Capítulo 28 #2
Cuando Aday desapareció, Nicolás soltó el aire muy despacio, pero no le dejé convertir aquello en un momento. Una videollamada no era Milán; no significaba que me pareciera bien lo otro y, como su padre dijera algo raro, cortaba.
Me acomodé en el sofá mientras él buscaba el contacto. Aday volvió con las manos mojadas y las mangas empapadas hasta medio antebrazo.
—¿Estoy bien?
—Tienes agua hasta en los codos.
—Pero las manos limpias.
—Algo es algo.
Se sentó a mi lado, tan cerca que noté su calor contra mi brazo. Nicolás se acomodó al otro lado de Aday y pulsó la llamada.
El tono sonó una vez. Dos.
A la tercera, apareció en la pantalla un hombre mayor, de pelo blanco, gafas finas y una expresión que intentó ser serena durante medio segundo antes de romperse por completo.
—Nico.
Nicolás sonrió con una emoción contenida que me hizo mirar a la manta.
— Ciao, papà .
Aday se incorporó.
—¿Ese es mi abuelo?
El hombre de la pantalla se quedó inmóvil. Luego se llevó una mano a la boca y dijo algo en italiano demasiado rápido.
Nicolás cerró los ojos.
—En español, papá.
—Sí, sí. Perdón.
El hombre respiró hondo. Cuando habló de nuevo, lo hizo despacio y con un acento marcado que suavizaba las palabras.
—Hola, Aday.
Mi hijo levantó la mano.
—Hola.
—Soy Enzo.
Aday lo miró con mucha atención.
—Hablas raro.
—Aday —lo regañé, aunque Enzo se rio enseguida.
—Tiene razón. Hablo raro.
—Yo hablo normal —dijo Aday.
—Muy normal.
La respuesta le gustó. Se le notó en los hombros, que bajaron un poco. Aday miró a Nicolás y luego otra vez la pantalla.
—¿Tú eres mi abuelo de Milán?
Enzo tragó saliva.
—Sí. Si tú quieres.
Aday frunció el ceño con absoluta seriedad.
—¿Puedo querer?
La pregunta me tocó de una forma absurda.
Nicolás asintió, con la voz muy baja.
—Claro que puedes.
Aday volvió a mirar la pantalla.
—Entonces sí. ¿Y cómo se dice abuelo en italiano?
— Nonno .
—«Nono» —repitió Aday, probándolo—. Me gusta. Pues serás nonno Enzo.
Enzo sonrió, con los ojos brillantes.
—Será un honor.
Aday se inclinó hacia la pantalla, emocionado de pronto.
—Morelli ya casi me sale. Lo estoy escribiendo mucho, pero a veces me sobra una ele.
—Tu padre me ha dicho que lo escribes muy bien.
Mi hijo se giró hacia Nicolás.
—¿Le has hablado de mí?
—Sí.
—¿Mucho?
Nicolás tragó saliva.
—Muchísimo.
Aday sonrió con orgullo y empezó a contarle cosas sin que nadie tuviera que animarlo.
Le enseñó el folio con su nombre, le explicó que tenía una colección de piedras importantes, le preguntó si en Milán había parques, si los perros ladraban en italiano y si las pizzas allí eran «las de verdad o como las de aquí».
Enzo contestó a todo con paciencia, como si cada pregunta de Aday mereciera una respuesta completa.
Yo me mantuve bastante entera.
Hasta que Aday dijo:
—Mi mamá está aquí, pero le duele la pierna.
Enzo miró hacia mí.
No invadió. No preguntó. No llenó el silencio con frases torpes. Solo inclinó un poco la cabeza.
—Hola, Yaiza.
—Hola.
—Gracias —dijo.
Solo eso.
Gracias.
Ni reproches ni preguntas. Solo gracias, dicho con una emoción tan limpia que me dejó sin defensas.
—No me las dé —murmuré.
Enzo sonrió con tristeza.
—Aun así.
Nicolás bajó la mirada. Yo aparté la mía, porque aquello se estaba volviendo peligroso. Por suerte, Aday volvió al centro de la conversación con la habilidad natural de los niños para salvar a los adultos de sí mismos.
—Abuelo Enzo, ¿si voy a Milán puedo buscar una piedra italiana?
Enzo entendió enseguida el peso de aquella frase.
—Si vienes algún día —corrigió con cuidado—. Cuando tu madre quiera. Y cuando tú quieras. Buscaremos una piedra buena.
Me habría gustado odiarlo un poco por ser prudente. No pude.
Aday aceptó la corrección sin drama.
—Tiene que ser muy buena.
—La mejor que encontremos.
—No. La mejor no. Una rara.
Enzo se rio.
—Una rara, entonces.
La videollamada duró quince minutos. Lo justo para que Aday le enseñara tres piedras, dos dibujos y una marca en la rodilla que, según él, ya casi no se veía.
—Podéis hablar otro día —dijo Nicolás.
Aday miró la pantalla.
—¿Puedo llamarte otro día?
Enzo sonrió.
—Cuando quieras.
—Todos los días no, que tengo cosas que hacer.
—Cuando puedas, entonces.
—Vale.
Cuando colgaron, Aday se quedó mirando el móvil apagado con una sonrisa tranquila.
—Me cae bien.
Nicolás soltó el aire como si llevara un cuarto de hora sin respirar.
—A él, tú también.
—¿Está triste?
—No. Bueno… está emocionado.
—Los mayores lloráis mucho últimamente.
Nicolás y yo nos miramos.
—Un poco —admití.
Aday se bajó del sofá, cogió el folio y el lápiz, y se fue hacia su habitación.
—Voy a escribir Enzo.
—Con zeta —dijo Nicolás.
—Vale.
Cuando desapareció por el pasillo, el salón se quedó en silencio.
Nicolás dejó el móvil sobre la mesa, pero no se levantó. Yo me quedé mirando la puerta, intentando asumir que Aday acababa de conocer a su abuelo y que el mundo seguía en su sitio.
La parte mala era que yo casi había esperado lo contrario.
—La videollamada ha sido buena idea —dije al fin.
—Ha sido idea de Aday.
—Por eso.
Asintió despacio.
—Sí.
Me froté la frente. Estaba agotada, aunque no había hecho nada. A veces, lo que más cansaba no era moverse, sino dejar que las cosas ocurrieran.
—Lo de Milán sigue siendo un no.
—Lo sé.
—Pero no voy a decir que no para siempre.
Nicolás se quedó muy quieto.
—De acuerdo.
Levanté un dedo.
—Y no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hombre al que acaban de abrirle una ventana.
La sonrisa le apareció despacio, sin terminar de atreverse.
—Es que quizá me la has abierto.
—Pues no te asomes demasiado, que todavía puedo cerrarla de golpe.
—Lo tendré en cuenta.
Aday gritó desde su habitación:
—¡Mamá! ¿Enzo lleva tilde?
—¡No!
—¡Qué suerte!
Nicolás se rio.
Yo también, aunque me salió algo cansada.
Aday siguió preguntando cosas desde su habitación, Nicolás le respondió con paciencia y yo me quedé mirando el móvil apagado sobre la mesa.
Milán seguía siendo un no, pero ya no era tan rotundo.