Capítulo 24
Nicolás
Teresa no pudo ir el lunes.
Arai me llamó a las ocho y media de la mañana, cuando yo todavía tenía medio café delante y el portátil abierto con una reunión de Milán en diez minutos.
—Antes de que digas nada —empezó.
—Buenos días a ti también.
—No tengo tiempo para rodeos. Teresa me acaba de llamar. A su hermana la van a operar y no sabe cuándo podrá volver.
Cerré el portátil.
—¿Yaiza lo sabe?
—Sí, se lo acabo de decir.
—¿Y?
Arai resopló.
—¿De verdad hace falta que te responda?
No. La verdad es que no hacía falta.
—¿Qué necesitas?
—Yaiza tiene rehabilitación a las diez. Y yo tengo una reunión a las nueve y media que no puedo cambiar. Bruno lleva en la oficina desde las siete porque hoy firmamos lo de Valencia y mis padres ya están en Canarias. Así que, o me clono, o alguien tiene que llevarla.
Alguien. No hacía falta preguntar quién.
—Voy yo.
—Nico…
—Voy yo, Arai.
Hubo un silencio al otro lado.
—Te va a decir que no.
—Lo sé.
—Y te va a tratar fatal.
—Eso también lo sé.
—Y como pongas cara de mártir, te manda a paseo antes de que abras la boca.
—Estoy trabajando en esa cara.
—Pues trabaja rápido.
Colgamos poco después. A las nueve menos diez estaba llamando al timbre de Yaiza.
Me abrió Aday, con la mochila puesta, un zapato en la mano y el pelo revuelto.
—Hola, Nico.
—Buenos días, campeón.
Miré su pie.
—¿Te falta algo o es la nueva moda?
—No entra.
—¿El zapato?
Me miró muy serio.
—Mi pie.
Desde dentro llegó la voz de Yaiza.
—El pie entra perfectamente. Lo que no entra es tu paciencia.
Aday se apartó para dejarme pasar.
Yaiza estaba en el sofá, vestida con unos pantalones anchos, una camiseta negra y una sudadera abierta, con la pierna sobre varios cojines, la muleta apoyada al lado y cara de haberse peleado ya con medio mundo.
—No hacía falta que vinieras —dijo.
—Ya me han informado.
—Entonces, ¿por qué has venido?
—Porque Arai no puede multiplicarse.
—Menos mal. Con una ya tenemos ruido suficiente.
Aday se sentó en una silla y levantó el zapato.
—Nico, ayúdame tú.
Yaiza abrió la boca.
—Solo voy a ponerle un zapato —dije antes de que pudiera empezar—. Creo que podemos sobrevivir a eso.
Aday se rio.
Yaiza no se rio, pero la vi apretar la boca.
Me agaché, le estiré el calcetín, coloqué bien la lengüeta y el zapato entró a la primera.
—Magia —dijo él.
—Calcetín arrugado.
—Eso no suena tan guay.
—Es lo que había.
Yaiza resopló desde el sofá.
—No le des lecciones de vida antes de las nueve, por favor.
—Anotado.
Aday cogió la mochila y fue hasta ella. Le dio un beso rápido y luego le señaló la muleta.
—No te levantes sola.
—No me mandes.
—Te mando porque Teresa no está.
—Ah, entonces tienes contrato.
—Sí.
—¿Y cobras?
—Sí. Con merienda.
—Carísimo.
Lo dijo seria, pero le acarició el pelo antes de soltarlo. Aday volvió hacia mí y salimos.
En el ascensor, se quedó mirando los números.
—Mamá está enfadada.
—Un poco.
—A veces está enfadada porque le duele.
—Lo sé.
—Y a veces porque sí.
—También lo sé.
Me miró con una seriedad que no pegaba nada con el zapato que casi se había puesto del revés cinco minutos antes.
—Tú no te vayas aunque se enfade.
Sentí que el ascensor tardaba demasiado en llegar abajo.
—No me voy a ir porque tu madre se enfade.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y si se enfada mucho?
—Tampoco.
Lo pensó un momento y asintió.
—Vale. Hoy meriendo bocadillo de queso. Pero sin tomate.
—Sin tomate.
—Y cortado en triángulos.
—¿Sabe distinto?
Aday me miró como si acabara de decir una barbaridad.
—Claro.
—Perdón.
—No pasa nada. Tú no lo sabías.
Lo llevé al colegio. En la puerta, varias madres saludaron a Aday y luego me miraron a mí con una curiosidad poco disimulada. Él no pareció darse cuenta. Antes de entrar, me tiró de la manga.
—Martín dice que mi letra es un churro.
—Qué simpático Martín.
—Ya.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que la suya también.
Me aguanté la sonrisa.
—Respuesta bastante justa.
—La profe dijo que no nos dijéramos cosas feas.
—Entonces habéis empatado.
—Eso dijo mamá.
—Tu madre y yo estamos de acuerdo en algo. Apúntalo, que no pasa todos los días.
Aday sonrió.
—¿Vendrás tú a recogerme?
—Sí.
—¿Y mamá?
—Tu madre tiene rehabilitación.
—Eso es donde le enseñan a andar otra vez.
—Sí. Más o menos.
—Dile que no se enfade con la profe.
—Lo intentaré.
—Díselo fuerte. Si lo dices flojo, no te hace caso.
Aday entró casi corriendo, pero se paró a mitad de camino. Volvió sobre sus pasos, me pidió que me agachara y me dio un beso rápido en la mejilla. Después salió hacia la clase sin mirar atrás.
Me quedé en la puerta un segundo más, sin saber muy bien qué hacer con aquello.
Media hora después, estaba otra vez en casa de Yaiza.
Me abrió ella, apoyada en una muleta y con cara de que levantarse hasta la puerta le había costado más de lo que pensaba admitir.
—Podía usar las llaves —dije.
—No me gusta que la gente entre en mi casa como si fuera suya.
—Lo sé.
—Pues eso.
No discutí. Me aparté para que pudiera volver al sofá. Caminó despacio, con la mandíbula apretada. No me moví para ayudarla, aunque me costó.
Cuando se sentó, soltó el aire.
—Puedes respirar.
—Gracias.
—Estabas azul.
—Estoy bien.
—Eso no te lo crees ni tú.
La miré.
Ella alzó una ceja.
—También escucho a mi hijo.
Casi sonreí.
—Lo has dejado bien, ¿no?
—Sí. Con dos zapatos, la mochila y una opinión firme sobre el tomate.
—Odia el tomate en el bocadillo.
—Me ha quedado claro.
—Si le pones tomate, te retira la confianza.
—No pienso arriesgarme.
Señaló la bolsa que llevaba en la mano.
—¿Eso qué es?
—Agua, galletas y una barrita.
—¿Para quién?
—Para ti.
—No voy de excursión.
—Tienes rehabilitación.
—Y tú complejo de mochila.
Dejé la bolsa sobre la mesa.
—Arai dijo que después te baja la tensión.
—Arai habla demasiado.
—También dijo que si no comes algo te pones insoportable.
—Eso me lo he ganado yo sola.
—Sí.
Me miró, sorprendida de que no lo negara.
—¿Nos vamos? —pregunté.
—En cuanto dejes de mirarme como si fuera a romperme.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Pues se te da regular.
—Acepto sugerencias.
—Mira a otro lado.
Miré hacia la ventana.
—¿Así?
—Pareces tonto.
—Pero obediente.
—No sé si eso lo mejora.
La ayudé solo cuando me lo pidió, que fue casi nunca. Bajamos al coche, le abrí la puerta y esperé mientras se sentaba. Tardó un mundo. No dije nada. Eso, al menos, supe hacerlo bien.
En rehabilitación, una fisio llamada Marta le explicó ejercicios, apoyos y cargas parciales. Yaiza la escuchó con cara de alumna problemática.
—Esto va a doler —dijo Marta.
—Qué novedad.
—Pero no tiene que doler de forma insoportable.
—¿Y quién decide eso?
—Yo.
Yaiza la miró.
—Otra mandona.
Marta sonrió.
—De las peores.
Me quedé sentado al fondo, con el móvil en silencio. Podía haber contestado correos, llamar a Milán o fingir que no me afectaba verla así. No hice nada de eso.
La vi intentar apoyar el pie, frustrarse, morderse la lengua, volver a intentarlo y soltar una palabrota cuando Marta le corrigió la postura.
—Esa cuenta como ejercicio respiratorio —dijo Marta.
Yaiza la señaló.
—Me caes regular.
—Voy mejorando.
Cuando terminó, venía pálida, sudada y con pocas ganas de aceptar que aquello le había costado.
—Ni una palabra —advirtió.
—No pensaba.
—No me lo creo.
—Vale. Pensaba un poco, pero en silencio.
—A veces lo dudo.
En el coche no habló durante un rato. Paré en un semáforo y le ofrecí la botella de agua. La cogió sin mirarme.
—No hacía falta que esperaras dentro.
—Ya.
—Podías haberte ido a tomar un café.
—Podía.
—Pero no.
—No.
Bebió un trago.
—Qué pesado eres cuando decides portarte bien.
—Estoy descubriendo muchas facetas mías.
—No te encariñes demasiado. Igual se te pasa.
—Espero que no.
Yaiza giró la cara hacia la ventanilla y no contestó.
Pero tampoco me soltó ninguna pulla.
Por la tarde recogí a Aday. Salió con la mochila medio abierta y una hoja doblada en la mano.
—Hoy Martín ha dicho que mi letra está mejor.
—Eso es bueno.
—Pero solo un poco.
—Bueno, algo es algo.
—Eso dijo la profe.
Subió al coche y me dio la hoja.
—Es para ti.
La abrí antes de arrancar. Era un dibujo: Aday, Yaiza con una muleta enorme y yo con los brazos demasiado largos. Encima había escrito, con letras torcidas: «MI EQUIPO».
Me quedé quieto.
—No llores —dijo.
—No estoy llorando.
—Tienes los ojos llorosos.
—Es alergia.
—No hay flores.
—Al polvo.
—El coche está limpio.
—Aday.
—Vale.
Guardé el dibujo con cuidado en la guantera.
—Me gusta mucho.
—Te he puesto alto.
—Lo he visto.
—Mamá dice que eres alto y cobarde.
Me atraganté con mi propia saliva.
—¿Ha dicho eso?
—A la tía Arai.
—Ah, bueno.
—Alto lo dijo ayer. Cobarde otro día.
—Mucho mejor.
Aday sonrió.
—Pero yo no creo que seas cobarde.
La frase me dejó sin saber dónde mirar.
—¿No?
—No. Los cobardes se irían si mamá les habla mal. Tú vienes igual.
No sabía de dónde había sacado eso. Quizá de Yaiza. Quizá de Arai. Quizá de escuchar más de lo que todos creíamos.
—A veces los cobardes también vuelven —dije.
Aday pensó un momento.
—Pues entonces eres menos cobarde.
Me reí, aunque me costó.
—Me vale.
Cuando llegamos a casa, Yaiza estaba en el sofá con una bolsa de hielo en la pierna y el humor justo para no incendiar nada.
Aday entró primero.
—Le he dado el dibujo a Nico.
Yaiza me miró.
—¿Qué dibujo?
—El del equipo.
Ella se quedó callada un segundo.
—Ah.
No hubo pulla. Solo ese ah pequeño que le cambió un poco la cara.
—Me ha puesto los brazos largos —dije.
Yaiza recuperó su expresión habitual.
—Por fin algo realista.
—Gracias.
—De nada.
Aday fue a lavarse las manos. Cuando desapareció por el pasillo, Yaiza bajó la voz.
—No le des demasiada importancia.
La miré.
—Yaiza.
—Es un dibujo.
—Es su dibujo.
—Por eso.
Entendí lo que quería decir. Que no lo usara. Que no lo convirtiera en una prueba. Que no me agarrara a eso para reclamar sitio delante de ella.
—No voy a usarlo contra ti.
—Más te vale.
—Pero tampoco voy a fingir que no me importa.
Apretó la boca.
—No he dicho eso.
—Ya.
Aday volvió corriendo.
—Me he lavado con jabón.
—¿Y la toalla buena? —preguntó Yaiza.
—Bien colocada.
—Milagro.
Aquella tarde, mientras Aday merendaba su bocadillo en triángulos y me contaba que Martín se había caído intentando hacer una voltereta, entendí algo que no dije en voz alta.
Aday no me estaba tratando como una visita. Me estaba haciendo sitio sin darse cuenta, y tarde o temprano íbamos a tener que hacer algo con eso.