Demasiado personal, señor Morelli Capítulo 25
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Capítulo 25

Nicolás

Los días siguientes dejaron de parecer una emergencia y empezaron a parecer una rutina. Y eso fue bastante peor.

Cuando todo era urgente, solo tenía que hacer lo que tocaba: llevar a Aday al colegio, acompañar a Yaiza a rehabilitación, preparar una merienda, recoger una mochila y no meter la pata más de lo necesario. Pero la rutina era otra cosa.

Era saber que Aday odiaba el tomate en el bocadillo, pero solo si tocaba el pan.

Que el queso tenía que ir cortado fino porque, si no, decía que se le hacía bola.

Que los miércoles llevaba chándal y los viernes salía con más hambre porque tenían psicomotricidad.

Que antes de entrar al colegio siempre se acordaba de algo en el último segundo: un dibujo, una piedra, una frase para su madre o un beso rápido que me dejaba más descolocado de lo que quería admitir.

También era aprender que Yaiza salía de rehabilitación con la mandíbula apretada cuando le había dolido demasiado.

Que si no decía nada en el coche, era mejor no preguntar.

Que si decía «estoy bien», casi nunca lo estaba.

Y que prefería llamarme pesado antes que admitir que le venía bien que llevara agua, galletas o una bolsa de hielo preparada.

Lo peor era que cada día me salía un poco más fácil.

El lunes siguiente, Aday se subió al coche y dejó la mochila en el asiento con un golpe.

—Hoy Martín se ha enfadado conmigo.

Lo miré por el retrovisor antes de arrancar.

—¿Por qué?

—Porque he jugado con Lucas en el patio.

—¿Y eso está prohibido?

—No.

—Entonces Martín tiene un problema.

Aday suspiró como si aquello fuera complicadísimo y yo no estuviera a la altura.

—Dice que si juego con Lucas, luego no puedo jugar con él.

—Eso no funciona así.

—Ya. Eso le he dicho.

—¿Y qué ha dicho él?

—Que entonces no era mi amigo.

Apreté los dedos sobre el volante.

Quise contestar rápido. Decirle que Martín se estaba portando fatal, que ningún niño tenía derecho a ponerle condiciones, que si alguien le hacía daño, yo podía plantarme allí y… No. Eso no.

Respiré.

—¿Y tú qué piensas?

Aday se quedó callado un momento.

—Que sí es mi amigo, pero hoy ha sido un poco tonto.

Se me escapó una risa.

—Pues igual mañana se le pasa lo tonto.

—Puede ser.

—Y si no se le pasa, tú puedes seguir jugando con Lucas.

—¿Aunque Martín se enfade?

—Aunque se enfade.

Me miró por el retrovisor.

—¿Por eso tú vienes aunque mamá se enfade?

Ahí estaba. De la nada. Como siempre.

—Sí.

—Vale.

No supe qué decir.

Aday se quedó mirando por la ventana y añadió:

—Entonces igual Lucas también puede venir aunque Martín se enfade.

—Tiene sentido.

—Claro.

Lo dijo tranquilo, como si acabara de resolver un problema sencillo.

Yo conduje hasta casa de Yaiza con una sensación rara en el pecho. No era orgullo. No solo. Era algo más grande y bastante más peligroso.

Cuando llegamos, Yaiza estaba en el sofá con una libreta sobre las piernas y la muleta apoyada cerca. Ya se movía mejor por la casa, aunque todavía se cansaba rápido y se enfadaba más rápido aún.

Aday entró primero.

—Mamá, Martín ha sido tonto hoy.

—Hola a ti también, cariño.

—Hola.

—Ahora sí. ¿Qué ha pasado?

Él se sentó a su lado y se lo contó todo.

Yaiza lo escuchó sin interrumpirlo. Eso se le daba bien. Podía estar agotada, con dolor y con ganas de mandar a todo el mundo a paseo, pero cuando Aday hablaba, lo escuchaba de verdad.

—Entonces te ha hecho sentir mal por jugar con Lucas —resumió cuando él terminó.

Aday asintió.

—Un poco.

—Pues si mañana Martín vuelve con lo mismo, le dices que puedes jugar con más niños y seguir siendo su amigo.

Aday me señaló.

—Eso dijo Nico.

Yaiza levantó la vista hacia mí.

Yo seguía junto a la entrada, con las llaves en la mano y la sensación de estar escuchando algo que no me correspondía del todo.

—Por una vez no ha dicho ninguna tontería —añadió ella.

—Gracias —dije.

—No te acostumbres.

—No me daría tiempo.

Aday se bajó del sofá.

—Voy a lavarme las manos.

Cuando desapareció, Yaiza dejó la libreta en la mesa.

—Lo has hecho bien.

La miré, por si se lo había dicho al mueble.

—¿Perdona?

—No hagas que lo repita.

—No pensaba.

—Has preguntado antes de darle una solución. Eso está bien.

Me quedé quieto. Aquello no era una pulla, pero tampoco era una tregua completa.

—Gracias.

—No era un premio.

—Lo sé.

—Era una observación.

—También lo sé.

Yaiza me miró con los ojos entornados.

—Qué rabia das cuando obedeces y encima no discutes.

—Estoy probando cosas nuevas.

—Pues prueba menos. Así no hay quien te odie tranquila.

Me salió una sonrisa antes de poder evitarlo.

—¿Quieres odiarme tranquila?

—Muchísimo.

—Intentaré colaborar.

—Eso sí se te da bien.

La pulla siguió doliendo, pero venía después de un «lo has hecho bien», y eso cambiaba las cosas.

Los días siguientes dejaron de sentirse provisionales casi sin darnos cuenta: Aday empezó a esperarme en la puerta del colegio, Yaiza avanzó en rehabilitación a base de esfuerzo y malas caras, y el viernes preparé el bocadillo en triángulos sin que nadie tuviera que recordármelo.

—Vas mejorando —dijo él.

—Me esfuerzo.

—Mamá dice que eso no siempre basta.

—Tu madre dice muchas cosas.

—Sí. Pero casi siempre acierta.

—Eso también es verdad.

Ese mismo viernes por la tarde fuimos al parque. Yaiza estaba demasiado cansada para bajar, pero se negó a quedarse sin controlarlo todo.

—Media hora, sin fútbol, sin subirse a sitios raros y, si se cansa, volvéis.

—Entendido.

—No me contestes tan rápido, que parece que quieres quitarme de encima.

—Estoy memorizando tus órdenes.

Aday nos miró desde la puerta.

—¿Puedo respirar en el parque o también hay normas?

Yaiza lo señaló con la muleta.

—Tú no te pases de listo.

—Vale.

Volvimos casi cuarenta minutos después, con Aday rojo de correr y una historia larguísima sobre un perro llamado Roco. Dejé las llaves en el cuenco de la entrada sin preguntar dónde iban y me di cuenta de lo fácil que había sido acostumbrarme.

Esa noche, Aday se quedó dormido antes de terminar el cuento. Lo llevé a su habitación porque Yaiza me lo pidió con un gesto; ya caminaba algo mejor, pero cargar con él todavía era otra historia.

Aday pesaba poco y mucho a la vez.

Lo dejé en la cama, le aparté el pelo de la frente y me quedé un segundo mirándolo. Tenía la boca entreabierta, una mano sobre el peluche y la otra cerrada alrededor de una piedra que seguramente había olvidado soltar.

—Esa va a acabar en la lavadora —murmuró Yaiza desde la puerta.

Me giré.

Estaba apoyada en la muleta, con cara de cansancio y algo más.

—Tiene una buena colección.

—Tiene una colección de porquerías.

—No se lo digas así. Él cree que son tesoros.

—Ya. Por eso no las tiro cuando duerme.

Salimos al pasillo despacio. Ella fue hasta el sofá y yo recogí los vasos de la cena.

No hacía falta preguntarle si quería ayuda.

Habíamos llegado a un punto extraño en el que algunas cosas simplemente pasaban.

Yo recogía la cocina. Ella fingía que no le importaba.

Aday daba por hecho que al día siguiente volveríamos a estar todos en algún momento.

Ese era el problema: que empezaba a darlo por hecho.

Mi móvil sonó sobre la encimera antes de que pudiera seguir pensando en eso. Era mi padre.

Yaiza miró la pantalla antes que yo.

—¿No contestas?

—Luego lo llamaré.

—Lleva días llamándote.

—Lo sé.

—¿Sabe lo de Aday?

Dejé el vaso en el fregadero.

—Todavía no.

Yaiza se quedó muy quieta.

—¿Por qué?

Me sequé las manos con un paño, más lento de lo necesario.

—Porque antes tiene que saberlo Aday.

Su cara cambió al instante.

—No empieces.

—No estoy empezando una pelea.

—Pues se parece mucho.

Me apoyé en la encimera, pero no crucé al salón. Necesitaba decirlo desde ahí, sin invadir su espacio y sin que pareciera que iba a por ella.

—No puedo seguir siendo Nico para él toda la vida.

Yaiza apretó la manta entre los dedos.

—No me presiones.

—No lo estoy haciendo. Te estoy diciendo dónde estoy yo.

—¿Y dónde estás?

La pregunta salió dura, pero cansada. Yaiza podía sonar como si fuera a arrancarte la cabeza y, aun así, dejar que se le notara el miedo debajo.

Tomé aire.

—Aquí. Tarde, ya lo sé. Muy tarde. Pero aquí. Y ahora que sé que Aday existe, no puedo conformarme con ser el amigo de Bruno y Arai que lo recoge del colegio.

—No es tan fácil.

—No he dicho que lo sea.

—No sabes lo que puede removerle.

—Entonces ayúdame a hacerlo bien.

No contestó.

—No quiero hacerlo a lo bruto —seguí—. No quiero soltarle una verdad encima y pedirle que la encaje de golpe. Pero tampoco podemos seguir dejando pasar los días como si esto no estuviera pasando.

Yaiza apartó la mirada hacia el pasillo.

—Aday está tranquilo.

—Aday está empezando a preguntar sin preguntar.

—Tiene seis años.

—Precisamente.

—No quiero hacerle daño.

—Yo tampoco.

—Ni quiero que un día me mire como si le hubiera mentido.

Lo dijo más bajo, sin pulla y sin defensa.

Y precisamente por eso dolió más.

—Entonces no dejemos que llegue ese día más tarde.

Se pasó una mano por la cara.

—No tienes ni idea de lo que estás pidiendo.

—Sí la tengo.

—No. Tú llegas ahora. Lo quieres ahora. Lo miras desde fuera y claro, así es muy fácil decir «hay que contarlo».

—No lo veo fácil.

—Puede, pero lo ves justo, que es peor.

Aquello me dio de lleno porque tenía razón en parte. Lo justo podía ser muy cómodo cuando uno no había cargado solo con lo difícil durante seis años.

—No quiero pelear contigo por él —dije.

—Pues lo parece.

—No. Si quisiera pelear, ya habría empezado por otro lado.

Me miró.

—¿Qué significa eso?

—Que no quiero abogados, ni papeles, ni nadie de fuera decidiendo cómo se hace esto. No quiero eso para Aday. Ni para ti.

Se le notó el miedo en la cara antes de que pudiera esconderlo.

—¿Me estás amenazando?

—No.

—Pues me lo ha parecido.

—Yaiza, si quisiera amenazarte, no estaría aquí cortando bocadillos en triángulo y esperando a que me dejes entrar sin romper nada.

—No uses eso.

—No lo uso. Te lo estoy diciendo. No quiero hacer esto contra ti.

—Pero lo harías.

No sonó a pregunta. Sonó a algo que Yaiza ya había decidido.

—Si me obligas a elegir entre quedarme callado para siempre o luchar por ser reconocido como su padre, sí.

Se le llenaron los ojos de algo que podía ser rabia o miedo. Con Yaiza, a veces costaba distinguir una cosa de la otra.

—Llegas tarde, Nicolás.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. No sabes lo que fue quedarme embarazada sola. No sabes lo que fue odiarte y echarte de menos a la vez. No sabes lo que fue tener miedo de llamarte y que volvieras solo por obligación.

Cada frase me cayó donde tenía que caer.

No intenté apartarme.

—Tienes razón.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Darme la razón como si fueras bueno.

—No estoy intentando hacerme el bueno.

—Ya lo sé.

—Pero en esto la tienes.

Se limpió una lágrima rápido, enfadada consigo misma por dejarla salir.

—Yo no quería un padre obligado para mi hijo.

—Y yo no quiero ser un padre escondido.

El silencio que vino después fue feo. No de esos silencios incómodos que se arreglan diciendo cualquier tontería, sino de los que pesan porque los dos tienen parte de razón y los dos han hecho daño.

Y, al otro lado del pasillo, Aday dormía sin saber todo lo que su nombre seguía moviendo en aquel salón.

Bajé la voz.

—Estas semanas, Aday me ha ganado por completo. No solo porque sea mi hijo, sino por cómo es. Por sus preguntas, por sus piedras, por los bocadillos en triángulo y por esa forma suya de confiar en mí cuando yo todavía no sé si me lo he ganado. Ahora que lo conozco, no puedo renunciar a él.

Yaiza volvió a mirar hacia el pasillo.

—Me da miedo —dijo al fin.

Me dejó sin aire, aunque me fastidiara reconocerlo.

—Lo sé.

—No, Nicolás. No lo sabes. Me da miedo que sufra. Que se sienta engañado. Que me pregunte por qué no se lo dije antes y no tener una respuesta que no me deje fatal. Me da miedo que te quiera demasiado y que luego…

No terminó la frase, pero tampoco hacía falta.

—No me voy a ir.

—Eso ya lo has dicho.

—Y lo voy a seguir diciendo hasta que me creas.

—Igual no te creo nunca.

—Entonces lo diré mucho tiempo.

Me miró con los ojos húmedos y esa rabia cansada que le salía cuando ya no sabía cómo defenderse.

—Lo odio.

—¿El qué?

—Que ahora parezcas el sensato.

Se me escapó una sonrisa, aunque intenté evitarlo.

—No te preocupes. Seguro que se me pasa.

Negó con la cabeza.

—No he dicho que sí.

—Yaiza, no te estoy pidiendo eso.

—Tampoco he dicho que vayamos a contárselo mañana.

—Lo sé.

—Solo he dicho que me da miedo.

Asentí despacio.

—Y con eso me vale por hoy.

—No te emociones.

—No.

—Y como conviertas esto en una victoria, te juro que…

—La muleta.

—Exacto.

Cogí la chaqueta que había dejado en la silla.

—Buenas noches, Yaiza.

—No seas tan educado. Me descolocas.

—Lo tendré en cuenta.

Salí de su casa sin insistir.

En el rellano, me apoyé un segundo contra la pared y solté el aire que llevaba aguantando media conversación.

No habíamos resuelto nada. Aday seguía sin saberlo, Yaiza seguía teniendo miedo y yo seguía llegando tarde a una historia que había empezado sin mí. Pero, por primera vez, ella no había dicho que no.

Con Yaiza, eso no significaba ganar. Significaba que tocaba seguir haciéndolo bien.