Capítulo 27
Nicolás
La primera vez que Aday me pidió que fuera al colegio como padre, lo hizo con una circular arrugada en una mano y un trozo de pan en la otra.
No hubo momento bonito de película. Ni pausa importante. Ni nada que me avisara de que aquello se me iba a quedar clavado.
Solo Aday, sentado en la barra de la cocina, con la mochila abierta a sus pies, una carpeta verde a su lado y la camiseta llena de migas.
—Papá, ¿puedes venir el viernes al cole?
Nos quedamos quietos los dos.
Yaiza estaba en el sofá, con la pierna sobre un cojín y el móvil en la mano, aunque hacía rato que no le hacía caso.
Cada vez que Aday decía papá, algo cambiaba un poco. En él, en mí y también en Yaiza, por mucho que ella disimulara.
Aday no pareció darse cuenta del silencio. O sí, pero decidió que los adultos ya nos apañaríamos.
—Es para la fiesta de fin de curso —añadió—. La profe dice que faltan manos.
Tragué saliva.
—¿Faltan manos?
—Sí. Para montar cosas.
Abrió la carpeta, sacó una hoja doblada de cualquier manera y me la tendió.
—Dice que las familias tienen que ayudar.
Familias.
Tuve que leerlo dos veces, aunque estaba bastante claro: fiesta de fin de curso, viernes por la tarde, escenario, decoración, ensayos y familiares voluntarios.
—¿Y quieres que vaya yo?
Aday me miró como si la pregunta fuera absurda.
—Sí.
—¿Por algo en especial?
—Porque mamá no puede subir escaleras todavía.
—Cierto.
—Y porque eres alto.
Yaiza soltó una risa por la nariz.
—Al parecer, he sido seleccionado por mis cualidades técnicas —dije.
—No te vengas arriba —contestó ella—. Eres una escalera con pelo.
Aday se rio.
—Y porque eres arquitecto. Se te dan bien esas cosas, ¿no?
Esa vez fui yo quien miró a Yaiza.
Ella levantó las cejas, como diciendo que aquella sí era una razón aceptable.
—Algunas cosas sí —respondí.
—Pues tienes que venir.
—Entonces vendré.
Aday sonrió, satisfecho, y volvió a su pan como si ya no hubiera nada más que hablar. Yo doblé la circular con cuidado.
—¿A qué hora?
—A las cuatro y media, pero mejor antes.
—¿Mejor antes?
—Sí. La profe se pone nerviosa si la gente llega tarde.
—Tu profe y tu madre tienen cosas en común.
Yaiza levantó la vista del móvil.
—Cuidado.
—Estoy siendo diplomático.
—Se te nota poco.
Aday se bajó de la silla y metió la carpeta en la mochila.
✤ ✤ ✤
El viernes llegué al colegio quince minutos antes. Aday había insistido tanto en que la profe se ponía nerviosa que, por si acaso, preferí no apurar.
Bajó del coche con su mochila pequeña, la camiseta blanca de la actuación y una ilusión que se le veía en la cara.
—Hoy tienes que ayudar de verdad —me advirtió mientras cruzábamos hacia la puerta lateral.
—Eso intentaré.
—Y si no sabes hacer algo, preguntas.
—Buena estrategia.
—Y no digas que sí a todo.
Lo miré.
—¿Eso quién te lo ha dicho?
—Mamá.
—Claro.
—Dice que luego te lías.
—Tu madre dice eso porque confía poco en mí.
—Sí confía.
—¿Ah, sí?
—Sí, pero se hace la enfadada.
No contesté, porque no estaba preparado para que mi hijo de seis años me dejara sin defensa antes de entrar en un colegio.
Aday me cogió de la mano al cruzar la puerta, y yo se la apreté sin pensarlo.
El patio estaba lleno de mesas plegables, guirnaldas, cartulinas, globos y adultos con cara de «que alguien me saque de aquí». Contra una pared habían montado una tarima pequeña, varias sillas seguían apiladas y un cartel a medio pintar decía «Feliz verano», con una z bastante dudosa.
Una mujer con gafas rojas y una carpeta vio a Aday y sonrió.
—¡Aday! ¡Qué bien! ¿Has traído ayuda?
—Sí —dijo él—. He traído a mi padre.
Lo dijo alto, clarísimo, como si nada, y la mujer levantó la mirada hacia mí.
—Ah.
Después volvió a mirarme y sonrió, como si con eso ya estuviera todo dicho.
—Hola. Soy Laura, la madre de Lucas.
—Nicolás.
Le estreché la mano.
—Encantada.
Aday tiró un poco de mi mano.
—Mi padre es italiano.
—¿Ah, sí? —preguntó Laura, con más interés del necesario.
—Medio —aclaré.
—Pero sabe hablar italiano de verdad —añadió Aday.
Miré a mi hijo.
—Gracias por el detalle.
—De nada.
Laura se rio.
—Pues nos vienes de maravilla, Nicolás. Tenemos que terminar el escenario y colocar las telas de atrás, pero no nos está quedando muy… estable.
Miré hacia la tarima.
Habían intentado montar algo sencillo: dos soportes laterales, una barra arriba y varias telas claras cayendo por detrás. La idea era buena, pero una de las bases estaba torcida, la barra no quedaba centrada y las telas bajaban tanto que tapaban parte del cartel.
—¿Tenéis bridas?
Laura parpadeó.
—Creo que sí.
—¿Cinta de carrocero?
—También.
—¿Y alguien sabe si esa barra se puede mover unos centímetros a la izquierda?
Aday me miró como si acabara de descubrir una versión nueva de mí.
—Sí que sabes.
—A veces.
—Es arquitecto —dijo él a Laura, orgulloso.
Ella sonrió.
—Eso explica muchas cosas.
A los diez minutos ya había conocido a Laura, a Mònica, a Laia y a Jana. No estaba seguro de quién era madre de quién porque todas hablaban a la vez, pero sí entendí que el escenario llevaba media tarde desafiando la paciencia de todo el mundo.
Me subí a una escalera, revisé los soportes y recolocamos la barra. Mònica sujetó una punta, Laura la otra y Laia opinó desde abajo con muchísimo entusiasmo.
—Un poquito más arriba.
—Si subimos más, tapamos la ventana —dije.
—Ah, claro. Qué ojo.
No era tener buen ojo; era medir y colocar las cosas con un mínimo de sentido. Pero me callé. Aday estaba a mi lado con una caja de bridas.
—Papá, ¿te paso una?
—Sí, por favor.
Me la dio con una seriedad absoluta.
—¿Así?
—Perfecto.
Apretamos las telas, corregimos la caída y centramos el cartel. Después moví dos mesas, cambié la orientación de unas sillas para que no bloquearan el paso y propuse poner los globos en dos grupos, en lugar de desperdigarlos por todo el escenario como si hubieran explotado.
—Pues queda mucho mejor —dijo Laura.
—Solo había que ordenar un poco el espacio.
Jana suspiró.
—Qué bonito suena eso dicho así.
Mònica le dio un codazo. Yo miré a Aday, que seguía a mi lado con la caja de bridas y una sonrisa enorme.
—Mi padre hace edificios —dijo.
—Bueno, no los hago yo solo.
—Pero haces planos.
—Sí.
—Y maquetas.
—También.
—Y esto es como una maqueta grande.
Miré el escenario, las telas, los globos y el cartel.
—Más o menos.
—Pues te ha quedado bien.
No supe qué responder. Aday me dio otra brida, muy serio, y añadió en voz baja:
—Mamá va a decir que no te lo creas mucho.
—Seguro.
—Pero yo creo que sí puedes creértelo un poco.
Me habría gustado contestar algo ingenioso, pero no se me ocurrió nada. Así que cogí la brida, la coloqué y seguí trabajando con un nudo raro en la garganta.
Las guirnaldas, las telas y las mesas no fueron el problema. Eso lo tenía controlado.
El problema fueron las madres.
A medida que avanzaba la tarde, empezaron a acercarse. Primero con preguntas normales. Después, con excusas que ya no engañaban a nadie.
—Nicolás, ¿puedes mirar si esta mesa cojea?
La mesa no cojeaba.
—Nico, ¿tú crees que aquí quedaría mejor una guirnalda o dos?
No hacía falta ninguna más.
—Perdona, ¿cómo se dice feliz verano en italiano?
Eso sí me desconcertó.
— Buona estate .
Laia se llevó una mano al pecho.
—Ay, qué bonito.
Aday, que estaba clasificando globos por colores, levantó la cabeza.
—Lo dice normal.
—Claro —respondió Laia, sin dejar de sonreír—. Normal.
Yo bajé la vista a los globos.
—Aday, ¿me ayudas con esas sillas?
—Sí.
Huir con un niño de seis años como coartada no era elegante, pero servía.
El ensayo empezó una hora después. Los niños cantaron una canción sobre el verano, otra sobre cuidar el planeta y se marcaron una coreografía en la que ninguno iba coordinado.
Aday estaba en segunda fila. Cada vez que me veía, levantaba la mano, aunque la profesora ya le había dicho tres veces que durante la canción no se saludaba.
Yo aguanté hasta la cuarta.
Entonces saludé.
La profesora me miró mal. Aday se rio.
No me arrepentí.
Después del ensayo, mientras recogíamos parte del material, Laura apareció con dos botellas de agua.
—Toma. Os hemos tenido explotados.
—Gracias.
—Aday está feliz de que hayas venido.
Miré hacia el escenario. Aday estaba sentado con Lucas, enseñándole algo que llevaba en el bolsillo. Seguramente una piedra. A esas alturas ya había decidido no preguntar por todo lo que salía de sus bolsillos.
—Yo también.
Laura me observó un segundo con curiosidad.
—No te habíamos visto antes por aquí.
No lo dijo mal, ni con reproche. Pero me tocó igual.
—No —respondí—. He llegado tarde.
Ella no supo muy bien qué hacer con aquello. Yo tampoco.
Al final sonrió, un poco más suave.
—Pero has venido.
No contesté, porque no siempre bastaba. Pero aquella tarde, con Aday buscándome cada dos minutos entre la gente, quise creer que podía ser un comienzo.
Cuando terminamos de recoger, Jana se acercó con una sonrisa enorme.
—Oye, unas cuantas madres vamos a merendar con los niños después de la fiesta, por si os queréis apuntar.
—Gracias, pero hoy no puedo.
—Otro día, entonces.
—Ya veremos.
—También tenemos un grupo de WhatsApp de familias.
—Ah.
—Por si quieres entrar.
—Mejor hablo antes con Yaiza.
Las tres sonrieron.
No sé qué interpretaron, pero, por sus caras, seguro que no era lo que yo pretendía.
Aday apareció a mi lado.
—Papá, Lucas dice que su madre hace bizcocho de chocolate.
—Qué bien.
—Y la madre de Martín hace tortitas.
—También muy bien.
—Y la de Alba tiene un perro.
—Eso ya es otro nivel.
Laura se rio.
—Podéis venir cuando queráis.
—Gracias —dije.
Aday me miró, muy serio.
—Tenemos muchas invitaciones.
—Ya lo veo.
—Somos populares.
—Tú más que yo.
—No. Tú también.
Las madres volvieron a reírse.
Yo cogí la mochila de Aday para tener algo que hacer con las manos.
—Nos vamos —dije—. Tu madre estará esperando.
—Vale.
—Despídete.
Aday se despidió de todo el mundo. Yo hice lo mismo, con cuidado de no acabar invitado a una merienda, un cumpleaños o una excursión al museo.