Capítulo 28
Yaiza
Aday llevaba tres días escribiendo Morelli en cualquier papel que encontraba.
A veces le salía bien; otras, la doble ele desaparecía y la erre parecía haber sufrido un accidente. Pero a él le daba igual: estaba orgulloso.
A mí, en cambio, me pesaba.
No porque me molestara verlo escrito. Me pesaba por lo que significaba. Por lo que Nicolás había recuperado de golpe, por lo que Aday estaba descubriendo sin miedo y por lo que yo todavía no sabía dónde colocar.
Aquella tarde, Aday estaba sentado en la mesa del comedor con un lápiz en la mano, la lengua asomando por la comisura y media pierna doblada debajo del cuerpo. Había llenado una hoja entera con su nombre nuevo.
—Mamá, ¿cuántas eles tiene Morelli?
—Dos.
Aday miró el papel, frunció el ceño y añadió otra ele donde pudo.
—Ahora tiene tres.
—Pues le sobra una.
—Da igual. Así queda más italiano.
No pude evitar sonreír.
—No creo que funcione así.
—Papá dice que los italianos hablan con muchas letras.
—Tu padre dice muchas cosas.
Aday levantó la vista con una pequeña sonrisa, de esas que últimamente me dejaban sin saber si abrazarlo o esconderme debajo de la manta.
—Sí, pero siempre sabe.
No contesté enseguida. Hasta hacía nada, Nicolás pertenecía al pasado. Ahora Aday lo llamaba papá, y yo todavía no sabía dónde colocar eso.
El timbre sonó antes de que pudiera pensar demasiado.
—¡Es papá! —gritó Aday, bajándose de la silla.
—No corras.
—No corro, camino rápido.
—Eso es correr con abogado.
Me miró sin entender del todo, pero decidió no preguntar. Fue hasta la puerta y, al abrir, la voz de Nicolás llenó la entrada.
—Hola, campeón.
—Mira, estoy escribiendo Morelli.
—Eso tengo que verlo.
Nicolás apareció en el salón con una bolsa de la compra en una mano y una carpeta bajo el brazo. Dejó la bolsa en la cocina, saludó con un movimiento de cabeza y se acercó a la mesa.
Aday le enseñó el folio.
—Aquí ha sobrado una ele, pero mamá dice que se entiende.
—Tu madre tiene razón.
—¿La erre está mal?
Nicolás se inclinó un poco, apoyando una mano en el respaldo de la silla.
—La erre tiene carácter.
Aday entornó los ojos.
—Eso dice mamá cuando algo está feo.
—Entonces tu madre y yo estamos de acuerdo.
Lo miré desde el sofá.
—No te apropies de mi ironía.
—No me atrevería.
—Mentiroso.
Aday volvió al papel, satisfecho, y siguió repasando su nuevo apellido con toda la concentración del mundo.
Nicolás guardó la compra sin preguntar dónde iba cada cosa. Me molestó, aunque también me habría molestado que preguntara. Últimamente, todo lo que hacía me fastidiaba por un motivo u otro.
Cerró la nevera y volvió al comedor con la carpeta en la mano. No se sentó a mi lado, sino en la silla más cercana a la mesa, a una distancia prudente.
—Tengo que hablar contigo de algo —dijo.
La frase me tensó antes de que pudiera evitarlo.
—Qué ilusión.
Nicolás no respondió a la pulla. Dejó la carpeta sobre la mesa y entrelazó los dedos, como si necesitara sujetarse a algo antes de seguir.
—Mi padre quiere conocer a Aday.
No me pilló por sorpresa. Desde que Aday le había preguntado por su abuelo de Milán, sabía que esa puerta se iba a abrir antes o después. Aun así, noté cómo se me cerraba el estómago.
—Normal —contesté, porque era lo único que podía decir sin sonar injusta.
Nicolás asintió.
—Le hablé de él hace unos días. Después de que Aday lo supiera.
—Qué detalle.
Me salió más seco de lo que pretendía, pero Nicolás no se defendió.
—No te lo digo para apuntarme nada. Solo quiero que sepas cómo ha sido.
—Vale.
—Mi padre lleva días preguntando cuándo podrá hablar con él, pero no quiere aparecer aquí de golpe ni forzar nada.
Miré a Aday, que fingía estar a lo suyo, pero yo sabía que escuchaba. Lo hacía incluso cuando parecía ocupado en otra cosa.
—Aday, cariño, ¿puedes ir a tu habitación un momento? Tengo que hablar con Nicolás.
Suspiró con toda la tragedia de sus seis años, recogió el folio y el lápiz, y se fue por el pasillo.
—No cerréis mucho la puerta —avisó.
—Aday.
—Vale.
Esperé a oírlo entrar en su habitación. Luego volví a mirar a Nicolás.
—Sigue.
Él respiró hondo.
—Mi padre ha pensado que, cuando acabe el curso, podríamos ir unos días a Milán.
La palabra Milán entró en el salón como una corriente fría.
—¿Podríamos?
—Aday y yo. O los tres, si tú pudieras viajar y quisieras venir.
La segunda opción llegó tarde. Para entonces, yo ya había imaginado a Aday en un avión sin mí, entrando en una casa y en una vida donde yo no pintaba nada.
—No.
Salió tan rápido que hasta yo noté el miedo escondido debajo.
Nicolás no se movió.
—Yaiza, escúchame primero.
—Te he escuchado perfectamente. Has dicho Milán, Aday y unos días en la misma frase. No necesito mucho más.
—No quiero llevármelo sin hablarlo contigo.
—Menos mal.
—Ni quiero quitarte nada.
Solté una risa seca.
—Pues se parece bastante.
—No es eso.
—Para ti no. Para ti es enseñarle tu ciudad, tu casa, tu padre, tu vida. Para mí es verlo marcharse con una parte de ti que yo no conozco y quedarme aquí, con la pierna fastidiada y cara de idiota, esperando a que vuelva.
Nicolás bajó la mirada un segundo.
—No lo había pensado así.
—Pues piénsalo.
Me incorporé un poco en el sofá y la pierna me dolió horrores. Apreté los dientes. Odiaba que el dolor apareciera justo cuando necesitaba mantenerme firme.
Nicolás lo vio, claro. Lo veía todo cuando quería.
—¿Quieres que te acerque la muleta?
—No.
—Está lejos.
—Y tú muy cerca de que te la estampe cuando la tenga.
No sonrió, aunque le vi la intención en los ojos.
—Entonces me quedo quieto.
—Buena decisión.
Hubo un silencio largo.
—Mi padre tiene sesenta y cuatro años —dijo al fin—. Se acaba de enterar de que tiene un nieto de seis y está intentando hacerlo bien.
»No te estoy diciendo que Aday tenga que dormir mañana en su casa ni que subamos a un avión sin más. Te estoy diciendo que existe esa posibilidad y que tendremos que hablarlo.
—Acaba de empezar a llamarte papá sin tropezarse con la palabra.
—Lo sé.
—Pues entonces no me pidas que le prepare una maleta para irse contigo a otro país.
—No te lo estoy pidiendo para mañana.
—Pero lo estás poniendo encima de la mesa.
—Porque Aday pregunta por Milán. Por mi padre. Por mi casa. Por si voy a volver y dejaros solos.
Tragué saliva. Esa pregunta seguía doliendo aunque no me la hubiera hecho a mí.
—Es un niño. Es normal que pregunte.
—Y merece respuestas.
—No todas de golpe.
—No he dicho todas de golpe.
Me pasé una mano por la cara. Estaba cansada de la pierna, del miedo, de él y de mí misma. De estar siempre en guardia.
—No puedo viajar —dije, más bajo.
Nicolás levantó la vista.
—Lo sé.
—No puedo ir detrás de vosotros con una muleta, fingiendo que no me duele, que no me da miedo y que no me revienta entrar en tu vida como si llegara seis años tarde a todo.
La frase salió sola, más sincera de lo que me habría gustado.
Nicolás se quedó quieto, con los dedos apoyados sobre la carpeta.
—Yaiza, tú no sobrarías en mi casa.
—No sigas.
—Lo digo en serio.
—Pues peor.
—Yaiza…
—No quiero una frase bonita sobre mi sitio en tu vida. No, cuando durante seis años tú seguiste en Milán y yo me quedé aquí con Aday, con el colegio, las facturas, las noches sin dormir y todas las preguntas que contesté como pude.
Nicolás cerró los ojos un instante.
—Tienes razón.
—No me des la razón como si eso arreglara algo.
—No lo arregla —respondió—. Solo intento no discutir una verdad.
Aquello me desmontó un poco, y por eso me enfadó más.
—No te estoy diciendo que no pueda conocer a tu padre. Te estoy diciendo que Milán ahora mismo me queda enorme.
Nicolás asintió despacio.
—Entonces lo respeto.
—Y no me hables con esa calma, que me dan ganas de lanzarte algo.
—¿De cristal o algo blando?
—No tientes.
Esa vez sí sonrió un poco. Yo aparté la mirada antes de sonreír también, porque lo último que necesitaba era empezar a encontrarle la gracia a Nicolás Morelli.
—¿Ya habéis terminado de hablar de mí?
Nicolás y yo nos giramos a la vez.
—No estábamos hablando solo de ti —dije.
Aday entornó los ojos.
—Eso es una respuesta de mayores.
—Es la que hay.
Entró en el salón sin esperar permiso y dejó el folio sobre la mesa, delante de Nicolás.
—¿Así se escribe Milán?
Había escrito MILAN en letras enormes, sin tilde y con la ene bastante dudosa.
Nicolás miró el papel, luego a mí, y esperó un segundo antes de contestar. No fue mucho, pero lo entendí: esta vez no iba a decidir solo.
—Casi perfecto. Le falta una tilde en la a.
—¿Una raya?
—Sí.
Aday puso una tilde enorme, tan grande que parecía el tejado de una casa.
—¿Así?
—Muy visible.
Mi hijo sonrió, orgulloso, y se sentó en el suelo con el folio sobre las rodillas.
—En Milán vive mi abuelo, ¿no?
Me obligué a no tensarme.
—Sí.
—¿Y tiene casa?
—Sí —contestó Nicolás.
—¿Hay una cama para mí?
La pregunta nos dejó callados a los dos. Nicolás tragó saliva y yo apreté los dedos sobre la manta.
—Si algún día vas, claro que tendrás una cama para ti —dijo él con cuidado.
Aday levantó la cabeza de golpe.
—¿Puedo ir?
Ahí estaba la pregunta que yo no quería escuchar todavía. Y encima no venía de Nicolás, sino de Aday.
—Eso tenemos que hablarlo con calma —respondí.
Aday hizo una mueca.
—Los mayores habláis mucho con calma.
—Es una manía horrible, lo sé.
Se quedó un momento pensativo.
—¿Y puedo conocerlo por videollamada?
Nos quedamos inmóviles los dos. Era tan sencillo que casi daba rabia: una videollamada. Sin aviones, sin maletas y sin que Aday estuviera lejos de mí.
—¿A tu abuelo? —pregunté, solo para ganar un segundo.
—Si está despierto, sí.
Nicolás me miró sin presionar. No dijo nada, y por una vez agradecí que se callara.
Miré a Aday. En dos preguntas había llegado más lejos que yo.
—Un rato —dije al fin.
Su cara se iluminó.
—¿Ahora?
—Sí. Pero primero te lavas las manos, que llevas lápiz hasta en las pestañas.
Aday salió disparado hacia el baño.
—No corras —dije por costumbre.
—¡Camino rápido!