Capítulo 23
Yaiza
Teresa se quedó más de una hora.
No porque yo quisiera, por supuesto. Si por mí hubiera sido, habría comprobado que Arai no hubiera comprado media farmacia y se habría ido por donde había venido. Pero Teresa no parecía de las que se asustan porque una paciente la mire mal.
Eso fue lo primero que me molestó de ella. Lo segundo, que hablaba poco. Y lo tercero, que cuando hablaba, casi siempre tenía razón.
Revisó el informe del alta, las cajas que Arai había dejado sobre la mesa y los papeles que venían en la carpeta del hospital. Lo hizo sin prisa, ordenándolo todo como si llevara años entrando en mi salón.
—Esto coincide con la pauta —dijo, señalando una caja—. Esto lo dejamos separado por si aparece el mareo. Y esto, mejor con algo en el estómago.
Miré la mesa.
—¿Y mi paciencia dónde la dejamos?
Teresa levantó la vista.
—Esa no venía en la carpeta.
Arai soltó una risa corta desde la cocina. Muy corta. De esas que se escapan sin permiso y luego una intenta esconder porque no toca.
La fulminé con la mirada.
—No te animes.
—No me animo —dijo, levantando las manos—. Estoy en modo mueble.
—Pues ese mueble habla mucho.
—Yo diría que habla poco para ser Arai —murmuró Bruno desde el pasillo.
—Tú no ayudes —le dije.
—Estoy lejísimos.
—Te oigo igual.
Aday, sentado en la alfombra con sus dinosaurios, miró a Bruno con una seriedad tremenda.
—Mamá oye cosas aunque esté enfadada.
—Eso lo sabemos todos —contestó Bruno.
—Y cuando no está enfadada también —añadió mi hijo.
Nicolás, que seguía sentado en el suelo a una distancia exageradamente prudente, bajó la cabeza para disimular una sonrisa.
Lo vi.
Porque, por desgracia, seguía pendiente de él aunque no quisiera.
—¿Te hace gracia? —pregunté.
—No.
—Mientes fatal.
—Estoy trabajando en ello.
—Pues cambia de oficio.
Aday se rio y Nicolás también, aunque lo hizo bajito, como si todavía no supiera cuánto sitio podía ocupar en mi salón. Y eso, que debería haberme tranquilizado, me molestó todavía más, porque estaba intentando hacerlo bien y yo no sabía qué hacer con eso.
Teresa me pidió que levantara un poco la pierna para comprobar los cojines. Lo dijo con tranquilidad, como si no acabara de pedirme que moviera un trozo de cuerpo que pesaba el doble que antes y dolía solo de pensarlo.
—Puedo sola —dije.
—No he dicho que no puedas.
—Lo has pensado.
—He pensado que, si puedes sola, tardaremos más. Pero tengo tiempo.
La miré.
—¿Siempre es así?
—Cuando trabajo, sí.
—Qué alegría.
—Depende de para quién.
Arai volvió a reírse. Esta vez ni lo escondió.
—Me cae bien.
—A ti te cae bien cualquiera que venga a mandarme.
—No viene a mandarte, Yaiza.
—Claro. Viene a enseñarme a estar quieta en mi propia casa.
Teresa me colocó mejor la manta sin pedirme permiso, pero con cuidado.
—Respirar puedes hacerlo como quieras. Levantarte, no.
—¿Ves? Mandona.
—Práctica.
—Pesada.
—También.
Aday se acercó un poco con un dinosaurio azul en la mano.
—¿Teresa se va a quedar a dormir?
—No —contesté demasiado rápido.
—Hoy no —dijo Teresa al mismo tiempo.
La miré.
—¿Cómo que hoy no?
—Hoy no.
—Mañana tampoco.
—Mañana ya hablaremos.
—No hay nada que hablar.
—Eso lo dicen todos.
—Si vuelves a decir eso, te despido antes de contratarte.
—Técnicamente, no me has contratado tú.
Miré a Nicolás.
Él levantó una mano, como si no quisiera que le cayera otra bronca.
—Ya me voy.
Aday se giró hacia él.
—¡Pero si acabas de llegar!
Nicolás miró el reloj del móvil.
—Hace trece minutos.
Mi hijo abrió mucho los ojos, indignadísimo.
—Eso es poquísimo.
—Dos minutos pueden ser mucho.
—No.
—Depende.
—Para pintar un dinosaurio, no.
—Ahí tienes razón.
Aday se acercó más a él y le plantó el dinosaurio azul en la mano.
—Pues date prisa.
Nicolás lo miró y luego me miró a mí. No pidió permiso, pero esperó mi reacción antes de hacer nada. Esa cautela nueva me estaba poniendo de los nervios.
Me habría resultado más fácil que entrara como siempre: seguro, guapo, insoportable, con una frase de las suyas y esa sonrisa que me obligaba a odiarlo con más ganas. Pero no. Ahora iba con cuidado hasta para coger un rotulador.
—Dos minutos —dije.
Aday sonrió.
—Vale.
Pintó medio dinosaurio azul con una concentración absurda. Aday le corrigió tres veces el color de la barriga, dos la cola y una la cara.
—No sabes pintar dinosaurios —sentenció mi hijo.
—Lo sé.
—Pero puedes mejorar.
—Gracias.
—Yo te enseño mañana.
Nadie contestó al momento. Arai dejó de moverse en la cocina, Bruno se quedó parado en el pasillo y Nicolás bajó el rotulador despacio. Después me miró a mí, porque sabía que esa decisión no era de Aday. Era mía.
—Mañana vendré si tu madre quiere.
Me fastidió que lo dijera bien. Que no usara la ilusión de Aday para quedarse un poco más. Que me dejara la decisión a mí, porque era lo correcto y porque sabía que así no podía esconderme detrás del niño.
Aday se giró hacia mí.
—¿Quieres?
—Ahora mismo quiero que te laves las manos antes de tocar el sofá.
—Eso no es responder.
—Es lo que hay.
—Mamá…
—Aday.
Él suspiró como si yo fuera una niña pequeña que no entendía nada.
—Solo es Nico.
«Solo».
Ojalá fuera tan fácil.
Para Aday era eso. Nico. El de los dinosaurios, el de las tardes, el que se equivocaba con los colores y no sabía distinguir un parasaurolophus de cualquier bicho con cresta.
Para mí era Nicolás. El hombre que se había ido, el que no sabía que tenía un hijo y el que ahora estaba sentado en mi alfombra con cuidado de no pasarse ni un centímetro.
—Ya veremos —dije al final.
Aday arrugó la nariz.
—Eso significa que no.
—Eso significa que ya veremos.
—Siempre significa que no.
—Pues hoy significa que, como sigas discutiendo, te quedas sin postre.
—Eso es chantaje.
—Y funciona.
Bruno tosió desde el pasillo.
—No pienso opinar.
—Mejor —dije.
Nicolás tapó el rotulador y se levantó despacio. Se notaba que quería despedirse de Aday sin montar una escena, pero no sabía muy bien cómo hacerlo.
Aday se lanzó a abrazarlo y yo me tensé antes de poder evitarlo. Nicolás también. Dudó un segundo, luego lo abrazó con cuidado. Mi hijo apoyó la cara en su camiseta como si aquello fuera normal.
Y quizá lo era. Quizá durante esas semanas había sido normal, solo que yo no había estado allí para verlo.
—Hasta mañana —dijo Aday.
Nicolás tragó saliva.
—Hasta pronto, campeón.
—Mañana.
—Aday —lo llamé.
—Vale, vale. Hasta pronto.
Nicolás se separó de él y volvió a mirarme.
—Gracias por los quince minutos.
—Han sido dieciséis.
Teresa siguió ordenando cajas con una sonrisa que no llegó a esconder del todo. Nicolás asintió, muy serio.
—Entonces te debo uno.
—No me debes nada.
La frase salió más seca de lo que esperaba, y también más rápida.
Él la encajó sin discutir.
—De acuerdo.
Y se fue.
Sin insistir, sin mirar atrás tres veces, sin usar a Aday ni el dibujo para quedarse un minuto más. Cerró la puerta detrás de él y el piso se quedó raro. No vacío, porque había demasiada gente dentro, pero sí distinto.
Aday miró la puerta.
—Nico se ha ido.
—Sí.
—Pero vuelve.
No contesté enseguida.
Teresa siguió con las cajas, como si no hubiera oído nada. Se lo agradecí bastante.
—Ahora las manos —dije.
Aday suspiró.
—Siempre cambias de tema.
—Y tú siempre tienes las manos llenas de rotulador.
—Es arte.
—Es azul.
—El arte puede ser azul.
—El jabón también.
Se fue al baño refunfuñando, y Arai esperó a que desapareciera por el pasillo para acercarse al sofá.
—¿Quieres que me quede esta noche?
—No.
—Yaiza…
—No.
—Puedo dormir en el sofá.
—En mi sofá estoy yo.
—En el suelo, entonces.
—No seas dramática.
—No estoy siendo dramática. Estoy preocupada.
—Pues preocúpate en tu casa.
Arai abrió la boca, la cerró y respiró hondo. Me conocía demasiado bien para empujar justo en ese momento. Eso también me molestó, porque yo necesitaba pelearme con alguien y ella no estaba colaborando.
Bruno apareció con una bolsa de basura en la mano.
—Voy a bajar esto y os dejo discutir con privacidad.
—Qué detalle —dije.
—Soy considerado.
—Eres un cobarde.
—También.
Arai le lanzó una mirada y él le dio un beso rápido en la sien antes de salir.
Aquello me molestó por motivos que no me apetecía mirar de cerca. No porque quisiera lo suyo, sino porque, incluso cansados, incluso sin saber qué hacer conmigo, seguían siendo equipo. Y yo estaba en mi sofá, dependiendo de todos y odiándolo con todas mis fuerzas.
Teresa dejó un vaso de agua a mi alcance.
—Te toca tomar esto con algo de comida.
—No tengo hambre.
—No he preguntado.
—¿Tú sabes que caes fatal?
—A algunos. Luego se les pasa.
—A mí no se me pasa nada.
—Eso ya lo iremos viendo.
Aday volvió del baño con las manos mojadas y la camiseta salpicada.
—He usado jabón.
—Milagro —dije.
—Y me he secado con la toalla buena.
Cerré los ojos.
—Aday.
—Pero poco.
Arai hizo un ruido raro desde la cocina, pero tuvo la inteligencia de no decir nada.
—Voy a preparar algo sencillo —dijo.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo haces?
—Porque tengo manos, tú no puedes levantarte y Aday no va a cenar rotuladores.
—Tienen muchos colores —comentó mi hijo.
—Ni se te ocurra —dijimos Arai y yo a la vez.
Aday sonrió, contento de habernos hecho coincidir en algo.
La cena fue una tortilla francesa, pan, tomate cortado y una sopa que Teresa juró que no había hecho ella, así que no podía responsabilizarse.
Aday se comió medio plato hablando de dinosaurios acuáticos, que al parecer no eran dinosaurios de verdad, y yo intenté moverme lo justo para que no se notara que me dolía todo.
No coló.
—Te duele —dijo mi hijo.
—Un poco.
—Eso es mentira de mayores.
Lo miré.
—¿Perdona?
—Cuando los mayores decís «un poco», significa mucho.
Dejé el tenedor sobre la mesa.
—Aday, cariño, estoy bien.
—No estás bien. Estás en el sofá con la pierna así.
—Bueno, estoy mejor.
—Eso sí.
Lo dijo con tanta seriedad que se me hizo un nudo en la garganta.
—Y voy a estar mejor todavía —añadí.
—¿Mañana?
—Mañana un poquito.
—¿Y pasado?
—Otro poquito.
—¿Y cuando vuelva Nico?
Miré a mi hijo. Tenía esa cara seria de cuando intentaba entender algo, y hablaba de Nicolás como si fuera parte de la casa, de la tarde, de nosotros. Como si a mí no se me hiciera un nudo cada vez que lo nombraba.
—Cuando vuelva Nico también —dije, porque no supe decir otra cosa.
Aday pareció conforme.
—Vale.
Después de cenar, Teresa revisó otra vez los horarios de la medicación, me explicó cómo tenía que moverme y me dijo tres veces que no intentara levantarme sola.
—A la cuarta te cobro extra —dijo.
—Qué pena, yo pensaba invitarte a vivir aquí.
—No cabría. Tu mala leche ocupa mucho.
Arai se rio por fin sin esconderse.
—Me encanta.
—Pues llévatela a tu casa —dije.
Teresa recogió su bolso.
—Mañana vengo a las nueve.
—No he dicho que puedas venir.
—No, pero tampoco me has echado.
—Porque estoy cansada.
—Me vale.
Y se fue tan tranquila, dejándome con la sensación irritante de haber perdido una pelea sin haberla empezado bien.
Arai se quedó un rato más. Ayudó a Aday con el pijama, me dejó agua al alcance de la mano, puso el móvil a cargar y me miró demasiadas veces sin decir nada. Al final, cuando ya no pudo alargarlo más, se acercó a mí.
—Llámame si necesitas algo.
—No voy a necesitar nada.
—Llámame igual.
No le contesté.
Arai se agachó con cuidado y me dio un beso en la frente. No me aparté porque habría sido demasiado feo, incluso para mí. Cuando se separó, se quedó mirándome un segundo, como si no supiera si hablar o callarse.
—Te quiero —dijo.
Tragué saliva.
—Ya lo sé.
Ella sonrió un poco.
—Qué simpática eres.
—Estoy convaleciente.
—Ah, claro. Lo de las palabrotas y lo de ser borde entra en el lote.
—Exacto.
Se fue con Bruno, y esta vez el piso sí se quedó en silencio.
Aday apareció en el salón con su peluche y un dinosaurio debajo del brazo.
—¿Puedo dormir contigo?
La respuesta debería haber sido no. Tenía la pierna como la tenía, me dolía medio cuerpo y Aday dormía dando vueltas como si peleara con alguien. Lo lógico era mandarlo a su cama.
—Ven aquí.
Subió al sofá con cuidado, mucho más cuidado del que un niño de seis años debería tener con su madre. Se acomodó a mi lado, sin tocarme la pierna, y apoyó la cabeza en mi brazo.
—Hoy ha sido raro —dijo.
—Sí.
—Pero estamos en casa.
Miré el techo, porque si lo miraba a él igual me ponía a llorar, y no quería que me viera así.
—Sí, mi amor. Estamos en casa.
—Mañana puedes estar menos enfadada.
—No prometo nada.
—Un poco menos.
—Lo intentaré.
—Y Nico puede venir un rato.
—Aday…
—Solo un ratito. Como hoy, pero sin irse tan rápido.
Me quedé callada.
Él bostezó, ajeno a todo lo que me estaba pidiendo sin saberlo.
—Si quieres —añadió.
Que añadiera aquel «si quieres» me dejó tocada. No porque estuviera mal, sino porque no debería haber aprendido tan pronto a medir lo que pedía.
Le acaricié el pelo.
—Ya veremos.
—Eso significa que no.
—Hoy no.
Aday sonrió con los ojos medio cerrados.
—Entonces mañana ya veremos otra vez.
No contesté. Seguí acariciándole el pelo hasta que se quedó dormido, con el dinosaurio apretado contra el pecho y la respiración por fin tranquila.
El móvil vibró sobre la mesa.
Lo miré sin moverme.
Nicolás.
No quería cogerlo. No quería leer nada suyo. Bastante me había costado sacarlo por la puerta como para dejarlo entrar otra vez por el móvil.
Lo cogí igual.
Nicolás: Gracias por dejarme estar esos quince minutos.
Miré el mensaje durante más rato del necesario.
Luego escribí:
Yaiza: Han sido dieciséis.
La respuesta llegó casi al momento.
Nicolás: Mañana te devuelvo uno.
Puse el móvil bocabajo sobre la manta y miré a Aday dormido a mi lado.
No sonreí, porque tampoco era cuestión de darle esa victoria a Nicolás. Pero casi.