Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Hice la foto y guardé el móvil.

En cuanto aterrizamos y tuvimos cobertura, se la envié a Yaiza.

Yaiza: Qué bonito. ¿Está bien?

Nicolás: Sí. Contento. Comiéndose tus galletas.

Yaiza: Son para él, no para ti.

Nicolás: Mensaje recibido.

Aday no paró de mirar carteles, personas, maletas y máquinas expendedoras. Todo le parecía distinto y preguntaba como si hubiera decidido que, si algo no lo entendía, ya se lo explicaríamos.

—Aquí todos hablan raro —susurró.

—Aquí los raros somos nosotros.

—Yo no. Yo soy medio italiano.

—Cierto.

Se estiró un poco, orgulloso.

Mi padre nos esperaba junto a una columna, con una chaqueta azul y el bastón en la mano. Tenía mejor cara, aunque seguía algo cansado, y al vernos se quedó quieto, como si no quisiera agobiarlo.

— Ciao, papà —saludé.

Mi padre me miró apenas un segundo. Después se centró en Aday, que se pegó un poco a mi pierna, pero solo al principio. Luego abrió la mochila y sacó un dibujo doblado por la mitad.

—Hola. Te he hecho esto.

Mi padre lo recibió con cuidado. Era un dibujo de los tres: mi padre, Aday y yo, con un avión enorme encima y una piedra en una esquina.

— Grazie —dijo, con la voz tomada.

Aday me miró.

—Eso es gracias, ¿no?

—Sí.

—Pues de nada, abuelo.

Mi padre me abrazó después, fuerte y breve. Me dijo al oído, en italiano, que era idiota, que había tardado demasiado y que no se me ocurriera estropearlo ahora. Muy suyo.

Aday tiró de mi camiseta.

—¿Te está riñendo?

—Un poco.

—Hace bien.

Mi padre se rio.

—Me gusta este niño.

En el trayecto hasta casa, Aday preguntó por los tranvías, las motos, los edificios antiguos y si mi padre sabía hacer pizza . Él contestó que sabía comerla, y a Aday le pareció suficiente. Yo mandé a Yaiza una foto de los dos mirando por la ventana.

Yaiza: Tiene buena cara.

Nicolás: Está mejor. Y Aday está preguntando por todo.

Yaiza: Eso es una buena señal.

Al llegar a casa de mi padre, Aday quiso verlo todo: el salón, la cocina, el pasillo y mi antigua habitación.

Mi padre había preparado la cama con una colcha azul y había dejado sobre el escritorio una caja de madera con algunas piezas viejas de maquetas, reglas y cartón pluma.

Retiró el cúter a tiempo, menos mal, porque Aday ya estaba alargando la mano.

—Esto lo usaba Nico para hacer maquetas —le explicó.

—¿De edificios?

—De edificios, plazas, casas… De lo que se le ocurría.

Aday me miró con cara de haber encontrado una prueba definitiva.

—Entonces lo del colegio era fácil.

—Algo más fácil que para otros padres, sí.

—Mamá dijo que eras una escalera con pelo.

Mi padre soltó una carcajada.

—Tu madre parece lista.

—Mucho.

Deshicimos la maleta, colocamos las dos piedras en el escritorio y le hicimos una videollamada a Yaiza. Contestó demasiado rápido para alguien que supuestamente estaba tranquila.

—Mamá, la casa del abuelo Enzo tiene cosas antiguas —dijo Aday.

—Qué forma tan educada de decirlo.

—Y papá tenía una caja de maquetas.

—¿Ah, sí?

—Sí, pero abuelo Enzo ha quitado las cosas peligrosas.

—Menos mal que hay un adulto responsable ahí.

Mi padre se acercó un poco a la pantalla.

—Hola, Yaiza. Está todo bien.

—Hola, Enzo. Me alegro de verlo mejor.

—Gracias por dejarlo venir.

Ella bajó la vista un segundo.

—Cuídenlo.

—Lo haremos.

Aday se pegó al móvil.

—Mamá, no llores.

—No estoy llorando.

—Tienes cara.

—Tengo cara de vigilar desde lejos.

—Papá me cuida.

Yaiza me miró a través de la pantalla.

—Eso espero.

—Lo hace —insistió Aday—. Y abuelo Enzo también, pero papá es el responsable.

—Pues que no se le olvide.

—No se me olvida —dije.

Después de colgar, dimos un paseo corto por el barrio. Aday encontró una piedra pequeña junto a un árbol y decidió que era para Yaiza.

—Para que sepa que volvemos —dijo, guardándola con cuidado en el bolsillo de la mochila.

—Le va a gustar.

—Es fea, pero rara.

—Entonces le va a gustar más.

Cenamos demasiada pasta, porque mi padre había cocinado para todo el barrio. Aday probó todo, dijo que sabía «italiano de verdad» y repitió papà dos veces. Mi padre fingió que no se emocionaba y yo fingí no darme cuenta.

Al acostarlo, Aday estaba agotado, pero seguía hablando. Dijo que Milán era grande, que Enzo hablaba raro, pero se le entendía y que mi habitación ahora era suya «unos días». Dejamos la piedra de Yaiza sobre la mesilla para mandarle una foto.

—¿Mamá estará dormida?

—No creo.

—Porque nos echa de menos.

—Seguro.

—Yo también. Pero me gusta estar aquí.

Me senté en el borde de la cama.

—Las dos cosas pueden pasar a la vez.

Aday bostezó.

—¿Tú echas de menos a mamá?

La pregunta me pilló desprevenido, y quizá por eso no me salió esquivarla.

—Sí.

—¿Mucho?

—Sí.

—Pues se lo dices cuando volvamos.

—No es tan fácil.

—Los mayores siempre decís eso.

—Porque a veces es verdad.

—Pero si no se lo dices, no lo sabe.

Le aparté el pelo de la frente, como tantas veces había visto hacer a Yaiza.

—Duerme, campeón.

—Buenas noches, papá.

—Buenas noches.

Cuando su respiración se volvió regular, salí al salón. Mi padre estaba sentado en su butaca con la piedra de Barcelona en la mano.

—Es un niño estupendo —dijo en italiano.

—Sí.

—Hazlo bien, Nico.

—Lo estoy intentando.

—No solo con él.

No hizo falta que añadiera nada más. Me acerqué a la ventana y escribí el mensaje que le había prometido.

Nicolás: Ya duerme. Todo bien.

Le mandé la foto de la piedra sobre la mesilla.

Nicolás: Dice que es para que sepas que volvemos.

La respuesta tardó un poco.

Yaiza: Es feísima.

Sonreí.

Yaiza: Dile que me encanta.

Me quedé mirando el mensaje unos segundos antes de responder.

Nicolás: Se lo digo mañana.

Yaiza: Y tú duerme algo. Responsable agotado no me sirve.

Nicolás: Sí, jefa.

Yaiza: No te acostumbres.

No arreglaba nada, pero decía bastante. Era Yaiza estando pendiente desde Barcelona, cuidando a su manera y sin decir demasiado. Y aquella noche, con Aday dormido en mi antigua habitación y mi padre guardando su dibujo como si fuera importante, me bastó.