Capítulo 29
Nicolás
El curso de Aday terminó con una fiesta en el patio del colegio, un calor insoportable y Yaiza sentada a mi lado con cara de estar aguantando tres cosas a la vez: la pierna, el ruido y a las madres que seguían empeñadas en acercarse a mí con cualquier excusa.
Aday estaba en la segunda fila del escenario, con una camiseta blanca, una estrella azul pintada en la mejilla y una concentración que no le había visto nunca. Cantó alto. Mucho. Tanto que, cuando terminó la primera canción, Yaiza se inclinó hacia mí y murmuró:
—Si se rompe el altavoz, lo pagas tú. Ha heredado tus genes italianos de hacerse notar.
—Yo no canto.
—Mejor para todos.
La miré de reojo. Tenía la muleta apoyada en la silla y cambiaba la pierna de postura de vez en cuando, intentando que yo no me diera cuenta.
—¿Te duele? —pregunté en voz baja.
—Me duele que preguntes cada siete minutos.
—Han pasado dieciocho.
—Me han parecido siete.
No insistí.
Aday nos buscó entre el público y levantó la mano con tan poco disimulo que se perdió medio paso. Yaiza le devolvió el saludo y yo la imité.
—Muy coordinado no va —dije.
—Calla, que por lo menos no se ha ido al lado contrario como Martín.
Martín, efectivamente, estaba en otra misión. Aday lo vio y apretó los labios para no reírse.
—Se está aguantando —dijo Yaiza.
—Mal.
—Pero se está aguantando.
Cuando terminó la actuación, Aday bajó del escenario sudado, despeinado y con la estrella azul medio corrida por la mejilla.
—¿Lo he hecho bien?
—Muy bien —respondí.
—Has cantado como si quisieras que te oyeran en Canarias —añadió Yaiza.
—La profe dijo que cantara fuerte.
—Y tú obedeces cuando te interesa.
—Sí.
Se abrazó a ella con cuidado, pendiente de la pierna. Después vino hacia mí, me chocó la mano y protestó cuando le revolví el pelo porque la profe lo había peinado «para salir guapo».
Durante unos instantes, aquello pareció normal. Hasta que se acercaron las madres.
Laura me pidió que revisara el photocall , Laia quiso que probara su bizcocho y Mònica habló de un grupo de WhatsApp para organizar planes de verano.
Yo contesté con educación, sin dar demasiada cuerda y mirando a Yaiza de vez en cuando, porque sus resoplidos desde la silla eran de todo menos discretos.
—Vas a hiperventilar —le dije cuando Laia se alejó por fin.
—Estoy oxigenando mi paciencia.
—Creía que no eran celos.
—Y no lo son. Es cansancio de ver a mujeres adultas fingiendo interés por la estabilidad de un photocall .
—Estaba mal.
—Seguro que sus matrimonios también y no te han pedido que los arregles.
Me mordí la sonrisa justo cuando Aday levantó la cabeza, todavía con la botella de agua en la mano.
—Mamá, ¿estás enfadada porque invitan a papá a merendar?
Yaiza se atragantó.
—No.
—Un poco sí.
—Aday.
—Pero papá esquiva bien.
—Eso espero —dijo ella, mirándome.
—Esquivo lo mejor que puedo.
—Pues esquiva lejos del grupo de WhatsApp.
La fiesta terminó con Aday cargando una bolsa de manualidades, medio bocadillo envuelto en una servilleta y tres despedidas de niños que ya hacían planes para el día siguiente. Yaiza se levantó despacio y, cuando le ofrecí llevarle el bolso, me lo dio sin protestar. Mala señal para su pierna.
—No pongas cara de enfermero —me advirtió.
—Estoy poniendo cara de hombre con bolso.
—Pues te queda mejor de lo esperado.
Aday se rio y echó a andar delante de nosotros, hablando sin parar de la canción, de Martín, de Lucas y de que el siguiente curso ya sería «más mayor».
La primera semana sin colegio fue una prueba de resistencia. Aday llenaba la casa de preguntas antes de las nueve, yo intentaba trabajar desde el portátil como podía y Yaiza se movía algo mejor, aunque seguía enfadándose si hacía el intento de ayudarla.
—No voy a romperme por coger una taza —me dijo un martes.
—No he dicho nada.
—Has hecho amago. Tu cuerpo se levanta antes que tu boca.
—Intentaré controlarlo.
—Hazlo. Me pone nerviosa.
Aday intervino sin levantar la vista del cuaderno:
—A papá le cuesta no ayudar.
—Pues que practique —dijo Yaiza.
—También le cuesta que no lo riñas.
—Eso ya no es problema mío.
—Un poco sí, porque lo riñes tú.
Me reí antes de poder evitarlo. Yaiza también estuvo a punto, pero se aguantó por orgullo, y Aday siguió coloreando tan tranquilo.
Las videollamadas con mi padre empezaron siendo algo puntual y acabaron formando parte de la tarde. Siempre aparecía con algo preparado: una foto mía de niño, palabras en italiano o una caja de piezas antiguas que Aday miraba como si fueran un tesoro.
Yaiza fingía no estar pendiente, pero se sentaba cerca. Al principio se tensaba cada vez que mi padre decía «cuando vengas a Milán algún día»; luego empezó a respirar un poco mejor.
La tarde en la que todo cambió, él apareció en pantalla con una manta sobre los hombros y peor color que de costumbre. Lo notamos al momento.
—Abuelo Enzo, hoy tienes cara de estar enfermo —dijo Aday, acercándose al móvil.
Mi padre sonrió como hacen los padres cuando quieren que no te preocupes y consiguen justo lo contrario.
—Solo estoy un poco cansado.
Yaiza levantó la vista desde el sofá.
—Eso dice mamá cuando le duele la pierna —soltó Aday.
—Gracias por hacer pública mi historia clínica —dijo ella.
—De nada.
Mi padre soltó una risa corta que acabó en tos. Intentó apartarse de la cámara, pero no sirvió de nada.
— Papà —dije—, ¿has llamado al médico?
—Es solo un resfriado.
—Tienes problemas respiratorios.
—Y tú una capacidad impresionante para ser pesado a distancia.
Aday frunció el ceño.
—Tienes que beber agua. Y comer sopa.
—Eso todavía no.
—Pues mal.
Enzo sonrió, aunque se le veía cansado. No parecía grave, pero estaba solo en casa e intentando no preocuparnos. Cosa que le estaba saliendo bastante mal.
Yaiza dejó el móvil sobre la mesa y miró la pantalla con otra cara.
—Enzo —dijo.
Mi padre se irguió un poco al oírla.
—Dime, Yaiza.
—Si mañana sigue con fiebre, llame al médico.
—No quiero preocupar.
—Pues no nos preocupe más fingiendo que no pasa nada.
Aday asintió con mucha seriedad.
—Haz caso a mamá. Ella sabe de médicos.
Cuando colgamos, Aday se quedó sentado en el suelo, con el cuaderno abierto y el lápiz sin usar en la mano. Era extraño verlo quieto.
—No me gusta que esté solo —dijo al cabo de un rato.
Ninguno de los dos contestó enseguida.
—No está solo del todo —expliqué—. Tiene vecinos, amigos… Y hablamos con él todos los días.
—Pero no hay nadie en su casa.
Yaiza bajó la mirada.
Aday siguió hablando como si aquello fuera muy fácil de entender:
—Si yo estoy pachucho, mamá se sienta conmigo. Y tú también. Y tía Arai viene aunque mamá diga que no hace falta.
—Porque tu tía Arai no entiende el concepto «no hace falta» —murmuró Yaiza.
—Pues eso. El abuelo Enzo no tiene eso.
No supe qué decir.
Podría haberle explicado que Milán no estaba a dos calles y que no se organizaba un viaje por un resfriado, pero Aday no lo veía así. Para él era mucho más sencillo: Enzo quería conocerlo, él quería verlo y Yaiza ya no podía fingir que aquello seguía siendo una idea lejana.
Esa noche, después de acostar a Aday, Yaiza me pidió que me quedara un momento en la cocina. Estaba apoyada en la encimera, con la muleta a un lado y un vaso de agua entre las manos.
—Deberíais ir —dijo.
Me quedé en la entrada, sin moverme.
—Yaiza…
—No me hagas repetirlo, que igual recupero la cordura.
Cerré la boca.
Ella bebió un sorbo de agua, dejó el vaso sobre la encimera y me miró por fin. Tenía cara de haber discutido consigo misma durante horas y de no estar especialmente satisfecha con el resultado.
—Unos días, no muchos. No una semana, no «ya que estamos», no una visita completa a todos tus conocidos italianos. Pocos.
—Tres noches.
—Dos.
—Salimos mañana por la mañana y volvemos el domingo por la tarde —propuse.
Entornó los ojos.
—Domingo por la tarde, no domingo casi lunes. Ubicación compartida, fotos, videollamada cada noche y, si Aday quiere volver antes, volvéis.
—Sin discutir.
—Y si tu padre se encuentra peor, me lo dices.
—Hecho.
—Nada de frases de abuelo emocionado que le hagan sentir culpable.
—Hablaré con él.
—Más te vale.
Asentí. Me habría gustado darle las gracias, pero tenía bastante claro que me mandaría callar.
—Y quita esa cara.
—¿Qué cara?
—La que tienes.
Me acerqué un paso. Solo uno.
—Sé lo que te cuesta.
—No lo sabes. Puedes imaginarlo.
—Tienes razón.
—Y deja de darme la razón, que me irrita.
No pude evitar sonreír un poco. Ella bajó la mirada al vaso y tardó más en volver a hablar.
—Me da miedo que esté tan feliz allí que luego volver le sepa a poco.
—Aday querrá volver.
—Eso espero.
—Y seguro que querrá traerte una piedra.
—Como siempre.
—Entonces…
—Entonces cállate antes de que cambie de opinión.
Lo hice.
Aday preparó la maleta al día siguiente con más ilusión que orden: ropa sin doblar, el dinosaurio, una libreta, la gorra azul y varias piedras para enseñárselas al abuelo Enzo. Saqué algunas para que la maleta cerrara, y él volvió a meter dos en cuanto me despisté.
—Te he visto —dije.
—No pesan.
—Aday.
—Solo dos.
—Una.
—Una y la pequeña.
—Eso son dos.
—Pero una es pequeña.
Yaiza, desde la puerta, se cruzó de brazos.
—Negocia como tú.
—No sé si eso es un cumplido.
—No lo es.
Al final viajamos con dos piedras, el dinosaurio, la libreta, ropa más o menos doblada y una bolsa de comida que Yaiza preparó como si fuéramos a cruzar medio continente.
En el aeropuerto, Aday casi perdió la tarjeta de embarque en la primera cola, hizo cinco preguntas imposibles sobre aviones y me tuvo mandando fotos a Yaiza cada vez que cambiábamos de sitio.
Yaiza: Está demasiado cerca del cristal.
Miré a Aday, que estaba sentado a más de un metro de la cristalera.
Nicolás: Hay distancia.
Yaiza: Para ti.
Le mandé otra foto.
Yaiza: Mejor.
En el avión, Aday se quedó muy serio durante el despegue. No lloró ni se asustó, pero buscó mi mano cuando el avión empezó a acelerar. Se la di y él la apretó sin mirar. Yo tampoco dije nada.
—Papá —dijo cuando ya estábamos en el aire—, ¿mamá está debajo?
—Sí.
—Hazle una foto de las nubes para mandársela luego. Así sabe que estamos bien.