Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 26
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Capítulo 26

Yaiza

Dormí poco y mal. La pierna dolía, claro, pero no más que otros días, y Aday ni siquiera se despertó. La que no pegó ojo fui yo, dando vueltas en la cama y repitiendo en mi cabeza la conversación con Nicolás.

«No puedo seguir siendo Nico para él toda la vida».

Qué frase más puñetera.

Lo peor era que no había sonado a reproche. Ni siquiera a amenaza, aunque había dejado claro que no pensaba quedarse quieto para siempre. Había sonado a verdad. Y las verdades, cuando llegan tarde, escuecen el doble.

A primera hora, Aday apareció en el salón con el pelo de punta y un dinosaurio bajo el brazo.

—Buenos días.

—Buenos días, mi amor.

Se acercó al sofá y me miró la pierna.

—¿Hoy te duele mucho o poco?

—Regular.

Entornó los ojos.

—¿Regular de verdad o regular de mayores?

—Regular de verdad.

—Vale.

Se subió con cuidado a mi lado y apoyó la cabeza en mi brazo. Antes del accidente habría trepado encima de mí como si yo fuera un castillo hinchable. Ahora calculaba dónde ponía las rodillas, dónde dejaba el dinosaurio y cuánto podía acercarse sin tocarme la pierna.

Eso también me partía un poco.

—Hoy viene Nico, ¿no?

Ahí estaba, antes del desayuno, del colegio y casi del día entero: Nico.

—Sí —dije.

—¿Me recoge?

—Sí.

—¿Y merendamos?

—Supongo.

—¿Supones?

—Merendar vas a merendar, Aday.

—Pero con Nico.

Respiré despacio.

—Sí. Con Nico.

Mi hijo sonrió como si aquello dejara el día ordenado.

Y yo sentí una punzada en el pecho que no tenía nada que ver con la pierna.

Después del desayuno, mientras Aday buscaba una sudadera que estaba justo delante de sus ojos, llamé a Arai. Necesitaba oírla, aunque no quería que me dijera nada sensato, porque últimamente la gente sensata me estaba poniendo de los nervios.

Contestó al tercer tono.

—¿Estás bien?

—No empieces así.

—Vale. ¿A quién hay que matar?

—A nadie.

—Entonces estás peor de lo que pensaba.

Me pasé una mano por la cara.

—Nicolás quiere que se lo contemos a Aday.

Arai se quedó callada, que en ella ya era decir bastante.

—Ya lo sé —dije antes de que hablara.

—No he dicho nada.

—Pero estás tan correcta que me pones nerviosa.

—Estoy intentando no meter la pata.

—¿Desde cuándo?

—Desde que mi mejor amiga amenaza con morder a cualquiera que le diga algo que no quiere oír.

Miré hacia el pasillo. Aday seguía buscando la sudadera, ahora dentro de una mochila en la que no cabía ni una manga.

—Tiene razón —murmuré.

Arai no respondió enseguida.

—Sí.

Cerré los ojos.

—Te odio un poco.

—Lo sé.

—Podrías mentirme.

—Podría, pero me saldría fatal y tú me pillarías.

—También.

La oí moverse al otro lado. De fondo, uno de sus hijos gritó algo sobre un calcetín perdido y Bruno contestó que los calcetines no se fugaban solos.

—Yaiza —dijo Arai, más bajo—. No tienes que hacerlo perfecto. No existe una forma perfecta de contar algo así. Pero Aday ya lo quiere. Ya lo está colocando en un sitio importante. Si tardáis demasiado, lo que habéis callado va a pesar más que la verdad.

Me mordí el labio.

—No fue una mentira.

—Lo sé.

—No lo hice por hacerle daño.

—También lo sé.

—Tenía miedo.

—Y lo sigues teniendo.

Me enfadé porque volvió a acertar.

—Qué asco das cuando tienes razón.

—Me lo dicen mucho.

—Seguro que Bruno no.

—Bruno me lo dice con cara de resignación.

Aday apareció en la puerta del salón con una sudadera distinta.

—Mamá, esta combina con los calcetines.

No combinaba con nada. Ni siquiera los calcetines combinaban entre ellos.

—Perfecto —dije.

Arai lo oyó y soltó una risa.

—Te dejo. Luego me cuentas.

—Si sobrevivo.

—Sobrevives siempre.

Colgué antes de que dijera algo que me hiciera llorar.

Esa tarde, Nicolás trajo a Aday del colegio con la mochila cerrada, las manos limpias y el bocadillo de queso cortado en triángulos. Lo del bocadillo ya empezaba a parecer una provocación, porque ni siquiera tenía la decencia de hacerlo regular.

—Mamá —dijo Aday al entrar—, Nico ya corta los triángulos igual que tú.

—Qué disgusto.

Nicolás dejó las llaves en el cuenco de la entrada, donde ya las dejaba sin preguntar. Lo vi hacerlo y me molestó. No porque estuviera mal, sino porque encajaba demasiado.

—No quería causar una crisis geométrica —dijo.

—Muy considerado por tu parte.

Aday se sentó en la alfombra con su merienda.

—Hoy Martín ha dicho que su padre no sabe hacer bocadillos.

Nicolás se quedó quieto junto a la entrada. Yo bajé la mirada al plato de Aday, que siguió comiendo tan tranquilo, sin saber que nos acababa de dejar sin respuesta.

—Dice que siempre le pone demasiado jamón y luego se le cae.

Tragué saliva.

—Qué drama.

—Sí.

Nicolás me miró. No dijo nada, pero los dos entendimos lo mismo: Aday estaba empezando a rozar una verdad que todavía no sabía nombrar.

—Aday —dije, antes de arrepentirme—. Cuando termines de merendar, Nico y yo queremos hablar contigo.

Mi hijo levantó la cabeza de golpe.

—¿He hecho algo?

—No.

—¿Es por la piedra que está en el bolsillo pequeño?

Suspiré.

—No sabía que había una piedra en el bolsillo pequeño.

—Entonces no.

Nicolás se tapó la boca para no reírse. Lo miré mal.

—No ayudes.

—No estoy ayudando. Me estoy conteniendo.

Aday apretó el bocadillo con las dos manos.

—¿Me vais a regañar los dos?

La pregunta dolió más de lo que quise admitir.

—No, cariño. Nadie va a regañarte.

—¿Entonces por qué tenéis cara rara?

Nicolás se acercó despacio y se sentó en una silla, no en la alfombra.

Yo me incorporé en el sofá, apoyé bien la espalda y me acomodé como pude.

Me habría gustado levantarme, caminar, no sentirme tan limitada; pero tenía una manta sobre las piernas, la muleta al lado y pocas opciones más, así que decidí que aquello también valía.

—Porque lo que queremos contarte es importante —dije.

Aday miró a Nicolás.

—¿Te vas?

Lo soltó tan de golpe que hasta Nicolás perdió un poco el color.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces vale.

Ojalá fuera tan fácil, pensé justo antes de que mi hijo dejara el bocadillo en el plato y se limpiara las manos en el pantalón.

—Aday —dije—. Hay algo que tendría que haberte contado antes.

Nicolás abrió la boca, pero no dijo nada. Me dejó hacerlo, y eso también me dolió, porque habría sido más fácil enfadarme si hubiera metido la pata.

—Tú sabes que siempre te he dicho que tu papá no sabía que podía estar.

Aday asintió despacio.

—Sí.

—Y sabes que no he hablado mucho de él.

—Porque te ponías triste.

Me quedé sin aire un instante.

—Sí. Un poco por eso.

—Y porque te enfadabas.

Nicolás bajó la mirada, y yo cerré los dedos sobre la manta para no decir algo peor.

—También.

Aday miró de uno a otro.

—¿Nico sabe quién es?

Se me cerró la garganta. Nicolás levantó la cabeza y yo tardé un segundo en poder contestar.

—Sí —dije al fin—. Nico lo sabe.

Aday se quedó pensando.

—¿Es amigo de mi papá?

No pude evitarlo. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—No, mi amor.

Nicolás respiró hondo.

—Aday —dijo, con una voz que le salió más rota de lo que seguramente quería—. Soy yo.

Mi hijo se quedó quieto de una forma que me dio ganas de recoger las palabras, esconderlas debajo de la alfombra y fingir que aquello no había pasado. Pero ya estaba dicho y no había forma de volver atrás.

—¿Tú eres mi papá? —preguntó.

Nicolás asintió.

—Sí.

Aday miró su bocadillo. Luego a mí. Después otra vez a Nicolás.

—¿De verdad?

—De verdad —contesté.

—¿Y no lo sabías?

Nicolás negó despacio.

—No. No lo sabía.

Aday frunció el ceño.

—¿Mamá no te lo dijo?

Ahí estaba la pregunta que llevaba años temiendo. Nicolás se movió en la silla, pero fui yo quien contestó.

—No.

Mi hijo me miró sin enfado, al menos de momento, solo intentando entender.

—¿Por qué?

Me limpié una lágrima rápido, con rabia. No quería llorar delante de él, y menos en ese momento, pero mi cuerpo decidió ir por libre y dejarme en evidencia.

—Porque me dio miedo —dije—. Porque estaba enfadada con Nico, porque él se había ido y porque yo no supe hacerlo mejor.

Nicolás cerró los ojos un instante. Aday bajó la mirada, demasiado serio para sus seis años.

—¿Yo era un secreto?

Sentí la palabra como un golpe.

—No, mi amor. Tú no. Nunca. Tú has sido lo más importante de mi vida desde antes de nacer.

—Pero Nico no lo sabía.

—No.

—Entonces era secreto para él.

No supe qué contestar, porque tenía razón. A sus seis años, Aday acababa de dejarme sin defensa sin saberlo.

Nicolás se agachó delante de él, despacio.

—Aday, mírame.

Él lo hizo.

—Que yo no lo supiera no significa que tú fueras algo malo. Ni algo que hubiera que esconder porque no importara. Tu madre te ha cuidado siempre, Aday. Eso no lo cambia nada.

Yo apreté los labios para no romperme.

—Pero también es verdad —siguió Nicolás— que me habría gustado saberlo antes.

Aday se quedó callado.

—¿Estás enfadado? —pregunté.

Mi hijo me miró.

—No sé.

Aquello fue peor que un sí.

—Vale —susurré.

—Estoy pensando.

—Claro.

Lo vi pensar de verdad, con la frente arrugada, las manos sobre las rodillas y el bocadillo olvidado a un lado.

—Entonces… ¿Puedo llamarte papá?

Nicolás se quedó tan quieto que parecía que hasta le costaba respirar.

—Puedes llamarme como tú quieras.

—Pero puedes ser papá.

—Sí.

—Y Nico también.

A Nicolás se le humedecieron los ojos.

—También.

Aday asintió, como si estuviera organizando todo dentro de su cabeza.

—Vale.

Yo parpadeé.

—¿Vale?

—Sí.

—¿Solo vale?

—¿Qué tengo que decir?

—Nada, cariño. Nada.

Se acercó a Nicolás y le tocó la cara con una mano pequeña, como si comprobara que seguía siendo el mismo.

—Estoy contento.

Nicolás soltó el aire de golpe.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Por qué?

Aday se encogió de hombros.

—Porque eres tú.

Aquello me dolió de una forma limpia, sin reproche, pero me dolió igual. Para él era así de sencillo, y yo había pasado años levantando muros alrededor de una verdad que mi hijo estaba mirando de frente con mucha más valentía que yo.

—Y porque no podría haber imaginado un papá mejor —añadió.

Me tapé la boca con una mano. Nicolás aguantó como pudo, sin hacer ningún espectáculo: solo cerró los ojos y apoyó la frente un segundo contra las manos de Aday.

—Gracias, campeón.

—¿Ahora puedo terminarme el bocadillo?

Nicolás soltó una risa que sonó a llanto. Yo también me reí, aunque se me escaparon las lágrimas.

—Sí, mi amor. Puedes terminarte el bocadillo.

Aday volvió a sentarse, cogió el plato y dio otro mordisco como si acabáramos de hablar de cambiar de marca de yogures.

—¿Tengo que decírselo a Martín?

—No si no quieres —dije.

—Vale. Es que luego pregunta mucho.

—Entonces mejor no.

—¿Y a la profe?

—Tampoco hace falta ahora mismo.

—Vale.

Masticó en silencio unos segundos.

—¿Puedo llevar también su apellido?

Nicolás me miró.

Yo respiré hondo.

—Eso lo hablaremos con calma, mi amor.

—¿Pero puedo?

—Sí —dijo Nicolás, muy bajo—. Si tú quieres, sí.

—Morelli suena raro.

—Es italiano.

—Ah.

—Santana Morelli queda bien —dijo Nicolás.

Aday pensó.

—Morelli Santana también.

Yo lo miré.

—¿Te gusta más?

—No sé. Tengo que probarlo escribiendo.

—Me parece justo.

Se levantó de golpe.

—Voy a por un papel.

—Despacio —dijimos Nicolás y yo a la vez.

Aday nos miró, primero a Nicolás y luego a mí, antes de sonreír.

—Habéis hablado igual.

Y se fue al pasillo tan tranquilo.

Me quedé con Nicolás en el salón, los dos en silencio y un poco rotos, mirando el hueco por el que acababa de desaparecer nuestro hijo.

Nuestro hijo.

La palabra ya no estaba escondida.

Nicolás me miró.

—¿Estás bien?

Solté una risa seca y me limpié la cara.

—No hagas preguntas absurdas.

—Vale.

—Y no me mires así.

—¿Cómo?

—Como si fuera a deshacerme.

—No creo que te deshagas.

—Más te vale.

Se quedó callado un momento.

—Gracias.

Lo miré.

—No me las des todavía.

—Yaiza…

—He dicho que no me las des todavía. No porque me arrepienta, sino porque ahora mismo me siento fatal y, si me das las gracias, igual te tiro el plato del bocadillo.

Nicolás bajó la vista al plato.

—Sería un desperdicio. Está en triángulos.

Me reí sin querer, con una risa fea, llorada y agotada.

—Eres idiota.

—Un poco.

—Y no digas que ha ido bien.

—No lo iba a decir.

—Sí lo ibas a decir.

—Puede.

—Pues no.

Nicolás asintió.

—No ha ido bien.

Lo miré, esperando.

—Ha ido mejor de lo que yo habría sabido soñar —dijo.

Maldito fuera.

Me giré hacia la ventana porque no pensaba llorar otra vez delante de él.

—Qué grima das cuando te pones así.

—Lo sé.

Aday volvió con un folio y un lápiz.

—Mamá, ¿cómo se escribe Morelli?

Nicolás contestó antes de que yo pudiera:

—Eme, o, erre, e, ele, ele, i.

Aday se sentó en la alfombra y empezó a escribirlo con la lengua asomando por la comisura.

Me quedé mirándolo.

A él. A Nicolás.

A la casa, que seguía siendo la misma y, al mismo tiempo, ya no lo era.

Me había pasado años creyendo que contar la verdad iba a romper algo. Y quizá sí. Quizá había roto el silencio, lo que había callado y un poco a mí también.

Pero Aday levantó el folio, orgulloso, con su nombre escrito torcido y enorme.

—Aday Santana Morelli —leyó—. Queda largo.

Nicolás sonrió.

—Un poco.

—Pero mola.

Yo asentí, con la garganta cerrada.

—Sí, mi amor. Mola.

Aday volvió al folio, concentrado, como si acabara de estrenar una parte nueva de sí mismo.

Y yo me quedé allí, en mi sofá, con la pierna dolorida, la cara mojada y Nicolás sentado a unos pasos, entendiendo por fin algo que llevaba demasiado tiempo sin querer mirar.

Aday no había perdido nada por saber la verdad.

El miedo era mío, y ahora me tocaba ver qué hacía con él.