Capítulo 27 #2
Cuando llegamos a casa, Yaiza estaba en la cocina, apoyada en la encimera con una mano y removiendo algo en un bol con la otra. La muleta descansaba a su lado.
—¿Qué haces de pie? —pregunté antes de poder evitarlo.
Levantó la mirada despacio.
—Buenas tardes a ti también.
—Buenas tardes. ¿Qué haces de pie?
—Respirar. Vivir. Intentar no convertirme en parte del sofá.
Aday dejó la mochila en el suelo.
—Mamá, papá ha arreglado el escenario.
La mano de Yaiza se quedó quieta un segundo.
Papá.
Todavía nos pasaba a los dos. A mí me desarmaba. A ella le removía. Aday, en cambio, la usaba con una naturalidad que daba vértigo.
—¿Ah, sí?
—Sí. Porque es arquitecto.
—Mira qué útil.
—Y ha puesto las telas rectas.
—Eso ya es más de lo que esperaba.
—Gracias —dije.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Aday se subió al taburete de la cocina.
—Y las madres lo han invitado a merendar.
Yaiza levantó la cabeza y yo cerré los ojos, porque ya sabía lo que venía.
—Aday.
—¿Qué?
—Quizá no hace falta hacer un resumen tan completo.
—Pero es verdad.
Yaiza dejó el bol sobre la encimera.
—¿Qué madres?
—Muchas —dijo Aday.
—No fueron muchas —intervine.
—Cuatro.
Yaiza abrió los ojos.
—¿Cuatro?
—No fueron cuatro invitaciones formales.
—Una tenía bizcocho —dijo Aday—. Otra, tortitas. Otra, perro. Y otra, grupo de WhatsApp.
Yaiza me miró despacio, demasiado tranquila para ser buena señal.
—¿Grupo de WhatsApp?
—Dije que tenía que hablarlo contigo.
—Qué considerado.
—Me pareció prudente.
—A ti la prudencia te llega por rachas, ¿no?
Aday cogió una galleta del plato.
—Mamá, mi padre es el más popular entre las madres de mis compañeros.
Me apoyé en la pared.
—No soy el más popular.
—Sí.
—No.
—Sí, porque Laura dijo que eras encantador.
—Laura dijo que era muy amable.
—Eso es casi igual.
Yaiza se llevó una mano a la boca, y durante un segundo no tuve claro si estaba aguantándose la risa o las ganas de matarme.
—¿Laura?
—La madre de Lucas —explicó Aday—. Tiene gafas rojas y lo miró mucho.
—Aday —dije.
—¿Qué? Te miró mucho.
Yaiza soltó una carcajada de verdad. Se rio con la cabeza un poco echada hacia atrás, una mano en la encimera y la otra sobre el estómago. No la veía reír así desde antes de marcharme.
Y, claro, me quedé mirándola como un idiota.
Ella se dio cuenta.
—No me mires.
—No estaba…
—Sí estabas.
—Vale.
—Y tú —señaló a Aday—, deja de vender a tu padre entre las madres.
—Yo no lo vendo, ya es mi padre.
Yaiza dejó de reírse de golpe, aunque la sonrisa se le quedó en la boca.
Aday no notó el cambio. Mordió la galleta y siguió hablando.
—Además, no puede ir a merendar con todas, porque entonces no viene aquí.
Miré a Yaiza, pero ella bajó la vista al bol.
—Eso es verdad —dijo.
No fue mucho, pero fue algo: cenamos juntos.
No estaba previsto. Aday se empeñó en contarlo todo: lo de Martín en la coreografía, la camiseta nueva de Lucas, el cartel de «Feliz verano» y que la profe le había dicho que cantara más alto.
—¿Y lo has hecho? —preguntó Yaiza.
—Sí.
—¿Mucho?
—Regular.
—El próximo día saldrá bien.
Después de cenar, Aday quiso que le leyera yo. No miró a Yaiza al pedirlo, pero esperó su respuesta. Eso también era nuevo. Ella contestó casi al momento.
—Vale. Pero solo un capítulo.
—Dos.
—Uno.
—Uno largo.
—Aday.
—Vale.
Me siguió hasta su habitación con el libro bajo el brazo. Se metió en la cama, colocó el dinosaurio junto a la almohada y me señaló la silla.
—Ahí.
—Gracias por las instrucciones.
—De nada.
Me senté y abrí el libro por la marca que había dejado. Leí dos páginas. Tres, como mucho. A la cuarta, Aday dejó de mirar los dibujos y empezó a mirarme a mí.
—¿Mi abuelo de Milán ya sabe que existo?
Levanté la vista del libro.
—Sí.
—¿Se lo has contado tú?
—Sí.
—¿Y qué dijo?
Cerré el libro sobre mi dedo para no perder la página, aunque ya no iba a seguir leyendo de inmediato.
—Que estaba deseando conocerte.
Aday se quedó pensando.
—¿Está contento?
—Mucho.
—¿Y vive muy lejos?
—En Milán.
—¿Donde trabajas tú?
—Sí.
—¿Y tienes casa allí?
—Sí.
—¿Y habitación?
—También.
—¿Y vas a volver?
Ahí estaba la pregunta que no había querido hacer hasta quedarse a solas conmigo.
—Tengo trabajo allí —respondí, con cuidado—. Y una casa. Y cosas que ordenar.
Aday bajó la mirada al edredón.
—Pero ¿vas a volver y nos vas a dejar solos?
Me quedé sin aire un segundo. Lo había dicho tan claro, con esa inocencia, que me removió entero.
—No voy a dejarte solo.
—¿Y a mamá?
—Tampoco quiero dejar sola a tu madre.
Aday me miró.
—Pero antes te fuiste.
No había reproche en su voz, pero, sin saberlo, dio en la diana.
—Sí. Antes me fui.
—¿Porque no sabías lo mío?
—También. Pero no solo por eso.
—¿Por qué más?
Me pasé una mano por la mandíbula.
—Porque fui cobarde. Pensé más en mí que en lo que podía pasar después.
Aday arrugó la nariz.
—Eso está mal.
—Mucho.
—¿Ahora vas a hacerlo bien?
El pecho se me cerró un poco.
—Voy a intentarlo todos los días.
—¿Aunque mamá se enfade?
—Aunque se enfade.
Aday pareció quedarse más tranquilo.
—Vale. Entonces puedes leer otra página.
—¿Solo otra?
—Bueno, dos. Pero no se lo digas a mamá.
—Tu madre se entera de todo.
—Sí, pero a veces hace como que no.
Miré hacia la puerta entreabierta.
No vi a Yaiza, pero habría apostado cualquier cosa a que estaba cerca.
Leí dos páginas más. Aday aguantó despierto hasta la mitad de la segunda. Después cerró los ojos, con una mano sobre el dinosaurio y la otra debajo de la almohada.
Me quedé mirándolo unos segundos.
Yaiza apareció en la puerta cuando salí. No pregunté si nos había escuchado.
Tampoco hacía falta.
—Está dormido —murmuré.
—Ya.
Me aparté para que pudiera entrar a darle el beso de buenas noches. Yaiza caminó despacio, apoyándose en la muleta, se inclinó con cuidado sobre la cama y le apartó el pelo de la frente antes de besarlo.
Al salir, no cerró del todo la puerta.
Nos quedamos en el pasillo, uno frente al otro.
—Me ha preguntado si voy a volver a irme —dije.
Yaiza apretó los labios.
—Lo sé.
—¿Lo has oído?
—Casi todo.
Asentí, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
—No sé cómo hacerlo bien.
—Ninguno de los dos sabe.
—No quiero prometerle algo que luego no pueda cumplir como él lo imagina.
—Entonces no lo hagas.
—No lo he hecho.
—Ya lo sé.
Nos miramos en silencio.
Yaiza parecía cansada. No solo por la pierna. Cansada de medir cada palabra, de adelantarse a todos los golpes y de vivir esperando que algo saliera mal.
Del cuarto de Aday llegó su voz adormilada:
—Mamá.
Yaiza volvió a entrar.
Yo me quedé fuera, apoyado en el marco.
—¿Qué pasa, mi amor?
—Papá no nos va a dejar solos, ¿verdad?
Yaiza tardó un segundo en contestar, pero cuando lo hizo, su voz salió firme.
—No, mi amor. Papá no quiere dejaros solos.
Cerré los ojos.
No arreglaba siete años ni borraba nada, pero, viniendo de ella, fue mucho.
Yaiza salió de la habitación un momento después y me encontró en el mismo sitio.
—Gracias —dije.
Ella me miró despacio, agotada y seria.
—No lo estropees.
Tragué saliva.
—No quiero hacerlo.
—Eso no siempre basta.
—Lo sé.
Nos quedamos callados otra vez, con la puerta de Aday entreabierta y su respiración tranquila al otro lado.
No era perfecto, ni fácil, ni siquiera ordenado. Pero Aday dormía tranquilo, Yaiza no me había echado y yo seguía allí, en aquel pasillo, sin buscar una excusa para salir corriendo.
Por primera vez desde que todo había estallado, no sentí que estaba llegando tarde a todo, sino que estaba allí. Y que, quizá, si no volvía a huir, algún día eso podría empezar a bastar.