cuando colgué, me quedé con el móvil en la mano. La llamada me había dejado tranquila, que era lo que necesitaba, y rara, que era lo que no pensaba reconocer en voz alta.
A la hora de cenar abrí la nevera, miré los táperes de Nicolás y cerré otra vez.
—No me apetece nada —murmuré.
Nadie respondió.
El timbre sonó justo entonces.
No tuve ni que mirar por la mirilla. Era Arai, con una bolsa en la mano y esa cara de «yo no me meto», que significaba justo lo contrario.
—No he pedido rescate —dije.
—Lo sé. Por eso he traído croquetas.
Entró sin esperar permiso y fue directa a la cocina.
—Bruno dice que no venga porque hay que darte espacio.
—Bruno acaba de caerme mejor que tú.
—También dice que lo llames si necesitas algo.
—Ya no.
Arai sonrió, sacó platos y puso las croquetas en la mesa.
—Hay de jamón y de setas.
Nos sentamos. Durante un rato comimos sin hablar demasiado. Eso también era Arai: podía aparecer como un huracán y luego quedarse quieta si veía que una estaba al límite.
—¿Cómo ha ido? —preguntó al fin.
—Bien. Aday está contento, Enzo tiene mejor cara y Nicolás está pendiente.
—¿Pendiente pesado o pendiente útil?
Miré el plato.
—Útil.
—Vaya.
—No empieces.
—Solo he dicho «vaya».
—Tu «vaya» venía cargado.
—Un poco.
Cogí otra croqueta.
—Me alegra que Aday esté bien —dije—. Pero me da miedo que vuelva distinto.
Arai dejó la servilleta sobre la mesa.
—¿Distinto cómo?
—Más suyo. Más de Nicolás. Allí todo es nuevo: el avión, Milán, Enzo, las maquetas… Yo soy la que le dice que se duche, que recoja, que no corra y que se tome la medicina. Nicolás ahora es lo divertido.
Arai no me corrigió enseguida. Se lo agradecí.
—Nicolás no te está quitando sitio.
—Ya lo sé.
—Lo sabes, pero te escuece.
Miré hacia el salón.
—Me da miedo que Aday me necesite menos.
—Quizá empieza a necesitar a más gente.
—Eso no ayuda.
—Hoy no. Pero es bueno.
Solté una risa corta.
—Qué asco de frase sensata.
—Lo sé.
Me pasé una mano por la cara.
—No quiero competir con su padre.
—No estás compitiendo. Tu cabeza lleva seis años funcionando como si solo pudieras contar contigo. Es normal que ahora no sepa dónde colocarlo.
Aquello me dio donde no quería.
—Y no es solo Aday —añadió.
Cerré los ojos.
—Arai.
—También echas de menos a Nicolás.
—Echo de menos mi casa normal.
—Tu casa normal últimamente también lo incluye.
No contesté.
Podía discutirlo, claro. Podía decir que Nicolás venía por Aday, que aquello era práctico, que estábamos intentando ordenar las cosas. Pero la nevera estaba llena de comida que él había dejado para mí; yo había mirado el móvil demasiadas veces y el silencio de la casa no pesaba solo por mi hijo.
—Me da rabia que lo haga bien —admití.
Arai no sonrió.
—Eso sí.
—Me da rabia que Aday esté tranquilo con él. Me da rabia que yo esté tranquila porque está con él. Y me da rabia echar de menos que Nicolás esté dando vueltas por la cocina como si la casa también fuera un poco suya.
—Pues igual ese es el problema.
—¿Cuál?
—Que empieza a serlo.
La miré mal.
—No sé si puedo con eso.
—No tienes que poder hoy con todo.
—Esa frase me irrita.
—Porque es verdad.
Comimos un poco más. Las croquetas le salían de vicio.
Después Arai cambió de tema y hablamos de cosas fáciles: de Bruno destrozando una tortilla, de sus hijos, de mi fisio y de lo mucho que odiaba yo aquella esterilla.
Me reí más de lo que esperaba y eso me vino bien, aunque no pensaba reconocérselo.
Cuando se levantó para irse, recogió los envases y dejó las croquetas que habían sobrado en mi nevera.
—Para que mañana te sientas sana con solo mirarlas.
—No pienso comérmelas.
—Nadie lo esperaba.
En la entrada, me abrazó con cuidado.
—Aday va a volver igual de tuyo, Yaiza. Que quiera a más gente no cambia eso.
Tragué saliva.
—Ya.
—Y lo de Nicolás… míralo sin agobiarte, pero míralo.
No respondí.
Después de que se fuera, la casa volvió a quedarse en silencio, aunque esta vez no me cayó encima igual.
Apagué la televisión y fui hasta la habitación de Aday.
Doblé la camiseta que había en la silla y, al volver al salón, me agaché con cuidado para recoger la pieza azul.
Me dolió la pierna y solté un taco, pero conseguí dejarla sobre su escritorio.
Una victoria pequeña y bastante ridícula.
Ya en mi habitación, me puse el pijama y me senté en la cama con el móvil. Nicolás escribió tarde, cuando Aday ya dormía. No mandó nada especial. Solo me dijo que todo seguía bien, que el niño había caído rendido y que esperaba que yo hubiera cenado algo.
Le contesté que sí.
Luego llegó otro mensaje.
Nicolás: ¿Tú estás bien?
Me quedé mirando la pantalla. Podía escribir «sí» y acabar rápido, pero estaba cansada de esquivar.
Yaiza: Estoy rara.
Nicolás: Es normal.
Me molestó que no intentara arreglarlo, pero también me alivió.
Yaiza: No te emociones, que solo he dicho rara.
Nicolás: No me emociono.
Yaiza: Mentira.
Nicolás: Un poco.
Sonreí.
Yaiza: Buenas noches, Nicolás.
Nicolás: Buenas noches, descansa.
Me dormí tarde, con la pierna cargada, la casa en silencio y una sonrisa que no terminé de quitarme.
El sábado me desperté temprano. La pierna seguía molestando y la casa seguía en silencio, pero algo había cambiado: Aday era mi hijo, y querer también a su padre no iba a cambiar eso.
No necesitaba ir a Milán para no perder a Aday. Necesitaba ir porque tenía que mirar a Nicolás a la cara y decirle lo que sentía antes de volver a esconderme detrás de cualquier excusa razonable.
Cogí el móvil y abrí el chat de Arai.
Yaiza: No digas nada.
Arai: Esto empieza fatal.
Yaiza: ¿Bruno puede mirar vuelos a Milán para hoy?
Arai: JA.
Yaiza: He dicho que no digas nada.
Arai: Eso no cuenta. Es una reacción física.
Yaiza: Arai.
Arai: Sí. Puede mirarlo.
Me quedé con el móvil en la mano, mirando la muleta apoyada junto a la mesa. El viaje iba a ser incómodo, la pierna iba a protestar y seguramente me arrepentiría tres veces antes de llegar al aeropuerto.
Pero, por una vez, el miedo no estaba decidiendo por mí.
Arai: ¿Vas por Aday?
Respiré hondo.
Yaiza: No solo.
Arai: Vale. Voy a buscar a Bruno.
Dejé el móvil sobre la mesa y fui a preparar una bolsa pequeña. No sabía si aquello saldría bien, mal o regular, pero esta vez prefería meter la pata hablando que quedarme en Barcelona tragándome lo que sentía.